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RESACA MÁGICA

Portada de Stefani Grahu

Relato incluido en la segunda edición de «Prácticas mágicas»

Moverse entre planos siempre había sido tarea fácil para uno de los cambiaformas más poderosos de la existencia, pero como Albóndiga no recordaba quién era, y mucho menos los más de doscientos viajes que había hecho rodando de uno a otro de forma elegante, la excursión estaba siendo una mierda. Su frágil cuerpo humano se movía sin control en la colorida nada mágica, empujado por la fuerza de la bruja; dio bandazos, giros y piruetas de un lado a otro como un mamu recién salido de su charco de lava. Por supuesto, a pesar de las circunstancias, no gritó ni se lamentó en ningún momento. ¿Cómo iba a hacerlo? Se había mordido la lengua y no tenía libres bocas adicionales.

El lugar en el que acabaría le resultaba todo un misterio. Los caminos de la nada mágica, inescrutables, podían llevar a un hombre hasta su peor pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. Por desgracia, Albóndiga había resultado ser un hombre en ese preciso instante.

Con un último giro sobre sí mismo, y a pesar de sus intentos desesperados de nadar en el aire hacia otro lado, entró de culo en una de las brechas y se perdió en ella.

Adiós para siempre, plano humano.

Aunque había hecho su grandiosa entrada de lado, comenzó a caer en vertical. Uno, dos, tres, cuatro largos segundos de caída en picado y aterrizó, con la cara por delante, en un montón de ceniza. El cuello que sostenía su única cabeza no soportó el impacto: con un crujido ensordecedor, se dobló de forma imposible y se partió en tres trozos distintos. Así eran los cuerpos humanos: tan débiles que debían ir siempre vestidos y totalmente inútiles para viajar, hacer tareas importantes, dormir, respirar, pelearse con seres poderosos y la vida en general.

Albóndiga se tomó un largo rato en volver a ponerse la cabeza y el cuello en su sitio, pero ni siquiera se molestó en intentar quitarse el gris de encima. No merecía la pena resistirse. Lo tenía metido hasta en la ropa interior y sabía que, una vez llegados a ese punto, viajaría con él por siempre. Al menos no había vomitado. O quizás sí, a juzgar por el regusto que le había quedado en la boca y la enorme mancha en su túnica. Aunque, teniendo en cuenta el color… ¿Sangre? ¿Cuánto de eso necesitaba el cuerpo humano para seguir funcionando correctamente? Tanto daba. Tenía dudas mucho más urgentes.

¿A dónde narices lo había desterrado la bruja? ¿Estaba de vuelta en su plano original?

Con ceniza en los calzoncillos, echó a andar en línea recta hacia el sol más refulgente. El lugar le era familiar. Los colores intensos, el aire ardiente, nubes flamígeras y un hedor horrible, a azufre. A casa.

¡No estaba perdido por ahí!

Por desgracia, algo no iba bien del todo. A pesar de que sus instintos le indicaban que, sí, estaba donde debía estar, los elementos no acababan de encajar. Los árboles secos y raquíticos, la ceniza bajo sus pies y los enormes huesos abandonados aquí y allá le gritaban el mismo mensaje, alto y claro: «la has cagao muy fuerte». Ni siquiera recordaba por qué, pero estaba más seguro de aquello que de su propio nombre. La muerte a su alrededor era la prueba de que algo no iba como debía.

¿Qué había ocurrido y cómo podía solventarlo?

Las respuestas llagaron por sí mismas poco después, mientras observaba un montoncito de huesos escondidos bajo una piedra. Vio a la babosa en el horizonte con mucha antelación. Se deslizaba por la tierra agrietada a toda velocidad, haciendo eses como si estuviera borracha y no tuviera miedo de estamparse contra una piedra o caer por un risco. Al percatarse de que se dirigía directa hacia él, Albóndiga se irguió y esperó pacientemente a que llegara, curioso. ¿Criatura hostil, amistosa o comida?

