Duelo con olor a fresa, de Nahikari Diosdado

Duelo con olor a fresa, de Nahikari Diosdado

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 21: «Duelo con olor a fresa», de Nahikari Diosdado

 

Ay, el duelo. ¿Quién no ha sufrido una pérdida alguna vez? Nada es eterno, al fin y al cabo.

La experiencia es universal: ocurre aquí, allá y más allá de una forma muy similar. Pasamos por las fases de negación, ira, negociación, depresión y aceptación una tras otra, por un ciclo completo de emociones y experiencias que no suelen ser agradables. Toda pérdida requiere un tiempo de adaptación, por desgracia, uno que nos prepara para volver a coger nuestras riendas emocionales y dejar de sentirnos como un plátano pocho.

No todas las personas superan el duelo de la misma forma, por supuesto, ni con la misma intensidad o rapidez. Sua lo hacía tarde, siempre tarde. Era de las que se guardaba los sentimientos tan al fondo que, para cuando le llegaba la factura y le tocaba sentirse mal, ni siquiera sabía por qué. Así pues, este duelo en concreto también le llegó tarde, como era de esperarse.

Los sentimientos cuajaban, a punto de explotar, mientras Sua se acercaba al destartalado edificio de viviendas. A su nuevo piso. Al igual que su vida, el sitio era una puta mierda; al contrario que su vida, era una puta mierda barata. Algo bueno tenía, al menos.

Su gran entrada al lugar fue más patética de lo planeado, llena de estornudos a causa del polvo y tropezones por culpa de la madera levantada, digna de lo que se le presentaba. La luz anaranjada del recibidor tampoco fue nada amable: hacía que todo pareciera el doble de viejo y feo, como salido de una película vintage de Serie B.

Detrás del mostrador de la portería, una señora de más de sesenta años pasaba, muy concentrada, las hojas de una revista. Parecía normal y amable, lo que estaba bien. Limpia, al contrario que el sitio. El batín de flores que llevaba puesto, muy parecido al de su difunta abuela, fue lo único que puso nerviosa a Sua. Su abuela era maja dentro de lo que cabía, pero también una homófoba de mierda.

—¡Buenos días por la mañana, nena! —gritó la señora, saludando con la revista en la mano. «Nena». Seis palabras había tardado en caerle mal a Sua—. Eres la nueva inquilina, ¿verdad? La anterior ya ha entregado las llaves, las tengo en el bolsillo metías. Seguro que te encanta tu piso, ya verás, es el mejor del edificio de lejos. ¡Venga! Te llevo arriba, para que veas que…

¿Eh? ¿Cómo era posible que alguien hablara tanto en tan poco margen de tiempo? ¿Qué estaba pasando?

—No, no —le cortó la joven, soltando su bolsa en el mostrador para alargar una mano. Debía aportar algo de cordura a la escena—. Gracias, pero basta con que me dé las llaves del piso. A partir de ahí ya me apaño yo sola.

—¡Nada de eso, mujer! —La señora ignoró la mano extendida y salió de su cubículo casi dando saltitos—. Te acompaño encantada. Tu piso es uno muy especial, ¿sabes? Eso no lo decían en el interné, ¿a qué no? Hace años que…

Sua aguantó las ganas de poner los ojos en blanco y se distrajo con una mota de polvo para no tener que escuchar lo que decía la señora. «En el internet» no se decía que el piso era una mierda, que seguro que lo era, pero no podía permitirse otro sitio que estuviera cerca de su estudio. Ni siquiera lo había visitado antes de plantarse allí, así era de urgente.

Tuvo que seguir a la señora escaleras arriba dando zancadas; había salido tan escopeteada que ya no la veía.

—¡No quisiera molestarla, de verdad! —gritó mientras corría tras ella. «No necesito tu ayuda, pesada»—. Si me da usted las llaves…

—¡No es molestia! ¡Aquí es! Esta puerta te llevará a una experiencia que jamás podrías haber imaginado. Como decía, tu piso es muy especial.

«Especialmente cutre, seguro». Se conformaba con que fuera habitable.

—Bueno, pues aquí es, sí. Muchas gracias, si me da las llaves podré entrar y…

—¡Muy especial! —insistió, sonriendo como una niña pequeña antes de descubrir que los reyes y la estabilidad laboral son los padres—. Toda persona que pasa por tu piso es visitada por fuerzas especiales. ¡Fuerzas benignas! ¡Inspiradoras!

Sua quiso empujarla por las escaleras. No soportaba a las magufas, menos después de haber compartido cama con una durante años. O por eso mismo, precisamente. Podía levantarla y lanzarla hacia abajo, tenía fuerza suficiente, a ver si se callaba.

—De verdad, he tenido un día muy largo y tengo que ir a trabajar en un par de horas. Si me da usted las llaves…

—Es el destino el que te ha traído aquí, como al resto de inquilinas. No estás aquí de casualidad, nena. Entremos, entremos y te enseño…

«Nena».

—¡En serio, que solo quiero entrar a mi piso y estar tranquila! Deme las llaves.

Con más brusquedad de la que pretendía, Sua arrancó las llaves de las arrugadas garras de la señora del batín de flores. La mujer pareció sorprendida primero, indignada después y profundamente seria para darle fin a su teatrillo.

—¡Si solo te quiero explicar, nena! Tengo muchas cosas interesantes que decir, ¡jurao!

Sua la ignoró y metió la llave en la cerradura antes de que le pudieran las ganas de gritar. La puerta chirrió y cedió sin problemas, permitiéndole refugiarse en la oscuridad y ambiente viciado del piso. La cerró sin mirar atrás, cansada y harta.

Allí estaba, al fin. En el agujero en el que viviría hasta nuevo aviso.

Si Sua hubiera creído en los espíritus, los fantasmas o la homeopatía, quizás podría haber olido lo que se le venía encima. Como siempre había preferido no pensar en lo que no es tangible y, por lo tanto, tampoco controlable, ni se lo imaginaba. Se pensó que cerrando la puerta estaría libre de chorradas y magufadas, pero todas le esperaban dentro.

Una vez estuvo sola, los acontecimientos sucedieron uno detrás de otro, rápidos.

El duelo tocaba su puerta y la llamaba nena.

—¡Pásalo genial, nena!

 

 

FASE 1: NEGACIÓN

 

Sua no quiso percatarse de que ocurría algo raro hasta dos o tres días después de haberse mudado. Incluso entonces, se dijo a sí misma que no era para tanto. ¿Qué tenía de malo el misterioso aroma a fresas que impregnaba las paredes? Era mejor que el olor a meado de las cañerías.

