El rescate del Pargo, de Darkor_LF

El rescate del Pargo, de Darkor_LF

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 20: «El rescate del Pargo», de Darkor_LF

—No pienso disfrazarme de monja.

Brigi se cruzó de brazos con decisión mientras miraba desafiante a Reme, quien sostenía un hábito blanco.

—Vamos Brigi, sé razonable, eres la que más se parece a ella. —La habitación empezaba a quedar en penumbra, a medida que la tarde avanzaba—. Nos quedamos sin tiempo y no tenemos otra oportunidad.

—No. Pienso. Vestirme. De. Monja. —Brigi terminó su alegato sentándose enfurruñada sobre la cama de la habitación que habían alquilado en la posada—. Si con este vestido sin mangas ya me pica todo el cuerpo, con ese estúpido hábito voy a morirme.

—Será solo un momento.

—¡Pues póntelo tú!

Reme puso los ojos en blanco. «Estúpida niñata». Brigi era muy buena para algunas cosas, como forzar cerraduras y cometer pequeños hurtos; por otro lado, Reme tenía don de gentes y le encantaba disfrazarse. En esta ocasión no podía ser así, ya que Reme era demasiado delgada y pequeña como para poder hacerse pasar por la monja. En cambio, su compañera era lo bastante corpulenta como para que la confundieran con ella.

Sí, Brigi tenía bastante méritos y cualidades. También podía ser terca y demasiado cabezona, como en esta ocasión. Iba a tener que hacerlo por las malas, ya que se acercaba la noche. Algo que en otras circunstancias sería de agradecer, porque el calor sofocante que inundaba la isla se mitigaba, pero no en esta ocasión, con el reloj corriendo en su contra.

Reme dejó caer el hábito sobre la cama y con las dos manos libres agarró por los hombros a Brigi, aprovechándose de que al estar sentada no le sacaba una cabeza y media.

—¡Escúchame bien! ¡Yo también estoy cansada y me pica todo! —A cada frase Reme acercaba un poco más su cara a la de Brigi—. ¡Ya fue un gigantesco montón de mierda el error en la ruta y tener que huir de San Petersburgo! ¡Tú quieres ese tesoro, yo quiero ese tesoro y para eso necesito que te disfraces de la maldita monja del demonio! ¡¿Me has entendido?!

Brigi se había quedado pálida, como cada vez que era testigo de uno de los arrebatos de furia de Reme, siempre tan fría y con aparente control sobre la situación. Ni siquiera cuando se toparon de lleno con el frío ruso, con sus ligeras ropas para el tiempo canario, había perdido los nervios. Cuando descubrió el momento en el que estaban, ahí sí que se cabreó de verdad. Estuvo insultando a Pierre un buen rato, quien era responsable final de preparar los dispositivos para el viaje, mientras Brigi se planteaba que no sería mala idea unirse a los revolucionarios.

Brigi tragó saliva antes de asentir despacio.

—Está bien, me pondré el hábito de monja.

Se quedaron unos segundos en silencio, con la respiración de Reme asentándose  tras el estallido.

—Reme…

—¿Sí?

—¿Crees que podrías soltarme? Para ponerme el hábito y esas cosas.

Reme la soltó y se echó para atrás. Empezó a frotarse la cara con las manos, como si se acabara de despertar.

—Voy a preparar la bolsa con las cosas, para saltar de vuelta nada más terminar. —Mientras hablaba, se acercó al baúl donde habían guardado sus cosas para el par de noches que habían pasado allí. Cuánto se alegraba de haber convencido al dueño de que le pagarían al irse en una semana.

—Ya estoy lista —anunció Brigi al rato.

Reme sacó la cabeza del baúl y la volvió a bajar, para que Brigi no viera la sonrisa que se le había puesto. Con lo que había costado convencerla de que se pusiera el hábito, como para hacerla cambiar de opinión.

—¡Te has reído! —Alargó la mano para quitarle la toca—. Ni cinco segundos con esto puesto y ya es la cosa más horrible que he tenido que llevar nunca. Y una vez me puse un corsé.

—Sí, quítate esa toca y deja que te la coloque, que estás hecha un desastre. —Reme terminó su labor en el baúl y se acercó a ella.