Gigante. Eso era. Mucho más que el cuerpecito humano de Albóndiga. Tuvo que derrapar para detenerse a tiempo y evitar una colisión, lo que generó una corta lluvia de babas que bañó la tierra sedienta y la tornó verde de nuevo. No parecía hostil, al menos, aunque su boca dentada era tal que parecía capaz de devorar tres seres humanos sin esfuerzo alguno.

Y hablaba.

—¿Lord? —dijo, lanzando más babas en el proceso. Albóndiga se sorprendió a sí mismo cuando, en lugar de sentir el asco humano que tanto lo había embargado las últimas semanas, se quitó los residuos con la manga de la túnica como si fuera lo más normal del plano—. ¿Es…? ¿Usted? ¿Lord?

La respuesta brotó de forma automática de su única boca, como si la hubiera empleado tantas veces que era ya parte de su hacer diario:

—Espero que tengas una buena razón para molestarme, Bare.

Los múltiples ojos de Bare se abrieron tanto que parecía imposible para lo pequeñitos que eran. Quizás estaba sorprendida, quizás asustada, pero su enorme cuerpo de babosa tembló cuando abrió la bocaza para balbucear.

—Ha estado… ¡Ha estado desaparecido durante eones, Lord! Hay tantos papeles por revisar y por aceptar que ya no me quedan pliegues en los que meterlos y…

¿Papeles? Aguantar las babas sí, claro. Papeles… no.

—¿Acaso no es ese tu trabajo?

Lo era. Estaba seguro. Las hojas, pergaminos y rollos que le asomaban entre los pliegues de carne babosa no dejaban lugar a dudas. ¿Quién era el bicho grande y viscoso, entonces? Su cuerpo había sido más rápido que su cerebro, por lo que ya sabía su nombre: Bare. Bare, la babosa burócrata.

A partir de allí, los recuerdos llenaron su mente en cascada: Bare, la enorme y apestosa. Bare, la encargada de enterarse de todo lo que pasaba, de verificar que los seres cambiaformas gestionaban los contratos como debían y que no la liaban más de lo necesario en otros planos. En resumidas cuentas, quien debía asegurarse de que todo el mundo hacía caso al Lord. Al Lord, que resultaba ser él, Albóndiga, si el instinto no le fallaba. Y rara vez lo hacía.

 «Lord». Saboreó la palabra con su magullada lengua humana. Sí. Sabía correcto. Uno de sus nombres, sin duda.

—¡Por supuesto, Lord! —Durante un instante había olvidado a la babosa, pero allí seguía—. Claro que es mi trabajo. Pero sabe que jamás tomaría decisiones importantes sin consultarle primero. ¡Hay tantos contratos cuestionables! En cuanto he sentido su gran poder en la vibración de mis carnes, he venido reptando desde palacio con todos los pergaminos necesarios. Si me permite buscar en mis pliegues, le puedo enseñar...

Lord dejó de escuchar a la enorme babosa en cuanto la palabra «palacio» caló en su cerebro. Palacio. Su palacio. Miró alrededor hasta toparse con la gran estrella roja que comenzaba a perderse en el horizonte, y allí lo encontró. Alto, imponente, puntiagudo, negro como el carbón. En llamas.

Su casa. 

—Guarda esos papeles llenos de baba y hazme un resumen, por favor —le pidió a Bare. Si alguien podía resumir cuatrocientos años humanos en dos frases, esa era la babosa. La única competente del plano, aparte de él mismo—. ¿Acontecimientos relevantes?

—¡Ninguno, Lord! —¿Ninguno? Entonces, ¿por qué todo lo que alcanzaba su vista parecía falto de energía mágica? Bare debió percatarse de que no estaba convencido, porque habló atropelladamente para subsanar su posible error—. Bueno bueno bueno. Cosas. Hay cosas. Pues... ¡Sí! Murió Int hará unos eones, imagino que usted no se enteró de ello. Por tanto, nuestro número ha menguado a setenta y seis. Supongo que, ahora que usted ha vuelto, setenta y siete.

