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Slow motion, por Maielis González

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 13: «Slow motion», de Maielis González

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«Elena Garro y los difusos límites del tiempo», por Maielis González

Con motivo de la convocatoria de realismo mágico que hemos convocado hace tan solo unos días, y cuyas bases podéis encontrar pinchando aquí, hemos preparado una serie de artículos con el sano y noble propósito de crear hype y, de paso, ayudaros a entender de qué hablamos cuando decimos «realismo mágico», sus precedentes, sus obras destacadas y aquellas injustamente olvidadas, y todo lo necesario para poder afrontar esta antología con fuerza, ímpetu y ganas de vivir. Que aproveche.

Quedé afuera del tiempo, suspendido en un lugar sin viento, sin murmullos, sin ruido de hojas ni suspiros. Llegué a un lugar donde los grillos están inmóviles, en actitud de cantar y sin haber cantado nunca, donde el polvo queda a la mitad de su vuelo y las rosas se paralizan en el aire bajo un cielo fijo.

Elena Garro, Los recuerdos del porvenir

 

Aunque todos luzcamos más o menos seguros ante la circunstancia de tener que definir qué es el realismo mágico; aunque a la cabeza nos vengan, con gran claridad, rasgos y episodios icónicos: la ascensión de Remedios la Bella en Cien años de soledad, la yuxtaposición del mundo de los muertos y los vivos en Pedro Páramo, la imposibilidad de separar cabalmente la realidad de los sueños en El Señor Presidente… la verdad es que nos hallamos en un terreno bastante inestable y necesitado de estudios. Sobre esta circunstancia, la siempre lúcida crítica argentina Ana María Barrenechea escribió que en la Hispanoamérica del siglo XX se anunciaba «una nueva redistribución genérica de lo fantástico y lo maravilloso (complicada en algunos [casos] por la corriente del absurdo), que tiende a concretarse en el llamado “realismo mágico” o “realismo maravilloso”, con nombre y caracterización que ha favorecido las confusiones y no ha logrado aún una formulación totalmente convincente». Con esto en mente y con la clara misión de escribir unas  palabras que intentaran desmenuzar ciertos aspectos sobresalientes de la obra de la autora mexicana Elena Garro, caí en la cuenta de que la poética de esta escritora desbordaba los contornos de lo que yo misma, en algún momento, había intentado definir como un texto mágico-realista.

Elena Garro ha sufrido uno de los socavamientos más terribles dentro de la tradición escritural latinoamericana. Antes se la conoce como la esposa de Octavio Paz, la amante de Adolfo Bioy Casares, la rival de Silvina Ocampo, la loca, la traidora, la apátrida; que por sus inmensos aportes a la narrativa y la dramaturgia no solo de su país, sino de la lengua castellana. Con su obra de teatro, «Un hogar sólido» (recogida en 1940 en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Ocampo) Elena Garro inaugura el realismo mágico en el teatro latinoamericano. A la vez que su novela, Los recuerdos del porvenir (1963) ―junto con Pedro Páramo (1940) de Juan Rulfo— se considera la gran precursora del género en la región.

Cuando le encargas a un señoro hacer una faja para el libro de una autora.

A diferencia de una novela como Cien años de soledad, que está atravesada de principio a fin por sucesos fantásticos que se asumen con total normalidad por sus personajes ―quienes a su vez poseen características sobrenaturales―, Los recuerdos del porvenir presenta tan solo un episodio de esta naturaleza, pero cuya medularidad da estructura al texto entero. Sin ánimos de hacer spoilers, tan solo diré que se trata de una manipulación del tiempo. Pues sucede que, en la obra de Garro, lo mágico se ubica fundamentalmente en la dimensión temporal.

Su cuentística va revelando fragmentariamente la cosmovisión de la autora respecto a este asunto. Para ella todos los tiempos son el mismo tiempo, de aquí que se permita violentar la sucesión histórica y en sus ficciones muchas veces se solapen épocas y los personajes sean capaces de moverse de un punto a otro de ese círculo que resulta de la acumulación de días y acontecimientos. «La culpa es de los tlaxaltecas» es ejemplar en este sentido. Este cuento, incluido en su libro La semana de colores (1964) y considerado uno de los mejores de la narrativa hispanoamericana, nos presenta una protagonista que se mueve indistintamente entre su presente, en el México de mediados del siglo XX, y la época de la Conquista, momento en que conoce a su «primo esposo», que ha venido ahora a buscarla pues «ya falta poco para que se acabe el tiempo» y se fundan en uno solo. Este contrapunteo le sirve a la autora para contar la historia de la caída de México-Tenochtitlán, no solo desde la perspectiva de los traidores tlaxaltecas, sino desde la de una mujer que siglos después es mucho menos libre (es víctima de un marido que la golpea y la encierra) que entre los «salvajes» aborígenes precolombinos. La historia de sus idas y venidas al encuentro de su «primo esposo» indio son relatadas secretamente a su cocinera, que oficia de cómplice y acepta con naturalidad los eventos sobrenaturales que su señora le está relatando.

