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Tiene que ser esta noche, de Blanca Rodríguez

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 18

Foto de Anton Scherbakov para Unsplash

La silueta de su figura, alta y delgada, se mueve a contraluz tras las cortinas, apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana mientras se prepara para marcharse a trabajar al hospital. He pasado tantas horas esperando, observando, fantaseando. Imaginando sus grandes ojos oscuros mirándome con terror, implorando por su vida. Su boca, siempre tan roja, abierta, buscando inútilmente la súplica y el aire mientras le aprieto cada vez más el delicado cuello, dejándole en la piel las marcas amoratadas de los dedos. Esa piel tan pálida, translúcida y blanca como el mármol, no lechosa como la de las pelirrojas llenas de pecas que tanto detesto. No, ella es perfecta en su hermosura fría y lánguida, y tiene que ser mía. Más allá de la amistad o el amor. Mía en la muerte.

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Economía sumergida, de Irene Morales García

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 16

Foto de Cristian Palmer para Unsplash

Petra llevaba toda su vida fastidiada por llamarse Petra.

Quizá porque todas sus amigas se llamaban Carmen, o porque el chico que le gustaba no acababa de pronunciar bien su nombre, o quizá porque habían llamado a su hermana mayor Azucena y tenía la ligera sospecha de que su madre se había currado el nombre de su hermana, pero no el suyo. «No sé, lo eligió tu padre», decía siempre.

La bicicleta temblaba entre sus muslos y contuvo el deseo infantil de abrir la boca para escuchar cómo su voz tiritaba bajo los botes de los más que gastados adoquines. Tuvo que tomar un par de desvíos, porque era día de mercado medieval y sus vecinos ya empezaban a salir a la calle vestidos con horribles trajes de terciopelo verde y granate. El cetrero le guiñó un ojo, como cada año:

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Una deuda elemental, de Eleazar Herrera

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 14

Foto de Jack Robinson para Unsplash

Aquella, estaba segura, era la última vez que confiaba en un alquimista.
«¡Y yo qué sabía!», me habría gritado si supiera que estoy contando su historia, pero en aquel momento Cristal se miraba al espejo, horrorizada con su nuevo aspecto. Aquella mañana había caminado hasta el pueblo con la esperanza de ser la primera en llegar a la Cueva de Rubedo, que no era sino un nombre algo excéntrico para una peluquería en medio del bosque. Se decía que el peluquero tuvo un pasado entre la vida y la muerte y que prefirió dejarlo antes de que los cambios de humor le llevaran a quedarse para siempre en el lado incorpóreo. La rumorología es como la niebla: te deja agotado y nunca estás seguro de si lo que estás viendo es real. Pero quizá el cotilleo es lo único que la gente de castillo tiene en común con sus súbditos.

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Fuerza laboral, de Teresa P. Mira de Echeverría

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 13

Desde el fondo del vaso, el espejo le ladró con fuerza.
El olor era acuoso y algo esmerilado, casi como vidrio caliente y ambarino. Una miel iracunda.
Miró detenidamente el contenido y se perdió en las volutas del líquido.
Sus ojos eran drenados hacia el fondo, más allá, mucho más allá de él mismo.

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Té veo, de Haizea M. Zubieta

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 11

Foto de rawpixel para Unsplash

Verá usted, doctor, el culpable de todo este lío fue Miguel, el novio de mi hermano. El muy friki se fue de viaje a Japón y me trajo de vuelta aquel té del demonio. Fue el té el que me hizo todo esto, se lo juro.

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La tarta de gominolas, de Mª Concepción Regueiro Digón

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 10

Foto de rawpixel para Unsplash

Decidido: haría la tarta de gominolas en vez de comprarla como había pensado en un primer momento. Disponía de un par de recetas muy sencillas de realizar y seguramente el resultado sería muchísimo más satisfactorio para Bertito, tanto por la ilusión de verse agasajado con algo específicamente hecho para él como por el mayor montón de chucherías de su gusto en la tan singular supergolosina. Podía imaginárselo cogiendo a puñados todas aquellas bolitas y cintas multicolores y la sonrisa más placentera adornó su rostro en el camino de vuelta a su casa.

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