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El rescate del Pargo, de Darkor_LF

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 20: «El rescate del Pargo», de Darkor_LF

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Por dragón, manténgase a la espera, de Andrea Arroyo del Campo

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Día 19: «Por dragón, manténgase a la espera», de Andrea Arroyo del Campo

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Aventuras y desventuras de Narrador y Constructor, de Silvia Barbeito

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Día 17: «Aventuras y desventuras de Narrador y Constructor», de Silvia Barbeito

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Edén, de Blanca Rodríguez

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Día 16: «Edén», de Blanca Rodríguez

TRIGGER WARNING | ADVERTENCIA DE CONTENIDO

Violación (explícita)

[plegar]
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Con oro, de Irene Morales

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Día 15: «Con oro», de Irene Morales

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Llámame Bean, de Alicia Gadi

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Día 10: «Llámame Bean», de Alicia Gadi

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El oráculo de Gugal, de Iulia Olmeda

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Día 8: «El oráculo de Gugal», de Iulia Olmeda

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PELO Y TITANIO, de Coral Carracedo

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Día 2: «Pelo y titanio», de Coral Carracedo

Tengo tachonado en el cerebro un recuerdo por cada sentido: la mueca de terror del niño, desfigurada más allá de lo posible, incalmable; los gritos desesperados de la muchedumbre formando un cántico a la muerte, rítmico y atroz; el sudor pegajoso y caliente, resbalando por mi frente mientras corría a la escena; el sabor a metal de la sangre, por morderme la lengua; el olor a miedo en el ambiente, opresivo y malicioso. En realidad, acaba de suceder, pero no puedo dejar de reproducirlo en bucle en mi cabeza. Mi cerebro me traiciona, no puede dejarlo pasar. Es incapaz de centrarse en asimilar las consecuencias y buscar una solución. Es estúpido y lo magnifica todo, porque, en realidad, no ha pasado ni la mitad de lo que podría haber sucedido. ¿Y yo que hago para luchar con él si soy yo misma a la vez? Tan solo puedo desviar a las piernas la sangre que lo hace funcionar, pero en cuanto paro de moverme me sobreviene todo de nuevo. Y por eso sigo andando. El cubículo que quería hacer mi escondite se hace más oscuro y pequeño con cada vuelta nerviosa que doy. Me enjaula. Es mi cárcel personal. Cierro los ojos y me tiro de los pelos. Quiero que el dolor me ciegue mentalmente. No quiero seguir viendo la escena, pero tampoco puedo mirar el único lugar de este rincón del que proviene luz: el terrario por el que pasan todas las criaturas antes de introducirse en el zoo. Solo que esta vez, puede funcionar al contrario. Como cuarto de expulsión. Un fuerte golpe llama mi atención. Frente a mí, la jaguar que ha sido separada de sus cachorros brama y salta contra los cristales de contención en un alarde de agresividad pura. Acaba de darse cuenta de que estoy aquí. Me ruge y quiere atacarme; a mí, concretamente. Me profesa un odio visceral, a pesar de todo el cariño que yo siento por ella. Isi es muy especial para mí y también para el zoo. Es nuestro único ejemplar con melanismo, pero es mucho más que eso. Es una de las razones por las que tengo el trabajo que tengo. Si es que lo conservo después del desastre de esta mañana. No cesa en su ataque delirante, y no sé qué es peor, si escucharla a ella o a mi cerebro. Da vueltas en círculos en su angosto recinto, como yo, desesperada. Quiere a sus crías. Solo eso. No entiende porque la han separado de ellas si ha sido muy buena. Tan buena como lo es una jaguar a la que le ponen una presa cerca de la boca que le hace salivar ante la perspectiva de matar para alimentar a sus cuatro cachorros, para verlos crecer fuertes y sanos. Me gustaría poder entrar en el recinto y calmarla como sabía hacerlo con su hermana de carne, pero no puedo, está demasiado alterada. No computa. Sus conexiones no esperaban un cambio de territorio ni una separación de sus crías. No está programada para esto. La única reacción que puede tener es la agresividad. Y, además, está esperando a ser juzgada por lo que ha hecho. Creo que lo sabe. Y también se huele lo injusto que es esto. Sigue lanzando zarpazos contra el cristal. Solo parará cuando se agote toda energía, ya que no hay instalado un cargador en este recinto. No puedo seguir viéndolo, así que vuelvo a mi oficina a encerrarme como ella. Camino por los senderos del zoo con desgana. Dos semanas. Dos míseras semanas ha durado el proyecto en activo, cuando estuvimos tres años trabajando en su creación, cinco de desarrollo y uno de promoción y patrocinio. Mierda. Esto es una verdadera mierda. Porque era lo peor que nos podía pasar. Lo que podía suceder en cualquier zoo, pero no en el nuestro cuando lo vendíamos como algo diferente. Joder. Ahora nos toca buscar un culpable. La gente lo pide. Mi móvil no deja de vibrar con miles de notificaciones pidiendo explicaciones. ¿Es culpa del animal? ¿Del niño? ¿Del padre? ¿De todos los técnicos implicados en la creación de los animales? ¿Mía por tener la idea y no dejar que se volatilizase? En realidad, todo ha ocurrido por un fallo eléctrico. Tan simple como eso. Pero esa excusa no vale; nadie lo aceptará. Debe haber un culpable, alguien a quien castigar. Lo sé. Al entrar en la oficina me asalta el fracaso. Siento que todos los títulos que cuelgan de la pared deben desaparecer, empezando por el grado de biología y acabando por el de biomecánica. Además de todas las fotos de los viajes a todas las zonas verdes y salvajes. No las merezco. Ni el tiempo que he pasado con ellos; he fallado a todos mis animales, a los de carne y a los de titanio. Me quito el gorro de mi falso traje de exploradora selvática y el flequillo cae sobre mi frente perlada de sudor, pero me lo aparto todo lo que puedo. Uno de los mechones parece más rubio de lo normal. Ya estoy encaneciendo. Suspiro. Un hombre entra en la oficina sin ningún tipo de presentación. Debe de ser el padre del crío atacado. Es alto, calvo y está claramente enfadado. Tan enfadado que ni se digna a saludar. Solo a mirar con sus pequeños ojos que seguro que desearía que fuesen dardos venenosos. —¿Su hijo está bien? —pregunto por cortesía, a pesar de saber la respuesta. El hombre se para en seco a tres zancadas de mí, como si apestase tanto a mierda de elefante que no lo pudiese soportar. —Tiene cortes y golpes por todo el cuerpo. Y lo peor: está aterrado. Ha llorado durante todas las curas. Teniendo en cuenta que podía haber muerto, sí, «bien» puede ser una de las palabras que se pueden usar para describir su estado. Quiero contestarle, pero sé que el silencio incómodo que se ha creado es mejor. Está cabreado y es comprensible. —Lo siento muchísimo —digo después de unos segundos de tensión—. Lo digo por mí y en nombre de todo el equipo. No esperábamos que un incidente así pudiese ocurrir. El zoo solo lleva inaugurado dos semanas… —Tanta tecnología y tan poca previsión —me corta. Vuelvo a quedarme en silencio, esta vez, erguida como una serpiente que prepara sus glándulas venenosas. Tomo aire para controlarme y lo dejo salir en un leve siseo. En cuanto abro la boca para dar una contestación calmada se me