 

Las expectativas de Sua para con el piso eran tan bajas que fue una sorpresa que la puerta cerrara bien. Se había mudado sin comprobar que no se trataba de un zulo con un váter y una cama mal puesta, al fin y al cabo.

El anuncio, que ni siquiera incluía fotos, le había llegado vía una compañera de trabajo a la que no tragaba. Una amiga de la susodicha acababa de dejar el piso, al parecer, y no tardaría en ser ocupado de nuevo. Sua había abierto el anuncio delante de ella por compromiso, porque tampoco quería quedar como la gilipollas que era, y no había prestado atención hasta ver lo que el sitio costaba al mes. El precio era tan ridículo y ella estaba tan desesperada que había llamado al número del anuncio el mismo día, cerrado el acuerdo en cinco minutos y mudado al día siguiente. Todavía no tenía el contrato firmado, siquiera.

«No te preocupes por nada. Si tanto te urge, puedes entrar mañana mismo. Le dejaré las llaves a la portera para que te las entregue» le había dicho la dueña. Ni preguntas sobre si tenía trabajo, ni comentarios sobre que debía mantener el piso limpio, ni menciones a la fianza… Raro de narices. Las condiciones eran tan laxas que el sitio debía tener algo raro y chungo, muy chungo.

¿Un cadáver escondido bajo la cama? No, allí solo había pelusas.

¿Una familia okupa a la que tendría que echar para vivir allí? No, allí solo vivían arañas de patas largas.

¿Techo que podía caérsele encima en cualquier momento? Quizás, porque alguna grieta se veía, pero el peligro no parecía inminente.

¿Cocaína en los armarios de la cocina? Ojalá…

¡Gran sorpresa! Resultó que el sitio no estaba tan mal. Era un poco pequeño, de una única habitación, y estaba adornado con manchas de humedad aquí y allá, pero parecía más que habitable. Tenía luz, tenía agua, tenía gas. ¡Hasta internet! Las ventanas se abrían y cerraban y no daban a ningún horrible cementerio ni discoteca con luces de neón. Todo era normal. Soportar a la portera era un sacrificio que se veía capaz de hacer, incluso.

Como siempre, la alegría le duró poco.

Una vez sus pocas pertenencias estuvieron fuera de las cajas (o no, porque ¿para qué sacar nada si se iría de allí lo antes posible?), Sua intuyó que pasaba algo raro.

El primer día, sus lápices aparecieron en el portalápices, sobre el escritorio. El segundo, al ir a peinarse por la mañana, encontró su cepillo en el baño y las horquillas en la caja de las horquillas. Al buscar el portátil para llevarlo al trabajo lo vio enseguida, bien puesto encima del escritorio. El tercer día, sábado, comprobó que su marcapáginas de tela estaba dentro del libro que estaba leyendo, marcando la página que debía. Cumpliendo su maldita función.

Algo andaba mal.

¿Cómo era posible que todo estuviera en su sitio?

Ese no era el estilo de Sua. Lo normal era que absolutamente nada estuviera donde debía y pasarse más quince minutos buscando algo que llevaba en la mano. Que sus zapatos aparecieran en la bañera y encontrar un tenedor bajo las sábanas de la cama. ¿Que todo estuviera en orden? No. Jamás.

A sus treinta y dos años se había levantado, un día, siendo una adulta responsable. Tampoco eran tan raro, ¿a que no? Había aprendido la lección después de quemar su piso dejando unas lentejas al fuego. Inconscientemente, había espabilado. Y por eso estaba todo en su sitio. Nada raro. ¡Quizás era sonámbula! Claro. Ordenaba las cosas mientras dormía. Llevar toda la vida durmiendo más tiesa que un tronco no significaba que ahora no pudiera hacer cosas productivas dormida, incluso si ni siquiera las hiciera despierta.

Todo tenía sentido, por supuesto. Todo bien, todo normal.

Esa noche se aseguró de que las ventanas estuvieran bien cerradas, por si acaso.

Todo bien, todo normal. Tan normal que podía pasar por delante de la portería del edificio y aguantar las ganas de sacarle el dedo a alguien.

Sua estaba segura de que la portera, la señora del batín de flores, se reía de ella internamente. Esa sonrisa con la que la saludaba por las mañanas al salir y por las noches al volver no podía ser inocente, aunque lo pareciera. Pero Sua no iba a ser menos que ella, por supuesto. Le devolvía la sonrisa todas las veces, recordándose a sí misma que ahora era una adulta tan responsable que ponía todas las cosas en su sitio dormida.

El cuarto día, un domingo en el que decidió aumentar sus niveles de colesterol desayunando huevos fritos y bacon, se hizo insostenible seguir pensando que el orden en el piso era normal.

Sus habilidades en la cocina fueron las de siempre, al menos: se quemó con el aceite, rompió las yemas de los huevos sin quererlo e hizo un bacon más o menos decente. Lo que le falló fue el emplatado.

Sua echó los huevos al plato y, después, añadió las dos tiras de bacon encima, creando el perfecto revoltijo. Su desayuno aún estaba grasiento, asqueroso y mal puesto al  dejar la sartén sucia en el fregadero. Cuando lo volvió a mirar, se había convertido en una cara feliz. Los huevos eran los ojos. Las dos tiras de bacon, alineadas una al lado de la otra, la boca. Juntos formaban el sonriente rostro deforme que la miraba desde el plato.

—La boca está un poco torcida, ni siquiera es una sonrisa —se dijo Sua a sí misma, en voz alta—. Me lo estoy imaginando. El bacon se ha resbalado en la grasa y se ha puesto así de casualidad. Eso, o sí que hay cocaína en los armario de la cocina.

Como si estuviera haciendo caso de su queja, una de las tiras de bacon se movió ligeramente, mostrando, ahora sí, una perfecta sonrisa torcida.

—¡Venga ya, no me jodas, eh! —gritó Sua, tirando el plato al suelo del susto.

Ya no le era posible negar que allí había algo: los aliens, los homeópatas o un puto fantasma.

Con razón el piso era tan jodidamente barato.

 

FASE 2: IRA

 

La ira, vieja conocida de Sua, siempre acechaba desde el fondo del estómago, esperando su momento para ser vomitada. Si esta fase de la historia fuera un cuento sobre cómo no debe vivir la vida una persona decente, estaría plagada de signos de exclamación.

 

Sua se pasó el lunes, un día que ya le ponía de mala hostia de por sí, echando humo por las orejas. ¿Cómo se atrevía ese algo, fuerza mágica, alienígena, fantasma o lo que fuere, a ordenar sus cosas por ella? ¡¿Con qué derecho se había metido en una casa que, vale, aún no era suya porque no la había pagado, pero era casi-suya?!