Int, Int… ¿Cuál era su aspecto habitual? ¿Seis brazos? Le sonaba, sí. Siete a ratos. Preferencia por volar, aunque tampoco le hacía ascos a reptar. Sí. Lo tenía.

—Ese no le caía bien a nadie —dijo, seguro de haber acertado.

—Bueno… Supongo que es cierto. Pero era el único que entregaba sus contratos a tiempo para revisión.

Ah. Cierto.

—Y por eso no le caía bien a nadie. Hacía quedar mal al resto. —Menudo botarete, el Int—. ¿De qué murió?

—Le dije que esperara a que usted le diera el visto bueno a sus nuevos contratos a largo plazo y… Bueno, se fosilizó de tanto hacerlo. Tengo aquí un escrito en el que... —Bare hizo amago de sacar un pergamino de entre sus pliegues, pero pareció cambiar de opinión a medio camino—. Espere. Ahora que lo pienso, creo que puse «defunción» en el informe. No había casilla de «fosilización» que marcar, así que quizás nadie haya retirado su cuerpo y siga ahí, esperando. Si me deja buscar el pergamino, Lord… Porque, ahora que lo pienso por segunda vez, no es que yo haya visto morir a nadie en ese plano. Jamás de los jamases. ¿Para qué tenemos una casilla de defunción, entonces? Voy a tener que revisar todo de nuevo, porque estos papeles…

Ah, sí. Si a Bare no se la distraía lo suficiente, era capaz de hablar sobre burocracia y pergaminos mal tramitados durante días.

Había que pararla.

—Bare, Bare. Escucha, por favor.

Al instante, la babosa dejó de escupir pergaminos por sus carnes y asintió con fervor.

—¿Lord?

—Además de la fosilización, que no defunción, de ese que a nadie le importa, ¿algo relevante? Quizás me falle la memoria, pero veo este sitio un poco distinto. ¿Seguro que no ha pasado nada?

La babosa negó con la cabeza, despacio. Cosa mala. Lo sentía.

Aunque, pensándolo fríamente, quizás era eso. No había pasado nada. Nadie se había molestado en cosechar energía para mantener el plano vivo.

¿Cuántos eones decía Bare que había estado fuera? Demasiados como para dejar sin vigilancia y liderazgo a sesenta y seis patanes cambiaformas con capacidad para viajar a otras existencias. Casi nadie habría conquistado y absorbido planos suficientes. Nadie, probablemente. La energía vital del lugar seguiría consumiéndose poco a poco, hasta que la última de las llamas se apagara para siempre y se vieran obligados a marcharse a otro lugar. O, peor aún: las brechas a otros lugares se cerrarían y se verían obligados a marchitarse junto a su hogar hasta dejar de existir.

 Poco a poco, el peso del tiempo que había pasado fuera de su plano natal le golpeó con fuerza. ¡Malditas brujas Marías! Malditas brujas, malditos sus contratos con trampa, maldito su centro de envejecimiento y su maldito… Argi.

—Lord, si me permite la pregunta… ¿En qué plano ha estado todo este tiempo? Que, hablando de planos, sepa que no he autorizado viaje alguno sin su visto bueno, por supuesto, si es lo que le preocupa. Claro que, comprendo, es consciente de que las invocaciones son caprichosas y que hay vacíos legales y...

—Bare —la interrumpió, y la babosa tembló en asentimiento—. De eso me encargo luego. Mañana montarás una reunión y obligarás a todo el plano a venir, sin excepciones y en mi nombre. Pero, ahora, llévame a los charcos. Tengo algo importante que mirar.

Acudir solo hubiera sido lo ideal, pero aún no recordaba el camino a las cuevas, mucho menos las galerías que debía recorrer para llegar a los charcos. Fuera como fuera, la babosa vibraba tanto que su alegría por llevarlo a donde fuera era evidente.