adelanta—. ¿Qué piensan hacer para compensarme? No se me escapa que hable de él y no por su hijo. —El zoo le ofrecerá una compensación económica por el percance. De eso no se preocupe. El hombre da golpecitos con el pie en el suelo, impaciente. —Y una disculpa pública —añade. —Por supuesto. El zoo aceptará su parte de culpa —digo. —¿Cómo que su parte? —Su tono de voz sube el par de octavas que había disminuido ante la posibilidad del dinero y el perdón; su cara vuelve a ganar la rojez de la ira que lo llena. —Bueno, no ha sido completamente responsabilidad nuestra. Su hijo traspasó los límites de la jaula aprovechándose de un fallo eléctrico que hizo flaquear el campo de contención, pese a que un cartel indica expresamente que no se haga. La pantera no tiene en su programación salir del territorio asignado. A pesar de que no haya pantallas, no hay un peligro razonable. Nadie estaba en peligro real… Claro, de haber respetado las normas. Como no… Dejo en el aire mi acusación porque, a pesar de todas las aventuras vividas, una sabe que un progenitor enfurecido ha de ser temido, sea de la especie que sea. —Mi hijo se cayó en la jaula de la pantera. No quiso entrar, señora —sentencia. Por supuesto que no quiere admitir que su hijo la ha cagado. No puede imaginarse cómo puede ser tan tono. Y quiere sacar más tajada, pero no va a poder. —El incidente está grabado. Es una pequeña bomba que me hace ganar la batalla, pero no la guerra. Esto probablemente salve al zoo, pero no mi trabajo. —¿Y cómo sé yo que no han manipulado las imágenes para salir airosos? Imagino que estarán haciendo todo lo posible para evitar el puro que les quiero meter. —Nosotros hemos perdido esta batalla legal, en cualquier caso. Con vídeo y sin vídeo. Y si me permite desmontar su teoría... Han pasado tan solo cuatro horas desde el incidente. No es posible ese tipo de manipulación en tan corto tiempo. Y las cintas ya están en manos de quien debe verlas. Además de ellas, yo estuve presente y lo vi con mis propios ojos. Resopla. Le molesta sobremanera que a pesar del miedo siga enfrentándolo, pero parece que lo poco que tiene de mente racional acepta mi respuesta como válida. Mira hacia la puerta, pero no se mueve. Aún hay algo que lo retiene. —También me interesa saber qué pasará con el bicho. —La pantera está en otra jaula esperando a ser examinada por nuestros técnicos. Aun así, parece que funciona correctamente. No ha sufrido ningún daño... —¡Pero si casi mata a mi hijo! ¿Cómo va a funcionar bien? ¿Cómo les puede preocupar si ha sufrido daños? ¿Se cree que mi chaval ha podido hacer daño a ese monstruo de metal? —Es una hembra de jaguar con crías. Actúa como tal. Está programada para ello. Es territorial y protectora, como lo sería una real. Y sí, su hijo podría haber causado daños al animal. —¿Me está diciendo que crean monstruos peligrosos a conciencia? —No, peligrosos no son. Dentro de sus jaulas y en su entorno. Como le dije, que su hijo se pudiese colar en el reducto de la jaguar fue, además de una imprudencia, posible por un fallo eléctrico. La pantera no piensa escapar en ningún momento para causar el caos en todo el zoo. Es la única licencia que nos permitimos. Por lo demás, debe ser tan idéntica a el resto de jaguares como sea posible. —¡Deberían tenerlo mucho más controlado! No deberían poder agredir a nadie. Un simple cartel que pide que no se acerquen no es suficiente. —Están creados como animales libres, no como los de los zoos que queremos sustituir. No deseamos un lugar lleno de animales tristes y maltratados. Eso es precisamente lo que queremos evitar. Por eso la reacción de la jaguar fue proteger a sus crías en cuanto su hijo se acercó. Y, le repito, su hijo no debería haberse acercado. Y que pudiese hacerlo es nuestro fallo. —¡Pero se tardó demasiado en sacar a mi hijo! Debería haber un mecanismo para acabar con las bestias ipso facto, como las de carne, hueso y pelo. ¡Bam! Un tiro y caen muertas. No me puedo creer que esté sugiriendo que hagamos explotar a nuestros animales o romperlos. No puede ser posible. —Disparamos un dardo que anuló su batería momentáneamente y nos parece suficiente mecanismo defensivo. ¿Qué quería que hiciésemos? ¿Fabricarlos con un botón de autodestrucción por si hay niños que se cuelan en sus hábitats? —Hubiese facilitado la tarea. Mi hijo no tendría los brazos y la espalda llenos de cicatrices de por vida. —Señor, no entiende la tecnología que hemos puesto en marcha. El tiempo, el cariño, los conocimientos… —enumero. —No, pero entiendo que tengo un hijo en el hospital porque han decidido jugar a hacer unos robotitos sin control porque les parece una monería que parezcan lo más reales posibles. —¡Esto es un zoo! Sí, mecánico, pero es un zoo. Si alguien viene es para aprender sobre animales, porque le gustan y desea preservarlos. Al pagar la entrada, se dona una parte a los distintos parques y refugios verdes que quedan. Lo hacemos todo para evitar la extinción de más especies. Por esto hemos montado toda esta infraestructura. Para que los animales de verdad sean libres en el poco espacio de tierra verde que les hemos dejado. —Puede decir lo que quiera, pero este incidente le puede costar o un triste robot o todo el zoo —dice, y se cruza de brazos. La amenaza me llega tan adentro que se mete en mi espina dorsal y me yergue. Él me sostiene la mirada con la barbilla alzada. La acabo apartando, claudicando. Pego un puñetazo contra la mesa de la rabia. —Diga lo que diga he perdido, ¿verdad? Si le digo que son como animales salvajes me dirá que hay que sacrificarlos porque no puedo saber si habrá un accidente en un futuro y si le digo que son simplemente robots me pedirá que lo desconecte porque su vida no vale nada. —Veo que lo va entendiendo. Me derrumbo sobre la mesa. —Lárguese. Parece que el idiota, a pesar de su idiotismo, es capaz de sentir la agresividad de mi voz. Se da media vuelta y sale por donde ha entrado, no sin dar un portazo que le dé la última palabra. Tiemblo de rabia y lloro. Para mí, Isi es más que un robot, es la gemela de pelo de Naua, mi pequeña pantera. Me asaltan los recuerdos del último viaje a Sudamérica. Jugar con ella bajo la sombra de los árboles, estudiar sus movimientos para siempre respetarla, ser aceptada como parte de su familia con ronroneos, encontrar su cuerpo con disparos de un cazador furtivo... Los malos también volvían. Naua era el último ejemplar con melanismo sobre la tierra. Y su vida acabó mucho antes porque alguien quería jugar a ser dios. Parte del dinero que recaudamos con el zoo va a proteger a todos los demás ejemplares que aún viven. Tener una versión robótica de ese animal extinto es un gran aliciente para atraer al público, pero ya no lo harán. Y no podremos salvarlos. Todo porque los humanos damos asco. Sabiendo lo terribles que somos y aceptándolo, me permito salir de la oficina y dirigirme a un hábitat concreto. En realidad, sí que tenemos unos animales que se autodestruyen como si tuviesen un botón. Abro el panal y saco cuatro pequeñas abejas que revolotean alrededor de mi cabeza. No hemos conseguido que suenen como las reales. El chirrido mecánico de sus alas es muy potente. Después de un pequeño baile se posan en mi palma. Lo único bueno de que este incidente haya ocurrido tan pronto es que aún no están seriadas ni tienen sistema de geolocalización. Nadie sabrá ni dónde van, ni por qué no volverán de su viaje. Estaban casi listas, porque veneno si tienen. Yo no tendré la última palabra, pero él tendrá el último estertor.
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EL JUEGO, de Marina Tena Tena