—Intenta ponerte una cosa de estas sin espejo ni nada donde mirarte. —Se agachó para que su compañera pudiera colocarle el traje con mayor comodidad.

Se notaba la habilidad de Reme para el disfraz, ya que en unos momentos tuvo la toca bien colocada.

—Muy bien, saldremos por la ventana. Así nos ahorramos tener que dar explicaciones si nos ve el dueño.

—¡Tienes que estar de broma!

—Para nada. Da a las afueras y no nos verá nadie, porque es la hora de volver a casa. Es un plan sin fisuras. —Se dirigió a la ventana para abrirla y salir.

—¿Y crees que es mejor idea ver salir a una monja por una ventana que por la puerta principal?

Reme se quedó parada con una pierna ya fuera de la habitación, como si acabara de caer en ello. Tras unos instantes, contestó.

—Mira, ya improvisaremos. Yo salgo primero y vigilo que no haya nadie. Luego basta con comportarse con naturalidad, como si tuviéramos todo el derecho a andar por las calles.

Reforzó sus palabras terminando de salir por la ventana. Brigi la siguió a regañadientes a la calurosa tarde que terminaba.

 

 

También hacía calor cuando fueron a la casa de Amaro la primera vez, unas semanas atrás. Fueron por la mañana temprano, pero aun así la humedad se pegaba al cuerpo de las dos, haciendo que el sudor manchara los sencillos vestidos de sirvienta que habían cogido para la ocasión.

Era finales de septiembre, pero en la isla de Tenerife eso no significaba gran cosa, ya que el calor y la humedad eran una constante. Se acercaban a una de las muchas casas blancas que había en la población. Ambas eran distintas, tanto por su tamaño como en la actitud: mientras Reme iba segura, seria y tiesa, Brigi se mostraba nerviosa y caminaba encorvada, en uno de sus intentos de no llamar la atención. Se detuvieron bajo una sombra antes de llegar a su destino, una casa que no destacaba del resto de viviendas de la vecindad.

—Bien. Repasemos la historia, Brigi.

—Pero si solo vas a hablar tú —refunfuñó.

—Pero quiero asegurarme de que si te preguntan tengas claro todo —suspiró exasperada Reme—. Venga.

Brigi tomó aire antes de empezar a recitar su coartada, mientras Reme la observaba.

—Somos Brígida y María Remedios, dos sirvientas nuevas que acaban de llegar a la iglesia de Santo Domingo y nos han mandado a traer el recado sobre unas nuevas obras que quieren acometer en la iglesia. El señor cura quiere saber si la generosidad del señor Amaro Rodríguez podría alcanzar una vez más a la pobre iglesia para financiar las obras. Entonces tú le doras la píldora y le entretienes mientras yo curioseo en los registros para localizar dónde ha metido la plata. —Hizo una pausa para tomar aire—. Estoy nerviosa, no soy estúpida.

—Yo también lo estoy, por eso necesito asegurarme de que decimos lo mismo. —Reme mostró una media sonrisa, aunque era capaz de disimular sus emociones mucho mejor que su compañera.

—Pienso que el plan es muy vago. —Se mordió el labio por los nervios.

—Se me da mejor trabajar sin guion cerrado. —Había dejado de mirar a su compañera, para fijar su vista en la puerta—. Además, tengo un as en la manga. ¡Literalmente!

Acompañando a sus palabras se sacó un collar de la misma, del que colgaba un retrato en miniatura de una monja.

—Sigo sin tener claro cómo el retrato de una monja muerta nos va a ayudar.

—¡El retrato de María de Jesús de León y Delgado! —Puso el colgante delante de Brigi, con aire triunfal—. ¡Siervita de dios y milagrera local! Y Amaro siente verdadera devoción por su amiga y salvadora. Si me presento como devota suya me ganaré su favor y simpatía. Y podremos hablar largo y tendido de sus milagros y actos. Esa señora ha hecho más cosas muerta que viva, así que te podré dar bastante tiempo para que mires y robes lo que haga falta. ¡En marcha!

Se puso el colgante al cuello y se encaminó hacia la casa, llena de seguridad en sí misma y en su plan. Brigi la siguió, deseando tener una pizca de la confianza que destilaba su socia.