—¡Por supuesto! ¿Marchamos de forma inmediata? ¿Le urge?

            ¿Le urgía, realmente? ¿Le urgía más que las llamas de su hogar apagándose por vagancia e inutilidad ajena? Recordó el rostro de Argi, mucho más fresco en su mente que cualquier posición de Lord que hubiera ostentado, y la tesitura en la que se había quedado. Solo.

—Me urge, sí.

En respuesta, Bare disparó un chorro de babas a un lado, creando el camino que debían seguir hasta los charcos y, con suerte, hasta un Argi igual de intacto que la última vez que lo había visto.

—¡Lo que sea por usted, todo listo! ¿Qué es lo que quiere observar, Lord? ¿El siguiente plano que conquistaremos? ¿Otros lugares de nuestro plano?

Eso. ¿Qué es lo que el líder supremo de un plano que había acabado, conquistado y explotado otros cientos querría mirar? ¿El bienestar de una hormiga que estaría muerta en, qué, un cuarto de eón? ¿Una décima parte de eón? Se mirara por donde se mirara… No. Absurdo. Al plano no le quedaba tiempo suficiente como para que su líder fuera un idiota absurdo.

—¿Sabes, Bare? Quizás no sea tan urgente. Vayamos a palacio cuanto antes, a convocar a los patanes de mis súbditos. A juzgar por la ceniza, que me llega casi hasta estas espinillas humanas, no tenemos tanto tiempo como quisiera para arreglarlo todo.

Sin cuestionar el extraño cambio de parecer de su líder, la babosa volvió a vibrar y lanzó sus chorros al lado contrario, hacia el inmenso palacio llameante.

—Todo listo para deslizarnos hasta allí. ¿Por qué no se moldea para poder hacerlo, Lord? O, si lo prefiere de otra forma, en lugar de deslizarnos podríamos rodar, nadar o volar hasta allí. Dígalo y me transformaré.

Eso, ¿por qué no cambiar de forma para deslizarse, volar, nadar o andar con cien pies? El cuerpo humano era inútil. Blando. Mal hecho. Feo.

—Ha sido un viaje duro, Bare, y no me apetece desgarrar mi carne para hacer crecer otros apéndices. Andemos hasta palacio.

—¡Por supuesto!

Un cuerpo inútil. Blando. Mal hecho. Feo.

El preferido de Argi.