No quería la ayuda. No la necesitaba. Quemar su piso de siempre había sido cosa de una vez, un pequeño error garrafal.

No aguantaba el estúpido orden mágico. Cada cosa que veía en su sitio la ponía de los nervios. Incluso la tostadora cochambrosa, esa que parecía tener diez años como mínimo, había producido una tostada comestible esa mañana. Sua pasó el día pensando en lo bien que le había sabido en la boca y enfadándose por ello.

Internet, como siempre, no era de ayuda. Que si la casa estaba encantada, que si padecía esquizofrenia, que lo conveniente era poner una cámara como en la película cutre esa de fantasmas para ver lo que ocurría mientras no miraba… ¿De dónde se iba a sacar una cámara estando arruinada? ¿Del culo? Necesitaba una solución más barata y menos dolorosa.

El bazar de su barrio le dio la respuesta perfecta esa tarde.

—Esta mierda es ridícula —murmuró, poniendo la tabla sobre la mesa de la cocina, con cuidado de no apagar las velas que ya había encendido.

Cinco euros le había costado la Ouija, lo que era estúpidamente caro para un trozo de plástico con letras. Aguantó las ganas de reventarla contra la pared y, en lugar de ello, buscó «música de fantasmas» en Youtube. Una vez elegida la música, puso un vaso de cristal sobre la tabla y el dedo encima.

Todo listo.

Entonces… ¿qué?

Movió el vaso a la primera letra. P. Así era la cosa, ¿no? Mover el vaso para enviarle el mensaje al fantasma. Más le valía saber leer. Lo movió a la segunda letra: A. La tercera: G. Siguió así, letra por letra, hasta que le dijo lo que quería: A. E. L. A. L. Q. U. I. L. E. R. O. V. E. T. E.

«Paga el alquiler o vete».

Bien. Había enviado su mensaje. Ahora le tocaba esperar a que respondiera, ¿no?  ¿Esperar a que llegara al más allá, quizás? ¿Tendrían buena cobertura allí? Seguro que Sheila hubiera sabido contestar a esa pregunta… Perra. A Sua le daba rabia echarla tanto en falta.

Con el dedo sobre el vaso de cristal, esperó pacientemente a que llegara una respuesta. Lo intentó, al menos.

—¡Que pagues o te pires! —insistió, moviendo el vaso a las letras que correspondía. P. I. R. A. T. E. ¿La tabla no tenía tildes? Esperaba que el fantasma de las narices no supiera inglés, no fuera a pensar que se le estaba llamando pirata. En realidad, el fantasma quizás ni siquiera sabía castellano—. ¡Estúpido fantasma! ¡Hoy en día hay que ser bilingüe como mínimo! ¡¿Quieres que te lo diga en euskera!? Alde hemendik! ¡También me lo sé en inglés! ¡Que te piranding from here, coño ya!

La música ambiental se acabó y Sua suspiró, frustrada. Lo de la tabla era la cosa más estúpida que había hecho desde reventar una taza en el microondas intentando hacer bizcocho fácil. Y quemar su piso, claro, pero eso no contaba.

Pues nada, a pastar la tabla. Pondría música rock a toda pastilla y fingiría estar limpiando su cuarto hasta que le entrara el sueño.

Cuando algo volvió a sonar, no fue música rock. Sua se acercó a ver qué pasaba, porque ella no había tocado nada. En la pantalla se encontró un crío que conocía demasiado bien para su gusto: sentado en un sofá, Edu llamaba por teléfono una y otra vez para felicitarle la navidad a todo bicho viviente. El infame anuncio había pegado fuerte poco antes del dos mil, tanto que ella le había cogido asco, pero no tenía ni idea de dónde había salido. Le bastó un pequeño vistazo a la página para descubrir la búsqueda de Youtube que se había hecho, usando las palabras «hola soy Edu». Asustada y enfada a partes iguales, Sua cerró la tapa del portátil con fuerza antes de ponerse a gritar de nuevo.

—¡Me he gastado cinco euros en esta tabla, Edu, y eso que no es navidad! ¡Úsala, capullo!

La vocecilla de niño enmudeció. Sua observó el portátil aguantando el aliento. Esperó a que pasara algo, lo que fuera. No se sorprendió cuando la música volvió a sonar, pero se acojonó igual. Despacio, levantó la tapa del portátil para descubrir cuál era la canción que estaba sonando.

«Perdón», de David Bisbal.

—¡Lo que me faltaba! —Se alejó del portátil sin darle la espalda y chocó contra la mesa, lo que la puso aún más furiosa—. David Bisbal, ¡en mi propia casa! ¿Qué quieres de mí, Edu? ¡¿Qué coño quieres de mí?!

Esta vez, Sua vio cómo la página de Youtube cargaba y cambiaba a una escena de unos dibujos animados muy feos. Se titulaba: «Yo quiero ayudar en casa».

Ayudar en casa. Un puto fantasma quería ayudarla en casa. Un puto fantasma llamado Edu. Edu.

—¿Qué ayudar ni ayudor? ¡No quiero ni necesito tu ayuda! —¿Qué se creía Edu? ¿Qué coño se creía? Entrando en su casa sin permiso para ayudar. ¡Ella no necesitaba ayuda!—-. ¡Esta no es una trágica comedia romántica en el que la protagonista se enamora del fantasma, que fue un hombre genial en otra vida y ahora la ayuda tras su muerte, Edu!  —Sua se quitó una pantufla y la lanzó a través de la habitación, sin apuntar a ningún lado. Tuvo tan mala suerte que la tiró por la ventana sin querer. Adiós para siempre, pantufla—. ¡Soy lesbiana, fantasma de mierda! ¡Ala, ahora ya puedes irte a tu puta casa!

La música volvió a cambiar, pero esta vez, Sua no se paró a mirar cómo se titulaba el vídeo. Agarró el ordenador y lo levantó por encima de su cabeza, dispuesta a que siguiera el mismo camino que la pantufla.

Paró justo a tiempo. No. El portátil no. No podía comprarse otro.

Con extremo cuidado, aguantando la ira que la desbordaba, volvió a dejarlo en su sitio y se aseguró de apagarlo. Una vez la casa volvió a estar en silencio, gritó con todas sus fuerzas.

—¡Me cago en todo, Edu!

 

 

FASE 3: NEGOCIACIÓN

 

Negociar, lo que se dice negociar, jamás fue el punto fuerte de Sua. Sus interlocutores solían reaccionar de una de dos formas al verse ante sus peticiones: le decían que no escuchaba y huían o cedían para evitar un conflicto mayor.

