Onda, de Enerio Dima

Onda, de Enerio Dima

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 9: «Onda», de Enerio Dima

Nunca he sido la clase de persona que se enamora. Mi cuerpo busca el contacto de otras personas hasta que me canso de ellas. No dedico más de dos pensamientos a una misma boca. Me conozco, sé quien soy. No me he enamorado.

Sé lo que me pasa aunque me ha costado ponerle nombre. Hay razones más que suficientes para darse cuenta de que me he sumido en una obsesión patológica. Siento como si una enfermedad, en el sentido más físico de la palabra, se hubiera apoderado de mi voluntad. Necesito curarme.

El grifo está abierto y ya me llega el agua a la barbilla. Con firmeza, agarro el borde de la bañera y me empujo contra el fondo hasta sumergir la cabeza. Si floto, si saco los oídos a la superficie, volveré a escuchar su voz. Mantengo los ojos cerrados en un intento desesperado de dejar de ver los suyos. No funciona. Los tengo clavados en lo más profundo del alma.

La opresión del pecho se disipa más cuanto más me hundo. La única explicación es que esté en mi cabeza, lo contrario no tenía sentido. Sé que me falta el aire, que me ahogaré si aguanto solo unos segundos más, pero casi parece que mis pulmones me pidan inspirar para llenarse de agua. Sigo escuchando el grifo abierto. Un susurro se cuela entre el ruido.

«Quédate».

Abro los ojos. Me incorporo de golpe, provocando una ola que salpica fuera de la bañera. Tomo una gran bocanada de aire y, al hacerlo, siento que me ahogo. El pecho se me encoje y se me cierra la garganta. Con la mano temblorosa giro el grifo para que deje de caer agua.

Coloco la mano encima de la rodilla, allí donde me tocó. Aparto la espuma y me parece ver una mancha azulada sobre la piel.

Me estoy volviendo loca.

Su pelo estaba empapado y las gotas de lluvia se deslizaban por él hasta llegar a los hombros. Al principio pensé que era de color castaño, pero la luz de las farolas terminó por revelar destellos rubios, tan claros como esas cejas que apenas eran una adivinanza sobre los ojos verdes.

Por toda ropa llevaba puesto un vestido de punto azul que se le pegaba a la piel por culpa de la lluvia. Caminaba descalza como las locas o las borrachas, aunque eso solo lo pensé en un primer momento. Pronto me di cuenta de que iba descalza porque quería, y que eso no era nada más que otra pieza del extraño mosaico que componía.

Me dijo que se llamaba Onda y le pregunté que si era un nombre francés. «Algo así», fue la única respuesta que obtuve. Dos palabras tan misteriosas como ella misma, como todo lo que la rodeaba. ¿Yo había perdido ya la cabeza en ese momento? No, todavía escuchaba sus palabras y me hacía preguntas. ¿Por qué estaba sola en medio de la nada? ¿Por qué su cara me sonaba?

Estábamos sentadas bajo la lluvia. Habíamos escogido un banco situado entre la playa y mi coche. Los pocos silencios que se producían quedaban completados por el arrullo del mar.

—¿No prefieres que pasemos al coche? —le pregunté—. Por lo menos mientras esperamos a que llegue la grúa.

—¿Es que no estás bien? ¿Tienes frío? Es imposible que la lluvia te moleste.

Quise contestarle que sí, porque era lo que yo misma pensaba. Sin embargo, cuando fui a hacerlo la lengua se me pegó al paladar. ¿Tenía frío? ¿Me molestaba el agua? No, por supuesto que no. Mis manos, que suelen estar heladas desde octubre hasta mayo, tenían una temperatura agradable. Me retiré la capucha para que las gotas me besaran las mejillas y sonreí.

—Tienes razón, ni siquiera sé por qué lo he dicho.

—Solo tiene sentido vivir si estoy rodeada de agua, así que…

Levantó una mano hacia el cielo, dejando que la lluvia se escurriera entre sus dedos. Fue entonces cuando noté que los tenía unidos por una fina membrana, resplandeciente y algo escamosa. Onda siguió mi mirada y pasó a esconder la mano tras la espalda, con un gesto brusco pero grácil. Pensé que la había ofendido con mi descaro, que tal vez aquello era una deformidad de nacimiento que la avergonzaba. No me atreví a pedirle perdón porque entonces habría quedado como una estúpida. Lo único que quería era gustarle, conseguir quedarme un poco más a su lado y que siguiera usando su voz para hablarme solo a mí.

