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Origen, de Nieves Delgado

Foto de Milada Vigerova para Unsplash

Relato perteneciente a la segunda edición de «UNO», de Nieves Delgado.

 

Siempre he intuido que la verdadera sabiduría no se muestra. Que es autoconsistente, que no necesita exhibirse. Sé que debe haber personas sabias, no muchas pero sí muy sabias, a lo largo del planeta, y que encontrarlas es tan solo cuestión de suerte. Por eso, cuando escuché hablar de Mishka Sharma en mi viaje a la India, supe que tenía que ir a verlo.

Abandoné el grupo durante una tarde y cogí el autobús destartalado que me llevaría al pueblo, Yercaud, que había oído nombrar en el mercado. Todo era una locura. Yo era una mujer occidental que se había separado de sus amigos en un país exótico y que, lo mejor de todo, no estaba muy segura de por qué lo había hecho. Sentada en el autobús, miraba por la ventanilla los colores vivos de las casas, los saris de las mujeres que íbamos dejando atrás, los tenderetes montados al borde de la carretera, y me dejaba inundar por los olores a especias, a fruta madura, a sudor y excrementos de animales. Todo tan excesivo e impresionante que todavía no me había acostumbrado, a pesar de llevar ya casi diez días en el país. Y tan diferente a mi entorno habitual, repleto de cables, procesadores y semiconductores. A veces me parecía simplemente increíble que ambos mundos existieran en el mismo planeta.

Pero yo iba a lo que iba, así que cuando el autobús llegó, aparté todos aquellos pensamientos y me dispuse a empezar la búsqueda.

Seguí las instrucciones del guía, que se había quedado en el hotel con el resto del grupo, y callejeé en dirección sur hasta que di con la casa. Como me había dicho, no me resultó difícil encontrarla, pues había un continuo ir y venir de gente que entraba y salía. «Si nadie te dice nada», me había explicado, «puedes entrar sin problema. Allí va gente de muchos sitios y Sharma los recibe a todos. Pero sé discreta y respeta lo que suceda, aunque no lo entiendas. Él es un hombre mayor y a veces se cansa, no es la primera vez que deja plantado a todo el mundo para echarse una siesta».

Tuve suerte. Entré en la casa y un pequeño pasillo acordonado, ya habilitado para las visitas, me llevó hasta un patio en la parte de atrás. Tal vez me había equivocado. Aquel hombre era popular, demasiado popular para que todo aquello fuera algo limpio. Mi mente escéptica buscaba signos de engaño y se preparaba para la decepción; puede que estuviera ya demasiado acostumbrada a ella y que fuera yo en realidad quien la buscaba. El caso es que llegué al patio, que desembocaba en un pequeño jardín ocupado por varias decenas de personas sentadas. Frente a ellas, un hombre menudo, de edad avanzada, rompía el profundo silencio que solo podía responder a un estado colectivo de devoción y respeto. Aquel cuerpo enjuto que reposaba sobre una silla me dio la sensación de no ser más que una cáscara, una envoltura que sostenía algo mucho más grande. Es probable que aquel ambiente me sugestionase más de lo que estaba dispuesta a admitir. Al fin y al cabo yo era una científica de vacaciones, un ser racional capaz de no dejarse influir por las apariencias, pero juro por mi vida que sentí que aquel hombre no era humano en el sentido estricto de la palabra.

Me senté al fondo, en ese momento Sharma hablaba del amor, de cómo llamamos amor a algo que no lo es y, sin embargo, rechazamos por completo el verdadero acto amoroso, que consiste en deshacerse de las emociones. Yo no entendía nada, pero quedé hipnotizada por completo. Cada vez más, tenía la clara impresión de estar ante alguien muy especial, alguien insertado en el mundo de manera mucho más profunda que los demás. Solo el hecho de mirarlo ya transmitía paz. Y aun sin entender la mayor parte de lo que decía, sus palabras parecían verdades incuestionables que manaban de un pozo al que solo él podía acceder. Hasta las pausas parecían necesarias, medidas, naturales. Todo encajaba a la perfección en aquel jardín.

Intenté alejarme mentalmente de esa sensación y percibir desde fuera lo que estaba pasando, sin dejarme atrapar del todo. Seguro que los charlatanes sabían crear muy bien ese tipo de estados en las personas. Tenía que estar alerta.

Terminó la disertación sobre el amor y al final vi cómo una mujer daba las gracias. El discurso había sido la respuesta a una pregunta. Se levantaron entonces varias manos y el anciano clavó su vista en una de aquellas personas, un hombre sentado a su derecha. Le estaba dando paso.

―Yo ya no soy joven ―comenzó el hombre, cuya voz parecía confirmar lo que decía, aunque no pude verle la cara porque lo tenía de espaldas―, pero a lo largo de mi vida he podido comprobar lo que es el sufrimiento. Todo el mundo sufre, de un modo u otro. ¿Qué se puede hacer con eso? ¿Sabe usted cómo podemos librarnos del sufrimiento?