Esa vez, no ocurrió ninguna de las dos.

 

—Necesito que saque a Edu de mi casa.

La portera levantó la vista de su revista muy despacio, con la preocupación claramente pintada en la cara.

—Cariño, ¿tienes a un hombre que te molesta en casa? Tú llama a la policía mientras subo a tu piso a decirle cuatro cosas.

—¡No! —exclamó Sua, haciendo que la señora botara. No, no. Debía calmarse. Había ido allí a hablar con la bruja magufa, no a amenazarla—. Usted sabe a qué me refiero, señora.

Ella negó con la cabeza.

—La verdad es que no. ¿Arañas? A mí tampoco me gustan, conste, pero algo haremos…

—¡No, no! —¿Le estaba tomando el pelo? Sua sentía que sí, pero la cara de la señora no dejaba entrever nada de eso—. Necesito que saque al… Ya sabe… Al…

—¿Es una adivinanza? Al… ¡Albahaca! ¿Alpaca? ¡Albóndiga!

—No es un juego, señora. Quiero que saque al… —Hizo una pausa, esperando a que el sentimiento de ridiculez disminuyera. No lo hizo—. Al fantasma.

La mujer la miró durante unos segundos, sorprendida, y después se echó a reír.

—¡Qué curioso! La fuerza del piso nunca se había manifestado de esa forma, pero una cosa te digo, querida: ¡disfruta de ella!

—¡Escúcheme! —suplicó Sua, desesperada—. Sé que no la traté bien mi primer día aquí. Me disculpo fervientemente, de verdad.

La portera asintió y Sua suspiró, aliviada.

—Disculpa aceptada, cariño. Todas tenemos malos días.

¡Al fin! La locura se acabaría pronto. Hasta nunca, Edu. Búscate tu propio piso.

La señora sonrió y Sua le sonrió de vuelta. La escena se alargó casi un minuto, hasta que el silencio fue tan incómodo que la portera carraspeó.

—Bueno, si me disculpas tú ahora… Tengo cosas importantes que leer.

Y se puso a ello.

Sua parpadeó varias veces, confusa.

—Oiga, perdone… Entonces… ¿Va usted a hacer algo con mi… asunto?

La portera levantó los ojos de las fotos de perritos que había en su revista un instante y volvió a concentrarse en ella enseguida.

—Tú no te preocupes por eso, verás qué bien te va. ¡Que tengas un buen día en el trabajo!

Mierda. El trabajo. Sua debía salir el edificio inmediatamente para llegar a tiempo, pero no podía dejar las cosas así. Incluso si la señora le estaba tomando el pelo y sí que era una bruja piruja que había metido espíritus en el piso, no le quedaba otra que tragarse el orgullo y suplicar que, por favor, lo deshiciera. Sua no sabía cómo narices lidiar con un fantasma si no era de esa forma.

—Puedo darte… —Dinero. Lo ideal hubiera sido darle dinero, a todo el mundo le gusta el dinero. Pero no lo tenía—. Puedo darte mi tiempo. Soy arquitecta, ¿sabe? Estoy segura de que alguna vez ha soñado con tener una casa propia, con tejado rojo y en mitad de una pradera o algo así. Yo se la puedo diseñar. ¡Gratis! Hasta puedo hacerle un renderizado que…

La señora volvió a echarse a reír. Si lo hacía porque los perritos eran muy cucos o por lo que Sua decía, no se supo nunca.

—No sé qué es un randeri, cariño, pero no hace falta que me lo hagas. ¡A tu piso no le pasa nada malo! Jurao. Me aseguré de dejarlo bien limpio antes de que te mudaras, además. De él han salido muchas mujeres felices y exitosas. Tú relájate y déjate llevar…

—Señora, ¡¿cómo coño me voy a relajar con un fantasma en casa?! —Calma, calma. Debía calmarse. Negociar. Hacer que la bruja sacara a Edu de su casa—. Usted pida lo que quiera a cambio de sacar esa cosa de la casa y negociamos desde ahí. Colabore en esto.

La portera negó con la cabeza.

—Yo no puedo sacar nada de ningún lado porque no lo he metido ahí. ¡El piso es el que es y has tenido mucha suerte! Mira, si quieres, puedo contarte la historia de…

Sua la interrumpió.

—¿Si la escucho poniendo muchísimo interés, el mayor interés que haya usted sentido jamás, sacará la cosa de mi piso?

Recibió un ceño fruncido como respuesta. Aquello no iba mal, iba fatal.

—Solo faltaba que no pongas interés mientras te hablo, niña. Pero, no. Yo no puedo hacer nada de eso. —Sua miró la hora que marcaba su reloj digital con el ceño fruncido. Sabía que si no salía en ese mismo instante perdería el autobús y llegaría tarde al curro. No podía permitírselo—. Mira, nena, yo puedo ayudarte a entender lo que ocurre si…

Ahí estaba de nuevo. «Nena». Con el añadido de la palabra a su estrés, el hecho de haber quemado su piso y tener un fantasma llamado Edu tocándole los ovarios en casa, Sua terminó de perder los nervios.

—¡No quiero tu ayuda para entender nada! ¡Que me saques lo que me has metido en el piso, vieja bruja!

La portera se llevó la mano al pecho con la boca tan abierta que uno de los cachorros de la revista le cabría dentro.

—¡Ya me gustaría a mí ser bruja y tener poderes, niña maleducada!

Sua le dio la espalda lo más dignamente posible. Sabía que, llegadas a ese punto, no podía recular e intentar ser amable de nuevo. Ya la había cagado, así que a la mierda la señora y su revista de perros.

—¡No te preocupes, señora! —le gritó por encima del hombro mientras se alejaba dando zancadas—. Las pintas de bruja piruja ya las tienes, seguro que queda poco para que te crezcan los poderes. ¡Espero que pase pronto, porque pienso llamar a la policía si mi piso sigue encantado cuando vuelva! ¡Se lo juro, señora!

 

 

FASE 4: DEPRESIÓN

 

¡Tristeza, vieja amiga! Siempre escondida debajo de la ira y la rabia, dispuesta a salir en cuanto Sua se quedara sin energía para cagarse en el mundo.

 

 

Al volver del trabajo, Sua supo que Edu seguía en casa al instante. El olor a fresas era inconfundible. Evidentemente, no llamó a la policía para avisar de que la portera del edificio no le había sacado al fantasma de casa, aunque ganas no le faltaban. Sabía que nadie le creería, que la tratarían como una loca. ¿Así se había sentido Sheila las veces que intentaba hablar sobre energías y cosas de esas? Sua había sido una novia de mierda durante años, ahora lo veía claro.