Reme se plantó delante de la puerta, tosió un poco y sacudió los hombros, mentalizándose para el papel que debía interpretar ahora. Tras unos breves instantes, llamó con firmeza a la puerta y esperó a que la abrieran.

Nadie acudió a la llamada. Frunció el ceño antes de volver a golpear con más fuerza a la puerta. Otra vez, solo obtuvo silencio como respuesta.

—Parece que no hay nadie en casa… —Brigi, nada cómoda con este plan, sonaba más aliviada de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Es imposible, Amaro tiene que estar aquí y tiene suficiente dinero para tener una legión de criados. Lo mismo están todos de limpieza al fondo de la casa. —En esta ocasión pegó un par de buenos puñetazos a la puerta, para asegurarse de que la oyeran del todo.

—Pues si hay gente aquí, han pillado sordera todos. Déjame probar a mí.

Brigi se acercó a la puerta y golpeó con mucha más fuerza que su enjuta compañera, de forma que el sonido retumbó por toda la calle. Reme decidió pegar la oreja a la puerta, para oír si alguien se acercaba a abrirles.

Una vez más, nadie acudió a la llamada. Solo silencio. Esto ya empezaba a ser demasiado raro incluso para ellas. Reme se acercó a la pared, dando la espalda a la puerta; comprobó que seguían solas en la calle y sacó de su bolsa un cuadrado de plástico, al que empezó a golpear con el dedo de forma nerviosa.

—Te juro que como este cacharro nos haya vuelto a mandar a las coordenadas incorrectas, vamos a volver solo para que desuelle a ese patán de Pierre. —Unas cifras color verde aparecieron sobre el cuadrado: «F: Jueves 28 de septiembre de 1747 d. C. (C. Gregoriano) H: 10:12. C: 28.4328, -16.3682»—. Todo está bien: lugar y fecha.

—Lo mismo es fiesta y por eso no hay nadie en casa —sugirió Brigi con timidez.

—No, fueron hace dos semanas. Es jueves además y ya han sido las misas, así que tienen que estar dentro. ¡Ah de la casa!

Brigi pegó un brinco por el repentino grito de Reme. Al cabo de unos instantes oyeron el ruido de una puerta abriéndose, pero la que tenían delante de ellas no se movió.

—¿Se puede saber qué hacen montando este escándalo?

Ambas dieron un respingo y se giraron en dirección a la voz. Una mujer con un traje sencillo como el suyo y la piel quemada por el sol canario las miraba con un considerable enfado. Llevaba una escoba en las manos, lo que no era un impedimento para estar con los brazos en jarras. Había salido de la vivienda más cercana a donde se encontraban. Reme estaba pensando qué decir cuando se le adelantó Brigi.

—Buscábamos al señor Amaro Rodríguez.

Esto era lo que Reme necesitaba para volver a meterse en el papel que se había preparado.

—Venimos por unos asuntos importantes de la igles… —La mujer la interrumpió antes de que pudiera seguir hablando, sin abandonar su mirada de enfado.

—Pues ya puede ser que se esté quemando hasta los cimientos para andar montando tamaño escándalo ante una casa vacía.

Ambas se volvieron a quedar sin palabras, y otra vez Brigi fue la única capaz de hablar.

—¿Cómo que vacía? ¿No vive aquí Amaro Rodríguez?

—¿Amaro Rodríguez? ¿El hijo de Doña Beatriz, que en paz descanse?

—Sí, ese mismo. —dijo Reme, que parecía que volvía a poder hablar.

La mujer se rio en voz alta.

—¿Y se puede saber qué buscan de él? ¿Son otras supuestas hijas de él? Porque si es así, van a tener que hacerlo mejor, porque no se le parecen en nada.

—¿Supuestas hijas? —Reme se mostró ofendida tras recuperarse de la sorpresa inicial—. No, ya le he dicho que le buscamos por un asunto de la iglesia.

La mujer volvió a soltar otra carcajada, para luego resoplar. Parecía que se le pasaba poco a poco el enfado, ya que relajó los brazos y se apoyó sobre la escoba, aunque con una actitud algo hostil aún.

—Los curas son unos sacacuartos, pero reclamar a los muertos dinero para arreglos nuevos no lo habían hecho aún.