Sharma hizo un breve gesto de asentimiento con el que cerraba la pregunta. Luego quedó en silencio. Durante al menos un minuto él y toda su audiencia mantuvieron ese silencio. Finalmente, tras una amplia aspiración, comenzó a hablar de nuevo.

―El sufrimiento, cualquier sufrimiento, nace de nosotros mismos. De nuestras expectativas. De nuestros deseos. A lo largo de la vida el dolor es inevitable, claro. Aparece cuando menos te lo esperas; cuando muere un ser querido, cuando un amigo te traiciona, cuando caes gravemente enfermo. El dolor es parte de la vida. El sufrimiento nace de la manera que tenemos de enfrentarnos a ese dolor.

Conocía ese discurso. «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional», una enseñanza budista. Siempre me había parecido una frase facilona, como esas de autoayuda que quedan muy aparentes pero no sirven de nada. Mi nivel de interés bajó en picado en ese momento.

―No se trata de que haya que ignorarlo. Ni tampoco combatirlo. Se trata de entender qué es ese dolor y de dónde surge. De que el hecho mismo de enfrentarlo ya es una nueva fuente de dolor. Hablo del dolor psicológico, claro. Del sufrimiento que nos infligimos a nosotros mismos. No hay sufrimiento si no hay alguien que sufre.

Aquello me interesó. Parecía un galimatías, pero intuí una coherencia interna que era incapaz de ver en ese momento. Se me ocurrieron un montón de preguntas pero no me atreví a decir nada; la gente escuchaba con atención y no parecía que nadie más deseara preguntar. Debía ser el protocolo habitual en aquellos encuentros.

―Usted ha preguntado por el sufrimiento ―continuó Sharma―, pero en realidad pregunta por su sufrimiento. Porque usted solo tiene una visión del sufrimiento, que es la que se produce desde su propia identidad. Y, sin embargo, la pregunta adecuada era la primera, porque todo sufrimiento nace del mismo sitio. Eso es lo que no ve, que el sufrimiento de todas y cada una de las personas es el mismo. Que en la frase «Yo sufro» el problema no es el «sufro», sino el «yo».

»Veamos entonces qué es ese «yo». Si usted va al fondo del asunto, se dará cuenta de que eso con lo que se identifica se puede definir perfectamente en base a un conjunto de situaciones con las que también se identifica; su nombre, su trabajo, sus aficiones, la gente a la que quiere… es decir, que no existe una definición de usted que no provenga de fuera de usted mismo, de sus experiencias y de su interacción con el mundo. En realidad, usted no existe. O sí existe, pero como un proceso y no como una identidad. Su «yo» es algo que genera su propia mente y que le permite construir la ilusión de seguridad, de permanencia. Pero nada es seguro y nada permanece, de ahí el sufrimiento.

Fue una sensación física. Como si el cerebro, de repente, se encendiera. Noté una especie de corriente que me recorrió toda la cabeza y que bajó por mi cuerpo, erizándome el vello corporal a su paso. Aquel hombre estaba hablando de algo que conectaba directamente conmigo. Con mi trabajo, que consistía en coordinar el primer programa de simulación completa de un cerebro humano. Me había leído docenas de estudios, libros y artículos sobre los últimos avances en neurociencia y todo parecía apuntar a que la consciencia no era más que un proceso emergente. Algo que surgía en algún momento del desarrollo humano y que no parecía obedecer a una causa concreta. ¿Podía ser que esa percepción de uno mismo, el «yo» del que hablaba Sharma, no fuera más que un truco de la consciencia para justificar su propia existencia?

Un invento.

―¿Qué es lo que hace que usted perciba el mundo como un lugar lleno de sufrimiento? Que tiene que fijarse a ese mundo de alguna manera, asegurarse de que sigue siendo usted en todo momento. De otro modo desaparecería, se diluiría en todas y cada una de las cosas que lo rodean. Tiene que generar esa sensación de seguridad, aunque esa seguridad no existe porque todo está en continuo cambio. En movimiento.

Volvió de nuevo a mí esa sensación de estar ante una carcasa. Ahora entendía mejor mis propias percepciones. Aquel anciano hablaba, pero era como si no hubiera nadie dentro de ese cuerpo tan frágil. Y, al mismo tiempo, como si estuviera en perfecta sintonía con el jardín entero. Las personas, las hojas de los árboles, lo escasos pájaros que cruzaban el cielo; todo era Sharma en ese momento. Sharma era un todo con el universo.

―Así que usted genera la ilusión de que es alguien separado de cualquier otro. Se define a sí mismo por negación, porque usted no soy yo. Ni tampoco es ningún otro. Y esa separación es sufrimiento.

El infierno son los otros.