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Día 1: «El juego», de Marina Tena Tena

El aire está tan frío que el sudor se congela sobre mi piel. También las lágrimas. Tú te ríes con la boca llena de carcajadas, que se derraman como el agua de una cascada desde tus labios. A borbotones. No te veo, no voy a verte, pero te escucho por encima de nuestros jadeos. Jugáis con ventaja. Supongo que ya no importan las reglas. Tiro del brazo de Amaya con tanta fuerza que en cualquier momento voy a desencajárselo del hombro. Casi pierdo el equilibrio cuando se cae. La odio, la odio, la odio. No la suelto de la muñeca así que no puedo frenar la caída. El golpe suena tan fuerte que se cuela por mi columna y me estremezco. Un crujido húmedo y pegajoso. Me giro hacia mi mejor amiga con más rabia de la que nunca he sentido. Ella gime de bruces contra el suelo. Es curioso cómo funciona nuestra mente. También es estúpido. Sois vosotros los que nos habéis encerrado aquí, los que os reís y disparáis al aire. Los que nos cazáis. Pero a quien odio es a ella, por tropezar, por detenernos, por llorar con la cara sobre la tierra. Podría arrodillarme para ayudarla, o soltarla para irme corriendo. En vez de eso la odio, con un latigazo de fuego y rabia, y tironeo de ella. —¡Arriba, joder, Amaya, corre! La arrastro medio metro hasta que logra alzar la cabeza. Tiene la cara llena de barro y sangre y la nariz rota. Ese era el sonido: el del tabique nasal hundiéndose en la carne. Me doblo con una arcada o un jadeo. Sigo tirando de ella. Amaya tiene los mismos ojos de un cachorro al que apaleas: llenos de confusión húmeda. ¿Por qué me odias? ¿Por qué me haces daño? La inocencia se derrama como el dolor: cálida y líquida. Yo no puedo dejar de descargar mi odio en ella y de arrastrarla a tirones bruscos. No sé qué suena antes: el grito de júbilo o la explosión del disparo. Amaya queda tendida. Su brazo pesa el triple. Uno de sus ojos se ha convertido en un orificio que me hace pensar en los cráteres de la luna: un pozo ciego que le deformaba el rostro. El otro tiene expresión triste, casi acusadora, de niño que confía en ti y al que golpeas sin motivo. Aún la agarro y tengo entre los dientes palabras cargadas de rabia. —Amaya, ¡mueve el puto culo! ¡Corre, joder! Amaya está muerta y nada de esto es real. Aprieto más su muñeca, que quiere resbalarse como un peso muerto. No es real, no es real. Si dejo que caiga sobre el barro rojo es por el segundo disparo, el que me atraviesa el hombro y me hace chillar con una voz tan aguda que no parece mía. No es la mía. Nada de esto está pasando. Te ríes. Tu risa borbotea por encima del dolor, por encima de la muerte, por encima de la rabia. Yo no he soltado a Amaya, el disparo me hizo dejarla caer y trastabillar hacia atrás. Enredar mis tobillos con la mala hierba. Boquear como si así pudiera respirar y echarme a correr con el sonido de otra bala que vibra al cortar el aire muy cerca de mi oído. Corro, corro, corro, con la sensación de que sigo arrastrando a Amaya. Con el odio roto y la cabeza demasiado confusa para sentir miedo. Esto no está pasando. Quiero aferrarme a ese pensamiento, pero el flato me atraviesa el estómago, y los tiros se hacen eco en el silencio. El pánico me arrastra al presente. Corro, corro, corro. Amaya está muerta y tú no dejas de reírte.     La sangre me presiona las sienes a cada latido. Los troncos de los árboles son ridículamente delgados. Son abedules, esos en los que es tan fácil tallar tus iniciales con una navaja que se empapa del olor fresco y verde de su savia. Altos, frágiles y prepotentes. Se ríen contigo cuando intento buscar refugio. Sus ramas, desnudas y afiladas, apuñalan al cielo. Me sujeto a la corteza. La tierra está tan blanda y hambrienta que se traga los talones de mis zapatos, sus raíces se retuercen y me buscan. Son enormes serpientes con escamas de madera que tratan de hacerme caer para que me encontréis, para que me reventéis los sesos como habéis hecho con Amaya. Tomo una bocanada tan grande de aire que me doblo en dos. El frío corta en los pulmones. Esto no es real. Un calambre como una descarga recorre mi cuerpo desde el cráneo hasta los dedos de los pies. El aliento se me escapa como un chirrido oxidado entre los dientes. El mundo duele para arrastrarme de vuelta. Para aplastarme con su peso, muy real, tanto como el frío, el dolor y el pánico que reverbera en mi pecho con el latido desatado de mi corazón. Vuelvo a clavar las uñas en la corteza blanca de esos árboles en los que otras veces que he tallado corazones a cortes de navaja. Tu inicial abajo, la mía arriba. Una flecha que lo atraviesa, porque aprendemos desde pequeños que el amor duele, que te perfora como una lanza oxidada. El aire está afilado, gélido, y se cristaliza antes de atravesar mi garganta. Me has dado una pausa, ventaja para que el juego no se acabe muy pronto, pero vuelves a reír y a mí se me rompe un sollozo entre los dientes. —Joder, no. Por favor… Por favor. Tu risa suena a los aullidos de un lobo loco de rabia.     No puedo correr bien entre las raíces y las rocas que asoman sus dientes en las encías oscuras de tierra húmeda y blanda. Me tambaleo, pero no me caigo. Alguien canta una canción y tú ríes con más fuerzas. Me llamáis y un haz de luz enloquece cuando al barrer los árboles encuentra mi espalda. —¡Ahí! ¿La habéis visto? —¡Ya es nuestra! —¡Corre! Atrapo el llanto. Lanzo mis piernas a la oscuridad de barro y mala hierba y corro a ciegas con los brazos delante del rostro preparados para frenar la caída. Pero no caigo. Cuando el tobillo se me tuerce al pisar algo duro se me escapa otro grito de un agudo insoportable, y el dolor relampaguea, pero no me detiene. Mejor coja que muerta. Mejor rota que en vuestras manos.     