—Gracias por haberme acompañado a la cafetería —dije al final. Busqué complicidad en su mirada.

—No podía dejarte aquí como una tortuguita que no sabe regresar al mar.

Sonreí ante lo ocurrente del símil, ciertamente me había salvado. Tras toda la tarde tomando medidas en el salón de celebraciones, cometí el error de fumar un cigarro antes de subir al coche. Los minutos que ese gesto me retrasó bastaron para que el encargado del local cerrara y se marchara, dejándome sola. Cuando quise encender el motor del coche, este protestó con un gruñido agonizante. Quise pedir auxilio por teléfono, pero la batería del móvil me había abandonado. Llevaba tanto tiempo pensando en terminar, llegar a casa y ducharme que se me había olvidado comprobar todos esos detalles que pasaban a tener importancia de repente. En pleno invierno y en un pueblo de playa no habría nadie a quien pedir ayuda.

Empecé a hacerme a la idea de que tendría que dormir en el coche, pero entonces la vi.

Deambulaba como si no tuviera rumbo, metiendo los pies descalzos en cada charco y dibujando formas en el agua. Al principio pensé que no debía acercarme. ¿Sería una perturbada capaz de atacarme? Pero, cuanto más la miraba, más inofensiva y dulce me parecía. Me convencí de que no era peligrosa para mí y entonces me acerqué para pedirle que me dejara llamar desde su teléfono.

—No tengo —dijo—. No lo necesitas.

—Es verdad —admití, aunque me quedé confusa. ¿Qué sentido tenía esa respuesta? Todavía necesitaba una grúa—. ¿Sabes algún sitio donde pueda llamar?

Ella sonrió y me guio hasta un café cercano, al que no quiso pasar. El camarero me informó de que hacía años desde que quitaron la cabina, pero me ofreció su móvil personal. Mientras llamaba, me di cuenta por primera vez de que algo no iba bien. Cada segundo que pasaba en el bar sentía cómo el pecho se me iba cerrando. Primero pensé que podía ser alergia a algún producto de limpieza que hubieran usado. Colgué rápidamente y le di las gracias al hombre antes de salir a la calle, donde Onda me esperaba. Al verla volví a respirar.

Regresamos hasta el coche dando un paseo calmado. Nos sentamos a esperar en el mismo banco donde después vi sus membranas. No teníamos nada más que nuestra mutua compañía.

—Tengo hambre, podríamos habernos quedado a cenar algo.

—Había mucha gente —respondió.

Arrugué las cejas en un gesto inconsciente. Mi cabeza tenía el claro recuerdo de una mesa ocupada por dos ancianos jugando al dominó y una mujer comiendo un bocadillo en la barra. Por último, el camarero.

—Tienes razón, había mucha gente dentro.

—Esta noche no quiero que haya nadie más que tú y yo —añadió, en un susurro tan bajo que no me atreví a mirarla por si no era nada más que mi imaginación.

—Tengo la sensación de que nos conocemos —comenté, disimulando así lo turbada que me sentía.

—El mar te conoce… ¿Sueles venir a esta playa?

—El salón se ha puesto de moda entre mis clientes, no es la primera boda que organizo aquí y al final vengo cada dos por tres. Pero no te he visto en las bodas, me acordaría.

Todo cuanto decía era verdad. Algo en Onda me empujaba a confesar cuanto se me pasaba por la cabeza, sin apenas filtro. Por supuesto que recordaría sus ojos verdes y sus dientes amplios y torcidos.

—Me refería a si alguna vez te has bañado en esta playa. Si las olas han lamido tus pies y la espuma ha besado tu frente.

Solté una risa floja entre los dientes. Descubrir las sensaciones que en mí provocaban sus palabras era como un juego. Podía pasar de la confusión a la alegría en un momento, pero su última frase me había provocado un cariño infinito, casi como el recuerdo de una vieja amante.

—De niña veraneaba aquí con mis padres —reconocí—. Una vez incluso estuve a punto de ahogarme en esta misma playa. Una corriente me arrastró hacia el interior y una ola me empujó contra el fondo.

—¿Qué pasó?