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Onda, de Enerio Dima

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 9: «Onda», de Enerio Dima

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Origen, de Nieves Delgado

Foto de Milada Vigerova para Unsplash
Relato perteneciente a la segunda edición de «UNO», de Nieves Delgado.
  Siempre he intuido que la verdadera sabiduría no se muestra. Que es autoconsistente, que no necesita exhibirse. Sé que debe haber personas sabias, no muchas pero sí muy sabias, a lo largo del planeta, y que encontrarlas es tan solo cuestión de suerte. Por eso, cuando escuché hablar de Mishka Sharma en mi viaje a la India, supe que tenía que ir a verlo. Abandoné el grupo durante una tarde y cogí el autobús destartalado que me llevaría al pueblo, Yercaud, que había oído nombrar en el mercado. Todo era una locura. Yo era una mujer occidental que se había separado de sus amigos en un país exótico y que, lo mejor de todo, no estaba muy segura de por qué lo había hecho. Sentada en el autobús, miraba por la ventanilla los colores vivos de las casas, los saris de las mujeres que íbamos dejando atrás, los tenderetes montados al borde de la carretera, y me dejaba inundar por los olores a especias, a fruta madura, a sudor y excrementos de animales. Todo tan excesivo e impresionante que todavía no me había acostumbrado, a pesar de llevar ya casi diez días en el país. Y tan diferente a mi entorno habitual, repleto de cables, procesadores y semiconductores. A veces me parecía simplemente increíble que ambos mundos existieran en el mismo planeta. Pero yo iba a lo que iba, así que cuando el autobús llegó, aparté todos aquellos pensamientos y me dispuse a empezar la búsqueda. Seguí las instrucciones del guía, que se había quedado en el hotel con el resto del grupo, y callejeé en dirección sur hasta que di con la casa. Como me había dicho, no me resultó difícil encontrarla, pues había un continuo ir y venir de gente que entraba y salía. «Si nadie te dice nada», me había explicado, «puedes entrar sin problema. Allí va gente de muchos sitios y Sharma los recibe a todos. Pero sé discreta y respeta lo que suceda, aunque no lo entiendas. Él es un hombre mayor y a veces se cansa, no es la primera vez que deja plantado a todo el mundo para echarse una siesta». Tuve suerte. Entré en la casa y un pequeño pasillo acordonado, ya habilitado para las visitas, me llevó hasta un patio en la parte de atrás. Tal vez me había equivocado. Aquel hombre era popular, demasiado popular para que todo aquello fuera algo limpio. Mi mente escéptica buscaba signos de engaño y se preparaba para la decepción; puede que estuviera ya demasiado acostumbrada a ella y que fuera yo en realidad quien la buscaba. El caso es que llegué al patio, que desembocaba en un pequeño jardín ocupado por varias decenas de personas sentadas. Frente a ellas, un hombre menudo, de edad avanzada, rompía el profundo silencio que solo podía responder a un estado colectivo de devoción y respeto. Aquel cuerpo enjuto que reposaba sobre una silla me dio la sensación de no ser más que una cáscara, una envoltura que sostenía algo mucho más grande. Es probable que aquel ambiente me sugestionase más de lo que estaba dispuesta a admitir. Al fin y al cabo yo era una científica de vacaciones, un ser racional capaz de no dejarse influir por las apariencias, pero juro por mi vida que sentí que aquel hombre no era humano en el sentido estricto de la palabra. Me senté al fondo, en ese momento Sharma hablaba del amor, de cómo llamamos amor a algo que no lo es y, sin embargo, rechazamos por completo el verdadero acto amoroso, que consiste en deshacerse de las emociones. Yo no entendía nada, pero quedé hipnotizada por completo. Cada vez más, tenía la clara impresión de estar ante alguien muy especial, alguien insertado en el mundo de manera mucho más profunda que los demás. Solo el hecho de mirarlo ya transmitía paz. Y aun sin entender la mayor parte de lo que decía, sus palabras parecían verdades incuestionables que manaban de un pozo al que solo él podía acceder. Hasta las pausas parecían necesarias, medidas, naturales. Todo encajaba a la perfección en aquel jardín. Intenté alejarme mentalmente de esa sensación y percibir desde fuera lo que estaba pasando, sin dejarme atrapar del todo. Seguro que los charlatanes sabían crear muy bien ese tipo de estados en las personas. Tenía que estar alerta. Terminó la disertación sobre el amor y al final vi cómo una mujer daba las gracias. El