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RESACA MÁGICA

Portada de Stefani Grahu

Relato incluido en la segunda edición de «Prácticas mágicas»

Moverse entre planos siempre había sido tarea fácil para uno de los cambiaformas más poderosos de la existencia, pero como Albóndiga no recordaba quién era, y mucho menos los más de doscientos viajes que había hecho rodando de uno a otro de forma elegante, la excursión estaba siendo una mierda. Su frágil cuerpo humano se movía sin control en la colorida nada mágica, empujado por la fuerza de la bruja; dio bandazos, giros y piruetas de un lado a otro como un mamu recién salido de su charco de lava. Por supuesto, a pesar de las circunstancias, no gritó ni se lamentó en ningún momento. ¿Cómo iba a hacerlo? Se había mordido la lengua y no tenía libres bocas adicionales.

El lugar en el que acabaría le resultaba todo un misterio. Los caminos de la nada mágica, inescrutables, podían llevar a un hombre hasta su peor pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. Por desgracia, Albóndiga había resultado ser un hombre en ese preciso instante.

Con un último giro sobre sí mismo, y a pesar de sus intentos desesperados de nadar en el aire hacia otro lado, entró de culo en una de las brechas y se perdió en ella.

Adiós para siempre, plano humano.

Aunque había hecho su grandiosa entrada de lado, comenzó a caer en vertical. Uno, dos, tres, cuatro largos segundos de caída en picado y aterrizó, con la cara por delante, en un montón de ceniza. El cuello que sostenía su única cabeza no soportó el impacto: con un crujido ensordecedor, se dobló de forma imposible y se partió en tres trozos distintos. Así eran los cuerpos humanos: tan débiles que debían ir siempre vestidos y totalmente inútiles para viajar, hacer tareas importantes, dormir, respirar, pelearse con seres poderosos y la vida en general.

Albóndiga se tomó un largo rato en volver a ponerse la cabeza y el cuello en su sitio, pero ni siquiera se molestó en intentar quitarse el gris de encima. No merecía la pena resistirse. Lo tenía metido hasta en la ropa interior y sabía que, una vez llegados a ese punto, viajaría con él por siempre. Al menos no había vomitado. O quizás sí, a juzgar por el regusto que le había quedado en la boca y la enorme mancha en su túnica. Aunque, teniendo en cuenta el color… ¿Sangre? ¿Cuánto de eso necesitaba el cuerpo humano para seguir funcionando correctamente? Tanto daba. Tenía dudas mucho más urgentes.

¿A dónde narices lo había desterrado la bruja? ¿Estaba de vuelta en su plano original?

Con ceniza en los calzoncillos, echó a andar en línea recta hacia el sol más refulgente. El lugar le era familiar. Los colores intensos, el aire ardiente, nubes flamígeras y un hedor horrible, a azufre. A casa.

¡No estaba perdido por ahí!

Por desgracia, algo no iba bien del todo. A pesar de que sus instintos le indicaban que, sí, estaba donde debía estar, los elementos no acababan de encajar. Los árboles secos y raquíticos, la ceniza bajo sus pies y los enormes huesos abandonados aquí y allá le gritaban el mismo mensaje, alto y claro: «la has cagao muy fuerte». Ni siquiera recordaba por qué, pero estaba más seguro de aquello que de su propio nombre. La muerte a su alrededor era la prueba de que algo no iba como debía.

¿Qué había ocurrido y cómo podía solventarlo?

Las respuestas llagaron por sí mismas poco después, mientras observaba un montoncito de huesos escondidos bajo una piedra. Vio a la babosa en el horizonte con mucha antelación. Se deslizaba por la tierra agrietada a toda velocidad, haciendo eses como si estuviera borracha y no tuviera miedo de estamparse contra una piedra o caer por un risco. Al percatarse de que se dirigía directa hacia él, Albóndiga se irguió y esperó pacientemente a que llegara, curioso. ¿Criatura hostil, amistosa o comida?

Gigante. Eso era. Mucho más que el cuerpecito humano de Albóndiga. Tuvo que derrapar para detenerse a tiempo y evitar una colisión, lo que generó una corta lluvia de babas que bañó la tierra sedienta y la tornó verde de nuevo. No parecía hostil, al menos, aunque su boca dentada era tal que parecía capaz de devorar tres seres humanos sin esfuerzo alguno.

Y hablaba.

—¿Lord? —dijo, lanzando más babas en el proceso. Albóndiga se sorprendió a sí mismo cuando, en lugar de sentir el asco humano que tanto lo había embargado las últimas semanas, se quitó los residuos con la manga de la túnica como si fuera lo más normal del plano—. ¿Es…? ¿Usted? ¿Lord?