Brigi palideció de nuevo, mientras Reme abría mucho los ojos y la boca.

—¿Qué pasa? ¿El señor cura no les dijo que el señor Amaro Rodríguez lleva muerto veinte años? —Nuevas carcajadas resonaron por la calle. Parecía que a la mujer ya no le molestaba el escándalo.

—¿Mu… muerto? ¿Cómo qué muerto?

Una vez más, Brigi era la primera en recuperarse de las noticias, aunque ahora lo único que quería era volver a su casa y no salir de su habitación jamás.

—Pues claro, se murió hace más de veinte años. Una pelea de bar en Cuba. Dijeron que con un pirata turco. —Escupió al suelo para reforzar el desprecio que mostraba su voz —. Tanta aventura y saqueo en las Indias Occidentales tuvieron su precio. La familia y la Siervita se empeñaron en traerle aquí, para enterrarle en casa. La familia acabó por irse a Cádiz con el negocio hará un par de años y desde entonces la casa está vacía.

La mujer había suavizado el tono mientras hablaba, al ver como Reme y Brigi no recuperaban el color. La falta de reacción hizo que se arrepintiera un poco de su tono inicial. Incluso empezaba a sentir algo de lástima por ellas, ya que se las veía muy perdidas.

—Oigan, ¿están bien? ¿Quieren pasar a la sombra? —les ofreció en tono conciliador.

—No hace falta. —Una vez más, Brigi era la única que era capaz de reaccionar. Reme era la mejor trazando planes y también la peor cuando la situación se desviaba en exceso de su guion—. Verá, somos nuevas y nos deben de haber gastado una broma. No se preocupe por nosotras, ya nos vamos.

Agarró a Reme de la mano y se volvió por donde habían venido, mientras decía adiós con la mano a la mujer, que volvía a meterse a la casa a seguir con sus tareas.

 

 

Habían vuelto al pequeño cobertizo en el que estaban desde la semana anterior, mientras se hacían a las costumbres y horarios del lugar. Un par de sacos de paja, sobre los que se habían desplomado más que sentado, y un pequeño baúl eran todo el mobiliario que tenía la casucha a las afueras. Reme seguía en estado de shock, asimilando la noticia y las implicaciones. Brigi y ella no habían hablado durante todo el trayecto de vuelta al cobertizo. Sabían que en teoría podían suceder estas cosas, pero nadie se paraba a pensar mucho en ello.

—Tenemos que hablar de esto, Reme, quieras o no.

—No puede estar pasándonos esto. —Seguía en estado de negación—. Bastante fue que el idiota de Pierre la liara implementado las coordenadas y acabáramos en la Revolución de Octubre. Como si no fuera suficientemente malo haber perdido una carga, llegamos a San Petersburgo en noviembre.

Brigi se hubiera reído de lo absurdo que fue ese momento si no fuera porque no es bonito encontrarte con la revolución del pueblo ruso contra los zares cuando tus expectativas eran llegar a una playa solitaria de Canarias en mitad de septiembre. En cuanto fueron conscientes de todo, ni se molestaron en ocultarse antes de reajustar los dispositivos y saltar al momento y lugar correcto.

—Por mucho que lo niegues, no cambia el hecho de que nuestro corsario millonario está muerto antes de lo que debería.

Reme empezó a negar con la cabeza.

— Tienes que asumir que estamos en una par…

—¡No lo digas!

Reme se incorporó de un salto del saco, se tapó los oídos con las manos y cerró los ojos, mientras escupía hacía una esquina y giraba sobre sí misma. Brigi suspiró y se incorporó también, esperando que dejara de hacer ese estúpido baile contra «el mal de la paradoja».

—Vale, no diré esa palabra —anunció en cuanto paró, abrió los ojos y se destapó los oídos—. ¡Pero tenemos que pensar en algo! Tenemos tres cargas aún. Algo podremos hacer que no implique haber perdido todo nuestro dinero en esta expedición.

Reme volvió a desplomarse en el catre, fijando su vista al techo.

—Lo que daría por un maldito ventilador ahora mismo. Uno de techo.