—Mis padres dicen que llegué hasta la orilla como si me hubiesen salvado, pero no pudieron ver a nadie. Está claro que fueron las propias olas, ¿quién desaparecería sin más?

—Alguien con una buena razón

—¿Como cuál?

—Podría ser miedo. Tal vez se asustó al ver a tanta gente en la playa, o no quería que la reconociesen. ¿Tú no recuerdas nada?

—Solo era una niña…

—Entonces es que sí.

—Sí —admito—, pero no es más que una estupidez que la falta de oxígeno puso en mi cerebro.

—Noto que no quieres contármelo, está bien. Lo respeto.

Quise darle las gracias, pero en ese momento puso su mano sobre mi rodilla y todo lo demás dejó de importar. Las membranas de sus dedos emitían un resplandor azulado bajo la lluvia. Se me aceleró el pulso al notar que estaba acercando su cara, su preciosa cara de forma redondeada, a la mía. Tenía la boca entreabierta pero sus ojos estaban fijos en los míos. Casi me parecía que su iris bailaba como las olas sobre la arena. Una gota de agua resbaló por su mejilla y se le enredó en la comisura del labio.

—Quédate —pidió.

Le habría dicho que sí, no solo a eso, sino a cualquier petición que me hubiera hecho. Tenía sus ojos clavados en la mente y su voz me doblegaba como una correa. Solo quería complacerla.

Un repentino fogonazo de luz me cegó, borrando su cara de mi vista. Sentí cómo retiraba la mano de mi rodilla y un escalofrío me hizo estremecerme. La luz se aproximó hasta que me di cuenta de que era la grúa.

Me puse de pie y busqué a Onda con la mirada, pero no había ni rastro de ella. Noté el agua de la lluvia pegada a la piel. Todo el frío que no había sentido en la última hora me llegó de golpe, entumeciéndome las manos y obligándome a temblar.

El vehículo paró delante de mí y su conductor empezó a decirme cosas que no escuché.

—¿A dónde ha ido? —le pregunté, angustiada.

—¿Quién?

—Había una mujer conmigo hace un momento.

Me giré al escuchar un chapoteo en el mar, pero no llegué a ver nada más que unas huellas que se perdían en la orilla.

—Señora, aquí solo está usted. ¿Es la que necesitaba ayuda con el coche?

Tardé unos instantes en comprender la pregunta, pero terminé por decirle que sí y subir a la cabina de la grúa con él. Una parte de mí se resistía a alejarse, aunque no entendía por qué. Quería estar resguardada y ducharme, pero Onda me había dicho que me quedara. No tenía ningún sentido seguir bajo la lluvia sin ella y aun así…

El conductor me hizo preguntas sobre la avería del coche que no podía responder. Era incapaz de hilar más de dos pensamientos. Supongo que pensó que había cogido frío y estaba febril, porque no tardó en dejarme en paz.

Llegué a casa media hora después y le pagué con la tarjeta de crédito. Todo lo que siguió tras ese momento hasta que me metí en la cama (la ducha, la cena) fue automático y desganado, casi como si estuviera en medio de un sueño. No podía pensar en nada más que en Onda. Me había pedido que me quedara y yo estaba lejos.

Soñé con ella esa noche y la siguiente, y todas las que han seguido hasta hoy. A veces solo es un rumor entre las nieblas de los sueños, otras tengo una visión clara del verde de sus ojos o de sus manos membranosas. Imagino sus labios carnosos sobre los míos. Sus palabras, aquel «quédate», se repiten hasta que despierto entre jadeos. Y el pecho me sigue doliendo como si me ahogara, así que me estoy ahogando.

He visitado el salón de celebraciones más veces desde entonces. Le he preguntado al personal por ella y nadie conoce ni su nombre ni su descripción. La he buscado entre las listas de invitados de mis clientes, he esperado que cruce el arco de flores o que se acerque a la mesa con regalos de los novios. Nada de ello ha ocurrido, solo su ausencia y el ahogo.

La médica dice que no estoy enferma. No hay ningún motivo por el que me pueda doler el pecho como lo hace, aunque me ha recetado ansiolíticos. Le he preguntado por la mancha azul de la rodilla, que sigue extendiéndose, pero me dice que no la ve. He intentado convencerme de que la única explicación es que Onda no existe y yo me estoy volviendo loca. Ni siquiera eso tiene sentido para mí.