Los disparos hacen que me agazape entre los matorrales. El sudor se transforma en una lámina de hielo, un abrazo de espinas del que no puedo deshacerme. El zumbido de la sangre en las sienes resulta casi doloroso y el aire frío que trago a bocanadas parece cortar la piel blanda y roja de la garganta. El jersey de encaje negro es ridículo. Te gustaba vérmelo sin nada debajo, para que mi piel pálida de la espalda se adivinara entre las rosas bordadas. A veces, en las fiestas, te acercabas con cualquier excusa para apoyar las yemas de tus dedos sobre mis vértebras. Ahora te ríes como si fuera un chiste. Tus carcajadas siguen resonando dentro de mi cráneo, aunque me apriete con tanta fuerza las manos contra los oídos que me deje marcas de los nudillos manchados de arena y de la sangre de Amaya. Es un chiste. Todo esto es un puto chiste. Que lleve tu jersey favorito en el último día de mi vida, el que llevé a esa fiesta en la que nos metimos en el cuarto de los niños para hacer el amor en aquella alfombra violeta de flores y princesas. El mismo que llevé aquel día cuando todo se había terminado, el día que vacié con calma el cargador del arma contra tus piernas. Gritabas y tus gritos se derraman como hacen ahora las carcajadas. Terribles, liberadores y tintados de dolor y demencia. Te destrocé los huesos y me hubiera bebido tu sangre. Quería poner mis labios sobre tu piel, blanda y abierta, y absorber tu sangre, sentir como chorreaba por mi barbilla, notar como se escurría por mi cuello. Quería explorar con mi lengua la piel empapada y abierta, rota, y escucharte gritar con cada roce. Quería morder tu carne y arrancarla. Llevo ese jersey, el que tanto te gustaba, y te ríes como un maníaco mientras intento escapar. Eres tú quien los guía, quien los azuza, quien sigue mi rastro y se lo indica como un perro de presa hambriento. La venganza también se siente como una sed enloquecedora que trepa desde el estómago hasta clavar sus garras en el cerebro. Y tú mereces la tuya, aunque ya no seas tú, aunque de ti ya no quede nada. No eres tú el que se ríe, pero las carcajadas resuenan aún con más fuerza, me doblan en dos y me hacen vomitar. Los oigo. Los llamas. Las piernas me tiemblan cuando me pongo de nuevo en marcha. Perdida, asquerosa, aterrada. Ya casi están aquí y rompo a llorar con histeria. Los dientes me castañetean y las rótulas parecen de gelatina. Ya casi están aquí y tu risa me golpea, atronadora y delirante. Rebota contra mi cráneo, como una campana que se mueve con tanta fuerza que quiebra el hierro que la sujeta. El mismo estruendo con el que choca con las paredes del campanario. Ya están aquí, y sus risas se enredan con la tuya. Les escucho rodearme y no es real, sé que nada de esto está pasando, que no es real. Los calambres se descargan tan fuerte que me hacen caer al suelo antes de que la primera bala me atraviese el muslo.     Me senté en tu regazo, como las veces que nos acostábamos en el sillón amarillo del salón. Jamás habías gritado de esa manera. Tiré de tu pelo. Nunca había visto el pánico desatado de esa forma en ninguna otra mirada. Creo que intentabas suplicar, pero no encontrabas palabras. Te acuchillé el cuello. Una vez, otra. También te arranqué la piel con los dientes. Tu orina se mezcló con tu sangre bajo mis muslos y ni siquiera sentí asco. Podría jurar que estaba sonriendo. Sí, sonreía con tantas fuerzas que los labios me dolían. Y tú te desangrabas en gritos. Mira cómo han cambiado nuestras cartas. No. Tú no. Tú estás muerto. —¡Cállate! ¡Cállate! ¡Deja de reír! Me quiero arrancar la piel sobre los oídos. Los muertos callan, ¿por qué tu no lo haces? ¿Por qué, de todos tus gestos, han elegido las carcajadas? Esa risa bruta que ni siquiera se parece tanto a la tuya. Tu voz, sí, es tu voz, pero no eres tú. Esto no es real. Son los calambres y no el dolor lo que hace que convulsione en el suelo, con la boca llena de barro. —Ya es nuestra. —¡Cómo se resiste! —No te gusta tanto ser la víctima, ¿verdad? Cada una de las voces está tan cargada de rabia como los golpes que me descargan. Chillo cuando quiebran los huesos de mi brazo. Uno de ellos abre la herida de mi pierna con un palo lleno de astillas que arañan la carne blanda de mi muslo. Escucho crujir mi pómulo con una de las patadas. Me quieren romper hasta convertirme en pedazos. Y tú te ríes. Tu risa burbujea, cruel, insoportable. Chillo con más fuerza para tratar de apagarla. Pero ríes, ríes y la boca me sabe a barro, a sangre y a la bilis que se derrama por mi tráquea. La noche es fría, afilada y no conoce la piedad. Y tú y yo tampoco.     No siento nada. Nada, absolutamente nada. Y pienso que ojalá fuera esto la muerte: una nada aséptica y anestesiante. Mi cuerpo está entumecido y parece el de otra persona. Parece un muñeco vacío. Debería ser un muñeco vacío. Debería estar muerta para siempre, como tú. Pero tus amigos no van a dejar que desaparezca. —Cada vez intenta resistirse más. —Cuando intenta desconectarse el programa le da una descarga automática. Pero claro que lo intenta. —A ver, por muy real que sea sabe lo que está pasando… —Eso es —repite la voz de antes, la de tu amigo, el famoso diseñador de juegos—. No puedo borrarle los recuerdos. —Ojalá pudieras. —Igual deberíamos parar nosotros. —Es Amaya la que habla. Mi Amaya. Pequeña traidora, ¿tú también me odias? Si pudiera moverme tendría los dientes tan apretados que la mandíbula estallaría y saldrían volando por toda la maldita sala. Blancos y pequeños, como palomitas de maíz. —Lo mató. No sólo lo mató, joder, lo torturó hasta matarlo. No se merece algo tan fácil. —Pero nosotros ya la hemos matado. Una y otra, y otra vez. —No de verdad. —Pero con tu programa lo siente como si lo fuera. ¿No es eso peor? —¿Después de lo que hizo? Merece mil muertes. Amaya suspira. Traidora, sucia, cobarde. Quiero que me estallen los dientes, que me rompan el cráneo. Si pudiera mover la mano me arañaría el cuello hasta arrancarme las venas. Pero no puedo. Mi cuerpo está casi vacío, y ellos me conectan de nuevo. —Venga, una vez más. —Eso. Que se joda. La nada se apaga hasta convertirse en tinieblas con olor a tierra húmeda. A lo lejos los abedules tienen el tono pálido de los fantasmas y apuñalan con sus ramas desnudas el cielo. El aire esta tan frío que el sudor se congela sobre mi piel. Jadeo con un sonido que se parece al llanto. Me llevo las manos a los oídos y aprieto con fuerza. Pero tu risa se vierte dentro de mi cráneo, por mi columna, ahogando cada minúsculo resquicio de mi alma.
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El canto del mar, de Nieves Muñoz de Lucas

