Londres, 1616, de Carmen Moreno

Londres, 1616, de Carmen Moreno

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 30: «Londres, 1616», de Carmen Moreno

Y yo le digo Don Miguel que debéis hacerlo, si no por vos, por la corona.

Cervantes se puso en pie de manera tan enérgica que la silla, en la que escuchaba momentos antes la perorata de aquel individuo que no conocía de nada, cayó como si se tratase de un cuerpo muerto. Había intentado que aquella voz machacona saliera de su cabeza masajeándose las sienes, pero no pudo hacer que callara ni suplicándoselo.

Decidme, señor editor, pues por tal os hacéis pasar, señor Pacino, que el demonio os lleve a imprenta de ciego y Dios os perdone por venir a torturarme, ¿no creéis que ya entregué demasiado por la corona? dijo mostrando la ausencia de aquella parte de su cuerpo que la historia usaría para nombrarle, mientras le asaltaba un nuevo acceso de tos. ¿Acaso luchasteis vos en la batalla más cruenta que recordará la historia? ¿Es que fuisteis vos el que encontró mis huesos molidos y quebrantados por los dolores en aquella celda de Argel? Porque no os recuerdo, amigo mío. Levantó la silla con esfuerzo y puso de nuevo ante la mesa, donde un puñado de legajos se acumulaban frente a su nariz. No volváis a usar la corona como excusa para vuestros engaños y charla de gañán. Salid de mis aposentos y decidle a mi sobrina y al ama, que vengan a mi presencia.

Por favor, señor, aunque solo sea por la gloria que le espera a raíz de las andanzas del mejor hidalgo que haya dado la historia de la literatura, atended a razones —dijo Amelia, dando un paso adelante.

Cervantes la miró como si no pudiera comprender qué estaba pasando en aquel instante.

¿Vos también, Amelia? A fe mía que os tenía por mujer de más entendederas.

Pacino intervino sin despegar la espalda de la pared, sabedor de que aquella misión se les estaba yendo de las manos. Jamás pensaron que Miguel de Cervantes fuera tan terco y tan reacio a escuchar lo que otros tuvieran que decirle.

Yo no le voy a mentir, señor Cervantes, a mí me saca usted de Manolo Montalbán y la historia de la literatura me importa una mierda.

¿Manolo Montalbán? —repitió el escritor sin mucha convicción. Imagino que un converso…

Un fuera de serie, el tipo. Un escritor de los que quita la respiración y te deja del revés. Un tío de raza, sí, señor.

A fe mía que cada vez entiendo menos esta empresa y lo que han venido a buscar o quieren de mí —soltó Cervantes casi en un susurro.

Pacino hizo amago de intervenir de nuevo, pero Alonso le frenó con un gesto de la mano.

Don Miguel —dijo, acercando una silla ante la mesa y bajando el tono, como si quisiera hacerle una confidencia que jamás le hubiera hecho a nadie, mis amigos nunca han tenido que rendir cuentas en una batalla tal y como vos y yo la conocemos, pero le aseguro que están curtidos en el arte de la pelea. Lo que le pedimos es que impida que Shakespeare muera después que usted.

 

 

14 de abril de 2018

 

El cielo plomizo de aquel mediodía, desmentía la primavera sobre la ciudad. Los transeúntes se apresuraban por las calles derramadas de pasos estresados con el fin de llegar a algún lugar ya sabido. Alonso caminaba con parsimonia, sin que la prisa ajena hiciera mella en su espíritu. Gustaba pasear por la calle Atocha

Habían quedado para tomar una cerveza cerca del barrio madrileño de Chueca. A Alonso aún le ponía muy nervioso la presencia de homosexuales cerca de su persona, pero intentaba verlos como lo hacían Amelia y su amigo, como algo natural.

Él había conocido hombres de moral torcida y gustos poco decorosos, pero siempre había acabado dándoles la espalda o una somanta de palos que, tal vez, le hicieran replantearse su anomalía.

—No entiendo la necesidad que tenéis de traerme siempre a antros de esta…

—…bajeza moral. Lo sé, lo sé —interrumpió Pacino cuando hubo tomado asiento en la misma mesa—. ¿Y quién va a convertirte en un hombre de este tiempo si no yo?

Alonso miró a su alrededor y vio en la esquina de la barra a dos hombre altos y musculosos que se besaban con pasión.

