Tag - Andrea Penalva

SUVENIRES, de Andrea Penalva

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

#LeoAutorasOct

Día 3: «Suvenires», de Andrea Penalva

Relato descartado de la antología «Maldita la gracia»

 

Cuando la gente se pierde en medio de la carretera en las películas, siempre está lloviendo. Generalmente no falta el bosque de turno, que en su ecológica sabiduría ha decidido brotar justo en ese punto tenebroso de la corteza terrestre. La hora suele rondar alrededor de las ocho y pico. Oscuridad, lluvia y árboles: ¡bingo, explosión del motor de combustión!

Entonces ¿qué cojones nos ha pasado a nosotros? ¿Desierto, a las dos de la tarde, sol de mil demonios? ¿Es que el guionista de terror estaba de vacaciones y nos han enviado al de las películas de Paco Martínez Soria? Así no puede uno introducirse en el negocio del cine palomitero, hombre. Estas no son formas…

Hace calor hoy. Pero no calor del que se cura con una cerveza fría y un ventilador cochambroso; calor del que carga el aire de una humedad pegajosa que se cuela por todos los rincones y lo recalienta todo. De este que te  deja boqueando como un pez fuera del agua ―como si un defensa de fútbol americano te hubiera impactado contra el pecho― y que hace que un helado dure menos que un facha frente a una concentración del 15M. Ese calor.

Y aquí estamos nosotros, en medio de la nada. No hay otra manera de describirlo. Kilómetros y kilómetros de reseca tierra pardo-rojiza hasta donde alcanza la vista y una carretera que parece una cicatriz de alquitrán que la atraviesa.

El coche no responde, está muerto y enterrado. Hubo una sacudida y después se oyó el sonido de algo que se suelta en las profundidades de un montón de engranajes grasientos que no pienso ni tocar, porque, como todo lo demás en este instante, están al rojo vivo.

Juramos en arameo, pateamos el suelo con rabia y después nos miramos. Sabemos que a esta atmósfera tolerable le quedan cinco minutos de vida y que hay que pensar rápido. ¿Y ahora qué? Fuera estamos a 44 grados, o eso marcaba el termostato del coche antes de morir. ¿Vamos andando hasta la siguiente área de servicio? ¿Qué área de servicio? Estamos en una comarcal, imbécil. Llama a la grúa, que vengan a recogernos. ¿Con qué cobertura? ¿Ves esto? Significa que estamos en un agujero negro de 3G; aquí no llegan ni los mensajes de que te has quedado sin saldo.

Xavi recuerda un cartel de esos marrones de turismo hace un par de kilómetros. Donde hay algo turístico hay guiris, teléfonos y Coca-colas frías, como tiene que ser. No podemos empujar el coche hasta allí, que nos daría un jamacuco. No, no es factible, me dan igual las horas que pases en el gimnasio de la uni o lo que diga tu entrenador. ¿Te suena la palabra lipotimia? Pues empieza por ahí y ya te vas imaginando lo que nos puede dar. No sé tú, pero yo no quiero acabar como un huevo frito en el asfalto.

Más arameo, más patadas, nube de polvo de los asientos al canto. El aire de dentro del coche ya es irrespirable, así que salimos y, joder, no sabía que podía ser peor. El oxígeno está hirviendo y no me pasa garganta abajo. No quiero pensarlo, pero me fijo en que he tardado segundos en notar las gotas de sudor resbalándome por la espalda. Buen intento, epidermis. Menos mal que llevo las gafas de sol que me regalaron por mi cumpleaños, porque no quiero saber lo que les pasaría a mis retinas si no. Esto no puede ser sano.

Al principio intentamos andar a paso ligero, pero en diez minutos estamos resollando como cerdos. Lola lleva su ridículo sombrero de playa y me dan ganas de arrancárselo y ponérmelo yo, pero me he reído tanto de ella que prefiero que me explote el cerebro. Antes puré de neuronas que las habladurías. Miro hacia arriba y el cielo está de un azul tan profundo que parece que nos vaya a absorber de un momento a otro. Me cuesta pensar, es como si estuviera nadando en café solo, los pensamientos se me derriten. Lo del puré ya no me es tan locura.

Quince minutos más andando y juro que no sabía lo que era el calor antes de bajarme del coche. Bifurcación, por fin. Estoy a segundos de acurrucarme en la sombra del cartel y quedarme allí hasta que caiga la tarde, pero ese trozo de chatarra dice que estamos a dos kilómetros de agua y aire acondicionado, así que seguimos, arrastrándonos en fila india por el borde de la carretera. Cuando empiezo a discernir un punto marrón en la distancia que se va definiendo más y más me dan ganas de llorar, pero tengo los ojos secos y me duelen. Ahora mismo soy Homer en el capítulo ese de los cristalitos en los ojos, vamos (qué grima me da).