―No puede usted dejar de sufrir porque, haga lo que haga, lo está haciendo alguien. Y mientras ese alguien no desaparezca, seguirá habiendo sufrimiento. Ni siquiera puede usted buscar la manera de terminar con ese alguien, porque esa búsqueda ya implica que alguien está buscando. Así que la única manera de dejar de sufrir es terminar con su «yo» y descubrir por fin que nunca ha estado solo.

Pero no se puede hacer, porque si buscas cómo hacerlo, la posibilidad desaparece.

―Lo único que puede hacer es comprenderlo. Observar este hecho y comprenderlo. No huir del sufrimiento, porque eso refuerza la ilusión, ya que necesariamente debe haber alguien que huye. Centrarse en él y observarlo, para que su «yo» no lo pueda alimentar. No se puede llegar a la disolución del «yo» mediante acciones, pero sí se puede no darle alimento.

Usted no existe.

La separación es el sufrimiento.

No se puede llegar mediante acciones.

Solo si desaparece la separación entre usted y el mundo dejará de percibir el mundo como algo hostil.

Sé que hubo más charla, pero yo ya no la escuché. Se me había encendido una luz en la cabeza y era algo importante, algo que no podía dejar pasar, así que desconecté del exterior y empecé a reorganizar mis ideas. De repente, el proyecto en el que trabajaba me pareció algo muy pequeño. Conseguir la simulación de un cerebro humano era solo cuestión de tiempo; de hecho, el proyecto estaba tan avanzado que los más optimistas calculaban que en un año estaría terminado. Pero en el horizonte aparecían tecnologías tan potentes que pronto dejarían esos logros anticuados. Los ordenadores cuánticos, por ejemplo. Qué no sería posible con uno de aquellos.

Salí de la casa aprovechando lo que me pareció una pausa, aunque me daba un poco igual; intenté no molestar y me fui. Tenía la sensación de estar amarrando algo grande y me sentía pletórica, como si hubiera descubierto el secreto que resuelve la escena de un crimen. Y esa sensación persistió en mí durante mucho, mucho tiempo.

Hasta que finalmente, años después, logró cristalizar en un proyecto aún mayor. Uno que tal vez sí podría hacer algo definitivo por la humanidad.

El proyecto al que dediqué el resto de mi vida.

 

 

Extracto de la información motivada del Proyecto UNO, incluido en la biografía de la doctora Celia Tabares, directora del proyecto e impulsora de la Fundación UNO para la búsqueda y atención a sujetos de nivel 5.

«María Luisa Bombal. A través de los entrecerrados ojos de la muerte», por Maielis González

Con motivo de la convocatoria de realismo mágico que hemos convocado hace tan solo unos días, y cuyas bases podéis encontrar pinchando aquí, hemos preparado una serie de artículos con el sano y noble propósito de crear hype y, de paso, ayudaros a entender de qué hablamos cuando decimos «realismo mágico», sus precedentes, sus obras destacadas y aquellas injustamente olvidadas, y todo lo necesario para poder afrontar esta antología con fuerza, ímpetu y ganas de vivir. Que aproveche.

 

Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas.

A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía.

Porque Ella veía, sentía.

Fragmento de «La amortajada», de María Luisa Bombal

 

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Cachava y boina, folk horror y realismo mágico. Tres caras de la misma moneda, por Juanma Santiago

Con motivo de la convocatoria de realismo mágico que hemos convocado hace tan solo unos días, y cuyas bases podéis encontrar pinchando aquí, hemos preparado una serie de artículos con el sano y noble propósito de crear hype y, de paso, ayudaros a entender de qué hablamos cuando decimos «realismo mágico», sus precedentes, sus obras destacadas y aquellas injustamente olvidadas, y todo lo necesario para poder afrontar esta antología con fuerza, ímpetu y ganas de vivir. Que aproveche.

Imagen de Andrea Boldizsar (@andreaboldizsar) para Unsplash

Como señala Juan Jacinto Muñoz Rengel en el prólogo de Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Salto de Página, 2009), lo fantástico construye un contexto real y cotidiano para señalar la excepción al funcionamiento de nuestro universo, mientras que el realismo mágico las considera algo normal y las naturaliza. Lo fantástico apunta directamente a aquello que transgrede nuestro mundo real, mientras que el realismo mágico lo integra. No es una mala definición, porque ayuda a entender no solo el realismo mágico literario latinoamericano, desde los paradigmáticos Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Isabel Allende o Laura Esquivel hasta los también evidentes pero poco mencionados Horacio Quiroga, Miguel Ángel Asturias o Arturo Uslar Pietri, sino también el que se cultiva en otros ámbitos geográficos y literarios: William Faulkner, Milan Kundera y Günter Grass, como señala Maielis González en el texto de la convocatoria de esta antología, y además Toni Morrison, Salman Rushdie, Angela Carter, Graham Joyce o Italo Calvino. (Incluso, si aceptamos a Jorge Luis Borges como perpetrador del subgénero, lo cual es harto discutible, tendríamos que meter en el mismo saco a Danilo Kiš, Rhys Hughes o Joan Perucho.) Asimismo, nos permite definir como genuino realismo mágico la serie televisiva Doctor en Alaska. Pero ¿en qué lugar deja esa definición el realismo mágico español? Es más, ¿puede hablarse de realismo mágico español? ¿En qué se diferenciaría de la cachava y boina?