—Y yo quiero un granizado de limón y saber qué ha pasado con nuestro corsario. —Brigi terminó su frase dándole un pequeño puntapié, para que se levantara y dejara de autocompadecerse—. Eres tú la que había estudiado mejor la historia de Amaro y llevas las notas en tu dispositivo.

Aunque los dispositivos para el viaje temporal eran muy versátiles y autónomos —los anuncios decían que podrían sobrevivir incluso a erupciones volcánicas—, sus modelos no eran los últimos del mercado y su capacidad de almacenamiento era limitada, así que habían distribuido la información entre ambas. Esto hacía que no fuera recomendable separarse y hacer locuras. La gente que hacía eso… Bueno, algo les pasaría, pues no se les volvía a ver mucho.

Los viajes temporales se habían popularizado y abaratado bastante, de forma que mucha gente los usaba: viajes por placer, de investigación, etcétera. Pese a que llevaban ya un buen tiempo entre el gran público, había todavía mucha mística en torno a ellos, ya que las bases de funcionamiento eran demasiado caóticas: podías querer ir a la firma de libros de tu escritora favorita ya fallecida un jueves y que el dispositivo se bloqueara. Podías intentarlo dos martes después y no había problema. Había muchas teorías: desde gente que pensaba que era la línea temporal asentándose hasta la que había elaborado complicadas teorías conspiranoicas sobre una policía del tiempo. También estaban los que habían visto mucho la tele y hablaban de Puntos Fijos que no se podían cambiar ni visitar.

Lo único que habían sacado en claro en todos los años de funcionamiento era que daba igual que pisaras hormigas, al tiempo le daba lo mismo y ya se acabaría arreglando. Incluyendo que tú acabaras siendo comido por un cocodrilo si estabas donde no tocaba. En los últimos años, incluso había surgido una corriente de gente que se dedicaba a buscar incongruencias en los cuadros, libros, etcétera, en la búsqueda de viajeros temporales. Que de ahí derivaran un montón de supersticiones y supuestos amuletos era cuestión de tiempo. Como era el caso de Reme, que pensaba que decir que se había creado una paradoja eliminaría su existencia de un plumazo.

Reme había conseguido sentarse y ponerse a buscar información sobre Amaro «Pargo» Rodríguez, el corsario, comerciante y prestamista canario del cual se decía que había dejado un tesoro oculto a su muerte. Su plan inicial era acercarse a él semanas antes de su fallecimiento y obtener la ubicación de alguna forma.

—Muere el 14 de octubre de 1747 en su ciudad natal, San Cristóbal de la Laguna. ¡Y nada de decir esa palabra! —dijo Reme antes de que Brigi abriera la boca.

—¿Has buscado la palabra turco? La señora esa nos dijo que le había acuchillado un pirata turco.

—Lo mismo ni era turco y lo dijo porque los odia. Fíjate como se puso al mencionarlo . —Brigi puso los ojos en blanco ante la ironía de la situación con Reme—. Pero miraré de todas formas.

La búsqueda tardó un par de segundos en completarse: «Ningún resultado coincide con la búsqueda en este documento».

—Prueba con otomano… —sugirió Brigi sin esperanza.

—Nada tampoco. No quiero buscar «pirata», porque acabaremos con cientos de resultados.

Se quedaron unos instantes en silencio, pensando en otras opciones de búsqueda.

—¿Dónde dijo que había muerto? ¿En Cuba? —Brigi seguía sugiriendo palabras. Tenían que encontrar donde estaba la discrepancia entre el registro histórico y la realidad en la que estaban.

—Vale, probemos. —Reme señaló con un dedo amenazador al dispositivo, retándole a que le volviera a mostrar cero resultados.

El aparato la ignoró y volvió a mostrar el mensaje de  «Ningún resultado coincide con la búsqueda en este documento».

—Prueba con La Habana, La Española y demás islas cercanas. Lo mismo la señora dijo Cuba por decir. —Brigi tenía más fe que Reme en encontrar algún resultado, a pesar de que esta lanzó un profundo suspiro antes de seguir la búsqueda.

