Nereidas, de Amaya Belaustegui

Nereidas, de Amaya Belaustegui

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 26

Foto de Sacha Styles para Unsplash

Miro hacia el horizonte mientras el azul
aterido y frío del mar oscurecido por la noche relaja mi respiración y tensa
mis músculos. Es extraño que dos sensaciones contrapuestas se den en mí al
mismo tiempo. Hoy resulta natural.



Toda la familia se
reunirá en breve. Crearemos momentos gloriosos, reiremos, disfrutaremos del
sol, de la arena, de los juegos, de las risas de los pequeños, de las comidas
especiales preparadas para la ocasión. Mostraremos lo bien que va todo. Las
niñas tienen que sentirse tranquilas, felices y dispuestas.

Capto movimiento en
mi lado izquierdo, a cierta distancia. Mientras observo cada enredo de espuma
salada y pegajosa que dejan las olas en la orilla, muevo la cabeza hacia lo que
me ha perturbado. Un hombre se ha arrodillado cerca del agua. Ninguno de los
dos estamos lo bastante cerca como para mojarnos. Me mira. Su rostro, una
máscara inerte. Sé que es un reflejo del mío. ¿Parece colarse furia en su
expresión? No, serán los pequeños brillos rojizos que se muestran ya desde el
horizonte. Vuelvo la vista al frente. Percibo un tenue ajetreo de manchas, pero
no les hago caso.

El sol está a punto
de salir. A pesar de todo, se trata de un espectáculo hermoso. Solo lo pude ver
de niño, cuando vinimos para arropar a mi hermana. Ojalá la fortuna, o lo que
diablos rija ahora nuestros días, nos acompañe hoy favorablemente.

Un sol del color del
cobre que empieza a oxidarse sube desde el fondo, con calma, con tranquilidad,
sin prisa. Siendo niño, mis abuelos y otros ancianos nos contaban a todos los
pequeños que antes de Su llegada, el sol era amarillo y brillante, que mirarlo
de frente quemaba los ojos, que calentaba tanto que durante los meses que
formaban lo que ellos llamaban verano, empleaban artilugios para enfriar las
estancias donde vivían. Todos nos reíamos con los cuentos tan fantásticos que
salían de sus bocas. Nunca entendí el porqué de las lágrimas que a los mayores
les caían cuando desenterraban sus recuerdos.

Ahora que ya es de día, todos los descarriados retornamos con nuestras
familias, a las carpas, instaladas a medida que llegábamos.

Tal y como está
establecido.

En numerosas
ocasiones me he preguntado cómo son aquellos que nos han dado tantas reglas,
cómo las plantaron de forma tan nítida en nuestras rutinas. También a veces, en
momentos que pueden llevar a mi perdición, me cuestiono por qué las seguimos
llevando a cabo. Como ahora, que desayunamos todos juntos poniendo especial
énfasis en comer bien y saborear los deliciosos manjares que preparamos en
nuestra casa.

Tenemos suerte:
vivimos a escasas jornadas de la playa. Otras familias inician sus viajes con
mucha antelación. A lo largo de los años, algunos se retrasaron y fueron
castigados con dureza.

El desayuno inicia lo
que debe ser un perfecto día de playa. Tenemos prohibido contaminar el agua,
pero jugamos con la arena y con los juguetes que tanto gustan a los críos. Nos
juntamos con otras familias. Creo percibir el esfuerzo de todos los adultos en
parecer complacidos. ¡Qué maravillosa velada! Culpabilidad: no soy el único que
la siente. La veo en otras miradas. Pero las niñas deben sentirse tranquilas,
felices y dispuestas. El disgusto, el enfado, los sollozos, la ira solo
trajeron padecimientos demenciales en el pasado. Por eso son tan jóvenes. Así
se enteran, pero no entienden. ¿Cómo no vamos a sentirnos culpables?

Mientras creamos el
escenario de diversión, mi suegra se coloca en el asiento que hemos preparado
para ella; el dolor marca sus movimientos y su rostro muestra las manchas y
arrugas propias de una vida larga, una para cuyo final queda ya poco, me temo.
Hoy tomará café, un brebaje especialmente reservado para estas jornadas. Solo
ella. Así conseguirá algo de energía. Pero no puede tomar calmante alguno ni
alimento o medicina que  mejore su estado
físico. Todo ha de mantenerse natural. Así que realiza sus ejercicios
respiratorios y descontracturantes. Adoro a mi suegra, pero reconozco que hoy
la aborrezco un poco. Mucho. Hoy actuará como nereidae, ese nombre que solo
sirve para, en mi opinión, disociar responsabilidades. No es culpa suya. Eso me
llevo repitiendo desde el inicio del día.

