Veintitrés minutos, de Adriana González Espiña

Veintitrés minutos, de Adriana González Espiña

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un texto al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 31: «Veintitrés minutos», de Adriana González Espiña

La nave espacial nunca está vacía del todo;

los recovecos metálicos y el (espacio)

entre los millardos de teclas que recubren cada superficie plana

están cubiertos por un fino polvo translúcido.

Sonido echo materia y célula; una reverberación

de antiguas conversaciones que el tiempo borró

hace mucho ya.

Has perdido la cuenta, pero el calendario electrónico reza

ocho mil trescientos noventa y cinco y entonces recuerdas,

súbito como el rayo que no cesa,

con un dolor atemporal y hueco

que había otras personas contigo.

Trescientos noventa y ocho.

Y olvidas.

 

La nave espacial no es ruidosa, y el retumbar lento,

lánguido

de su motor te conforta.

Pasas mucho tiempo en la sala de mando

mirando viejas películas y oyendo música.

A veces silencias el aparato multimedia y escuchas.

Escuchas.

El eco te araña los huesos y alimenta algo Terrible

en el (espacio) intercostal de tu pecho. Algo como

miedo y añoranza. No esperanza;

ese duelo ya está muerto y enterrado.

Te quedas muy quieto, apretando el mando a distancia

con los dedos agarrotados de un cadáver. Extrañas

aquel vasto cementerio azul, la Tierra.

Acurrucado en el sofá de plástico blanco,

sueñas.

 

La nave espacial se mantiene cálida,

a la agradable temperatura de setenta y tres grados Fahrenheit,

pero un fantasma de escarcha te persigue como una sombra

y no hay dedales, besos o mercerías en Andrómeda.

Allí dónde vas sientes hielo en la nuca;

en la cocina, dónde bebes café que nunca fue café,

y en tu cámara de híper-sueño, dónde pasas largas horas

imaginando que regresas al vientre materno.

Gateando.

Ocho mil cuatrocientos cuatro.

Tu madre ha muerto, piensas.

Te imaginas atravesando una galaxia para ir al funeral

y los números te muerden el cráneo; llegas tarde.

Piensas en disculparte

y te haces más pequeño en el (espacio) de tu cámara,

arañándote el frío de las entrañas.

Piensas mamá pero

ya es tarde.

Pie al silencio radiofónico.

 

La nave espacial será tu tumba y lo aceptaste hace décadas.

Cuando te cansaste de esperar a que regresaran los otros.

Cuando dejaste de afeitarte y de vestirte y de mantener

un mínimo de humanidad. Sabes la verdad.

La verdad es esta:

sentado delante de la puerta que te separa del (espacio)

imaginas el día que abrirás la compuerta.

Nadie la abrirá, jamás, desde

afuera.

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