discurso había sido la respuesta a una pregunta. Se levantaron entonces varias manos y el anciano clavó su vista en una de aquellas personas, un hombre sentado a su derecha. Le estaba dando paso. ―Yo ya no soy joven ―comenzó el hombre, cuya voz parecía confirmar lo que decía, aunque no pude verle la cara porque lo tenía de espaldas―, pero a lo largo de mi vida he podido comprobar lo que es el sufrimiento. Todo el mundo sufre, de un modo u otro. ¿Qué se puede hacer con eso? ¿Sabe usted cómo podemos librarnos del sufrimiento? Sharma hizo un breve gesto de asentimiento con el que cerraba la pregunta. Luego quedó en silencio. Durante al menos un minuto él y toda su audiencia mantuvieron ese silencio. Finalmente, tras una amplia aspiración, comenzó a hablar de nuevo. ―El sufrimiento, cualquier sufrimiento, nace de nosotros mismos. De nuestras expectativas. De nuestros deseos. A lo largo de la vida el dolor es inevitable, claro. Aparece cuando menos te lo esperas; cuando muere un ser querido, cuando un amigo te traiciona, cuando caes gravemente enfermo. El dolor es parte de la vida. El sufrimiento nace de la manera que tenemos de enfrentarnos a ese dolor. Conocía ese discurso. «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional», una enseñanza budista. Siempre me había parecido una frase facilona, como esas de autoayuda que quedan muy aparentes pero no sirven de nada. Mi nivel de interés bajó en picado en ese momento. ―No se trata de que haya que ignorarlo. Ni tampoco combatirlo. Se trata de entender qué es ese dolor y de dónde surge. De que el hecho mismo de enfrentarlo ya es una nueva fuente de dolor. Hablo del dolor psicológico, claro. Del sufrimiento que nos infligimos a nosotros mismos. No hay sufrimiento si no hay alguien que sufre. Aquello me interesó. Parecía un galimatías, pero intuí una coherencia interna que era incapaz de ver en ese momento. Se me ocurrieron un montón de preguntas pero no me atreví a decir nada; la gente escuchaba con atención y no parecía que nadie más deseara preguntar. Debía ser el protocolo habitual en aquellos encuentros. ―Usted ha preguntado por el sufrimiento ―continuó Sharma―, pero en realidad pregunta por su sufrimiento. Porque usted solo tiene una visión del sufrimiento, que es la que se produce desde su propia identidad. Y, sin embargo, la pregunta adecuada era la primera, porque todo sufrimiento nace del mismo sitio. Eso es lo que no ve, que el sufrimiento de todas y cada una de las personas es el mismo. Que en la frase «Yo sufro» el problema no es el «sufro», sino el «yo». »Veamos entonces qué es ese «yo». Si usted va al fondo del asunto, se dará cuenta de que eso con lo que se identifica se puede definir perfectamente en base a un conjunto de situaciones con las que también se identifica; su nombre, su trabajo, sus aficiones, la gente a la que quiere… es decir, que no existe una definición de usted que no provenga de fuera de usted mismo, de sus experiencias y de su interacción con el mundo. En realidad, usted no existe. O sí existe, pero como un proceso y no como una identidad. Su «yo» es algo que genera su propia mente y que le permite construir la ilusión de seguridad, de permanencia. Pero nada es seguro y nada permanece, de ahí el sufrimiento. Fue una sensación física. Como si el cerebro, de repente, se encendiera. Noté una especie de corriente que me recorrió toda la cabeza y que bajó por mi cuerpo, erizándome el vello corporal a su paso. Aquel hombre estaba hablando de algo que conectaba directamente conmigo. Con mi trabajo, que consistía en coordinar el primer programa de simulación completa de un cerebro humano. Me había leído docenas de estudios, libros y artículos sobre los últimos avances en neurociencia y todo parecía apuntar a que la consciencia no era más que un proceso emergente. Algo que surgía en algún momento del desarrollo humano y que no parecía obedecer a una causa concreta. ¿Podía ser que esa percepción de uno mismo, el «yo» del que hablaba Sharma, no fuera más que un truco de la consciencia para justificar su propia existencia? Un invento. ―¿Qué es lo que hace que usted perciba el mundo como un lugar lleno de sufrimiento? Que tiene que fijarse a ese mundo de alguna manera, asegurarse de que sigue siendo usted en todo momento. De otro modo desaparecería, se diluiría en todas y cada una de las cosas que lo rodean. Tiene que generar esa sensación de seguridad, aunque esa seguridad no existe porque todo está en continuo cambio. En movimiento. Volvió de nuevo a mí esa sensación