Por resumir mucho, la pulsión de normalizar lo fantástico e integrarlo en la vida cotidiana, que sería la definición del realismo mágico tal como lo entiende Muñoz Rengel, hace que la obra del gallego Álvaro Cunqueiro entre de lleno en esta etiqueta, con esos monumentos literarios que son Merlín y familia y Las mocedades de Ulises. El Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio también podría encajar en la etiqueta, e incluso Obabakoak, de Bernardo Atxaga. ¿Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite? Hummm, no estoy seguro, pero se podría debatir al respecto. Siendo estrictos, todas ellas deberían compartir un territorio mítico, un tono elegíaco reivindicativo de las raíces locales, una ambientación rural y, sobre todo, la convivencia de lo realista con lo fantástico. Podemos tener los tres primeros elementos (o dos de ellos, caso de la obra citada de Martín Gaite), pero, si no existe un elemento fantástico que conviva en armonía con la nueva realidad que ha creado, todo lo que tendremos es la Región de Juan Benet o el León de Julio Llamazares: espacios míticos rurales de una fuerza narrativa formidable, pero, definitivamente, narrados en clave realista no mágica.

Hay que insistir en que el realismo mágico no es la única literatura fantástica que se vale del elemento rural. Cierto es que Amanece, que no es poco tiene muchos elementos del realismo mágico, y, en ese punto, no son casuales ni la referencia a Luz de agosto de Fúlkner ni la presencia de sudamericanos que unos días van en bici y otros huelen bien. Valga como ejemplo la escena de las rogativas en la plaza del pueblo. En un momento dado, comienza a llover arroz de Calasparra: Dios ha oído las estrambóticas súplicas de los lugareños. La dinámica de este episodio es la misma que las de los capítulos de Cien años de soledad en los que llueve sobre Macondo durante cuarenta días y cuarenta noches y, poco después, sobreviene una sequía de cinco años. La naturaleza, arbitraria hasta el extremo de parecer guiada por un Dios justiciero (las connotaciones bíblicas y religiosas son evidentes), irrumpe con un elemento que casi podríamos considerar antinatural, pero lo hace no desde la extrañeza, sino desde la normalidad: en el universo de José Luis Cuerda es normal que llueva arroz (aunque no siempre de Calasparra), igual que en el de García Márquez lo es que a un diluvio bíblico le suceda una sequía apocalíptica o en la canción de Juan Luis Guerra que llueva café en el campo y caiga un aguacero de yuca y té. De los hombres que brotan en los bancales ya se ha hablado en la convocatoria; ese episodio podría tener su correlato en la progresiva disminución de tamaño de Úrsula Iguarán en Cien años de soledad. Nuestras reglas no son válidas en Macondo o en un pueblo albaceteño cualquiera, pero hemos suspendido la incredulidad: allí son normales, no pueden ser de otra manera. Y este es un matiz importante, como veremos en el siguiente párrafo.

Garcinuño. Escena de «Amenece que no es poco», de José Luis Cuerda

El realismo mágico es más bien una cuestión de enfoque, de dónde hayamos trazado los límites de nuestra suspensión de la incredulidad. La misma coartada argumental puede dar lugar a una historia de realismo mágico, fantasía o surrealismo. Imaginemos, por ejemplo, que a nuestro pueblo o nuestras costas llega un ser sobrenatural. Podemos aceptarlo como algo cotidiano e integrarlo en la vida local, caso del ángel de «Un señor muy viejo con unas alas enormes», de Gabriel García Márquez. Pero también podemos buscar respuestas trascendentales e integrar la anécdota en una trama de repercusiones mundiales y nietzscheanas, caso de Remolcando a Jehová, de James Morrow, en la que Dios ha muerto y un superpetrolero lo remolca hasta el Ártico para conservar el cadáver en buen estado. Por último, podemos valernos de la presencia de un gigante del tamaño de una ballena para trazar una metáfora en clave fantástica de la codicia y depredación humanas, una relectura de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift que insiste además en el deterioro progresivo del cuerpo hasta su cosificación y en bombardearnos con imágenes extraídas directamente de nuestro cerebro reptiliano: es lo que hace J. G. Ballard en «El gigante ahogado». Queda claro, pues, que, pese a tener elementos comunes, estas tres historias están adscritas a géneros diferentes, debido a su enfoque y sus motivaciones: García Márquez la narra en clave de realismo mágico, Morrow se decanta por la fantasía de altos vuelos y Ballard la convierte en una de sus habituales idas de olla surrealistas.