Estoy conduciendo un coche (el mío). La carretera está bien iluminada por el sol. Veo el mar.

Me encuentro a mí misma en el salón de bodas. Los invitados beben y bailan y se mueven a mi alrededor. Sé que yo he organizado todo esto porque el novio se acerca, me coge de la mano y me da las gracias, pero no recuerdo cómo llegué hasta aquí. Estaba en el coche y después… ¿Después qué?

Me disculpo y salgo corriendo a la terraza que da al mar. El arco de flores donde la pareja ha recitado sus votos está intacto, aunque hay un grupo de chicas haciéndose fotos.

El cielo nocturno está despejado y hace una temperatura agradable, aunque la brisa empieza a ser fresca. La boda ha debido de ser maravillosa. La luna dibuja su silueta sobre las calmadas aguas del Mediterráneo. Me palpo el bolsillo del pantalón y localizo un paquete de tabaco que no recuerdo haber comprado. El mechero está dentro de la cajetilla. Con un único gesto tengo el cigarro encendido en la boca.

La presión del pecho aumenta, como si tuviera una mano apretándome las costillas. Suelto el humo con una tos. Tengo que meterme en el agua. Doy un paso titubeante hacia la barandilla y el dolor parece remitir un poco. Me está llamando.

Bajo los escalones de madera que conectan la terraza con la playa y me quito los zapatos para hundir los pies en la arena. La música de la fiesta se escucha cada vez más floja, como si todo el mundo se estuviera marchando ya a su casa. Una mirada por encima del hombro me confirma que el restaurante sigue atestado de gente bebiendo y bailando. Soy yo la que cada vez está más lejos.

No me detengo hasta que puedo notar la espuma de mar en los tobillos. Escucho un chapoteo a mi derecha y doy un respingo.

Yo no… No tendría que estar aquí. La boda. ¿Y si algún borracho está tirando copas al agua? Busco a mi alrededor el origen del chapoteo, pero sigo sola. Ni siquiera puedo escuchar la música, lo único que oigo son las olas. Es como si estuviera a kilómetros de distancia. Así es como me siento. Debería regresar.

El chapoteo suena de nuevo, más cerca esta vez. Se forma un remolino del que emerge una silueta oscura, como un delfín. Cuando se yergue por completo me doy cuenta de que es una persona.

Dejo caer el cigarro, que chisporrotea al tocar las olas. La figura me mira y sus ojos verdes brillan como las antorchas de la boda.

—Por fin has venido —dice.

Su cuerpo está desnudo y resplandece bajo la luz de la luna. Se desliza por el agua con una determinación que me da escalofríos. Algo dentro de mí se retuerce y chilla, advirtiéndome que debo escapar antes de que sea demasiado tarde. El problema es que ya es demasiado tarde. Su voz ha caído como un bálsamo sobre mis nervios, como un veneno para mi cordura.

Me siento como una pervertida mirando cada centímetro de su cuerpo, pero no puedo apartar los ojos. Gotas de agua le resbalan por la piel y el pelo, que permanece pegado al cráneo y deja al aire las orejas. No me había fijado en lo puntiagudas que son. Tiene los muslos cubiertos por una especie de escamas diminutas e irisadas. Solo son más de sus peculiaridades, igual que no había nada extraño en que caminara descalza bajo la lluvia. Es preciosa, perfecta.

—Onda —susurro.

—Pareces molesta, ¿prefieres que me marche?

Está tan cerca que casi puedo oler el mar en su pelo. Estiro una mano para agarrarle el antebrazo. Su tacto es fresco y provoca una sensación burbujeante en mi piel, casi como si estuviera hecha de gaseosa. Por un instante pienso que si trato de retenerla se deshará igual que si intentara sujetar una cascada.

—Quédate —ordeno.

«Quédate», «quédate». Mi voz se mezcla con la suya en mis recuerdos y de repente parece que todo tiene sentido. Onda cierra los ojos como si estuviera sufriendo y de repente lo único que quiero es mitigar su dolor. Haría lo que fuera por borrar esa expresión de su bello rostro.

—Tengo miedo —dice, bajando tanto la voz que me cuesta escucharla por encima del susurro del mar—. Si te digo lo que deseo te marcharás para no regresar nunca.