Se tiró en la cama de boca. Ni siquiera tenía energías para poner el móvil a cargar. Pensó que, en lugar de a la policía, podría llamar a un exorcista. El problema era que le querrían cobrar por los cánticos y bailes cristianos purificadores, y ella no tenía dinero para pagar semejante chorrada. Ni para esa ni para ninguna. ¿Existirían los exorcistas sin fronteras? Supuso que no.

Por primera vez en mucho tiempo, pensó que se echaría a llorar. ¿Cuánto hacía que derramaba lágrimas? ¿Medio año? ¿Un año? Aun así, no pudo hacerlo. Se sentía tan vacía que no era capaz.

Nada le salía bien nunca. Estaba acostumbrada a ello, por supuesto, pero se estaba quedando sin aguante para tanta desgracia seguida. Ordenadas de antigua a reciente, las siguientes: en el estudio de arquitectura estaban pasando muy mala racha y le habían bajado el sueldo, su novia le había dejado por razones que solo ahora empezaba a comprender y no tenía dinero ni para comprarse un filete. Para rematar el estar sin blanca, sin tiempo para vivir y más sola que la una, había quemado el piso en el que había vivido durante cinco años. Junto con él, también se había llevado por delante su cuchara favorita, la que parecía un dinosaurio, y gran parte de sus cachivaches culinarios inútiles. Esos que tan feliz le hacían.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, así que se hizo una bola para conservar calor. Su cuarto estaba frío, pero se negaba a poner la calefacción. Eso era un lujo para burguesas, cosa que ya no era. Lo sensato hubiera sido meterse bajo el edredón o ponerse una manta, pero no poseía la energía suficiente para ello. Como si le leyeran la mente, Sua sintió un leve peso sobre el cuerpo, un tacto suave sobre los brazos y los pelitos de la manta en la parte baja del rostro. La fuerza la arropó con delicadeza para que el frío no se colara, tal y como hacía su madre cuando era pequeña y aún no le echaba la bronca por molestarla demasiado. «Como si tener diez años fuera el mejor momento de convertirse en una adulta responsable e independiente. No me jodas, ama».

Ahora era un fantasma llamado Edu quien la arropaba, como si jamás hubiera aprendido a vivir por sí misma sin molestar a nadie, por muy desastre que fuera. Ni eso le quedaba. ¿Había sido alguna vez, acaso, autosuficiente? Una persona que vive bien la vida no quema su maldita cocina, al fin y al cabo.

El tiempo se volvió borroso y sin sentido mientras estuvo allí tirada, sin fuerzas para moverse. Le pareció escuchar ruido en la cocina, como si alguien le estuviera preparando algo de comer para hacerla sentir mejor, y ni siquiera la perspectiva del fantasma cocinando para ella le fue suficiente para levantar la cabeza. Poco iba a poder preparar, de todas formas. En la nevera no había más que margarina abierta desde hacía semanas y un yogur caducado que no sabía si comerse o tirar. Si conseguía hacer algo comestible con esas dos cosas, a Sua no le quedaría otro remedio que apuntar a Edu al casting de Masterchef.

Cuando tuvo fuerzas para levantar el brazo y mirarlo, el teléfono móvil marcaba que ya era casi la una de la madrugada. También que solo le quedaba un doce por ciento de batería.

—¿Qué pasa, Edu? —murmuró Sua sobre la almohada, bajito. En realidad no quería ser escuchada, solo ser mala con él—. Estoy aquí, a punto de quedarme sin batería, y no estás haciendo nada al respecto…

El casi imperceptible ruido de la cocina cesó y fue sustituído por el de cajones siendo abiertos y cerrados con mucha delicadeza. Sua sintió miedo, miedo de verdad por lo que estaba ocurriendo en esa casa, pero la desolación tenía más peso. No se movió.

Edu le recordaba a un perro, a su manera. Uno de esos que meneaban la cola con cualquier cosa que les dijera su dueña. Un perro de los grandes, de esos que podrían matarte a mordiscos si quisieran. Así se sentía con el fantasma, fuerza espiritual, alienígena invisible o lo que fuera: estaba ayudando, sí, pero si decidiera no hacerlo…

¿Importaba, acaso? Supuso que no.

—No te esfuerces, creo que me he dejado el cargador en el estudio. Gilipollas.

El ruido volvió a cesar. Las luces del cuarto se apagaron y Sua quedó sumida en la oscuridad salvo por el brillo de la pantalla del teléfono.

No podía seguir así. De verdad que no.

Abrió WhatsApp, sin pensarlo. «¿Qué coño haces, Sua?». Ojeó la lista de nombres en la aplicación y eligió uno, el peor de todos. «Por favor, si haces esto será imposible caer más bajo». Escribió el mensaje, breve y sencillo, «No, no, no. Es patético. No necesitas ayuda. Esto es peor que la vez que te rompiste un brazo por intentar impresionar a unas niñas de clase con el patinete». Enviado.

«¿Qué importa? Peor no se puede estar».

«¡Claro que se puede estar peor, siempre se puede estar peor, ilusa!».

 

 

FASE 5: ACEPTA… ¡Y UNA MIERDA!

 

No es que a Sua le costara aceptar su propia realidad, al contrario. A muy temprana edad, había comprendido que no se podía contar con nadie más que con una misma, que debía sacarse las castañas del fuego sin ayuda. Siempre y sin excepciones.

El problema radicaba en que, desde ese punto a aceptar la convivencia con un fantasma, había un gran trecho que no era capaz de saldar.

 

 

Según el despertador digital, eran poco más de las seis de la mañana. Por eso mismo, Sua no se explicaba quién coño golpeaba su puerta a esas horas. Apenas se hablaba con su familia y amigas tenía pocas. Pareja que la despertara con un abrazo, tampoco. Lo que sí que tenía: un fantasma.

—¡¿No se supone que los fantasmas pueden atravesar paredes?! —le gritó a la nada, tapándose mejor con la manta en un intento por ignorar el ruido—. ¡Porque, no, no pienso darte una copia de mis llaves, Edu!

Los golpes en la puerta no cesaron.

—¡Que pares ya, Edu!

Sua comenzó a temer que el enorme perro al fin fuera a morderla, pero la irritación por ser despertada de forma brusca era mayor. Se levantó hecha una furia, enredada en la manta y con la ropa del día anterior aún puesta, y abrió de golpe.

—¿Edu? —preguntó la mujer que se encontró al otro lado, cruzándose de brazos—. ¿Hay un Edu al que hay que matar?