Aplicado este razonamiento a la cachava y boina, cabe decir que esta no se limita a la irrupción del elemento fantástico, con unas reglas propias que se adueñan de lo que consideramos normal, pues, como ya hemos dicho, esta es la seña de identidad del realismo mágico. De hecho, tal como se explica en la convocatoria, ni uno solo de los veinte relatos de No son molinos entra de lleno en esta definición (si acaso, la premisa de «Temblores», de Cristina Jurado), pero todos ellos son cachava y boina. Algo similar sucede con la antología fundacional de la cachava y boina, los Cuentos fantásticos de la España profunda seleccionados por José Miguel Pallarés: de sus siete relatos, tal vez solo «Ritos», de Elia Barceló, se acerca algo al realismo mágico, aunque tal vez sea más correcto considerarlo un ejemplo de Folk Horror, por recurrir al subgénero de moda en el cine de terror que se va a convertir en el tercer leitmotiv de este artículo: las concomitancias con Midsommar de Ari Astel o El hombre de mimbre de Robin Hardy son bastante evidentes, lo que también convertiría en Folk Horror uno de los clásicos del cine español de cachava y boina y de terror rural: ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador. El Folk Horror, además, es una etiqueta relativamente recién acuñada que en principio se refería a películas británicas con elementos neopaganos y ancestrales, prerromanos en todo caso, pero en la actualidad se ha extendido también a cierto tipo de cine australiano (la magistral Picnic en Hanging Rock, de Peter Weir) e incluso a algunos filmes españoles como La hora bruja, de Jaime de Armiñán. El concepto clave del Folk Horror es el bosque como elemento ancestral, la vuelta a la Edad Media, el neopaganismo y la brujería. Mucha de la cachava y boina que tomamos por tal podría considerarse Folk Horror a la luz de su cada vez mayor implantación (léase el cuento ya citado de Elia Barceló), pero casi ninguna de ella coincide, a su vez, con la cachava y boina que tiene elementos de realismo mágico. Podemos discutir largo y tendido acerca de si Amanece, que no es poco es cachava y boina o realismo mágico (spoiler: tiene elementos de ambas, y también del surrealismo), pero queda fuera de toda duda que no es Folk Horror. Asimismo, ¿Quién puede matar a un niño? podría interpretarse como cachava y boina o como Folk Horror, pero en ningún caso es realismo mágico. El laberinto del fauno tendría elementos de las tres variantes, y tal vez de los próximos tres o cuatro subgéneros del fantástico que se nacerán oficialmente en los próximos años aunque aún no nos hemos tomado la molestia de definirlos.

Fotograma de «Quién puede matar a un niño», de Chicho Ibáñez Serrador, que en paz descanse.

En el fondo, el problema es que hay demasiados vasos comunicantes como para hablar de subgéneros puros, pero la idea básica es que el realismo mágico, en su acepción original, solo o casi solo puede adscribirse al género de la fantasía (salvo que hayan ustedes leído Camino desolación, de Ian McDonald, o La ley del amor, de Laura Esquivel, en cuyo caso queda claro que se puede escribir buen realismo mágico desde la ciencia ficción), mientras que el Folk Horror es solo eso, horror, y la cachava y boina admite lecturas en clave de fantasía, ciencia ficción, terror, surrealismo… y realismo mágico. En este punto, debo precisar que un género o un subgénero solo viene dado por ciertas pautas generales, que pueden pervertirse, complementarse o trascenderse. La cachava y boina de Cuentos fantásticos de la España profunda (2003) parecía mucho más limitada temáticamente que la nueva cachava y boina que se ha podido leer a raíz de No son molinos (2017). Los lectores y escritores han evolucionado, se ha producido un recambio generacional, existen nuevas influencias y, como resultado, los relatos de la antología de Cerbero muestran un abanico temático y de géneros mucho más variado que los de la antología fundacional de Grupo AJEC. Cabe suponer que con la convocatoria de esta antología de realismo mágico sucederá algo similar: una vez aclarado que se están buscando relatos adscritos sin duda al realismo mágico (realismo aparente, elemento fantástico, percepción cotidiana de este, entorno rural y alejamiento de los gustos de la élite), las combinaciones de estos elementos pueden dar lugar a relatos verdaderamente innovadores que lleven el realismo mágico hasta donde pocos podríamos sospechar.

