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Lightning P-38, de Carmen Moreno

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 25

Foto de Matt Silveria para Unsplash

El 31 de julio de 1944 Antoine de Saint-Exupéry cayó en mi jardín.
Su paracaídas quedó enredado en el nogal que plantó el abuelo Jules…


Óscar Sipán

En el tiempo que duró el descenso, hablé con el diablo. Vestía de blanco con corbata negra y tocaba la trompeta mientras el aire silbaba en caída libre en mis oídos. El diablo era Louis Amstrong, tocando su trompeta Piccolo y sonriendo con sus blanquísimos dientes como si aquella situación tuviera algo de cómico. Dejó de tocar y, mirándome fijamente, me dijo:

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Colores para pintar un futuro devastado, de Celia Añó

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 24

Foto de Lurm para Unsplash

Cada vez que la guerra hablaba, el mundo entero se estremecía. El suyo era un lenguaje de estallidos lejanos, un compás de explosiones y estructuras al resquebrajarse. Memantina se abrazó a un poste con cuatro de sus brazos mientras con los otros dos se tapaba las orejas velludas. Su nido temblaba, sacudido con brusquedad por las bombas al caer, aunque ella lo sentía como si fuese todo el planeta el que se encogiese de terror. Igual que estaba haciendo ella, convertida en poco más que una mota minúscula en tierra devastada, de ruinas y peste a pólvora. Cuando las explosiones cesaban, era como si la guerra tomase aire antes de volver a soplar su aliento de fuego y destrucción. Nunca se hacía silencio del todo, pero esa pausa se sentía como tal, pese al zumbido sordo que dejaban las explosiones o los últimos estertores de árboles y nidos al desmoronarse. A estos últimos se los podía imaginar perfectamente. No necesitaba ni cerrar los ojos: en los últimos días había sido habitual ver los nidos desprenderse como fruta madura. Eran igual de redondos que las mangranas y al estrellarse también desparramaban su contenido, aunque más astilloso, artificial y metálico.

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Heterocromía, de Marina Tena Tena

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 23

Foto de Harry Quan para Unsplash

El grifo gotea. Por fuerte que gire la manivela, siempre queda una gota que se desliza por su garganta de hierro para lanzarse al vacío blanco. Muere con un golpe agudo. El sonido de su cuerpo contra la porcelana atrae a la siguiente gota que se agarra al borde metálico y aguanta unos segundos, cada vez más gorda y redonda, hasta que la gravedad le inspira lo que le falta en valor y sigue a la anterior en su salto hacía la muerte.

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Una simple coma, de Caryanna Reuven

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 21

Foto de Filippo Ascione para Unsplash

Hacía meses que a Lesego le costaba concentrarse. Salía cada mañana para ir a su trabajo en el centro de Durban y apenas lograba prestar atención al trayecto, hasta tal punto que solía saltarse su parada. Pero llegar tarde a la oficina casi cada día no era lo peor. Lo peor eran el agotamiento, el cansancio mental constante y la incapacidad de pensar con claridad que la llevaba a cometer error tras error en la contabilidad del banco.

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El móvil de viento, de Andrea Penalva

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 20

Foto de Linh Pham para Unsplash

Julie apretó con fuerza la pequeña caja de cartón entre sus diminutas manos. Insegura, pasó las uñas de la mano derecha, veteadas con los restos supervivientes del esmalte rosa favorito de su madre, por los agujeros de la tapa. Algo dentro se movió y la niña se mordió el labio, dos mitades dentro de ella luchaban por salir vencedoras.

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Hambre, de Esther Rodríguez Bernal

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 19

Hambre. Tenía hambre. Había sido un día duro en la oficina. El estrés le comía las entrañas y, tras acabar un plato de verduras con cuscús que había dejado preparado para almorzar, abrió el congelador y sacó una pizza cuatro quesos que se reservaba para días como estos, en los que el trabajo incesante la había dejado sin energía. La pizza y el cuscús le supieron a poco y decidió comerse las sobras de la paella del lunes, que guardaba para un caso de emergencia; estaban deliciosas, aunque frías. Una vez el plato quedó vacío, sus tripas volvieron a quejarse. Armario por armario, fue devorando todo alimento que había en la cocina. Latas de conserva, patatas de bolsa, pepinillos en vinagre. El hambre seguía allí carcomiéndola por dentro. Continuó con la despensa hasta que ya no quedó absolutamente nada en casa. ¿Y ahora qué podía hacer? Seguía teniendo hambre.

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Tiene que ser esta noche, de Blanca Rodríguez

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 18

Foto de Anton Scherbakov para Unsplash

La silueta de su figura, alta y delgada, se mueve a contraluz tras las cortinas, apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana mientras se prepara para marcharse a trabajar al hospital. He pasado tantas horas esperando, observando, fantaseando. Imaginando sus grandes ojos oscuros mirándome con terror, implorando por su vida. Su boca, siempre tan roja, abierta, buscando inútilmente la súplica y el aire mientras le aprieto cada vez más el delicado cuello, dejándole en la piel las marcas amoratadas de los dedos. Esa piel tan pálida, translúcida y blanca como el mármol, no lechosa como la de las pelirrojas llenas de pecas que tanto detesto. No, ella es perfecta en su hermosura fría y lánguida, y tiene que ser mía. Más allá de la amistad o el amor. Mía en la muerte.

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Economía sumergida, de Irene Morales García

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 16

Foto de Cristian Palmer para Unsplash

Petra llevaba toda su vida fastidiada por llamarse Petra.

Quizá porque todas sus amigas se llamaban Carmen, o porque el chico que le gustaba no acababa de pronunciar bien su nombre, o quizá porque habían llamado a su hermana mayor Azucena y tenía la ligera sospecha de que su madre se había currado el nombre de su hermana, pero no el suyo. «No sé, lo eligió tu padre», decía siempre.

La bicicleta temblaba entre sus muslos y contuvo el deseo infantil de abrir la boca para escuchar cómo su voz tiritaba bajo los botes de los más que gastados adoquines. Tuvo que tomar un par de desvíos, porque era día de mercado medieval y sus vecinos ya empezaban a salir a la calle vestidos con horribles trajes de terciopelo verde y granate. El cetrero le guiñó un ojo, como cada año:

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