Mi pareja, su hija,
tiene los ojos rojos. Ha tratado de borrar las marcas de las lágrimas
poniéndose ya la máscara de kohl, pero no engaña a nadie.
Ríe, con una sonrisa tan vacía y ahogada que no puedo evitar acercarme a ella
para consolarla. Me pone la mano en el pecho, disimula una negación con la
cabeza, cierra los ojos, suspira y coge al pequeño Tete de la cuna. Es mi hijo
pequeño, aún niño de teta, el último nacido en la familia y por el que doy
gracias todas las noches: ha nacido varón. Saya, su hermana, la mayor, de poco
más de tres años, ya está moviéndose alrededor de la comida, escogiendo lo que
más le apetece. No quiero mirarla. Las fuerzas me fallarían y no puedo permitírmelo.
Pero se acerca a mí, se sienta en mis rodillas y empieza a contarme el sueño
que ha tenido esa noche. Me muerdo el labio y casi me hago sangre. Me mira y no
puedo evitar sonreírle.

Con alegría.

Me desprecio.

Mi adorada Saya.

En un estado similar se encuentran la hermana de mi
compañera y su consorte. Mi cuñada tiene en brazos a Lanna, mi sobrina. Todos
sabemos que ama en exceso a la niña. Es perjudicial para nuestra propia
supervivencia. Se le están cayendo las lágrimas y eso es peligroso. Su pareja
no reacciona. Me levanto, tomo a la niña de sus brazos y en silencio les indico
que salgan de la carpa. La pequeña les mira preocupada mientras salen, pero
enseguida empiezo a hacer bromas para que se entretenga. Viene Saya y nos
ponemos a jugar con la arena. El hermano de Lanna, el mayor de los críos de la
familia, conoce y comprende todo lo que está ocurriendo, lo que debe hacerse,
lo que puede pasar. Meditabundo, mira a su hermana. Todavía es pequeño para
ocultar su aprensión, pero me siento orgulloso de él: lo está haciendo mejor
que sus padres.

Aún con nuestras diferencias, me siento conectado al resto
por y para lo que está por llegar. Me pregunto, como en otras ocasiones, si las
familias se juntarían con tanta firmeza y sostén si Ellos no hubieran ganado.

Desde que nacieron Lanna y Saya supimos que este día
llegaría. Maldita la ventura por traernos a dos niñas con tan poco tiempo de
diferencia. Y este año han cumplido la edad establecida: tres. La vida
suficiente para saber que están sanas, que son fuertes, que podrán pasar por
todo el proceso. Escasos tres años. Excesivos tres años. Condenados tres años.
Así que durante el último ciclo nos hemos ido preparando. Y aquí estamos.

Desde que somos conscientes del mundo en el que nos ha
tocado vivir se nos ha explicado y mostrado la razón por la que todo se lleva a
cabo. Caos. Sufrimiento. Guerra. Sé que es necesario, que es obligatorio, pero
cuando miro a mi pequeña siento el corazón comprimido por puños de cemento. Sí,
es inevitable seguir adelante, pero duele.

Mi suegra se levanta con pesadez. Se retira un momento a su
pequeña estancia y sale con la túnica especial, de materiales que escapan a
nuestra comprensión y unos colores tan extraños y mágicos que resulta difícil
fijarse en nada más a su alrededor. En una de sus manos lleva el cubo con la
mezcla: tierra de la casa familiar y puñados infantiles de los restos
calcinados de los antepasados. También se agregaron las copias quemadas de las
partidas de nacimiento de las niñas y el primer diente de leche que se les
cayó. Así se vincula lo que está por suceder con el lugar del mundo de donde
venimos. En la otra mano, su colgante. Es la primera vez que lo veo. La primera
vez que ella debe realizar el rito desde esta posición. Siempre lo llevaba
oculto. Tan solo podía intuirlo por la cadena de la que pende. Ahora está
separado de su carne.

Ya está preparada. Los padres vestimos a nuestras
respectivas hijas observados por las madres. Ya hemos iniciado la salmodia. En
cuanto salimos de la tienda convertimos el murmullo en cántico. La tonalidad
simula alegría. Fue bien elegida. Nos explicaron que antes se cantaban por todo
el planeta, que las canciones hablaban de luz y color, de alegría y amor, de
plenitud y esperanza. Perdimos el significado de las palabras y ya no las
utilizamos salvo en este momento. No está prohibido. Solo desgarra el ánimo.

Ya fuera, mi suegra se arrodilla sin buscar ayuda. Le
crujen los huesos. Hasta donde estoy llega el lacerante sonido del calcio
quebradizo. Tiende la mano a sus hijas y éstas se quitan sus colgantes,
tridentes encerrados en mares vivientes, los cuales pasan de generación en
generación, de madres a hijas, siempre que la heredera viva lo suficiente para
engendrar familia.