¿Sheila?

—¿Qué…? —comenzó Sua, más descolocada por la presencia de su ex-novia, con la que llevaba meses sin hablar, que por el fantasma que tenía en casa—. ¿Qué haces aquí?

Sheila jamás había sido una mujer de muchas palabras, por lo que Sua no se sorprendió cuando, en lugar de responder, le enseñó un mensaje en el teléfono móvil.

«Necesito tu ayuda». Enviado por la propia Sua cinco horas antes junto con su ubicación.

—Vale, eso tiene sentido —admitió. Se insultó mentalmente por haberle enviado algo así a su ex-novia tras meses sin hablar. Y encima estando sobria—. Pero, una pregunta… ¿Y ella?

De detrás de la ex-novia, la portera asomó la cabeza con una enorme sonrisa en el rostro.

—¡Buenos días, nena!

 

***

 

Seis y media de la mañana. Sua, su ex-novia y la portera del edificio (a la que había acusado de bruja y amenazado con llamar a la policía), tomaban café que había sido preparado por un fantasma alrededor de una mesa.

—¿Por qué está ella aquí? —dijo Sua, al fin, para romper el silencio. Sabía que Sheila era capaz de estar una hora callada si hacía falta, tan cómoda con ello como si estuviera sola.

—¿Amparo? —Vaya. La bruja tenía nombre—. Le pregunté por tu puerta y… Decidió asomarse por si pasaba algo.

Sua podía imaginárselo perfectamente. Sheila preguntando cuál era la puerta a la que quería llegar y la señora uniéndose al viaje con ese descaro que mostraba siempre. El silencio de Sheila solía espantar a la gente, pero estaba claro que con la bruja no había funcionado.

—¡A mí me pagan por ayudar! —dijo la portera, dándole un gran trago a su café—. Y me tienes un poco preocupada, ¿sabes? Vas del revés en comparación con el resto de inquilinas, que empezaban mal e iban a mejor.

Sua quería echarla. De verdad. Pero el esfuerzo que tendría que hacer para ello no parecía merecer la pena. Sabía que hay veces en las que es mejor aceptar la mierda que se te viene y te cubre hasta las rodillas, en lugar de intentar apartarla y acabar sumergida en ella. Lo hecho estaba hecho: había enviado un mensaje a su exnovia, en plan desesperada, y junto a ella había aparecido la bruja de la portera. Pues que así fuera. Quizás podría sacar algo de todo el asunto, incluso. El mal ya estaba hecho.

—Tengo un fantasma llamado Edu en el piso —admitió Sua, con la mirada fija en su taza de café—. Y no puedo sacarlo de aquí.

Sheila se limitó a levantar las cejas. Siempre tan elocuente. A Sua le encantaba eso de ella, en realidad: la forma en la que se interesaba por lo que decían otras personas sin sentir la necesidad de hablar por hablar. Aun así, quizás por falta de práctica, la no-respuesta le incomodó. «A rellenar el silencio con locuras, pues».

Sua relató todos los acontecimientos extraños que había presenciado con pelos y señales, olor a fresas y conversaciones vía Youtube incluidas. Mientras hablaba, Edu no pareció darse por aludido en ningún momento. Durante un instante, Sua temió haber estado imaginándoselo todo, pero se recordó a sí misma que el café que estaban bebiendo no lo había preparado ella, precisamente.

—La ouija no se usa así —comentó Sheila una vez hubo escuchado todo el relato. A su lado, Amparo parecía fascinada con lo que estaba escuchando. Por una vez en su vida, estaba callada y sin molestar—. Si no hubiera estado tantos años saliendo contigo, si no te conociera como te conozco, pensaría que te has compinchado con esta señora para gastarme una broma pesada.

—¡Erais novias! —exclamó Amparo, viviendo el drama con más intensidad que nadie—. Me encanta.

Sua levantó las cejas, sorprendida por las palabras de su ex, y decidió ignorar a la portera.

—Pensé que eras tú la que creía en estas cosas de fantasmas, alienígenas y eso. —Suponía que, por eso mismo, su cerebro deprimido había decidido que era buena idea pedirle ayuda—. No sé por qué te suena raro…

—Porque tienes un fantasma que te limpia la casa, te arropa y hace café, Sua. Lo único malo que tiene es que no paga el alquiler. El asunto es raro incluso dentro de la rareza de tener fantasmas aquí.

—Yo ya intenté decirte que este piso era especial —intervino Amparo—. Siempre ayuda a la gente, ¿sabes?

—¿Cómo hace eso? —preguntó Sheila, dándole coba. Sua quiso suspirar, pero se aguantó.

La mujer se encogió de hombros.

—No sé seguro. ¡La última inquilina que estuvo aquí publicó un libro sobre su experiencia! —Sua se frotó las sienes. Eran las seis de la mañana, ¿cómo podía ser tan efusiva? Y, de todas formas, ¿qué coño hacía en el edificio tan temprano? Tenía que aguantar. No gritar—. Es muy bueno, además. Habla sobre tener un golpe de inspiración cuando más lo necesitaba, un ambiente en el que se sentía como en ningún otro, encontrar el ánimo, al fin, para buscar ayuda profesional… El piso le dio las fuerzas que necesitaba para salir adelante cuando peor veía todo. Pero lo tuyo, lo del fantasma… ¡es la leche! —«Aguantar. Aguantar. No gritar»—. Jamás había venido tan fuerte. Nena, creo que eso significa que necesitas mucha ayuda.

—¡Yo no necesito ayuda de nadie! —explotó, levantándose con tanta brusquedad de la silla que la volcó—. ¡Ni tuya, ni la de un fantasma, ni la de nadie! Y tú te piensas… Que yo necesito… No me joda, señora…

—Muchas gracias por todo, Amparo —le interrumpió Sheila, tranquila como siempre, al menos a primera vista. Sua sabía, por la forma en la que movía los dedos de las manos, que estaba nerviosa. Fue eso lo que hizo que se relajara y volviera a poner la silla en su sitio—. ¿Podrías dejarnos hablar un rato a solas?

Sua pensó que se negaría, pero la señora asintió, solemne.

—Por supuesto que sí, cariño. Siento si he molestado mucho. A veces soy muy efusiva, ¿sabes? Ya me lo dicen, aunque yo no lo hago por mal. Que tengáis una buena mañana, guapas. Que, por cierto, Sheila, me encanta el pirsin que llevas en la ceja.

La portera se marchó sin mucha más ceremonia. La cocina volvió a sumirse en el silencio de las seis y media de la mañana, uno que, curiosamente, fue roto por Sheila.