La respuesta brotó de forma automática de su única boca, como si la hubiera empleado tantas veces que era ya parte de su hacer diario:

—Espero que tengas una buena razón para molestarme, Bare.

Los múltiples ojos de Bare se abrieron tanto que parecía imposible para lo pequeñitos que eran. Quizás estaba sorprendida, quizás asustada, pero su enorme cuerpo de babosa tembló cuando abrió la bocaza para balbucear.

—Ha estado… ¡Ha estado desaparecido durante eones, Lord! Hay tantos papeles por revisar y por aceptar que ya no me quedan pliegues en los que meterlos y…

¿Papeles? Aguantar las babas sí, claro. Papeles… no.

—¿Acaso no es ese tu trabajo?

Lo era. Estaba seguro. Las hojas, pergaminos y rollos que le asomaban entre los pliegues de carne babosa no dejaban lugar a dudas. ¿Quién era el bicho grande y viscoso, entonces? Su cuerpo había sido más rápido que su cerebro, por lo que ya sabía su nombre: Bare. Bare, la babosa burócrata.

A partir de allí, los recuerdos llenaron su mente en cascada: Bare, la enorme y apestosa. Bare, la encargada de enterarse de todo lo que pasaba, de verificar que los seres cambiaformas gestionaban los contratos como debían y que no la liaban más de lo necesario en otros planos. En resumidas cuentas, quien debía asegurarse de que todo el mundo hacía caso al Lord. Al Lord, que resultaba ser él, Albóndiga, si el instinto no le fallaba. Y rara vez lo hacía.

 «Lord». Saboreó la palabra con su magullada lengua humana. Sí. Sabía correcto. Uno de sus nombres, sin duda.

—¡Por supuesto, Lord! —Durante un instante había olvidado a la babosa, pero allí seguía—. Claro que es mi trabajo. Pero sabe que jamás tomaría decisiones importantes sin consultarle primero. ¡Hay tantos contratos cuestionables! En cuanto he sentido su gran poder en la vibración de mis carnes, he venido reptando desde palacio con todos los pergaminos necesarios. Si me permite buscar en mis pliegues, le puedo enseñar…

Lord dejó de escuchar a la enorme babosa en cuanto la palabra «palacio» caló en su cerebro. Palacio. Su palacio. Miró alrededor hasta toparse con la gran estrella roja que comenzaba a perderse en el horizonte, y allí lo encontró. Alto, imponente, puntiagudo, negro como el carbón. En llamas.

Su casa. 

—Guarda esos papeles llenos de baba y hazme un resumen, por favor —le pidió a Bare. Si alguien podía resumir cuatrocientos años humanos en dos frases, esa era la babosa. La única competente del plano, aparte de él mismo—. ¿Acontecimientos relevantes?

—¡Ninguno, Lord! —¿Ninguno? Entonces, ¿por qué todo lo que alcanzaba su vista parecía falto de energía mágica? Bare debió percatarse de que no estaba convencido, porque habló atropelladamente para subsanar su posible error—. Bueno bueno bueno. Cosas. Hay cosas. Pues… ¡Sí! Murió Int hará unos eones, imagino que usted no se enteró de ello. Por tanto, nuestro número ha menguado a setenta y seis. Supongo que, ahora que usted ha vuelto, setenta y siete.

Int, Int… ¿Cuál era su aspecto habitual? ¿Seis brazos? Le sonaba, sí. Siete a ratos. Preferencia por volar, aunque tampoco le hacía ascos a reptar. Sí. Lo tenía.

—Ese no le caía bien a nadie —dijo, seguro de haber acertado.

—Bueno… Supongo que es cierto. Pero era el único que entregaba sus contratos a tiempo para revisión.

Ah. Cierto.

—Y por eso no le caía bien a nadie. Hacía quedar mal al resto. —Menudo botarete, el Int—. ¿De qué murió?

—Le dije que esperara a que usted le diera el visto bueno a sus nuevos contratos a largo plazo y… Bueno, se fosilizó de tanto hacerlo. Tengo aquí un escrito en el que… —Bare hizo amago de sacar un pergamino de entre sus pliegues, pero pareció cambiar de opinión a medio camino—. Espere. Ahora que lo pienso, creo que puse «defunción» en el informe. No había casilla de «fosilización» que marcar, así que quizás nadie haya retirado su cuerpo y siga ahí, esperando. Si me deja buscar el pergamino, Lord… Porque, ahora que lo pienso por segunda vez, no es que yo haya visto morir a nadie en ese plano. Jamás de los jamases. ¿Para qué tenemos una casilla de defunción, entonces? Voy a tener que revisar todo de nuevo, porque estos papeles…

Ah, sí. Si a Bare no se la distraía lo suficiente, era capaz de hablar sobre burocracia y pergaminos mal tramitados durante días.

Había que pararla.