Cuando llegan a su mano une ambas joyas, susurra parte de
una oración que solo las sacerdotisas conocen y se crea en sus manos un
torbellino que enreda colores azules, cobres y verdosos. Sé que no debo, que a
mí me ofendería terriblemente que alguien se quedara observando nuestra
preparación en vez de atender la suya, pero echo un vistazo a mi alrededor y
descubro que el mismo prodigio está sucediendo en las demás familias. Todo
surge cronometrado.

Las niñas observan maravilladas el bailoteo de las luces de
colores en manos de su abuela. Se desmembran las filigranas y se mezclan,
creando exquisitas florituras, dos de olas rompiendo con fuerza y una de mar
tranquilo y relajado. No se rebaja el color en ninguno de los colgantes.
Reparte las piezas entre sus hijas y ella misma, que se cuelga el mar en calma.
Lanna aplaude cuando su madre le pone el collar. Saya trata de tocarlo, con la
cara preocupada. Algo no le gusta. Su madre se empeña en hacer lo correcto,
pero la niña se niega. Me acerco a entretenerla para que mi pareja consiga su
objetivo. Siguen desperdigando danzas de colores, desordenadas, estrambóticas.
Mi suegra coge a las niñas de las manos: a Lanna con la derecha y a Saya con la
izquierda. Las tres, unidas, se mueven hacia la orilla con sosiego. Los demás
vamos detrás, apiñados para darnos un calor que no obtendremos.

Todos los clanes hacen lo mismo.

Ya en la ribera, sin permitir que el agua toque a ninguna
de las tres, las madres dejan que las niñas las adelanten y se quedan así,
mirando al mar. Sujetando con una mano el hombro de su madre y con la otra en
la cabeza de su respectiva hija inician en susurros la plegaria.

Los hombres nos ponemos detrás de ellas y comenzamos
nuestro propio rezo. Llevamos con nosotros el cubo con la tierra sacralizada.
Cogemos un puñado y las rodeamos, cada uno protegiendo a su familia, terminando
con la unión de los semicírculos que representa el vínculo entre niños,
jóvenes, mayores y ancianos de un mismo clan. Acarreo a mi hijo dentro del
portabebés; es demasiado pequeño para hacer nada. Le pongo algo de la tierra y
las cenizas en las manos para que los tire con sus movimientos infantiles y
torpes. Él también debe participar. Mi sobrino pone montoncitos detrás de todas
las féminas. Las niñas se han quedado paradas, asustadas. Es un momento
crucial. Hay que evitar que se lloren. Las lágrimas están prohibidas. Se
respira tensión entre nosotros.

La orilla está llena de grupos similares. ¿Siempre habrá
tanta gente? La mayor parte de ellos están formados por una mujer mayor con una
sola pequeña; en ocasiones, como es nuestro caso, la adulta lleva a una niña en
cada mano. Veo un grupo extraordinario: un trío de chiquillas que se dispone a
entrar al agua. Una de ellas va sobre los hombros de la anciana.

Silencio. Llega como una ondulación que acalla las
letanías, acompañando al viento que cree que le hemos dado paso en nuestra obra
escénica. Sopla con fuerza formando remolinos en la arena, levantando
minúsculos proyectiles que nos azotan y forzando el oleaje, provocando al mar
para que succione el agua y rompa con fuerza en altas olas. Algunas gotas nos
salpican, pero no nos mojamos. Estamos lo suficientemente alejados. Quedamos
hipnotizados por el espectáculo, sobrecogedor desde cualquier posición y que
aparenta haberse creado para nuestro fúnebre deleite.

Oigo una campana. La campana. La que señala el inicio del
final. Comenzamos a cantar, las mujeres una melodía, los hombres otra,
entrecruzando nuestras voces, que parecen gemidos burbujeantes. Somos como
peces sacados del agua. Nos ahogamos. A pesar de mi frustración reconozco que
la mezcla resulta risueña. Extraña. Por supuesto, es el idioma de Ellos.
Siempre he sospechado que se trata de una llamada. Me pregunto si cambiando la
dicción conseguiría evitar todo esto.

Dudo.

Lo intento.

Me acobardo.

Sigo con la cadencia. Las lágrimas se deslizan por mi
rostro. Es difícil apaciguar el arranque del llanto en medio de tanta
inhalación forzada, pero lo logro. ¿Me siento orgulloso? No. No lo sé. ¿Se
sentirán todos los presentes igual? Ahora entiendo los ojos muertos de algunos padres.
Malditos por no avisarnos. Maldito yo por no querer saber.

El miedo me abate. El terror de perder a mi hija, mi niña,
a la que adoro, sin la que no sé si voy a ser capaz de vivir. Su risa, la forma
en la que va descubriendo el mundo, sus intentos de explicar lo que ven sus
ojos, el cómo se tranquiliza cuando la tomo en brazos para consolarla.