—¿Queréis convertirme en uno de esos? —preguntó Alonso señalando a la pareja que, lejos de percatarse de la incomodidad del hombre, seguían entregados a la encomiable tarea de buscarle al otro las amígdalas si es que aún las tenía.

Pacino levantó el brazo con dos dedos extendidos. No hacía falta nada más para que el camarero, que ya les conocía de otras tardes, supiera que pedían dos cervezas frías.

—Bueno —dijo Pacino con aire despreocupado—, ¿qué tal te va con tu churri?

—¿Mi churri?

—Tu titi… —Esperó a ver un mínimo indicio de entendimiento en Alonso, pero este permanecía con los ojos muy abiertos—. Coño, que cómo te va con tu novia.

—Mi novia no se llama Churri —respondió Alonso un poco contrariado.

El camarero irrumpió con dos cervezas y un plato de aceitunas machacadas aderezadas con un par de pequeños trozos de zanahoria.

—Joder, Alonso, que parece que llegaste ayer del pasado.

Dieron un sorbo largo a la cerveza que dejó al descubierto el fondo del vaso antes de que pudieran parpadear. Pacino pidió dos más.

—¿Has visto el partido del Atléti? —preguntó de nuevo, intentando limar la aspereza que, irremediablemente, encontraba siempre que hacía el esfuerzo por hablar con Alonso.

—Ya sabéis que no me gusta el fútbol.

—Y tú sabes que no puedes hablarme como si hubieras salido de un tebeo del Capitán Trueno.

Amelia entró en el bar con paso decidido, sin mirar atrás, ni a los lados, con los ojos fijos en aquellos hombres que, a riesgo de resultar extravagante, se habían convertido en sus mejores amigos.

Buenas tardes caballeros saludó.

Venga, Amelia, menos coñas que ya nos conocemos. ¿Una birrita?

Amelia se sentó junto a ellos, esbozando una sonrisa de complicidad. Pacino se levantó, se dirigió a la barra y volvió con tres cañas.

Bueno, tú dirás… intervino Pacino mientras repartía la bebida.

¿Por qué he de decir?

            —Los tres sabemos que no nos acompañáis por gusto en nuestras escapadas.

Escapadas, dice. A ver cómo te enteras, Alonso, que lo que nosotros hacemos es quedar como los viejos: a beber y a contarnos batallitas. Hacer una escapada es coger el coche y largarnos de Madrid, quemar neumático y desbarrar.

De todo lo que decís, nada me suena bien. Y no creo que tenga que recordaros que aquí todos tenemos una edad…

Los tres se echaron a reír. Acabaron la cerveza y Pacino pidió otra ronda.

En fin, veo que me conocéis mejor que yo misma. Lo cierto es que no vengo solo a tomar cerveza con vosotros. En la central quieren vernos.

¿Adónde esta vez? preguntó Pacino.

Siglo XVII. Vamos a ver a Cervantes.

Don Miguel… dijo con admiración Alonso.

¿Qué tripa se le ha roto esta vez?

Amelia y Alonso se miraron en un gesto casi idéntico que venía a decir: “no tiene remedio”, pero no dijeron nada. Pacino pagó y salieron en silencio.

La tarde había refrescado y Madrid comenzaba a llenarse de empleados que abandonaban el horario laboral para sumarse al de los bares. La plaza de Chueca bullía de gente joven con pintas de lo más diferente, pero todos con una expresión, que a Alonso le producía desasosiego: la de estar buscando algo.

El camino en metro también lo hicieron sin decir nada. Solo, al llegar a la última parada de su camino, Pacino rompió el silencio.

Así que voy a conocer al escritor más famoso de la historia. Al que escribió el peñazo ese de El Quijote.

No puedes leer su obra con ojos de este tiempo respondió Amelia.

No puedo leer su obra. Punto. Es un pestiño. No sé qué le veis.

Ni Amelia, por darle por imposible, ni Alonso, por estar más taciturno que de costumbre quisieron entrar en una discusión que iría a parar irremediablemente al mismo sitio de siempre: a la nada. Sabían que cuando Pacino se obcecaba era mejor dejarlo estar.

 

El ministerio registraba el mismo ajetreo de siempre. Agentes de campo, vestidos de todas las épocas, yendo y viniendo por los pasillos que albergaban las puertas a cualquier tiempo.

Amelia iba unos pasos por delante de los hombres. Alonso miraba a su alrededor con cierta nostalgia y Pacino simplemente miraba el cuerpo casi desnudo de una agente vestida de cupletista.