—Bare, Bare. Escucha, por favor.

Al instante, la babosa dejó de escupir pergaminos por sus carnes y asintió con fervor.

—¿Lord?

—Además de la fosilización, que no defunción, de ese que a nadie le importa, ¿algo relevante? Quizás me falle la memoria, pero veo este sitio un poco distinto. ¿Seguro que no ha pasado nada?

La babosa negó con la cabeza, despacio. Cosa mala. Lo sentía.

Aunque, pensándolo fríamente, quizás era eso. No había pasado nada. Nadie se había molestado en cosechar energía para mantener el plano vivo.

¿Cuántos eones decía Bare que había estado fuera? Demasiados como para dejar sin vigilancia y liderazgo a sesenta y seis patanes cambiaformas con capacidad para viajar a otras existencias. Casi nadie habría conquistado y absorbido planos suficientes. Nadie, probablemente. La energía vital del lugar seguiría consumiéndose poco a poco, hasta que la última de las llamas se apagara para siempre y se vieran obligados a marcharse a otro lugar. O, peor aún: las brechas a otros lugares se cerrarían y se verían obligados a marchitarse junto a su hogar hasta dejar de existir.

 Poco a poco, el peso del tiempo que había pasado fuera de su plano natal le golpeó con fuerza. ¡Malditas brujas Marías! Malditas brujas, malditos sus contratos con trampa, maldito su centro de envejecimiento y su maldito… Argi.

—Lord, si me permite la pregunta… ¿En qué plano ha estado todo este tiempo? Que, hablando de planos, sepa que no he autorizado viaje alguno sin su visto bueno, por supuesto, si es lo que le preocupa. Claro que, comprendo, es consciente de que las invocaciones son caprichosas y que hay vacíos legales y…

—Bare —la interrumpió, y la babosa tembló en asentimiento—. De eso me encargo luego. Mañana montarás una reunión y obligarás a todo el plano a venir, sin excepciones y en mi nombre. Pero, ahora, llévame a los charcos. Tengo algo importante que mirar.

Acudir solo hubiera sido lo ideal, pero aún no recordaba el camino a las cuevas, mucho menos las galerías que debía recorrer para llegar a los charcos. Fuera como fuera, la babosa vibraba tanto que su alegría por llevarlo a donde fuera era evidente.

—¡Por supuesto! ¿Marchamos de forma inmediata? ¿Le urge?

            ¿Le urgía, realmente? ¿Le urgía más que las llamas de su hogar apagándose por vagancia e inutilidad ajena? Recordó el rostro de Argi, mucho más fresco en su mente que cualquier posición de Lord que hubiera ostentado, y la tesitura en la que se había quedado. Solo.

—Me urge, sí.

En respuesta, Bare disparó un chorro de babas a un lado, creando el camino que debían seguir hasta los charcos y, con suerte, hasta un Argi igual de intacto que la última vez que lo había visto.

—¡Lo que sea por usted, todo listo! ¿Qué es lo que quiere observar, Lord? ¿El siguiente plano que conquistaremos? ¿Otros lugares de nuestro plano?

Eso. ¿Qué es lo que el líder supremo de un plano que había acabado, conquistado y explotado otros cientos querría mirar? ¿El bienestar de una hormiga que estaría muerta en, qué, un cuarto de eón? ¿Una décima parte de eón? Se mirara por donde se mirara… No. Absurdo. Al plano no le quedaba tiempo suficiente como para que su líder fuera un idiota absurdo.

—¿Sabes, Bare? Quizás no sea tan urgente. Vayamos a palacio cuanto antes, a convocar a los patanes de mis súbditos. A juzgar por la ceniza, que me llega casi hasta estas espinillas humanas, no tenemos tanto tiempo como quisiera para arreglarlo todo.

Sin cuestionar el extraño cambio de parecer de su líder, la babosa volvió a vibrar y lanzó sus chorros al lado contrario, hacia el inmenso palacio llameante.

—Todo listo para deslizarnos hasta allí. ¿Por qué no se moldea para poder hacerlo, Lord? O, si lo prefiere de otra forma, en lugar de deslizarnos podríamos rodar, nadar o volar hasta allí. Dígalo y me transformaré.

Eso, ¿por qué no cambiar de forma para deslizarse, volar, nadar o andar con cien pies? El cuerpo humano era inútil. Blando. Mal hecho. Feo.

—Ha sido un viaje duro, Bare, y no me apetece desgarrar mi carne para hacer crecer otros apéndices. Andemos hasta palacio.

—¡Por supuesto!

Un cuerpo inútil. Blando. Mal hecho. Feo.

El preferido de Argi.

Duelo con olor a fresa, de Nahikari Diosdado

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 21: «Duelo con olor a fresa», de Nahikari Diosdado

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