En esta colección de relatos se juega muchas veces más con el tiempo y, si bien ocurren metamorfosis y otros hechos extraordinarios ―desencadenados muchos por el punto de vista infantil desde el que se cuentan las historias―, la concepción del tiempo como una matriz subjetiva, como un fenómeno que solo se puede percibir si se posee una sensibilidad especial, tal y como ocurre en el cuento que da título al libro, es lo que predomina en cada uno de los textos. Por ejemplo, en «¿Qué hora es?», una señorita de alcurnia espera, con paciencia atroz, hospedada en un hotel, a que su amante pase a recogerla y parece quedarse encerrada en un loop temporal en que su insistencia por saber la hora se torna absurda. De hecho, la manipulación del tiempo aquí recuerda al episodio más trascendental de Los recuerdos del porvenir.

Esta manera de asumir la temporalidad se va a hacer extensiva al resto de la obra de Garro. En su libro de 1980, Andamos huyendo, Lola, escribe: «no hay tiempos mejores ni peores, todos los tiempos son el mismo tiempo aunque las apariencias nos traten de engañar con su espejo».  Incluso en textos que fueron publicados solo póstumamente, como es el caso de «Invitación al campo», en que la protagonista se ve inmersa en un paseo que implica un desplazamiento no solo espacial sino también temporal, se insiste en lo difuso de los límites del tiempo: «El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro».

Ahora, si bien se puede percibir una «normalización» de los aspectos sobrenaturales que ocurren en los textos de Garro ―en Los recuerdos del porvenir es donde resulta, creo, más evidente―, la clasificación de algunos de sus escritos como ficciones cabalmente fantásticas también sería posible, pues encajarían dentro de una tipología de fantástico que proliferó en Hispanoamérica durante el siglo pasado y que la propia Barrenechea define como una en la que todo lo narrado ocurre en el orden de lo no-natural. De hecho, en su «Ensayo de una tipología de la literatura fantástica», al hablar de esta clasificación, Barrenechea cita como ejemplo ―junto a «Viaje a la semilla» de Alejo Carpentier, los cuentos de cronopios y famas de Cortázar y otros de Carlos Fuentes y Juan José Arreola― «Un hogar sólido» de Elena Garro. Su obra de teatro, como «La semana de colores» o «El día que fuimos perros», se desarrolla en el orbe sobrenatural y esto no provoca escándalo en el ánimo de los personajes participantes. Sin embargo, sus ficciones se suelen catalogar indistintamente de fantásticas o mágico-realistas. Con esto se constata la confusión y falta de formulación del realismo mágico como genero que señalaba la crítica argentina.

No obstante, tratando de aclarar ante mí misma el porqué de esa arbitrariedad de clasificar «Viaje a la semilla» de Carpentier como un texto fantástico y «La culpa es de los tlaxaltecas», en cambio, como uno de realismo mágico, creo entender que la razón se ubica en una cuestión ajena a la técnica literaria: la intención de ciertos textos hispanoamericanos de la época de retratar y criticar una situación social imperante. Una buena parte de la literatura fantástica latinoamericana ha sido históricamente vista como una literatura intelectual y hasta cierto punto elitista, cuyos centros de interés, de tan ontológicos, filosóficos y universales que son, terminan por evadirse de asuntos como la lucha de clases o las injusticias sociales de cualquier tipo. El autor paradigmático de este tipo de narrativa sería Jorge Luis Borges. Luego, las obras mágico-realistas han tendido a centrar su atención en la coyuntura social que sirve de marco a sus relatos, en temas como el caciquismo, los dictadores, las revoluciones, la pobreza, la guerra, los prejuicios raciales o de otro tipo. Si bien estos temas se podrían metaforizar a partir del género de la fantasía (como ciertamente se ha hecho) o el fantástico, en el realismo mágico no se construye un universo distinto para reflejarlo oblicuamente sino que se sirve de la realidad local (casi siempre rural o pueblerina) pues la considera lo suficientemente mágica. Así que tenemos que si bien la fantasía y ciertas manifestaciones de la literatura fantástica han sido históricamente atacadas por su supuesto escapismo o torremarfilismo, nadie podría hacerle tal reproche al realismo mágico, gracias al matiz prácticamente militante de sus ficciones.

Las de Elena Garro siempre han destacado por la profundización en sus personajes femeninos, por la puesta en escena de sus conflictos y de las desigualdades y la violencia ejercida sobre las mujeres de su tiempo; no tan diferentes de las del nuestro. También por el lugar central que ocupa en su obra el personaje del indio, cuya exclusión de los discursos tentativamente de izquierdas del propio Octavio Paz y muchos intelectuales contemporáneos, Garro siempre reprochó. Sobre estos dos pilares, la mujer y el indígena, se erigieron los conflictos de la autora a lo largo de su desarrollo ficcional. Y gracias a su constante defensa, la suya conecta con otras importantes obras del realismo mágico que se cultivaron en tierras latinoamericanas durante la segunda mitad del siglo pasado.

Para suerte de los lectores, en los últimos años la figura de Elena Garro ha sido devuelta al lugar que le correspondía respecto a las letras universales. Igualmente, queda aún mucho por hacer para que las próximas veces que pronunciemos las palabras «realismo mágico latinoamericano» acudan a nuestras mentes García Márquez, Rulfo…  y también la autora que soñó que podía detener el tiempo y escapar de su terrible dictadura.