Un brillo surge en el horizonte. Parecen cientos de focos.
El mar se oscurece. La atmósfera se condensa. Me siento encerrado en una caja,
aplastado por mercurio. Por la cara que ponen los que están cerca sé que es una
sensación generalizada.

Intensificamos el canto; las mayores que llevan a las niñas
cogidas gritan una sola palabra, siempre mirando hacia el infinito, se acercan
al agua y de forma tranquila, sosegada, chapoteando, casi jugando con el agua,
empiezan a meterse con las niñas bien sujetas. Mi suegra también lo hace. No
puede huir. La tensión de su gesto y de su postura no se me escapan por más que
quiera simular alegría. Las pequeñas están tensas. Demasiadas cosas
extraordinarias que no conocen, pero ahí entran en juego el resto de los
miembros de las familias. Ahora nos toca divertirlas para que lo vean todo como
un juego. Todo lo que sea necesario para que lleguen animadas al momento clave.
Es un axioma.

Me rompo por dentro.

Cuando el agua les llega a las niñas a la altura del
cuello, la adulta que las acarrea grita otro término extraño y se zambulle con
rapidez antes de que éstas se asusten. En un suspiro dejo de ver a mi Saya.
Clavo con violencia las uñas en mis palmas. Todos aullamos lo que Ellos
establecieron en su día porque sabían que necesitaríamos el desahogo.

De nuevo silencio. Tan solo roto por el lamento del agua.
Hasta el viento se ha aquietado.

Me acerco a mi pareja y la abrazo. Hemos dejado de
respirar, a la espera. No se nos permiten sollozos, así que seguimos
manteniendo las máscaras de granito. Aprieto las mandíbulas como si me fuera la
vida en ello. De repente, una mujer, una madre desconsolada, es tumbada de un
golpe para prevenir su intento de echarse al agua en busca de su retoño. Cae de
bruces y gime con fuerza hasta que alguien le habla al oído. Se va calmando, se
limpia el rostro con brusquedad y se levanta, rehuyendo a quien intenta
ayudarla. Se petrifica frente a la orilla. Retoma la careta que a los demás no
se nos ha caído.

En otro extremo alguien cae de rodillas. No debe hacerlo.
No nos dejan mostrar nuestro desespero. Para Ellos todo esto es una fiesta, una
comunión entre Su necesidad y la nuestra.

Oigo un chapoteo. De vez en cuando se ve alguno que rompe
la calma del mar y la hace vibrar. Un espectáculo para mantenernos alerta.

Pasan los minutos, demasiados para los que esperamos. Una
eternidad para conocer el destino de mi pequeña. Mi dulce Saya.

De golpe empiezan a formarse salpicaduras, primero leves
subiendo en volumen, cogiendo fuerza hasta convertirse en un hervidero de agua
salada. Una niebla pegajosa y caliente nos abraza.

Aguanto las ganas de correr hacia el mar a buscar a mi
adorada niña.

Ya salen del agua. Aquellas que están destinadas a
regresar. Se producen gritos, lamentos, quejas, aplausos, risas nerviosas,
suspiros de alivio. Muchos quieren entrar en el agua, pero todavía no podemos.
Hay que esperar hasta que la última mujer que ha practicado el rito escape del océano,
de Su hogar.

Por fin veo a mi suegra. Sale del agua con Lanna llorando
aterrada cogida de la misma mano que la condujo al interior de Su hogar, y tan
solo un colgante enganchado en la otra mano. Saya ya no está. La cara de la
mujer es una máscara: ha perdido a una nieta, pero le han concedido la
bendición de quedarse con la otra.

La madre de mi hija se deshace de mi abrazo y recoge a su
ahora único vástago. Me mantengo rígido mirando hacia el horizonte, paralizado
a la espera de que se subsane el error que Han cometido.

Noto a los demás, propios y extraños, alejarse del mar. De
nuevo son sombras que ya no tienen nada que hacer frente a ese horizonte que
hoy ha visto el horror.

Sé que no la veré más, aunque me asalta la esperanza de que
la norma se rompa con nosotros, de que de alguna manera volveré a estrechar
entre mis brazos a mi pequeña. Su sacrificio Les habrá dejado tranquilos,
satisfechos durante otro año. Vuelven a tener hembras para simbolizar lo que
hay de hermoso y amable en su hogar, para poder seguir perpetuando su
descendencia.

Sigo mirando el horizonte. Capto el mar más espeso, más
sombrío, más viciado que cuando lo observaba bajo la luz del amanecer. Ahora lo
ilumina la hermosa luz de la tarde, que tensa mi respiración y ata la cólera a
mis músculos. La furia marca sus tentáculos en mi rostro. Ya puedo soltar la
máscara que me han forzado llevar. Anhelo llorar hasta quedarme seco.

Deseo matarlos a Todos.

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