Si Cervantes tuviera mujeres como esa…

Llegaron al despacho del subsecretario donde Angustias les esperaba con tres carpetas que les dio nada más entrar.

Salvador os espera.

Fue lo único que dijo antes de abrirles la puerta. Dentro Salvador e Irene permanecían doblados sobre sí mismos, señalando algo en un mapa.

Ah, señores, ya han llegado. Por favor, siéntense. Irene…

Buenas tardes. Os hemos llamado para una misión importantísima para nuestra literatura.

Siendo literatura ninguna misión puede ser “importantísima”.

Todos sabemos, Alonso, de tu escepticismo por todo aquello que no competa directamente a la política o a la guerra —intervino Salvador.

Resultan lo mismo, al cabo —interrumpió Alonso.

Una mirada escueta a Irene hizo que esta continuara.

—Ha llegado hasta nosotros la noticia de que agentes contrarios al Ministerio están haciendo lo posible para que Shakespeare muera días más tarde que Cervantes.

—¿Y? —preguntó Pacino sin saber adónde quería llegar Irene realmente.

—También ha llegado hasta nosotros —continuó Salvador—, que le están preparando una obra, hecha por expertos de nuestro tiempo para relegar al genio español.

—Joder con los inglesitos.

—Sigo sin ver la importancia —soltó con brusquedad Alonso.

—¿Conoces el instituto Cervantes? —preguntó Amelia.

—No.

—La lengua española es uno de los motores económicos de nuestro país. Si nos quitan eso perderemos una fuente de ingresos muy importante, y nuestra posición en el G8.

—Coño con Miguelito —dijo Pacino—. Si ahora resulta que es uno de los puntales de nuestra economía de mierda.

—Dejen sus comentarios para los bares que frecuentan, señores. —Volvió a tomar las riendas de la conversación Irene—. En la carpeta que les ha dado Angustias tienen todo lo necesario. Tienen que viajar a 1616.

Amelia acarició la carpeta con la sonrisa de una estudiante que va a conocer a su estrella de la música. Pacino asintió con resignación. Alonso no dijo nada, no levantó la mirada del suelo.

Cuando abandonaban el despacho Pacino se giró para quedar de cara a sus compañeros y andando hacia atrás les propuso estudiar en casa.

—Será como volver al instituto, ¿no? Yo pongo las birritas frías y vosotros algo de papeo.

—Déjalo, Pacino —respondió Amelia—. No solo tengo que preparar esta misión, sino también unos trabajos para clase. Creo que me quedaré en casa.

Cuando se habían alejado unos pasos, la voz de Irene interrumpió su marcha.

—Alonso, ¿podemos hablar? Y, Pacino, tómate esto con seriedad, si eres capaz de tal cosa.

—Que sí, joder, ¿cuándo te he fallado?

—Dejémoslo. Alonso, por favor…

Alonso se alejó de sus compañeros y se perdió tras la puerta del despacho de Irene.

—¿Qué mosca le ha picado a este, lo sabes?

Amelia se encogió de hombros por toda respuesta.

 

—¿Quieres algo de beber? —ofreció solícita Irene.

—No, gracias.

—Podemos hacer como si no pasara nada, o puedes contarme directamente qué te ocurre —siguió ella, tomando asiento en un sillón de cuero verde.

Alonso miró sus piernas delgadas, pero bien contorneadas. Irene siempre le había parecido una mujer atractiva, aunque demasiado independiente para él. Se quedó pensando un instante. Todo estaba en su ficha de servicio. Era inútil ocultar nada.

—Tal día como hoy nació mi hijo.

Irene se levantó y sirvió dos vasos de whisky. Le ofreció uno a Alonso que no rehusó esta vez.

—No voy a mentirte, entre otras cosas, porque no puedo, no siempre es fácil este trabajo. Dejar atrás a las personas queridas…

—Bueno, sí, pero fue mi decisión.

—Eso no lo hace más fácil, Alonso.

—¿Algo más? —dijo intentando zanjar el tema y, sin darle ni un sorbo al vaso, lo dejó sobre la mesa de Irene.

Se hizo un silencio necesario que Alonso aprovechó para ponerse en pie e intentar salir del despacho.

—Que no estás solo —sonó la voz a su espalda.

—Lo estoy, pero te agradezco tus palabras.