 

 

Era ya por la tarde cuando decidieron parar a descansar. Apenas habían encontrado coincidencias en el documento sobre Amaro «Pargo» y, cuando lo hacían, no hallaban ninguna referencia al incidente que había ocasionado su muerte. Reme era partidaria de averiguar más por otro lado, convencida de que todo era una broma de mal gusto. Brigi, más realista, insistía en seguir buscando. Habían llegado al acuerdo de que si al final del día no encontraban nada, a la mañana siguiente Reme se acercaría al mercado y al puerto a averiguar más cosas. De momento, miraban la lista de palabras y combinaciones que habían probado, por si conseguían sacar algo en claro.

—Sigo sin creerme que ese encontronazo con un pirata turco no aparezca en ningún lado. —dijo Brigi nada más terminar de tragar su ración de queso. Empezaba a hartarse de roer su comida como un ratón.

—Era un corsario. Supongo que lo más habitual era que te intentase matar un pirata y por eso ni se molestaron en ponerlo. —Reme seguía mordisqueando su comida, alargando el momento de seguir la búsqueda en el dispositivo.

—Déjame probar a mí. —Brigi alargó una mano hacia Reme, para que le pasara su cuadrado de plástico.

—¿Crees que a ti te hará más caso este estúpido trasto?

—Lo mismo lo hace si se lo pido por favor y con más amabilidad que tú. —Le sacó la lengua, recibiendo una pequeña patada en el tobillo como respuesta, antes de que Reme le entregara el objeto.

Empezó a mover arriba y abajo el texto del documento, como si al pasar a toda velocidad la información sobre lo que buscaban fuera a aparecer por arte de magia ante sus ojos. Había desenfocado la vista de forma que tardó un rato en darse cuenta de que había llegado arriba del todo sin querer. Brigi parpadeó y su mirada se fijó en el título completo del documento.

—Reme…

—¿Hmmmff? —fue lo que pudo decir con la boca llena de queso.

—Has estado buscando en el mismo documento todo el rato, ¿verdad?

Reme tragó su comida y bebió un poco de agua antes de contestar.

—Sí, claro. ¿Dónde si no?

—Por ejemplo ¿en el directorio principal, para que se buscara en todos los documentos que haya?

Un silencio cada vez más incómodo empezó a llenar la estancia, hasta que Reme carraspeó antes de hablar

—Eso… ¿eso es algo que se puede hacer? —La sorpresa de su voz era genuina.

—¿Llevamos toda la mañana buscando la información sin comprobar si algún familiar, amigo o autoridad menciona ese incidente?

—¿Es una pregunta retórica?

Como respuesta, Brigi le mostró la pantalla «Cuba: 40 coincidencias encontradas en todos los documentos». Reme empezó a ponerse roja de la vergüenza.

—Parece que no vas a salir de excursión mañana.

 

 

Tras toda una tarde de lectura, descubrieron una pequeña pista de lo que había podido pasar: uno de los múltiples milagros de la Siervita, que Amaro había atestiguado, era que le había salvado la vida en Cuba cuando un pirata turco quiso asesinarlo a la salida de un bar por una supuesta deuda. Este hecho aparecía solo en los documentos asociados a Sor María Jesús. También aparecía mucha información de su relación con Amaro, que quedaba minimizada en la documentación relativa al corsario. El problema era que la monja había vivido todos sus votos sin apenas moverse del convento, así que su presencia en Cuba se había atribuido como un milagro de bilocación. O de viajeras en el tiempo.

 

 

La noche cubana era también cálida, aunque menos que el día. Brigi y Reme estaban deseando volver a su tiempo para enchufarse un ventilador a la cara y beber granizados recién sacados del congelador. Sobre todo la primera, embutida como iba con el hábito de monja dominica. El color blanco hacía que destacara el sudor, aunque con la poca luz que había ya, apenas se notaba. Confiaban también que eso engañara a Amaro y le hiciera creer que era la auténtica monja, ya que Brigi solo se daba un aire a ella, por el tamaño que habían podido comprobar al ver su cuerpo incorrupto. Habían rastreado e indagado todo lo posible tanto en 1747 como en 1727 sobre Amaro, Sor María de Jesús y piratas turcos. No habían podido hacer mucho más porque, aunque podían saltar cuándo y dónde quisieran, ya habían gastado una de las cargas que les quedaban para salvar la vida a Amaro. Las dos restantes serían para conseguir el tesoro y volver a su tiempo. No pensaban ser asquerosamente ricas en un sitio donde beber agua era una lotería de enfermedades letales. Solo tenían esa oportunidad de salvarle la vida a Amaro. Si el muy estúpido se moría antes de tiempo otra vez, tendrían que volver con las manos vacías.