Un pie detrás de otro, un pie detrás de otro. Mi cerebro se reduce a eso: uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos. Funciones básicas, modo de ahorro de batería. Casi ni soy consciente de que el suelo ha cambiado; no es tan importante como seguir andando. ¡Una puerta! Cuando levanto el brazo para abrirla me pesa una barbaridad, pero lo consigo.

Dentro hay penumbra y silencio. Creo que si no tuviera la garganta tan seca me habría dado la risa, pero del estropajo en el que se han convertido mis cuerdas vocales solo salen jadeos de perro viejo. Registro que llego a un mostrador y que pido a duras penas agua y lo siguiente que recuerdo es la sensación de que estoy bebiendo vida y de estar un poco más cerca de volver a ser un 75% H2O. Toso, me atraganto. El líquido en mi estómago es una bomba de relojería. Creo que podría vomitar, pero entonces tendría que volver a bebérmelo y sería asqueroso: esto puede llegar a convertirse en un bucle de lo más escatológico.

Me abrazo el abdomen y lucho por hacer respiraciones profundas. En algún sitio he leído que es la mejor manera de recuperar el control y vaya si lo necesito, porque tengo la vista llena de puntos negros que se expanden por momentos. Con los ojos cerrados, dejo pasar el tiempo hasta que la capa de sudor que me recubre se enfría y vuelvo a ser yo. Poco a poco el animal se va y la persona vuelve. Es entonces cuando miro a mi alrededor y veo a mis amigos, apenas sacos de fluidos que luchan por recuperar la consciencia, y no tengo la menor duda de que yo tengo la misma pinta asquerosa.

Hay un detalle que me molesta. En alguna parte de la nebulosa que soy ahora mismo hay un piloto automático encendido, pitando como un loco.

Ah, sí, es verdad, se me olvidaba.

¿Dónde coño estoy?

En Turistalandia, parece ser. Mire donde mire hay bolas de nieve, postales, tazas, vasos, camisetas, camisetas ridículas, figuritas de plástico malo, imanes para nevera, camisetas más ridículas aún, sacacorchos, ceniceros, encendedores, delantales vomitivos, velas aromáticas, velas sin aromatizar, camisetas como para llamar a la policía, llaveros, pendientes, collares, collares para perro (o para niño), peluches que recuerdan al modelo original, peluches cuyo modelo debe de haber sido Flubber, etcétera, etcétera, etcétera. El piloto automático sigue pitando como un loco, ¿por qué?

Me pregunto qué habrá aquí tan interesante como para merecer ese despliegue de medios del Todo a 100 y quién vendrá a este erial del que hasta las alimañas huyen para llevarle a su hermano una camiseta de «Mi primo/hermana/hijo/madre se olvidó de mi regalo y me compró este horror de camiseta que quemaré en cuanto se vaya». Intento ver qué es lo que pone en los suvenires, pero eso solo me desconcierta más y más. ¿Es una alucinación provocada por el calor o en esa bola de nieve pone «Tierra»?

La cojo y la examino de cerca. Si no fuera por lo que hay dentro de la bola, diría que es un suvenir barato de calidad normal, o sea, pésima. La base de la figura está medio despegada y la purpurina flota en grumos en el agua semitraslúcida. La bola del mundo no está solo achatada por los polos, sino también por arriba del ecuador y por debajo. En definitiva, a mi sobrino de tres años le habría salido más esférica. También le habrían salido mejor los continentes y eso que, diga lo que diga su madre, el niño está lejos de ser un maestro de las artes plásticas.

Pero hay más. Cerca de la fantástica interpretación de la bola del mundo hay otra. Lo que más me llama la atención es que dentro de la esfera hay un ser humano. Sí, un ser humano: no, no de verdad, obviamente, sino una figura de plástico. Suspendido en líquido y purpurina hay un típico oficinista con traje y corbata. Fijo, en posición de ir a comerse el mundo, con su pequeño maletín, su barba y sus… ¿diría que bigotes y orejas de gato? Sí, bigotes y orejas felinas, no hay duda, alguien se ha hecho un lío haciendo la figura. Como ese hay una docena, uno detrás de otro, todos con las mismas peculiaridades. Que oye, por mí perfecto, el que quiera poner a un oficinista medio furry encima de la tele que lo ponga.

