Colores para pintar un futuro devastado, de Celia Añó

Colores para pintar un futuro devastado, de Celia Añó

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 24

Foto de Lurm para Unsplash

Cada vez que la guerra hablaba, el mundo entero se estremecía. El suyo era un lenguaje de estallidos lejanos, un compás de explosiones y estructuras al resquebrajarse. Memantina se abrazó a un poste con cuatro de sus brazos mientras con los otros dos se tapaba las orejas velludas. Su nido temblaba, sacudido con brusquedad por las bombas al caer, aunque ella lo sentía como si fuese todo el planeta el que se encogiese de terror. Igual que estaba haciendo ella, convertida en poco más que una mota minúscula en tierra devastada, de ruinas y peste a pólvora. Cuando las explosiones cesaban, era como si la guerra tomase aire antes de volver a soplar su aliento de fuego y destrucción. Nunca se hacía silencio del todo, pero esa pausa se sentía como tal, pese al zumbido sordo que dejaban las explosiones o los últimos estertores de árboles y nidos al desmoronarse. A estos últimos se los podía imaginar perfectamente. No necesitaba ni cerrar los ojos: en los últimos días había sido habitual ver los nidos desprenderse como fruta madura. Eran igual de redondos que las mangranas y al estrellarse también desparramaban su contenido, aunque más astilloso, artificial y metálico.