—No hay nada que me puedas decir que me aleje de ti.

Las palabras han brotado de mí con tanta fuerza que siento como si fuera otra persona quien las ha dicho. Sin embargo, parece que funcionan porque consigo que sonría de nuevo. Sus dientes, tan hermosos como siempre, son puntiagudos y de aspecto afilado. Mi tiburón, mi preciosa chica tiburón.

¿Qué estoy haciendo? No, ¿qué está haciendo ella conmigo? Ahora me doy cuenta de que el dolor del pecho ha desaparecido y la brisa ya no me parece fría. Hay algo que está mal, lo sé, pero… Ella me dijo que me quedara y tengo que hacerlo.

—He intentado alejarme de ti durante años —admite. Siento una ira animal dentro de mí al escucharla. Pensaba que no había palabra en su boca que fuera capaz de herirme, pero me ha arañado como una concha rota en la arena. Haré lo que sea necesario para que jamás se aleje de mí—. Cuando dijiste que no me reconocías pensé que era lo mejor, que era mi oportunidad para dejarlo estar de una vez.

—¿Por qué me dices esas cosas? —pregunto, con un nudo en la garganta. Tengo la certeza absoluta de que si se aleja de mí caeré muerta al instante.

—Porque necesito que me entiendas, que sepas que no estoy haciendo todo esto porque quiera. Lo hago porque no tengo otra opción.

Onda se acerca un paso a mí y coloca una de sus manos en mi mejilla. Siento las mismas burbujas extenderse por toda mi cara y, a través de mi sangre, al resto del cuerpo. Si había algo de sentido común en mí, se evapora con su tacto.

—Soy tuya —confieso, quizá con demasiado ímpetu—. Nada podrás decir que me separe de tu lado. Nada.

—Fui yo quien estuvo a punto de ahogarte cuando eras una niña.

Clava en mí los dos faros verdes que tiene por ojos, tal vez esperando una respuesta negativa por mi parte. No la hay. Toda palabra que he dicho la siento con cada célula de mi cuerpo. ¿Qué más da que su confesión no tenga sentido?

—No importa.

—¿Ni siquiera vas a escuchar por qué lo hice?

—Escucharé cualquier cosa que me digas, pero seguirá sin importar.

—Las que son como yo siempre estamos solas y los terrestres sois tan cálidos… Te vi jugando entre las olas. Me imaginé una vida en la que tú y yo podríamos estar juntas para siempre, bajo el mar. Pero yo era demasiado pequeña y mis hermanas me detuvieron. Te apartaron de mi lado y te llevaron a la orilla, donde tus padres te devolvieron el aliento. Aún era pronto para el ritual.

Parpadeo despacio, sin entender su historia. ¿Eso quiere decir que hay más como ella? ¿Alguien más lo sabrá?

—Ahora estoy aquí, contigo, y no nos van a separar. Hagamos el ritual. Estaremos juntas para siempre, como querías.

—Ni siquiera sabes lo que implicaría eso.

—Sé que me pediste que me quedara. Me quedo, Onda, me quedo contigo.

—Pasé tanto miedo esa vez que me juré a mí misma que nunca volvería a acercarme a ti, pero entonces regresaste a la playa —continúa ella, ignorando mis palabras—. Te he visto trabajando, paseando entre la gente, fumando a escondidas… Y me he dado cuenta de que siempre estás sola, así que me he hecho preguntas. ¿Estás tú tan sola como yo? ¿Y si solo podemos estar la una con la otra y con nadie más?

Recuerdo todas esas relaciones fallidas, los principios brillantes y la forma en la que en seguida me cansaba de ellas. Los primeros días me fascinaban los besos y las historias de todas esas chicas, pero al poco tiempo sus risas se convertían en alaridos desagradables, sus alientos se me hacían vomitivos y no tenía más opción que alejarme para siempre. ¿Puede ser cierto lo que dice Onda? ¿Y si llevamos toda la vida esperándonos?

—¿De verdad me has observado todo este tiempo?

—No te he perdido de vista un solo momento —dice y su mirada se vuelve tan intensa que casi es amenazadora. No le tengo miedo.

—¿A qué estabas esperando para hablarme?

—A dejar de convencerme de que esta es una idea terrible. He intentado luchar contra mis sentimientos, me he repetido una y otra vez todas las razones que hacen esto imposible… Hasta la noche en la que me viste bajo la lluvia.