Juraría que la deshidratación me está provocando alucinaciones, seguro que es eso, aunque Lola está mirando los peluches en la fila justo frente a la mía y lo único que alcanzo a ver es su cara de terror. Rodeo la estantería para ver qué es lo que la horroriza tanto y lo que me encuentro al girar es lo más extraño que he visto nunca en forma de peluche, y eso que he sido testigo de lo que hacen con Pikachu en los peluches de dos euros. En este sitio tan extraño venden ni más ni menos que peluches de bichos aplastados, sí, sí, lo que oís, peluches de formas indeterminadas aplastadas en la carretera. Alcanzo a identificar un gato, un erizo y, en efecto, mis ojos no me engañan, un cartero.

Este sitio se va poniendo más interesante por momentos. Y está claro que por interesante quiero decir como para salir corriendo a pijo sacao y no mirar atrás.

Oigo una exclamación de Xavi a mi espalda y cuando me giro lo veo sujetando una especie de pijama de esos de cuerpo entero que parecen superbuena idea para el invierno, hasta que te das cuenta de que te han tangado vilmente y que vas a acabar con el culo al aire en tu momento más vulnerable.

—¿Pero qué coño es esto? —lo oigo mascullar mientras lo sujeta en alto.

—¿Qué pone en la etiqueta? —pregunta Lola, que todavía está bastante traumatizada por el peluche de cartero aplastado (a lo mejor tiene que ver que su padre sea del gremio).

—«Persona pijama Tierra estándar suave rosa moda dormir». —Xavi está muy confuso y creo que el sentimiento es mutuo—. ¿Pero qué es esto, el cuartel general de Aliexpress?

Desde luego sería un sitio curioso para ponerlo, siendo esto el medio de la puta nada.

Recorremos los pasillos de este sitio tan extraño y todo lo que encontramos nos asusta más y más. Lo que entiendo que es la sección de comida, por poner un ejemplo, parece vender uñas ya cortadas (que para rematar están a 2×1) y capuchones de bolígrafo sin bolígrafo para acompañar. Me gustaría saber qué dicen los libros que hay un poco más adelante, pero no entiendo ni siquiera lo que pone en la portada, ni soy capaz de abrirlos. De hecho, me estoy arriesgando al dar por supuesto que son libros.

—¿Estamos de acuerdo en que este sitio es un pelín raro? —Lola siempre tan diplomática. Juraría que lo que sujeta entre las manos es un set de muestra de cereales del mundo, aunque juraría que la quinta muestra son cachos de plástico sin más.

Me duele en el alma decir esto, porque sigue con el gorro puesto incluso estando a cubierto y mi protocolo básico de persona dice que eso te descalifica como ser humano de fiar, pero tiene razón: este sitio es raro de cojones.

—Pues buscamos un teléfono, llamamos a la grúa y nos largamos de aquí, ya ves tú, a eso hemos venido. —A mí no me la das con queso, Xavi, tú estás igual de cagao.

Me giro y vuelvo hacia la entrada, porque siempre pasa lo mismo —si no hago yo las cosas no las hace nadie— y, joder, alguien ha tenido que darnos el agua al entrar. Al fin y al cabo, alguien nos ha tenido que dar el agua, aunque en este momento todo es muy confuso y mi cerebro sigue siendo en parte un puré espeso lleno de grumos. De verdad que alguien ha tenido que darnos el agua, ¿a que sí?

Solo hay una forma cuerda de describir al tipo (¿Tipa? ¿Tipe? Xavi diría que asumir el género es de mierdas) que me encuentro tras el mostrador: a este ser le sobran partes del cuerpo, así de claro. Si nos ponemos exquisitos y específicos, concretamente un par de brazos y otro de ojos, por lo menos que yo pueda ver desde aquí.

Cuando ve que lo estoy mirando hace algo que vamos a considerar como «sonreír» por exigencias del guion, pero porque siento que me imbuye una energía positiva que no había sentido hasta ahora en toda mi corta vida. Lola por lo menos, lo llamaría así, aunque yo siento que es más bien esperanza fútil de que me esté sonriendo y no enseñándome los… Mira, también le sobran tres hileras de dientes.

Oigo los pasos de mis amigos tras de mí y sé que ellos también lo han visto. Oh, vaya, al final eran cuatro hileras de dientes, qué sorpresa tan agradable. Spoiler: no.

Mi especialidad no es leer las expresiones faciales de un bicho desconocido, pero, salvando las distancias, su cara es el equivalente en bicharraco a que le ha tocado la lotería.

—Y todo por la puta manía de ir a la playa, joder, ya nos podíamos haber quedado en casa con el aire acondicionado y sin tener que ver ese horrible onesie de humano —dice Lola, y es la primera vez que la oigo decir tantas palabrotas seguidas.