de estar ante una carcasa. Ahora entendía mejor mis propias percepciones. Aquel anciano hablaba, pero era como si no hubiera nadie dentro de ese cuerpo tan frágil. Y, al mismo tiempo, como si estuviera en perfecta sintonía con el jardín entero. Las personas, las hojas de los árboles, lo escasos pájaros que cruzaban el cielo; todo era Sharma en ese momento. Sharma era un todo con el universo. ―Así que usted genera la ilusión de que es alguien separado de cualquier otro. Se define a sí mismo por negación, porque usted no soy yo. Ni tampoco es ningún otro. Y esa separación es sufrimiento. El infierno son los otros. ―No puede usted dejar de sufrir porque, haga lo que haga, lo está haciendo alguien. Y mientras ese alguien no desaparezca, seguirá habiendo sufrimiento. Ni siquiera puede usted buscar la manera de terminar con ese alguien, porque esa búsqueda ya implica que alguien está buscando. Así que la única manera de dejar de sufrir es terminar con su «yo» y descubrir por fin que nunca ha estado solo. Pero no se puede hacer, porque si buscas cómo hacerlo, la posibilidad desaparece. ―Lo único que puede hacer es comprenderlo. Observar este hecho y comprenderlo. No huir del sufrimiento, porque eso refuerza la ilusión, ya que necesariamente debe haber alguien que huye. Centrarse en él y observarlo, para que su «yo» no lo pueda alimentar. No se puede llegar a la disolución del «yo» mediante acciones, pero sí se puede no darle alimento. Usted no existe. La separación es el sufrimiento. No se puede llegar mediante acciones. Solo si desaparece la separación entre usted y el mundo dejará de percibir el mundo como algo hostil. Sé que hubo más charla, pero yo ya no la escuché. Se me había encendido una luz en la cabeza y era algo importante, algo que no podía dejar pasar, así que desconecté del exterior y empecé a reorganizar mis ideas. De repente, el proyecto en el que trabajaba me pareció algo muy pequeño. Conseguir la simulación de un cerebro humano era solo cuestión de tiempo; de hecho, el proyecto estaba tan avanzado que los más optimistas calculaban que en un año estaría terminado. Pero en el horizonte aparecían tecnologías tan potentes que pronto dejarían esos logros anticuados. Los ordenadores cuánticos, por ejemplo. Qué no sería posible con uno de aquellos. Salí de la casa aprovechando lo que me pareció una pausa, aunque me daba un poco igual; intenté no molestar y me fui. Tenía la sensación de estar amarrando algo grande y me sentía pletórica, como si hubiera descubierto el secreto que resuelve la escena de un crimen. Y esa sensación persistió en mí durante mucho, mucho tiempo. Hasta que finalmente, años después, logró cristalizar en un proyecto aún mayor. Uno que tal vez sí podría hacer algo definitivo por la humanidad. El proyecto al que dediqué el resto de mi vida.    
Extracto de la información motivada del Proyecto UNO, incluido en la biografía de la doctora Celia Tabares, directora del proyecto e impulsora de la Fundación UNO para la búsqueda y atención a sujetos de nivel 5.
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Heterocromía, de Marina Tena Tena

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 23

Foto de Harry Quan para Unsplash

El grifo gotea. Por fuerte que gire la manivela, siempre queda una gota que se desliza por su garganta de hierro para lanzarse al vacío blanco. Muere con un golpe agudo. El sonido de su cuerpo contra la porcelana atrae a la siguiente gota que se agarra al borde metálico y aguanta unos segundos, cada vez más gorda y redonda, hasta que la gravedad le inspira lo que le falta en valor y sigue a la anterior en su salto hacía la muerte.

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Hardcorp ,de Maielis González Fernández

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 09

Foto de Clem Onojeghuo para Unsplash

Cualquier cosa que no sea la inmortalidad es una completa pérdida de tiempo.

Bender, Futurama.

Cuando era niña siempre iba a pasar una temporada a la Reserva Natural Corporativa junto a mi familia. Mi padre trabajaba para el departamento de Neuro-programación de la Compañía de Inteligencia Computacional y le permitían una vez al año viajar allí para recuperarse de la constante tensión a que estaba sometido, día y noche, en su puesto de trabajo. Y a todos nos servía la experiencia para olvidar, aunque fuera por breves momentos, el asfalto, la vibración de las fábricas de ensamblaje y el aire viciado de la ciudad.

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