Porque, a fin de cuentas, el elemento fantástico (y esto incluye el realismo mágico) de la cachava y boina es solo uno de los tres pilares en los que esta se sustenta; los otros dos son la España profunda (cuanto más vacía y negra, mejor) y las leyendas populares (prerromanas, templarias, musulmanas o extraterrestres, tanto da). Para que haya cachava y boina tienen que darse esos tres elementos, de ahí que Amanece, que no es poco tenga elementos de realismo mágico como los ya expuestos, pero sea algo más que realismo mágico, pues, si se eliminaran los hombres que brotan de los bancales y el arroz de Calasparra que cae del cielo tras las rogativas en la plaza del pueblo, toda la parafernalia que nos queda es inequívocamente de cachava y boina. Como ya hemos visto, otro tanto podría suceder con El laberinto del fauno. Sin embargo, ¿Quién puede matar a un niño? no admite ningún elemento de realismo mágico, y sí muchos de terror y Folk Horror.

Estoy dejando para el final el único espacio mítico español creado con la intención declarada y premeditada de convertirse en un marco de relatos de realismo mágico: la Umbría de Elia Barceló (El secreto del orfebre y El vuelo del hipogrifo) y César Mallorquí (Leonís). Barceló y Mallorquí idearon (junto con Julián Díez y Armando Boix) esta comarca ambientada en una Cantabria soñada precisamente para ambientar en ella historias de realismo mágico digamos norteño. Poco antes, José Luis Rendueles había urdido las Historias de Comarca, pero basándose en Asturias. De la Obaba de Bernardo Atxaga ya hemos hablado; es un trasunto de un pueblo de Euskadi. La Galicia de los relatos de Alejandro Carneiro no está muy lejos de la de Álvaro Cunqueiro, Manuel Rivas, Anxel Fole, Wenceslao Fernández-Flórez o la «Balada por la luz perdida» de Juan García Atienza, que tiene más de cachava y boina y terror lovecraftiano (Folk Horror, a fin de cuentas) que de realismo mágico, pero podría encajar en el subgénero. Curiosamente, todos estos espacios míticos están ambientados en el norte de la península Ibérica. ¿Convierte eso al realismo mágico español en una sucursal no declarada del Folk Horror con raíces celtas? No del todo, porque José Miguel Pallarés ya lo había intentado con el Maestrazgo, pero podría ser una pista valiosa para las autoras deseosas de buscar su propio espacio mítico de realismo mágico. La pregunta es obligada: ¿quién dijo que Castilla tenga que ser realista a lo Miguel Delibes y Galicia realismo mágico a lo Álvaro Cunqueiro? No son molinos respondió en clave de cachava y boina, con resultados muy satisfactorios; veamos qué respuestas leemos en clave de realismo mágico.

No sé si estas líneas aclararán ideas al lector o si, por el contrario, aumentarán su confusión terminológica. En todo caso, la idea central es que el realismo mágico, el Folk Horror y la cachava y boina pueden coexistir, pues esta última lleva aparejada la existencia de la primera en su propia definición, pero son tres manifestaciones literarias completamente autónomas, cada una de ellas con una intencionalidad diferente. Lo cual, ni que decir tiene, no las convierte en excluyentes: se pueden escribir relatos de realismo mágico con elementos de cachava y boina o de Folk Horror, al igual que se pueden escribir desde la perspectiva de género (¿qué otra cosa era Como agua para chocolate?), el enfoque crítico con el sistema socio-político-económico (hola, Isabel Allende y Miguel Ángel Asturias), la búsqueda de marcos temporales o geográficos diferentes (y aquí caben desde los aviones de la Segunda Guerra Mundial en la campiña inglesa, caso de Los hechos de la vida de Graham Joyce, hasta la turbulenta historia de la India desde su independencia, como en Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie), el protagonismo a o la búsqueda del acento en colectivos minoritarios y no normativos (¿puede alguien que haya leído a Ben Okri afirmar que el afropunk no es una manifestación más del realismo mágico?). Al igual que sucede en Comala o en Macondo, todo es posible si se sabe interpretar la realidad con ojos de realismo mágico. Basta con mirar a nuestro alrededor.

CONVOCATORIA ANTOLOGÍA REALISMO MÁGICO

Imagen de @korpa para Unsplash

Editorial Cerbero se complace en convocar la que será su última publicación de este 2019, que saldrá a la luz en diciembre. El tema escogido para este compendio de relatos será el realismo mágico, entendiendo este como un género en sí mismo, con características definitorias propias y suficiente entidad en sus rasgos como para ser independiente al movimiento homónimo. Para tal fin, sirvan las siguientes

 

BASES

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#LeeOrgullo JUNIO

Manifiesto

#LeeOrgullo

 

La iniciativa #LeeOrgullo tiene por objetivo promover la lectura de autoras y autores LGTBI+ y de libros con temática y personajes del colectivo durante el mes de junio (de este junio y todos los junios).

¿Por qué el mes de junio?

Porque junio es el mes del Pride, donde conmemoramos en 2019 los 50 años de los disturbios de Stonewall (28/6/1969), el día en el que, desde entonces, enarbolamos nuestras banderas de diversidad con orgullo. También porque en junio se produjo la masacre en la discoteca Pulse (12/6/2016) de Orlando, donde fueron asesinadas 50 personas.