Me giro para contestarle que mejor en medio de la nada que aguantando a la pesada de su novia, pero antes de que me dé tiempo a poner las cuerdas vocales en marcha un fogonazo de luz blanca me atropella.

Espero que no nos maten, porque ya me jodería morir con la palabra en la boca.

 

 

***

 

 

La pantalla de navegación de la nave de Pr’ka’patn se encendió con el aviso de un anuncio nuevo. Como tripulante de la nave, sabía que estaba obligado a poner el vídeo, bajo pena de que le pusieran otra multa por falta de corporativismo, así que resopló con su segundo par de labios y le dio al botón de encendido.

«¡Buenos días terrestres, bienvenidos a Suvenires Urr’lok! Espero que les guste la selección de productos de máxima calidad que hemos creado para ustedes. Tanto si son de Arp 455 como de Brp 32, tenemos lo que necesitan. Tampoco importa si ha sido su primera visita a este adorable planeta o si son repetidores, ¡si usted lo necesita, Urr’lok lo tiene!»

»Si han venido aquí en familia, por favor, no se pierdan nuestra sección de juguetes. Su progenie agradecerá tener un recuerdo para el resto de su vida de la maravillosa visita que hicieron al planeta Tierra. Nuestra línea de productos ha sido especialmente diseñada para conectar con las experiencias del visitante medio. ¿Se acuerda de aquel hilarante momento en el que aparcó la nave encima de un terráqueo? ¡Nosotros también!

»Suvenires Urr’lok lleva aquí desde que la vida en este planeta salió de sus pintorescas masas de agua y echó a andar; nadie conoce a los terráqueos como nosotros. Si se ha quedado con ganas de saber más sobre sus costumbres, entonces nuestra extensa colección de placas neuronales es para usted. Aprovechamos para informarle de que ¿Sueñan los humanos con bovidae neuronales?  y Angiospermas para Paconon están de oferta: las mejores obras de ficción en su sistema neuronal.

»Además, queremos informarles de que ahora mismo tenemos tres especímenes de humano auténticos para que los examine de cerca. Si se ha quedado con ganas de acariciarles esa mata de pelo tan suave que les sale por arriba y por debajo, es su momento. Venga a nuestra única e inigualable Humanoteca. Nuestros humanos son los mejor educados de todo el planeta. No sufra por la seguridad de sus hijes, les hemos quitado las uñas y los hemos desinfectado. Estudiándolos hemos descubierto cosas sobre ellos que no imaginarían, ¿sabía que confundíamos su agujero de nutrirse y el de excretar? ¡Estos humanos son todo sorpresas!

»Suvenires Urr’lok, los mejores suvenires terráqueos del sistema.

—Papá, papá, ¿podemos ir a ver a los humanos? —se escuchó desde el grupo de turistas que tenía a su espalda, de la cubierta de pasajeros de la nave.

Pr’ka’patn se solidarizó con el olor a hartazgo que emergió del padre; él tampoco habría tenido ningún interés en ir a ver a los humanos, aunque estuvieran de moda. Todas las especies estaban superpesadas con los malditos humanos: Neuronalbook estaba a rebosar de vídeos, de verdad que la gente era muy cansina cuando le daba por algo.

—Bueno, vale, pero solo si te portas bien mientras tus madres y yo buscamos un regalo para le abuele.

—¡Yo también quiero un regalo! ¡Cómprame un humano! Lo cuidaré, lo querré mucho y lo llamaré Grititos.

—Ni hablar, que dijiste lo mismo con el marciano y ahí está el pobre, muriéndose del asco. Hasta que te salga el tentáculo del juicio no va a entrar otra mascota en casa, que estoy harto de tener que ir limpiando detrás.

Pr’ka’patn sonrió y aparcó la nave en la plaza especial para el vehículo de la empresa. Desde luego, la calidad de los productos era regular, pero en marketing a Suvenires Urr’lok no le ganaba nadie.

 

«Inigualable, repetiría sin duda».

«Eché en falta más variedad de productos para seres alérgicos al carbono».

«La verdad es que los baños podrían haber estado un poco más limpios, pero el trato al cliente es ejemplar».

El móvil de viento, de Andrea Penalva

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 20

Foto de Linh Pham para Unsplash

Julie apretó con fuerza la pequeña caja de cartón entre sus diminutas manos. Insegura, pasó las uñas de la mano derecha, veteadas con los restos supervivientes del esmalte rosa favorito de su madre, por los agujeros de la tapa. Algo dentro se movió y la niña se mordió el labio, dos mitades dentro de ella luchaban por salir vencedoras.

(más…)