—Toma —dijo, sacando un kleenex de su bolso rosa y tendiéndoselo.

—¿Para qué quiero yo eso? —contestó Sua, aunque lo cogió de todas formas.

—Para que te seques las lágrimas, Sua. Para eso.

—¿Eh?

Era cierto. Estaba llorando. ¡Llorando! Increíble. Se le escapó un sollozo. Oh, mierda. «Hola, mejillas húmedas. Hola, ser patética delante de tu ex».

—He tenido… —comenzó entre lágrimas, sintiendo la imperiosa necesidad de justificarse. Sheila jamás le había visto llorar, ni siquiera en el funeral de su padre. Hacía tanto tiempo que no ocurría que Sua no sabía qué hacer consigo misma. ¿Tirarse por la ventana? Eso sonaba aceptable—. Una semana un poco rara. Y… Y…

—Sua, está bien. Llora todo lo que necesites.

Eso hizo. No hubiera podido parar, aunque quisiera.

Sheila se limitó a mirar hasta que pasó la tormenta, callada como lo estaba gran parte del tiempo y sin juzgar. Sua se sintió un trapo viejo, cansado y mojado, cuando todo terminó, aunque también aliviada. Lo único que le faltaba para recuperarse del todo era librarse de la horrible vergüenza que le provocaba mostrar semejante debilidad delante de alguien.

—Si le cuentas que he llorado a alguien… —murmuró, medio en broma medio en serio.

Sheila bufó de la misma forma en la que lo solía hacer en el pasado, con una especie de desdén en el que subyacía cariño. O eso le gustaba pensar a Sua.

—¿Y dejar que el resto del mundo descubra que no eres un robot de los años ochenta, de esos que aún no tenían sentimientos? Por favor. Me llevaré este secreto a la tumba, aunque solo sea por sentirme especial.

Sua rió tapándose la boca en un intento por no ser demasiado desagradable, aunque sospechaba que ya era demasiado tarde para eso. Sheila tenía la capacidad de hacerla reír en los peores momentos.

—Esta robot está siendo acosada por un fantasma y tú eres la experta del mundo paranormal y mágico. ¿Qué debería hacer, oh, diosa de las hadas?

Diosa de las hadas. ¿Cuántas veces la había llamado así en el pasado, con un cariño tan grande que no cabía en ella? Sheila ya no llevaba el pelo rosa, pero conservaba el aire feérico de todas formas. Los collares para canalizar energías, esos que se suponía que la hacían sentir bien, seguían alrededor de su cuello. Sua jamás los había entendido, pero ¿qué importaba si la hacían sentir bien? Podía irse a bailar desnuda bajo la luz de la luna si gustaba, por lo que a ella respectaba.

—No estoy segura de qué decirte. Puede que leer el libro que ha mencionado Amparo te ayude a hacerte una idea de las fuerzas que hay en este piso. O no. Como no parece que tu integridad corra peligro, intentar hacer algo para librarte de ellas podría ser contraproducente. Aunque, si gustas, puedo ayudarte a buscar a una exorcista, o quizás una experta en purificación de energía y auras y…

—No necesito que esas mujeres mágicas me… —Sua no terminó la frase al ver el ceño fruncido de su ex—. Bueno, ya, entiendo. Preferiría no tener que llamar a nadie. No podría pagarles.

Sheila asintió.

—Comprensible. Como ya te he dicho, teniendo en cuenta que este fantasma… Cómo era…

—Edu.

—Edu, sí. Teniendo en cuenta que lo peor que te ha hecho Edu ha sido llenarte el historial de Youtube de vídeos estúpidos… Bueno. Ya sabes que pienso que todo ocurre por alguna razón, buena o mala. Quizás te hacía falta esto. Vivir esto. Dejarte ayudar, por una vez en tu vida.

Ah, mierda. Dejarse hacer. Sua prefería, mil veces, volver a darle fuego a una cocina.

—Entonces… ¿Qué? ¿Me sugieres que me quede aquí sentada? ¿Que me deje ayudar hasta que la fuerza esta se canse y me deje en paz o pueda volver a mi piso de siempre?

Sheila negó con la cabeza, despacio, y alargó la mano por encima de la mesa. Sua la cogió, sin pensarlo, y la sostuvo mientras hablaban.

—Recibir ayuda no es quedarse quieta mientras alguien hace algo que ni siquiera te hace gracia. Es aceptar que no es posible que lleguemos a todo y seguir esforzándose junto a las personas que nos ofrecen su mano.

—Yo ya sé que no puedo hacerlo todo… ¡Si soy un desastre!

—Si lo sabes, no te lo aplicas, Sua.

—Pero…

Sua temió que Sheila fuera a soltarle la mano. En lugar de eso, se la sostuvo con más fuerza, como si quisiera enviarle toda su energía.

—En los cuatro años que salimos juntas, no recuerdo una sola vez en la que me pidieras ayuda para algo más o menos importante, ni consejos de ningún tipo. Jamás.

—Yo… —«¿No creo que necesite ayuda? ¿Soy demasiado orgullosa? ¿Si quieres que las cosas se hagan bien, mejor hazlas tú misma?» No. No era eso—. No quiero molestar con mis chorradas.

—No son chorradas, Sua. Ni siquiera cuando viniste a preguntarme qué tipo de verde haría que parecieras «un vegetal, que es de lo que me quiero disfrazar en carnavales» pensé que eran chorradas. El problema es que la gente que está a tu alrededor, la que te quiere, no sabe si te comportas así porque no quieres molestar o porque piensas que no somos lo suficientemente buenas para ti.

—¿Qué? ¡No! Yo jamás he pensado eso de ti. Jamás. Lo juro.

—Bueno. —Sheila sonrió, de forma tan amplia que enseñó todos los dientes, y se encogió de hombros—. Ahora lo sé. Y otra cosa le voy a decir al Edu este: qué bien haces café, maldita sea. Pásate por mi casa.

Las luces de la cocina parpadearon varias veces, como si el fantasma la hubiera escuchado.

—Te lo cambio por… —intentó Sua, en vano.

—No.

—¡Ni siquiera he llegado a…!

—Que no.

 

FASE 5, AHORA SÍ: ACEPTACIÓN

 

Lo que no significa hacerlo todo bien, por supuesto.