Habían llegado a su destino y se dedicaron a esperar a que Amaro saliera de su taberna habitual, deseando que nadie se fijara en la monja que trataba de hacerse una bola en las sombras. Reme llevaba un machete oculto entre la tela de la falda y había entrenado para usarlo en esos días. Brigi no iba armada, ya que quedaría un poco raro ver a una monja con un cuchillo del tamaño de su brazo.

Tras un buen rato de espera, vieron salir una figura tambaleante de la taberna. Aprovecharon la luz que salía de la taberna para comprobar que fuera Amaro. Habían memorizado sus rasgos a conciencia.

Brigi se movió para seguirle y Reme la detuvo.

—Espera, si el pirata quiere matarle por deudas, lo más probable es que haya pensado en esperar que saliera solo y asaltarle.

Sus sospechas parecieron una predicción, pues una sombra salió de otro callejón oscuro y se fue tras los pasos de Amaro. Reme entonces sí le indicó a Brigi que se moviera, poniéndose un dedo en los labios.

El pirata turco no tenía problema en seguir a su deudor, pues éste parecía seguir de fiesta por su cuenta, cantando canciones de forma irregular durante su trayecto. Tras unos momentos, se alegraron de haber decidido saltar de vuelta a 1747 una vez le salvaran la vida a Amaro y no tener que volver a la posada: se habrían perdido sin remedio en la sucesión de casas que les parecían idénticas en la oscuridad. A los pocos minutos las canciones cesaron, sustituidas por dos voces, ambas ininteligibles, una por la borrachera y otra por el acento turco del pirata. Ambas se asomaron por la esquina y vieron que los dos hombres discutían en medio de una pequeña plaza con varias salidas.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Brigi.

—No lo sé, tú eres la milagrera aquí. ¡Noquéale o algo!

—¿Ese es tu plan? ¡Pero si la que tiene el machete eres tú!

Sus susurros se vieron interrumpidos por un grito más alto de lo normal. Brigi se vio en la plaza de golpe, empujada por Reme. Sin saber muy bien qué más hacer, gritó «¡Alto, deja a mi amigo!», mientras juraba que mataría a Reme por esto.

Los dos hombres se quedaron quietos, por el asombro. Brigi se quedó en su sitio, con los brazos en alto como si estuviera clamando al cielo, incapaz de improvisar más.

—¿Sor María Jesús? —dijo Amaro lleno de asombro. Parecía que la borrachera se le había pasado de golpe al ver a la monja allí.

El turco sonrió por el hecho de que su víctima y la misteriosa mujer fueran conocidos. Le dio un empujón a Amaro y lo tiró al suelo.

—Mi dinero, o la mato. —Parecía que el pirata se había esforzado en la pronunciación.

Brigi tragó saliva, aún quieta. Nada estaba saliendo como pensaba. Aunque en honor a la verdad, tampoco habían pensado mucho esta parte.

El pirata reforzó su amenaza acercándose despacio a Brigi, con un cuchillo en la mano.

—Cálmese, señor. Seguro que podemos solucionar esto de forma civilizada.

Brigi quería salir corriendo, pero su única opción era volver al callejón sombrío y no le gustaba la idea de que la siguieran en la oscuridad por territorio desconocido.

El pirata estaba a menos de dos metros de ella, mientras Amaro estaba a cuatro patas en el suelo, vomitando.

«En buen momento, joder», pensó Brigi. Su mano se acercó al rosario que llevaba en la cintura, dispuesta a arrancarlo y pegar a su oponente con él.

Puede que si dijera algo parecido remotamente al latín huyera, o algo.

El hombre estaba a un metro de ella, con una sonrisa en la cara ante tan fácil presa. Y encima era una monja.

—¡Eh, tú! ¡El del cuchillo!

La voz de Reme salió desde otra esquina de la plaza.

El pirata se giró en busca del origen y vio a otra mujer levantando a Amaro del suelo.