 

20 de abril de 1616.

 

Andaba sumido en sus pensamientos don Miguel, paseando por la calle de Toledo, cerca de Puerta Cerrada, donde un carro con caldos de Membrilla llenaba los odres de cuantos se acercaban a comprarlos.

La noche arreciaba por las calles empedradas. Vio don Miguel un perro enflaquecido y lleno de pulgas hecho un ovillo a la puerta de una casa que lucía un blanco que debió serlo en otro tiempo, pero que había dejado paso el color ocre de la suciedad. Tres niños amenazaban emprenderla a pedradas contra el can; otro, el más pequeño estaba frente al animal impidiendo que aquellos perpetrasen su fechoría.

Don Miguel tosió, llevándose la mano a las costillas. El dolor que sentía cuando las flemas le obligaban a escupir era aún “mayor que cien lanzas clavándosele en el costado”, eso decía a las mujeres que vivían con él.

—Qué ven mi ojos. Lléveseme el diablo si no es el mismísimo Don Miguel de Cervantes Saavedra.

La voz a su espalda le sonó absolutamente conocida. Se giró con parsimonia, sabiendo lo que ya se le venía encima.

—Dramaturgo fracasado, escribidor de segunda, poeta sacado del lodazal donde se revuelcan los guarros.

—Buenas noches, Lope. —La voz de Cervantes salió de su garganta como sin fuerza—.Veo que siempre andáis en buena compañía —siguió diciendo mientras miraba a los cinco jovenzuelos que, embozados tras la capa, echaban mano a los puñales que colgaban de sus cintos.

Lope alzó la mano, tranquilizando a su séquito. Miró con parsimonia a Cervantes y escupió a sus pies.

—Venid con nosotros a tomar unos toledanos, Cervantes, y, quizá, si os portáis bien, os cuente el secreto para ser un autor de éxito. De hecho, vamos a brindar ahora por la nueva obra que he estrenado para deleite de la corte madrileña.

—Agradezco vuestro gesto sincero y de amistad, Lope. Pero de vino y mujeres amanezco yo servido desde que a mi nombre añadieron don.

—Tras el don solo se esconden los que no pertenecen a los íntimos del rey —dijo Lope echándose a reír. Sus acólitos hicieron lo propio.

Don Miguel encogió los ojos como si quisiera con ello ahogar a aquellos hombre en la niebla.

—Perdonad, no os molesto más con mi presencia —se excusó Cervantes bajo el escudo de la falsa modestia.

Los niños habían desistido de apedrear al perro y el cuarto se había echado a dormir junto a él, arrebujado junto a sus huesos. Las pulgas saltaban de desastrado a desastrado sin hacer distinción en el número de patas que tuvieran. Se ve que el calor de la sangre no entiende de bípedos.

Cervantes hizo amago de reemprender la marcha. A lo lejos, voces que blasfemaban y hedían a vino varias calles más allá, resonaban en la cabeza de don Miguel. Pensó en que nadie debería usar el nombre de Dios ni del diablo de aquella manera, pero, desde luego, no sería él quien llamase al orden a tan escandalosos vecinos.

Un acceso de tos doblo a Cervantes por la mitad, dejándole a penas sin respiración. Lope frunció el ceño y dio un paso adelante, embozándose también con su capa. Puso la mano en el pecho del otro y le dijo sin apartar la vista.

—Cuidaos, Cervantes, se rumorea que la muerte os sigue de cerca. Y sería una lástima perder a un rival como vos…, tan fácil de machacar.

—No os preocupéis por mí más que de una de vuestras mujerzuelas. De buen cristiano es saber que la muerte nos ha de llegar a todos. Yo, de vos, tendría cuidado con lo desconocido.

Los ojos de Cervantes dejaron escapar una luz diferente, como si fuese un rescoldo de las llamas del mismísimo infierno. Lope dio un paso atrás.

—Vamos, amigos míos. Aquí la comedia ha terminado y parece que llegan máscaras de tragedia.

Siguió su camino, acompañado de sus acólitos. Su risa resonaba por la calle y en el pecho de Cervantes como si fueran guijarros afilados. Miró hacia atrás para ver cómo se alejaban aquellos infames. Le angustiaba saber que jamás sería Lope. Su tiempo se acababa. Era cierto que la muerte le rondaba. Él lo sabía, e iba a morir como un escritor al que nadie jamás recordaría y, si llegaba el caso, lo harían como un dramaturgo fracasado. Era obvio que sus días como escritor habían acabado.