¿Por qué ahora un #LeeOrgullo?

Porque la comunidad LGTBI+ continúa oprimida, porque aunque en España vivimos en una casi igualdad legal, esta es aún una quimera en la realidad. Un par de datos: en 2018, solo en la Comunidad de Madrid se registró, casi una denuncia al día por delitos de odio por orientación sexual, identidad de género o expresión de género. En el primer trimestre de 2019, en Barcelona se recogieron el doble de agresiones que el mismo período del año anterior. Y esto son solo las agresiones que se han denunciado.

Pensemos en los casos de acoso en las escuelas a jóvenes por ser «maricas» o «bollos» que cada año se salda con varios suicidios de adolescentes. Pensemos en los graves problemas de inserción social y laboral de las personas trans, en especial las mujeres, que acaban, demasiadas veces, en la marginalidad y la prostitución.

Pero si abrimos la mirada al resto del mundo, vemos que en al menos 80 países es delito tener sexo con personas del mismo sexo y que en 8 de ellos se paga con castigos físicos y pena de muerte, como por ejemplo la lapidación. En el continente americano han sido asesinadas cerca de mil personas trans desde 2015. En Europa, la situación empeora en países como República Checa, Polonia, Hungría o Rusia. En Chechenia existen campos de concentración para homosexuales, donde fue torturado y asesinado, por ejemplo, el cantante ruso Zelimkhan Bakaev.

La igualdad de derechos es un hito que muy pocos países han conseguido y la opresión sobre el colectivo sigue viva y en aumento. Por todo ello debemos continuar luchando y visibilizando. Junio es nuestro mes, el mes en el que nos sentimos más orgullosas/es/os que nunca de ser como somos, de luchar por nosotras/es/os y por los que no pueden luchar por sí mismas/es/os. Es por eso que arranca #LeeOrgullo, para poner otro grano de arena a la lucha desde la literatura.

Proponemos

Os proponemos leer autoras y autores LGTBI+ y libros con temática y personajes que den visibilidad a la diversidad al colectivo. Os proponemos hablar de todo ello en redes, en medios, en blogs, en podcasts y videos. Os proponemos difundir  #LeeOrgullo.

Proponemos a las editoriales que durante este junio, y todos los junios, promocionen la diversidad desde sus catálogos.

El movimiento arranca aquí, pero queremos que sea vuestro. Nos gustaría que lo hicierais vuestro y desarrollarais aquellos aspectos que os atañen o interesan más.

La diversidad

Queremos que sea un movimiento abierto, donde puedan encontrar sitio todas aquellas visiones que escapen de la heteronormatividad. Queremos leer sobre la diversidad, conocerla y profundizar en ella.

Somos una comunidad compleja, incluso con visiones contrapuestas de lo que somos o debemos ser. Si crees que nuestro discurso no te incluye, escríbenos y lo mejoraremos.

 

Este manifiesto es una adscripción individual. Lo podrás encontrar en este blog y en blogs de otras personas que se unen a la iniciativa. No representamos a la comunidad, solo somos miembros de ella o estamos cerca.

Literatura para construirse, por Cristina Jurado

 

Cuando pienso en mi adolescencia y juventud no puedo dejar de evocar los libros que me acompañaron durante muchas tardes y, sobre todo, noches. Os hablo de los años ’80: Internet estaba aún muy lejos, las «redes sociales» se limitaban a llamar por teléfono a alguna compañera de clase y quedar para merendar e ir al cine, y solo teníamos dos canales de TV. Bueno, estaba la radio, que sonaba sin cesar con las canciones de moda. ¡Cuánto rezábamos para que el presentador dejase de hablar y poder grabar casetes baratos con nuestros grupos favoritos! Si querías entretenerte, tenías que recurrir a jugar, escuchar la radio o a leer. (más…)

HAY QUE DEJAR LA ANTICUADA PERCEPCIÓN DE LA LITERATURA JUVENIL EN EL PASADO (AL QUE PERTENECE), por Patricia Macías

A mis 21 años tengo que ir acostumbrándome a que, cada vez con más frecuencia, los personajes de las novelas juveniles sean más jóvenes que yo. Eso también significa que muchas personas empiezan a mirarme de forma extraña por seguir consumiendo y escribiendo literatura juvenil. Tengo que admitir que leo mucho juvenil, quizá incluso más que cuando era pequeña. Creo que siempre he ido un poco a la inversa en ese sentido. (más…)

NI UN PELO DE TONTAS

A diferencia de lo que a algunas personas les gusta pensar, la literatura juvenil está muy presente en nuestra cultura. Me atrevo a decir que cualquiera podría mencionar, al menos, el título de una novela juvenil adaptada al cine y convertida en una película taquillera o, incluso, una exitosa saga o trilogía.