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 31

Foto de Nevin Ruttanaboonta para Unsplash

Un día antes

—¿No hay otra cama libre?
La enfermera se quedó mirando a la nueva entre las pestañas, como si le perdonara la vida. Soltó el humo del cigarro frunciendo los labios y aplastó la colilla contra el cenicero con rabia.
—¿Tú crees que si hubiera algo libre hubiera metido a una parturienta con esa? —Se recolocó la cofia y alisó la tela del uniforme blanco cuando se levantó del sillón—. Espabila. Hay que preparar la cama. Estará al llegar.
—Dicen que está loca. Esas cicatrices…
—Se metió con quien no debía. Ella se lo buscó.
—Pero… ¿Lo que va contando de su novio…?
La mujer mayor entornó los ojos y resopló.
—¿Y tú te crees todo lo que cuentan los locos, niña?
La otra se dirigió hacia el armario de la ropa limpia sin replicar. Llevaba muy poco tiempo en aquel hospital costero, pero ya estaba familiarizada con el carácter arisco y seco de los habitantes de aquellos pueblos de pescadores. El mar en esas tierras se mostraba feroz, llevándose lo que podía hacia sus entrañas, así que los hombres que se jugaban la vida faenando en él se habían tragado su lado amable muchas generaciones atrás.
Arrastraba los pies. Con cada paso que le acercaba a la habitación del fondo, los zuecos le pesaban aún más, como si caminara a través de un lodazal. Sintió el frío antes de llamar a la puerta.
—Buenas noches, vengo a hacer la cama libre —anunció sin esperar respuesta. La paciente tumbada sobre las sábanas ni siquiera giró la cabeza cuando entró. Inmóvil, las volutas de vaho se arremolinaban a poca distancia de sus labios en cada respiración. Los cabellos rojizos formaban una corona alrededor de su cabeza, como racimos de algas ondulándose bajo el agua. La humedad se condensaba en las paredes y pequeñas gotas de agua dibujaban su recorrido hacia el suelo—. ¿Se encuentra bien?
—Necesito fumar.
La muchacha se sobresaltó al escuchar su voz y soltó de golpe la ropa sobre el colchón.
—Lo… lo siento. No fumo.
La mujer comenzó a reírse y todo su cuerpo se estremeció. Estaba tan delgada que pensó que se rompería en pedazos al convulsionar con las carcajadas. Vio cómo se incorporaba y se la quedaba mirando con aquellos ojos de hielo. Llevaba el camisón desabrochado y la enfermera bajó la cabeza al ver las marcas de mordiscos que cubrían sus pechos. A lo lejos se escuchó llorar a un niño. En ese momento, sus pezones comenzaron a gotear.
—Necesita sacarse la leche o tendrá fiebre. —La muchacha se ruborizó sin saber por qué.
—Me importa una mierda. Quiero fumar.
Su cuerpo crujió al ponerse en pie. Anne observó cómo apoyaba la palma de la mano en su vientre aún abultado y el destello acuoso que brilló en sus ojos al hacerlo. Pudo ver las cicatrices en sus muñecas y en el cuello pálido, las líneas rojas dibujando una palabra innombrable en la parte interna de sus muslos, la piel fláccida del abdomen que colgaba ocultando parcialmente su sexo. La leche se escurría desde los pechos hinchados y mojaba la tela de su camisón. Los objetos de la habitación temblaron, combándose sobre sí mismos, y las sombras se volvieron azuladas y densas. El rugir del mar se coló en la habitación, al igual que el olor a sal y a pescado.
Las manos de la enfermera luchaban por entremeter las sábanas limpias. El uniforme la ahogaba. Intentó tomar una bocanada de aire, pero sus pulmones parecieron encogerse aún más. Entonces, mientras la paciente pelirroja se hacía un ovillo y comenzaba a murmurar incoherencias, balanceándose sobre sí misma, en la pared de enfrente las gotas de agua comenzaron a moverse formando un patrón definido: la silueta de un hombre, como un guardián invisible que flotara sobre la superficie. Soltó la sábana y tiró un paquete de tabaco encima del colchón antes de salir de la habitación trastabillando. Cuando llegó al control de enfermería, cogió una papelera y vomitó la cena.