 

 

Los días siguientes fueron raros pero funcionales, a su manera. Sua se mantuvo en contacto con Sheila para informarle de todos los fenómenos extraños que ocurrían en su nuevo piso, desde el cambio de olor de fresa a lavanda y la vuelta a las fresas hasta las camisetas bien dobladas. Su ex no quería admitirlo, pero le fascinaba y encantaba todo aquello a niveles estratosféricos. Era muy agradable volver a hablar con ella de nuevo, más aún sabiendo que, si pasara cualquier cosa, estaría ahí para ayudar. Sua sentía un agradable calor en el vientre cada vez que pensaba en lo rápido que había aparecido en su casa, dispuesta a ofrecer su ayuda incluso después de tanto tiempo. Nada más acabar con la relación, se había preguntado qué había visto en una loca mística como para estar con ella tantos años. Ahora, se preguntaba cómo es que había dejado a la loca mística marchar sin luchar por ella, o al menos sin pedirle que la protegiera de los enanitos verdes que acechaban por las esquinas. Por primera vez, Sua sentía que podía confiar en que alguien la socorriera cuando lo necesitaba.

Y esa alguien no era un fantasma llamado Edu.

Amparo también se comportó bien con ella, a su manera. Sua se disculpó, esta vez de verdad, por la forma en la que la había tratado. También le pidió encarecidamente que dejara de decir «nena». La portera se había resistido al principio, pero había aceptado al decirle que, al hablar así, parecía un señor de esos a los que habría que lavarles la boca con jabón.

La convivencia con el compañero indeseado cambió un poco. Sua se dejó hacer: se comía el desayuno sonriente sin protestar, abría el cajón de los calcetines cuando necesitaba un par limpio a sabiendas de que estarían allí bien emparejados y, si se sentía de buen humor, dejaba Youtube abierto en el portátil. La música que elegía el fantasma no duraba mucho puesta, de todas formas, porque su gusto musical era terrible.

No es que Sua recibiera la ayuda con gusto, no de la forma en la que recibía la de Sheila, pero algo era, ¿no?

Poco a poco, las atenciones del fantasma fueron decreciendo; Sua se percató de ello al encontrar su cepillo de pelo en el cajón de la cubertería. A partir de ahí, todo comenzó a volver a su flujo normal, el de la vida de una tía desordenada y desastrosa sin remedio alguno: no encontraba lo que buscaba, los objetos aparecían en los lugares menos sospechados y su desayuno volvía a estar triste.

Aun así, cuando le dijeron que su antiguo piso volvía ser habitable tres semanas después, no sintió pena ninguna. Tener ayuda estaba bien, sí, pero mucho mejor si venía de personas… majas. Se conformaba con que fueran de carne y hueso, en realidad, ni siquiera tenían por qué caerle bien. Ahí estaba Amparo, por ejemplo, que tampoco estaba tan mal. Sobre todo las croquetas que preparaba de vez en cuando, esas sí que no estaban mal. Sua la echaría un poco de menos, pero jamás lo diría en voz alta. Ni por escrito. Jamás.

 

***

 

La mudanza fue mucho menos precipitada que la última, sin fuego, bomberos ni ambulancias. Más aburrida también, claro.

No habiendo llegado a firmar el contrato siquiera (¿Cómo podía la dueña del piso estar pasando tanto y sacándole tan poco beneficio a un piso mágico?), Sua solo tuvo que asegurarse de abonar el pago del mes que había estado allí antes de marcharse. Sheila la ayudó a mover las pocas cajas que tenía y Amparo se despidió de ellas llorando a mares, como si fueran amigas de toda la vida en lugar de una inquilina que la había tratado mal y una portera a la que conocía desde hacía menos de un mes.

Las marcas del fuego habían desaparecido por completo de la cocina de su piso de siempre. Seguía siendo un sitio desastroso, pequeño y sin mucha luz donde nada estaba en su sitio, uno en el que podía hundirse en la miseria sin que nadie la arropara. Su piso de mierda. Cuánto lo había echado de menos.

Una vez hubieron llevado todas las cajas, Sheila se ofreció a ayudar a limpiar el desastre que habían dejado allí los albañiles. Sua no tardó en negarse, por inercia.

—Tranquila, puedo yo sola.

Sheila levantó las cejas y negó con la cabeza, pero no hizo comentario ninguno antes de marcharse. Era obvio que necesitaba la ayuda, que tendría que enfrentarse a horas de limpieza para quitar todo el polvo de la obra. Aunque, en realidad, si se encerraba en su cuarto y lo ignoraba, quizás…

Cambió de opinión bastante rápido al visitar la cocina. El aire estaba cargado, lleno de partículas de polvo, pero no tanto como hacía rato. Extrañada, decidió ignorarlo.

Quizás había sido Sheila…

A juzgar por el olor de fresas que la invadió repentinamente, quizás no.

 

 

DE VUELTA A LA FASE 1: NEGACIÓN

 

Un golpe en la puerta principal. Dos. Tres. Sua corrió a ella, deseosa de pedirle ayuda a Sheila. Había aprendido, de verdad. Jurado por el niñito Jesús. No necesitaba ayuda de fantasmas. De verdad. De verdad de la buena.

Al otro lado de la puerta, no encontró a su ex. No encontró a nadie, en realidad. Intentó cerrar la puerta, aliviada, pero se atascó poco antes de hacerlo del todo. Un montón de trapos apilados en el suelo la bloqueaban. Encima de ellos, una nota adornada con una carita sonriente invitó a Sua a agacharse a leerla.

«Gracias por dejarme pasar, ¡limpiemos con energía!»

 

 

FASE 2: IRA

 

Había entrado. El fantasma se había colado en su casa. No. No. ¡Otra vez no!

—¡Ni se te ocurra! —le gritó a la nada, dando vueltas sobre sí misma—. ¡Sal de mi puta casa, Edu! ¡No te necesito! —Una de sus vecinas asomó la cabeza por la puerta a ver qué pasaba, pero Sua la ignoró—. ¡Esto es allanamiento de morada!

 

 

¡¿FASE 3 OTRA VEZ?!: NEGOCIACIÓN

 

—Juro que limpiaré más a menudo. Que saludaré a todas las vecinas amablemente, aunque me caigan de pena y sepa que me echan lejía a la ropa. Sonreiré a todos los perros con los que me cruce de camino al trabajo. ¡Reciclaré más! ¡Empezaré a hacer deporte!

 

 

HASTA EL COÑO DE TODO YA: DEPRESIÓN

 

—¿Por qué me pasan a mí estas cosas? ¿Por qué, por qué? Es tan injusto… Intento ser buena en todo lo que puedo, ¡lo juro! Moderadamente buena, al menos. No doy más de mí…

 

 

¿QUÉ ME QUEDA EN LA VIDA? ¿ACEPTACIÓN?

 

— ¡No me da la gana aceptar esto!

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