Para todo hay excepciones, claro. Quizás alguien como mi padre, un señor que no se ha acercado a la literatura juvenil (ni a la literatura en general), pueda quedarse un poco a cuadros con la petición y no saber contestar. Pero estoy segura de que si le pregunto sobre Harry Potter o Los juegos del hambre me dirá que le suenan, sepa o no que son adaptaciones que provienen de novelas dirigidas, principalmente, a un público joven.

Otra cosa de la que estoy más o menos segura es de que, si tienes la patita metida en el mundillo de la literatura, como persona que la consume, escribe o se interesa por ella, has debido enterarte de más de una discusión acalorada vía redes sociales. Aunque sea de oídas. Hay personas que tienen opiniones bastante fijas y fuertes sobre las novelas juveniles, negativas en su mayoría. Las comparaciones con otro tipo de literatura considerada de «mayor calidad» son habituales, muchas veces sin tener en cuenta que esta alta literatura pueda no ser adecuada para cierto rango de edad, bien por temática, o bien por complejidad.

Por las ideas que defienden los detractores de las novelas juveniles, me es fácil imaginar a una versión mucho más pequeña de ellos pidiéndoles el Quijote a los Reyes Magos. Los veo leyendo, analizando y disfrutando la obra a una edad en la que aún usaban pañales, pasando las hojas del libro con rechonchos deditos de bebé. Yo, a esa edad, lloraba porque mi hermana le cortaba el pelo a mis muñecas. Los grandes clásicos de la literatura no me preocupaban en absoluto, pero me encantaban los libros de Kika Superbruja y soñaba con sus mágicas aventuras por las noches. Estas cosas, tanto los lloros como el leer sobre niñas bruja, son las que me han ayudado a convertirme en la escritora que soy hoy.

Así, parece que existen personas que se empaparon de literatura de la buena, de la de verdad, cuando apenas sabían leer. Mientras tanto, el resto de mortales, los que consumimos literatura juvenil, necesitamos de escritos que no contengan metáforas y estén bien mascados, que sean sencillos. No vaya a ser que no nos enteremos de qué va la cosa. Porque, como bien insinúan, la literatura juvenil no solo es innecesaria, sino que sus temáticas y prosa simplona menguan nuestra comprensión lectora.

Curiosamente, estas afirmaciones no se dan referidas a la literatura considerada «adulta», y mirad que hay variedad de sobra para criticarla hasta la saciedad. Esto me genera varias dudas, porque si el problema es que todo lo que no es literatura adulta es más bien regular o para tontas… ¿También están mal los cuentos infantiles? ¿Y los libros para personas de la tercera edad? ¿Es descabellado tener libros adaptados a los gustos y características de una etapa evolutiva concreta?

Existe ocio para todas las edades, pero las quejas sobre la literatura juvenil (y el ocio dirigido a un público joven), son desproporcionadas en comparación con el resto. ¿Por qué será? No porque me vaya a menguar el cerebro si la consumo, desde luego.

Sea como sea, mis teorías locas sobre el odio hacia la literatura juvenil no son la razón por la que escribo este artículo. Y, aunque pueda parecerlo, tampoco pretendo tener una confrontación con nadie. No quiero caer en «la gente es el mal y cada vez vamos a peor». Todo lo contrario, en realidad.

Escribo este artículo porque estoy contenta.

A pesar de todas las críticas con más o menos fundamento que se le puedan hacer (nada es perfecto, al fin y al cabo, y la tarea de revisión debe ser continua), la literatura juvenil gusta y llega cada vez a más gente. Hay quien la sigue mirando de reojo y con mala cara, sí. Pero esto no le resta importancia a su existencia y a las voces que la alaban y defienden como una parte necesaria de la literatura, tan digna como el resto.

Estoy contenta porque Editorial Cerbero ofrece, poco a poco, literatura más variada y accesible. Prueba de ello es la nueva colección de novelas cortas que llega en febrero, esta vez (sí, lo habéis adivinado) juveniles. Estoy contenta porque, como lectora y autora, he podido aportar un granito de arena a esta colección.

Estoy muy, pero que muy contenta, y de ahí la existencia de este artículo. Con él pretendo dar comienzo a una pequeña iniciativa que el perro de tres cabezas me ha permitido coordinar: durante el mes de enero se publicarán, en este mismo blog, artículos centrados en lo que la literatura juvenil ha significado en la vida literaria de las personas que los escriben. Todos ellos irán firmados por personas geniales, algunas de ellas de esta misma casa, que nos darán su visión personal y única.

De esta forma me gustaría transmitir, aunque sea un poco, la importancia de la literatura juvenil, lo maravillosa que puede ser y el papel que ha jugado en el crecimiento de personas que, a día de hoy, producen literatura que está muy alejada de poder considerarse «para tontas o crías».

Porque resulta que, no, las personas que escribimos y consumimos literatura juvenil no tenemos ni un pelo de tontas.

 

 

 

 

 

 

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