Cinco meses antes

Diane miraba al techo. Antes siempre había mirado hacia adelante, hacia lo que estaba por llegar, pero desde hacía varios meses su realidad se había vuelto del revés y ahora siempre miraba al techo. Desde su cama en el hospital, desde la cama de su apartamento, desde esa camilla de exploración.
—Notarás algo de frío, no te sobresaltes. —El médico echó un chorro de gel sobre su vientre. Diane no sintió nada. El hombre intentaba ser amable, aunque evitaba mirar su cuerpo desnudo, como todos. La pantalla se encendió y diversas formas blancas y negras se dibujaron en ella mientras el cono resbalaba por la piel de un lado al otro—. Aquí está el caballero. Hoy parece que quiere saludar. ¿No quiere verlo, Diane?
No, no quería. Nunca había querido. Había deseado con todas sus fuerzas que se lo arrancaran de su interior. Era un tumor que se alimentaba de ella, que le robaba su fuerza y le recordaba con cada movimiento de su útero lo que había sucedido. Pero ahí estaba, creciendo, hinchándole el abdomen con sus ansias de vida.
Mientras el doctor tomaba medidas y las anotaba en su historia, Diane se llamó cobarde y se obligó a mirar hacia aquella pantalla tan solo una vez. Debía enfrentarse al monstruo que habitaba en su interior. Entonces vio un corazón diminuto parpadeando a toda velocidad como si quiera saltar de las dos dimensiones para ocupar todo el espacio entre ambos. Latía y latía, y en el perfil que lo albergaba se adivinaban las formas de un bebé. Un bebé que se llevaba el puño cerrado a la boca, inocente y dulce. Por primera vez, Diane sintió un ligero calor en el centro del pecho. Al fin y al cabo, ese niño era suyo. Tendría sus ojos y la manía de comerse las uñas cuando se pusiera nervioso, se enamoraría perdidamente de alguna causa perdida y lucharía por ella. Era un superviviente, como ella. Por primera vez en tres meses, Diane se permitió rescatar el recuerdo de Alan. Lo vio con su cabello largo y su barba de tres días, sintió el cosquilleo de sus labios en su piel y de su palma contra la suya. Supo que siempre estaría con ella y se echó a llorar.

Una hora antes

Caminaba descalza por los pasillos desiertos. Le gustaba salir de noche y recorrer el hospital porque parecía un mundo abandonado. Podía imaginarse que la humanidad había sido arrasada por alguna catástrofe, que la naturaleza por fin había tomado su venganza y que respiraba sin la marabunta que la estaba carcomiendo.
Se miró los pies. No sabía cuánto peso había perdido, solo veía los huesos sobresaliendo a través de su piel. Sonrió con amargura, Alan siempre le había dicho que le encantaban esos pliegues que se marcaban a través de la ropa. Ahora no la reconocería. Alan… Iban a cambiar el mundo. Su rostro ensangrentado se le apareció de repente, como lo vio por última vez. Tuvo que apoyarse un momento en la pared para detener el mareo. Ese no era Alan, no. Su compañero había vuelto al padre Océano y su alma aún estaba con ella, esperando el momento en el que los dos se reunieran con la madre naturaleza. Rozó el yeso a su espalda con los dedos y notó la humedad que se arremolinaba junto a ellos. Allí estaba, lo sentía. Lo que había contemplado en el barco, durante esas horas de agonía unos meses atrás, era su cascarón vacío, nada más. Apretó los puños, pero se dio cuenta a tiempo de que llevaba el paquete de cigarrillos en la mano y aflojó la presión. Respiró el silencio. Había huido de la habitación cuando trajeron a esa mujer con su hijo en brazos. Radiante a pesar de estar hinchada y sudorosa, contemplando al niño que chillaba enrojecido, cubierto de restos blanquecinos y sangre reseca, con una mirada de adoración fuera de toda lógica. Era más de lo que podía soportar. Paladeó de nuevo la ausencia de ruido.
Entonces comenzó a revivir su pesadilla de los últimos tres días. Primero fue un gimoteo lejano, un hipido entrecortado que se perdió entre las esquinas blancas. Luego aquel maullido que había aprendido a odiar en el tiempo que llevaba en el hospital. Porque sabía lo que venía después. El llanto se elevó y le taladró los oídos. Se clavó en lo más profundo de su vientre y rebotó contra sus paredes vacías, hizo temblar su cuerpo hasta que pensó que se partiría en pedazos. Uno, dos, tres… el coro de lloros y gritos estridentes resonó desde el nido donde cuidaban a los bebés. Volvió a adueñarse del espacio y Diane corrió escaleras arriba. Sabía que tras aquellos sonidos insoportables llegaría el otro, y ese no podía volver a escucharlo. Ese no, otra vez no. Cuando la puerta de la azotea se cerró tras ella, se dio cuenta de que también estaba gritando. Se secó las lágrimas de las mejillas y la saliva que le goteaba de los labios agrietados. Se apoyó en la barandilla y se concentro en el zumbido que aún vibraba en sus oídos, no había nada más. Mientras jadeaba, encendió un cigarro. Apenas podía mantenerlo entre los dedos. Con la primera calada sintió el hormigueo en sus pechos, la tensión dolorosa que subió de intensidad hasta que sus pezones vomitaron la leche retenida empapándole el camisón otra vez. Era por los llantos. Los bebés tenían hambre y su cuerpo respondía aunque no fueran carne de su carne. ¿Por qué el suyo no había llorado? ¿Por qué? Si se callaran esos putos engendros… Si se callaran de una vez…