—¿Me estabas siguiendo?

—¿Es que aún no lo entiendes? Solo puedo vivir donde hay agua, ¿qué otro motivo tendría para dejar atrás el mar? Oh, mi amor, he sido tan idiota. Pensaba que jamás sentirías lo mismo por mí, pero estaba claro que tenías que ser tú.

—Te quiero —digo.

Me abalanzo sobre ella hasta que nuestros labios se juntan. Onda parece sorprendida pero su cuerpo responde a mi beso. Enreda sus dedos membranosos entre mi pelo. La deseo tanto que tengo hasta miedo. Las piernas me tiemblan y estoy a punto de caer sobre la orilla. Ella me sostiene con sus brazos, que son mucho más fuertes de lo que pensaba.

—Solo superaré este dolor cuando te unas a mí —susurra—. Es así como debe ser, es mi naturaleza. Te necesito para el ritual.

—Por supuesto.

—Solo funcionará si vienes de forma voluntaria. ¿Es lo que deseas?

—Te seguiré a donde me digas.

Onda sonríe y me coge de la mano. Me conduce a través del agua hasta que nos cubre la cintura. Entonces las escamas de sus caderas se vuelven más nítidas y sus piernas se juntan para formar una impresionante cola. Los pies se me clavan en la arena, como controlados por un impulso que no puedo reprimir. Un impulso que se parece al miedo.

—No tienes nada que temer, mi amor —dice. Me sujeta la cara y me besa las mejillas, la frente, los párpados y la boca—. ¿Todavía quieres venir abajo conmigo?

—Sí. ¿El ritual me dejará respirar bajo el agua?

—No necesitas respirar.

Con sus palabras desaparecen todos mis miedos y mis dudas. La quiero como jamás he querido a nadie.

—Es verdad, no lo necesito.

Onda vuelve a mostrarme sus dientes puntiagudos en una sonrisa. Su mano tira de la mía y nos sumergimos.

El agua, que tan oscura parecía desde afuera, resplandece gracias a la luna. El cuerpo de mi guía serpentea con tanta gracilidad que me siento idiota por haber pensado que fuera del agua resultaba atractiva. Ahora recuerdo sus movimientos como torpes y bruscos. Pienso en todo el tiempo que pasó lejos del mar para estar cerca de mí y me parece terrible e injusto. Jamás la obligaré a hacer algo así de nuevo. Ahora yo también formo parte de su mundo.

Me arrastra hasta el fondo, atravesando bancos de peces y cúmulos de algas. Nos detenemos en una cueva en la que la luz desaparece por completo. Esa voz que me pidió huir en la orilla vuelve a manifestarse, amparada por la oscuridad. No tengo tiempo para escucharla porque la piel de Onda comienza a brillar como una medusa fluorescente y ocupa toda mi atención. Su brillo azulado baña cada rincón de la cueva y me fijo en que no estamos solas. Decenas de ojos verdes como los de ella nos están observando.

Se me eriza el vello de la nuca y recuerdo que llevo minutos sin respirar. Onda ha dicho que no me hace falta, pero si no se da prisa… Suelto el aire que me queda y sube formando un pequeño enjambre de burbujas. Los pulmones me duelen como si tuviera alfileres clavados en ellos.

Onda sonríe y me besa. El dolor desaparece. Sus labios bajan por mi cuello y cierro los párpados, en paz. Un segundo par de manos me acaricia la pierna. Las hermanas pierden la timidez y me agarran del pelo, los brazos y la cintura. El ritual está dando comienzo.

Abro los ojos al notar cómo Onda se separa de mí. Está sonriendo y sé que sus dientes puntiagudos y manchados de rojo son lo más hermoso que he visto. Sus labios se mueven para formar una palabra silenciosa.

—Gracias —leo.

Me llevo la mano al punto donde me estaba besando y noto un dolor agudo. Me miro los dedos, cubiertos de sangre que empieza a disolverse con el agua que nos rodea.

Decenas de dientes puntiagudos se clavan en todos los rincones de mi cuerpo. No me queda aire para chillar, aunque no importa. En el agua no se oyen los gritos. No hay a dónde huir.

Estúpida, has tardado demasiado en entenderlo. El ritual no era para ti. Tú eres el sacrificio.

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