―¡Mem! ¿Dónde estás? ¡Tenemos que irnos!
Las voces de sus amigas buscaban el hueco que dejaba el morir de una explosión. Todo el mundo se había acostumbrado a hablar en ese espacio de falso silencio y callar para no malgastar saliva cuando el estruendo devoraba cualquier otro sonido. Memantina se incorporó al escucharlas. Le costó desprenderse del poste, no por la seguridad que ofrecía, ilusoria e inútil, sino por lo que significaba. Había dormido ahí, abrazada a sus hermanas, desde que era una chachorrita. Estaba viejo, desgastado y con marcas de dientes y uñas, pero le tenía cariño. Se obligó a darle la espalda y recoger su bolsa. De todo lo que tenía, de todos los cachivaches que había reunido, sus premios y tesoros, solo podía llevarse consigo una bolsa con veinte bolsillos. La acarició con algo de miedo. Nunca antes la había usado. Se la regalaron un cumplelunas con una dedicatoria que hablaba de acampada, cielo descubierto para ver las dos lunas, viaje y monte. Ahora no sabía cuándo volvería a ver de nuevo las lunas de su planeta natal. Se iba lejos, muy lejos, y ese pensamiento la entristecía pese a saber que era una privilegiada. Pero tanto si se quedase como si huyese, aquel se había convertido en un sueño irrealizable. Lo que les rodeaba era una guerra sin fecha de caducidad, de las que no parece tener ni fin ni principio. Su historia estaba enmarañada, tan perdida entre datos y enfrentamientos que era imposible determinar en qué momento había empezado todo. Tampoco parecía que hubiese un final, ni siquiera la Unión Intergaláctica había encontrado una manera de interceder y solucionar el conflicto. Y mientras a mil años luz se preguntaban cómo solucionar algo que no dejaba de ser un rumor, una historia lejana, miles de inmigrantes abandonaban un planeta de montes arrasados y seguridad quebradiza como el papel.
―¡Mem! ¡Tenemos que irnos ya!
Pese a la urgencia de las palabras de sus amigas, del temblor que arrancaba polvillo del techo ovalado o la presencia cada vez más cercana de las explosiones y el fuego que dejaban a su paso, Memantina se arrodilló para asegurarse de que no se olvidaba nada. No quería desprenderse de aquel agujero que era su hogar, de los más de cien pedazos que conformaban su vida en forma de ropa, papel o colores, pero no tenía alternativa. Así que descorrió las cremalleras de la bolsa para, por lo menos, asegurarse de que estaba todo y partir sin remordimientos. Revisó con una prisa falsa, impaciente por la situación, aunque tranquila: no podía deshacerse del pensamiento de que una vez se decidiese no habría vuelta atrás. El mecanismo de su viaje seguiría adelante, de manera irreversible, enlazado con los engranajes que la sacarían de aquel planeta quizás para siempre. Así que lo posponía de todas las formas que se le iban ocurriendo. No podía evitarlo: por mucho que supiese que no quedaba otra, lo que iba a suceder la volvía indecisa, desconfiada, temerosa.
Revisaba los bolsillos laterales cuando se percató de que su frasco de esencias estaba casi vacío. Había solo una piedra en su interior, una que al tocarla se deshizo en pintura azul que le manchó los dedos. Ese fue el único color que encontró al abrir el frasco. El azul había pintado las paredes de vidrio por completo y se escurría entre rendijas, embadurnando con gotas diminutas su alrededor. Y aquel color que estaba descontrolado casi parecía haber absorbido al resto de tonalidades. Era un azul muy oscuro, desvaído, de tarde de lluvia y humo. A lo lejos, los gritos de sus amigas eran cada vez más impacientes, pero Memantina estaba paralizada. No podía irse sin el resto de sus piedras de colores. Se incorporó con torpeza. Las explosiones sacudían su habitación. Caminar por ella sin perder el equilibrio, entre telas y abalorios que caían del techo, era un logro imposible. Tropezó, pero enseguida se incorporó. Otra sacudida y cayó de nuevo.
Con la piedra protegida en una mano, apoyó las otras cinco en el suelo. El peso de la bolsa en la espalda la empujaba hacia abajo. Apretó los dientes. El aire sabía a ceniza y madera quemada. Se puso en pie. El azul se deshacía con la lentitud de la tinta espesa entre sus dedos. Y se escurrió entre ellos mientras se arrastraba por el que fue su refugio. El color manchó el suelo, las sábanas que se habían caído, las paredes de barro y sus queridos libros de ilustraciones. Memantina o no se fijó o no quiso darle importancia; buscaba sin parar, revolviendo sus pertenencias sin dejar de sentir que el mundo se caía a pedazos. No encontró el rojo de su valentía, tampoco un atisbo del naranja de la felicidad ni el optimismo del amarillo. Incluso el rosa y el morado se habían escondido, lejos de su vista y alcance.
Una explosión especialmente cercana la tiró al suelo. Durante un instante el mundo entero fue blanco, luego nada, un pitido sordo. Cuando se levantó, todavía aferraba con fuerza a ese azul que lloraba por ella. Al sacudirse el polvo y un par de láminas de pizarra, Memantina encontró su negro bajo un mueble. Se agachó y estiró el brazo libre, pero, al rozarlo, notó un cosquilleo de pánico. Su miedo estaba ahí, concentrado en terror oscuro como la ceniza que dejaba la guerra a su paso.
―¡Mem!
Memantina temblaba cuando le dio la espalda al cuarto y rompió a andar. Sus pasos eran débiles e indecisos, pero la llevaron hasta la salida. Haciendo acopio de una brizna de determinación, abandonó para siempre su hogar. Aferrada a la bolsa como si fuese un áncora, se aupó a lo alto del entramado globoso de nidos. El suyo era uno más de cuarenta. Habían sido blancos, pero estaban tiznados de gris. Y muchas de las viviendas estaban parcialmente destruidas. Se veían paredes agujereadas, otras que habían desaparecido, reemplazadas por agujeros como bocas. Memantina sintió en el estómago un ramalazo de angustia al constatar que aquello había dejado de parecer un racimo para convertirse en una planta putrefacta. Incluso el tallo que sostenía los nidos estaba curvo y marchito.
Levantó la cabeza. Y el paisaje que la esperaba la hizo estremecerse.
Aquello era un erial de colores emborronados, un oleo quemado donde a ratos estallaban naranjas y plateados. El humo empañaba el cielo de tal manera que las lunas eran dos siluetas mal definidas. Y de las calles ya no quedaba nada, ni una pizca de lo que ella recordaba. Eran un infierno que parodiaba lo que fue su ciudad. Notó la garganta seca. Respiró y el aire le abrasó la nariz. Memantina se restregó los mocos con un brazo y luego comenzó a descender.
Sus amigas estaban abajo, pálidas, preocupadas, también con su misma expresión de angustia y miedo. Y una esperanza débil que titilaba en sus ojos. Ella también la notaba latiendo junto a su corazón. Era la razón por la que bajaba aferrándose a asideros rotos en vez de seguir escondida bajo la cama. Cuando aterrizó, las demás la abrazaron. Se permitieron malgastar unos segundos en arrimarse las unas a las otras, las cabezas muy juntas y todos los corazones aterrados latiendo a la vez. Se miraron.
Les esperaba una carrera por la ciudad destrozada, una nave que estaba a punto de zarpar, un viaje entre estrellas a un lugar del que solo habían oído hablar. Cuando se pusieron en marcha, Memantina siguió a sus amigas sin mirar atrás ni recoger el negro. Su miedo se quedaría para siempre bajo un mueble, en el corazón mismo de la guerra. Porque nada de lo que sucedería en el futuro le aterraba más que lo que estaba destruyendo su hogar.
Pero se llevó consigo el azul que todavía le manchaba los dedos.
El azul de la tristeza.

Comments (2)

  • Patt Reply

    ¡Buenos días!

    ¡Qué preciosidad de relato! No he podido evitar que me recordara a la película de Pixar “Inside Out” (“Del revés”). Pero ese regusto amargo en un entorno casi apocalíptico le da otro toque diferente. Las personas somos sentimientos y siempre hay uno que predomina en cada momento. Por eso, esa metáfora de un color que lo empaña todo me ha parecido magnífica.

    Un saludo imaginativo…

    Patt

    26 octubre, 2018 at 10:09 am
  • Clotilde Year Reply

    ha sido un relato simplemente maravilloso…

    1 noviembre, 2018 at 6:38 pm

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