Ocho meses antes

—¿Vas a follártela con la ropa puesta?
Las carcajadas le llegaron a Diane en la oscuridad. Se habían llevado a Alan y a ella le habían dejado sola en la bodega. Primero había escuchado gritos y más tarde un inquietante silencio. Luego comenzó un lamento lejano y estridente que envolvió todo en una nota funesta y tétrica. Los hombres intentaron cubrir aquel sonido desquiciante con sus risas de borrachos. Eran marineros del pueblo. No muy distintos a su padres o a los de Alan, a sus compañeros de clase, vecinos, amigos. Ellos dos eran los raros, los locos, los que no hacían nada de provecho y se dedicaban a acudir a reuniones revolucionarias, a sentarse en el césped del campus universitario para urdir cambios contra el orden ancestral de las cosas. Cambios que intentaban poner en práctica cuando volvían al pueblo. Tras las manifestaciones y los panfletos en contra de la pesca de altura o de los vertidos de la fábrica de conservas siempre había alguna multa por circular a mayor velocidad de la permitida o por fumar hierba. Intentaban acosarlos, forzarlos a ser como todos los demás. No lo habían conseguido. Y, sin embargo, ese día Alan y ella habían cruzado la línea y los pescadores no se lo iban a perdonar.
Los dos habían hablado muchas veces sobre pasar a la acción de forma más drástica. No podían consentir que siguieran masacrando a las ballenas de ese modo, y menos en su tierra natal. Era una cuestión de responsabilidad y conciencia, así que intentaron sabotear el ballenero anclado en el puerto para que no pudiera salir a faenar. Pero les sorprendieron y se encontraron encerrados en la bodega del barco sin que pudieran oponer resistencia. Pensaron que los pescadores avisarían a la policía, tenían antecedentes y sabían qué iba a continuación, pero cuando sintieron el zozobrar del barco, comenzaron a preocuparse. Zarpaban. Las horas siguientes pasaron entre miradas inquietas y sonrisas de labios apretados para no admitir que se morían de miedo. El olor a sal y a pescado les había saturado tanto que ya ni siquiera percibían la acidez de sus vómitos.
Y ahora Diane escudriñaba la oscuridad, a solas en la bodega, esperando a que vinieran a por ella. Volvió a escuchar aquel sonido. Un chillido gutural que removía sus entrañas y envolvía el casco, un lamento grave y profundo que hacía temblar cada fibra de su ser, como un tren a punto de llegar retumbando en su cuerpo antes de arrollarla. Y volvieron las risas para intentar acallarlo. Las figuras de varios hombres fornidos y toscos se recortaron en la penumbra cuando se abrió la puerta.
—¿Quieres ver el espectáculo antes de que empecemos contigo? —le susurró alguien al oído. El olor del alcohol se superpuso al del pescado y Diane tragó saliva antes de atreverse a mirarles el rostro. Distinguió aquel brillo en los ojos de los tripulantes. Ese destello febril y enloquecido de quien se sabe dueño. La agarraron por el cabello y la arrastraron a cubierta. Pudo patear a uno de ellos por el camino, aunque con la primera bofetada ya no pudo controlar su cuerpo. Tan solo veía las luces titilantes y las sombras moviéndose a su alrededor. Una de ellas se acercó y le cortó la ropa con un cuchillo. Percibió el filo rasgándola y el escalofrío posterior. El hombre que le había hablado la cogió por el cuello e hizo que se levantara. Sujetándola por la nuca, le propinó un azote en el trasero para que caminara. La cubierta estaba resbaladiza y apenas podía sostenerse, pero el viento helado y las gotas de mar sobre su piel la espabilaron de golpe al salir al exterior.
La ballena estaba sobre las redes, aún viva. Por los orificios de su cabeza escupía espuma roja. Regueros de sangre resbalaban por su cuerpo brillante y formaban charcos en la madera. Aquel chillido estremecedor se volvió a escuchar. Venía del mar, de las otras ballenas, de su familia. Era una súplica, un grito de duelo, una amenaza… todo eso a la vez.
—¿La queríais salvar? —La voz cortante del marinero se le incrustó en la oreja, justo antes de que lo hiciera su lengua—. Me vas a pagar a polvos los destrozos en las redes, zorra. Tu amiguito no ha durado mucho, se puso gallito y mis hombres no tienen paciencia. ¡Es solo una puta ballena! ¿De qué os llenan la cabeza en la capital? —Diane movió la cabeza de un lado al otro de la cubierta buscando a su compañero, pero el hombre la volvió a agarrar del pelo y la obligó a mirarlo—. ¡Oh! La pequeña zorra universitaria quiere verlo todo… —La arrastró cerca del cuerpo de la ballena y Diane comenzó a gritar. Ató sus muñecas y tobillos a las mismas redes que habían intentado sabotear y que servían de mortaja al cetáceo. Enmudeció de pronto, paralizada. Un bulto rodaba sobre sí mismo a escasos metros de ella. Entonces se desgarró la garganta en un gemido de dolor al ver cómo el cráneo abierto de su compañero se balanceaba al compás del oleaje, un ojo fijo y el otro desprendido de su cuenca con la punta de un arpón asomando en su lugar. Y continuó chillando mientras las sombras se acercaban a ella y formaban una fila en espera de su turno.