Brigi se preguntó cómo Reme lo había hecho para moverse allí.

Luego decidió que no le importaba e hizo lo único que se le ocurrió: lanzar un potente puntapié a la ingle del pirata, que estaba medio girado y tratando de comprender qué pasaba.

La respuesta fue inmediata. El hombre soltó un grito ahogado, dejó caer el cuchillo, y se llevó sus manos a la entrepierna mientras sus rodillas se doblaban.

Brigi no perdió un instante y salió corriendo en dirección a Reme y Amaro, el cual se sostenía sobre su compañera sin saber qué acababa de pasar. Brigi le cogió por el otro brazo y se perdieron por las callejuelas cubanas.

 

 

—Sor María Jesús, esto es un milagro. ¡Pero si estáis en Tenerife!

Amaro seguía medio borracho aún, lo que era una ventaja para ellas. Parecía que arreglaban la historia.

—Vale. Se me ha… ocurrido… una idea.

Reme estaba todavía recuperándose de la huida, como Brigi. Habían llegado a una zona del puerto más iluminada, con la idea de dejar a Amaro allí y esperando que nadie lo apuñalara en cuanto se fueran. Confiaban en que el pirata hubiera tenido suficiente por esa noche como para no volver a reclamar su deuda.

—Ahora, vas a decirle lo siguiente…

 

 

El «cling» de entrechocar dos vasos de cristal sonó en la fresca y casi vacía estancia. Reme y Brigi estaban en la mejor heladería de la ciudad, celebrando la exitosa vuelta a su tiempo.

—¡Salud! —dijeron ambas a la vez antes de empezar a beber sus ansiados granizados.

Tras los segundos de deleite, Brigi fue la primera en hablar.

—Sigo sin creerme que tu idea funcionara. «Y dentro de veinte años, dos chicas jóvenes te visitarán en mi nombre. Deberás darles la fortuna que hagas como corsario estos años, pues con ellas harán una gran obra para compensar tus actos más impíos». —Brigi puso el mismo tono grave y solemne que había usado Reme con Amaro. —Lo que me costó no morirme de vergüenza ajena en tu piadosa alabanza de Sor María Jesús.

Reme soltó una risilla mientras Brigi daba un nuevo sorbo a su granizado.

—Te dije que Amaro era muy devoto y además un gran amigo de esa señora. «Ella vela aún por nosotros y desea que empleemos bien su dinero, en buenas obras». —Reme imitó el tono de profunda devoción que había empleado hacía un par de días. —No le dije ninguna mentira, vamos a emplear ese dinero en buenas obras. Aunque puede que no muy cristianas.

Ahora fue Reme la que le dio un buen trago al granizado. Eran los mejores de la ciudad, sin ninguna duda. Mantuvieron el silencio unos instantes más, hasta que Brigi lo rompió de nuevo.

—Me sentiría un poco mal por habernos quedado con ese dinero, si no fuera porque estamos muy seguras de que nunca se llegó a gastar.

—¡No sigas por ahí! —Reme hizo un giro raro con la muñeca, como protegiéndose del mal de ojo. —¡Nada de hablar de esas cosas!

Brigi se encogió de hombros y dejó el tema. Su socia no iba a cambiar de la noche a la mañana en sus supersticiones. Luego era ella la más cabezota.

El silencio en el que estaban empezaba a resultar incómodo, pero esta vez fue Reme quien lo rompió.

—Y bueno, ¿tienes alguna idea de lo que hacer?

—Pues no he pensado gran cosa —contestó Brigi encogiéndose de hombros—. Salvo tomar granizados.

Reme volvió a reírse y espero un poco antes de volver a hablar.

—Te lo decía porque, bueno, esto ha salido bastante bien al final. Y no lo hiciste nada mal en Cuba. Y ya había investigado un poco sobre otros tesoros perdidos…

Dejó la frase en el aire. Brigi cogió un poco de hielo del vaso y lo mordisqueó antes de hacer la pregunta que Reme esperaba.

—¿Qué clase de tesoros perdidos?

Reme sonrío mucho al contestar.

—¿Sabes que aún faltan por encontrar seis de los sesenta y nueve huevos Fabergé?

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