 

21 de abril de 1616.

 

Es cierto que el tiempo no pasa igual para todos. La semana que les habían dado para empaparse de siglo XVII antes de enfrentarse a la misión había resultado poco para Amelia. A ella le hubiese gustado tener más tiempo para hablar como en la época, por ejemplo, sin tener ningún descuido léxico.

En cambio para Pacino había sido un campo de espinas que había querido evitar a toda costa y que, tan solo, había podido esquivar durante los ratos que pasaba en el bar con una cerveza, haciendo como si estudiara, cuando, en realidad, lo que hacía era estudiar anatomía femenina. Había llamado un par de veces a Alonso, pero se había cansado de las negativas de este. No entendía qué podía provocar tanta melancolía en él, aunque sabía que la pérdida hace que los agujeros negros nazcan en la epidermis y te engullan para siempre. Lo había vivido, pero no se había dejado llevar.

Ahora, reunidos de nuevo todos en el Ministerio, vestidos para la misión y esperando las últimas indicaciones, parecían los de siempre. Acaso, compartir épocas les mantenía unidos a pesar de todo.

—Muy bien —dijo Salvador cuando atravesaba la puerta escoltado por Irene—, espero que les haya cundido el tiempo para hacerse con el momento y el personaje.

—El personaje lo era mucho —respondió Pacino con una sonrisa franca dibujada en el rostro—. Shakespeare era un buen elemento…

—No creo que tenga que recordarles quién es Cervantes, ni tampoco Shakespeare.

—Que no, hombre —volvió a intervenir Pacino ante la mirada desganada de Alonso—. ¿Quién no ha leído El Quijote o alguna cosilla del inglés?

—¿Has leído El Quijote, Pacino? —preguntó sin poder evitar cierto tono de sorpresa Irene.

—Las dos primeras páginas, eso cuenta, ¿no?

—Déjense de monsergas literarias ahora. Deben viajar al 21 de abril de 1616 y conseguir que Cervantes viaje con ustedes a Inglaterra para convencer a Shakespeare de que no cambie la historia.

—¿Y estará por la labor de colaborar? Que las otras veces ya la lió parda, acordaos —volvió a interrumpir Pacino—. Aunque,  claro, teniendo a Amelia en nuestras filas…

—Morirá al día siguiente —respondió Salvador sin dejar entrever ni el más mínimo resquicio de compasión—. Su puerta está en una taberna situada en la calle Barrionuevo, actualmente Conde de Romanones. Allí les espera Sánchez del Toboso.

—Es Madrid, ciudad bravía/ que entre antiguas y modernas/ tiene trescientas tabernas/ y una sola librería —recitó Alonso ante la mirada atónita de los acompañantes—. Os digo que Madrid es la ciudad de España con más borrachos.

 

La puerta de la bodega se abrió y lo primero que vio Alonso fue a un hombre entrado en carnes, de mofletes rosados y barriga generosa. De baja estatura su voz sonó como la de un genio dentro de una tinaja olvidada durante siglos en el desierto. El sonido grave y quebrado de sus palabras hacían de él un hombre al que nadie hubiera imaginado como ellos le veían.

—A fe mía que viajar a estos tiempos de cólera y fiebres con una mujer no es la decisión más sabia que ha tomado el Ministerio.

—No os preocupéis por mí, señor Sánchez, no es esta la primera aventura en la que me hallo.

Sánchez miró a Amelia de arriba abajo y sonrió. Parecía menuda, pero con carácter, el tipo de mujeres que a él le gustaban, aunque le faltaban un par de arrobas.

—No hay tiempo que perder, señores, a don Miguel no le queda mucho tiempo.

—Se muere uno de los más grandes escritores de la historia y él ni siquiera sabe que así será —musitó Alonso como para el cuello de su camisa.

—Y así debe ser —le advirtió Amelia mirándole a los ojos.

—Estad tranquila —dijo Alonso sin más.

 

21 de abril casa de Cervantes

 

—A ver, que yo creo que no nos enteramos —intervino Pacino—. Usted vendrá con nosotros a Londres a ver a ese Chespir y propinarle una buena paliza porque tiene que morir mañana.