Tres días antes

Diane se sentó en la camilla sujetándose el vientre abultado. Justo en ese momento sintió cómo algo se movía en su interior. Cuando entró el doctor en la sala de ecografías, esbozó una media sonrisa. Quedaba poco para poder tener a su bebé en brazos. Se tumbó y se subió el camisón, obediente. No mantenía contacto visual demasiado tiempo con nadie. Le disgustaba encontrarse con miradas compasivas o despectivas, incluso asqueadas, pero en los últimos días le daba igual todo. La hora se acercaba y ya no estaría sola, tendría a su hijo, al hijo de Alan. Se lo volvió a repetir mentalmente varias veces más, como lo había hecho durante los cinco meses anteriores: el hijo de Alan, era el hijo de Alan. El… hijo… de… Alan.
La pantalla se llenó de arenilla blanca que cambiaba de posición mientras el médico recorría su abdomen. Entonces escuchó un sonido. Se giró hacia el hombre, él seguía atento a su trabajo. Aquel canto subió de volumen y se le metió bajo la piel, que tembló en respuesta. Se tapó los oídos. El médico seguía centrado a la pantalla. Diane quiso gritar, pero el lamento grave y profundo lo llenaba todo. La envolvió el azul y las líneas se ondularon. Todo su cuerpo vibraba al son de las notas como el agua en la copa de cristal cuando cantaba una soprano. Sintió que alguien comprimía su cuerpo desde fuera. El sonido se convirtió en un chillido desesperado, algo que ya había escuchado antes, en otro lugar. Subió de volumen en una nota aguda y algo se rompió dentro de su vientre. Estalló en pedazos y todo se quedó en silencio de repente hasta que escuchó la voz de Alan susurrándole: Él es el primero. Y Diane se agitó en la camilla, boqueando, al saber que algo malo había sucedido en su interior… Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas en silencio. El médico sacudió la cabeza y carraspeó.
—No sé cómo decirle esto. No encuentro el latido del feto… Ha… ha muerto.

Diez minutos antes

Diane aplastó la colilla contra el borde de la azotea. Se había fumado medio paquete de cigarrillos durante ese tiempo en lo alto del hospital mientras disfrutaba de esa paz. No quería volver a bajar. ¿Qué le quedaba en este mundo? Ella, que había anhelado el silencio para siempre cuando cesó el lamento en el mar, cuando sus propios gritos se agotaron, había rogado porque su hijo rompiera a llorar al parirlo. Rogó porque los médicos se equivocaran, se permitió pensar que la muerte que sentía en su vientre no existía. Pero ahí había aparecido ese silencio entre ellos. Los labios apretados en las enfermeras, los clicks metálicos del instrumental contra la mesa. Su cuerpo escupió un bulto arrugado y azul, inerte, callado, helado. Vacío. Ni siquiera ella había gritado al parirlo. Ese dolor no había sido nada. Nada parecido a lo que sufrió en la cubierta de aquel ballenero.
Se encaramó al filo de la azotea. El pueblo estaba bajo sus pies. Un paso y todo acabaría. El viento se coló por debajo del camisón y alivió en parte la calentura en su piel. Entonces volvió a escucharlo. El canto. El canto de las ballenas reverberando en sus entrañas. Una llamada ancestral, profunda. ¿Por qué la llamaban a ella? ¿Por qué no la dejaban en paz? Un paso y dejaría de oírlo. Se hundiría en la oscuridad y se reuniría con Alan por fin. Cambió el peso de un pie a otro y escuchó un chapoteo. La azotea se había cubierto de agua y caía por el borde, hacia el vacío. Sintió unos dedos helados acariciando su espalda. Recuerda, le susurró la voz de Alan al oído. ¡No quería! ¡Lo que deseaba era olvidar! El chillido de la ballena subió de volumen y se coló en su mente, taladrando las barreras que contenían sus recuerdos.
Era el mismo grito que escuchó cuando los marineros abrieron en canal al cetáceo que agonizaba y su feto cayó, resbalando sobre la cubierta manchada de sangre. El cuerpo se quedó a unos centímetros de su rostro. Una pequeña ballena a medio hacer, también azul, también muerta, como su Alan, como su hijo. Los lamentos. Los cantos de la manada que nadaba alrededor del barco y lloraba la pérdida de dos de los suyos. Allí comenzaron… Ocho meses antes. Al igual que empezaron sus gritos cuando el primero de los hombres la violó sobre la cubierta, con el cadáver de su compañero destrozado como testigo mudo. Y así la fueron despojando poco a poco de su humanidad, mientras los miembros de la tripulación iban pasando entre sus piernas por turnos, mientras uno de ellos se divertía mordiéndole los pechos hasta que se corrió y luego se limpió de sangre de la barba con su cabello pelirrojo. Mientras el capitán le tatuaba la palabra puta en el interior de sus mulos con el mismo cuchillo con el que había rajado el vientre de la ballena preñada. Así se convirtió ella misma en miembro de la manada, compartiendo su dolor. El cuerpo de Alan fue arrastrado hacia el océano junto con las entrañas de la ballena y a ella la dejaron en el puerto cubierta por la sangre de ambos. La llamaron loca.
Los llantos de los bebés subieron a la azotea a través de las ventanas abiertas. Diane ahogó un quejido. Los hijos reclamaban a sus padres desde el nido. Llantos para los pescadores, para los habitantes del pueblo… Para sus violadores y asesinos. Acunarían sus cuerpos cálidos y rosados que olían a carne nueva, a vida, porque sus bebés sí habían respirado al nacer, el suyo no. El suyo no… Alan le dijo que él era el primero. El primero de muchos. Lo entendió de repente y sonrió. La carcajada se la llevó la misma ráfaga viento que a su camisón. Pasó las yemas de los dedos por las cicatrices de sus muslos y siguió riéndose. Ahora todo tenía sentido.
Se volvió hacia la puerta de la azotea y caminó hacia ella. Abrió la mano y la cerró en torno a la de Alan, húmeda y blanda. Estaba a su lado, quería que lo hiciera. Necesitaba que lo hiciera. El canto de las ballenas disminuyó de volumen. Estaban satisfechas. Su hijo nonato fue el primero porque siempre había sabido, en realidad, que no era hijo de Alan. Era uno de ellos y las ballenas lo reclamaban. Quid pro quo.
Bajó las escaleras. El nido donde se encontraban los bebés rebullía de sollozos incontrolables. Se alentaban unos a otros para ver quién lloraba más alto. Las voces indolentes de las enfermeras se escuchaban en el cuarto donde se reunían a fumar. Diane recorrió el pasillo mientras dejaba un rastro con las huellas húmedas de sus pasos. Las paredes se cubrieron de gotas que resbalaban saturando el aire de sal. El carro del material quirúrgico se encontraba en una esquina, a medio reponer. Deslizó los dedos por la superficie metálica y acarició las gasas apiladas, las compresas impregnadas de desinfectante, las pinzas… Su mano se cerró en torno al mango de un bisturí. Las ballenas callaron. Los jodidos bebés aún seguían con sus chillidos histéricos, pronto conseguiría que se quedaran en silencio. Todos.

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