—Lo que vuestras mercedes proponen está fuera de toda lógica. Y yo estaré muriéndome, pero no estoy loco. Me confundís con Alonso Quijano, pero yo no soy él. —La tos le interrumpió y le obligó a sentarse de nuevo—. Llegan ustedes a quebrantar la paz de estos muros y a contarme no sé qué patrañas y un tal… ¿cómo dicen que se llama? Bah, qué más da. Que viaje a Londres, como si fuera la calle de la Concepción. ¿Qué tipo de brebaje toman vuestras mercedes que les nubla el seso con tanto brío?

Amelia se adelantó unos pasos. De pie, junto a la mesa, observó al abatido caballero que, con las manos apoyadas en las sienes, negaba con un leve movimiento de cabeza. Se agachó y puso su mano sobre la de Cervantes.

—Sé, señor mío, que suena extraño y nada creíble, pero vuestro tiempo se agota y no perdéis nada ayudándonos en esto. Si es cierto, haréis un gran favor a vuestra patria. Si no lo es, al menos, podréis morir viviendo una de las tantas aventuras que os gusta escribir. Bien sabéis, don Miguel, que yo no os engañaría.

—¿Es que habéis leído alguna de mis obras, Amelia? —preguntó Cervantes levantando la cabeza.

El trato de Argel, El gallardo español, La gran sultana, Los baños de Argel. Por no hablaros de La Galatea, o el propio Don Quijote.

—¿Cómo conocéis esas obras? Nunca han visto la luz y nunca la verán. Se trata de un teatro decadente y falto de inspiración. ¿Cómo podéis saber de él?

—Creedme, señor, si os digo que os conozco mucho y bien y que la empresa que hasta aquí nos trae solo busca honor y honra para vuestro nombre. No es la primera vez que nos vemos y nunca he mentido o molestado a vuestra persona, ¿verdad?

Cervantes observó a Pacino y a Alonoso que permanecían de pie, dando por perdida la colaboración del escritor. Pacino, de hecho, ya pensaba en cómo llegar a Londres y acabar el mismo con el maldito Shakespeare.

Al rato, como si de un sueño se tratara, los cuatro salieron de la casa de Cervantes no sin escuchar las quejas y advertencias de su sobrina sobre la salud de este. Volvieron a la taberna

 

21 de abril de 1616 (calendario juliano), Londres.

 

Londres no olía demasiado bien. Pacino había oído hablar de las exquisiteces de la capital de Inglaterra, pero una vez allí le pareció un estercolero o una letrina sin agua corriente. Una densa nube, que no era niebla, sino el humo de las chimeneas, descendía sobre las calles sumiéndolas en una nebulosa que te hacía temer que un monstruo desconocido saliera de cualquier rincón.

Cervantes iba mirando a su alrededor sin poder creerse que hubiesen llegado a Londres a través de dos puertas.

—¿Qué clase de encantamiento es este?

—Ya quisiera yo poder hacer magia —dijo risueño Pacino moviendo los dedos como si se les hubiesen quedado pegados en algún tipo de tela de araña invisible.

—Nadie mejor que yo, señor Cervantes, entiende vuestra perplejidad, pero creed que no es magia lo que hacemos.

No pudo responder nada más el escritor porque la voz de Amelia interrumpió la conversación.

—Ya estamos.

Los cuatro se pararon frente a una posada de la que colgaba un letrero en el que pudieron leer The George Inn. Atravesaron la puerta, intentando pasar desapercibido, pero su ropaje no se lo permitía. Al fondo tres hombres continuaban con su parlamento sin hacer caso a los forasteros.

Amelia distinguió a Shakespeare dirigiendo la conversación con dos hombres que no conocía de nada. El escritor inglés le decepcionó. Tenía un aspecto de lo más común. Más bien tirando a pendenciero, un pendiente más propio de piratas que de un escritor llamado a ser uno de los más importantes del mundo. Le hizo un gesto a Pacino, indicándole el lugar al que debían dirigirse.

—Buenas noches, caballeros —saludó Alonso, inclinándose brevemente ante los tres hombres.

—Buenas noches —respondió Shakespeare sorprendido—. ¿Os conozco?

—No creo, pavo —intervino Pacino.

—¿Pavo?

—No hagáis caso a mi amigo, a veces pierde la cabeza —dijo Alonso, propinándole un codazo a Pacino que le dobló de dolor.

—¿Y esta dama que sale a horas en las que las señoritas están guardadas a buen recaudo, y las que no lo son no frecuentan estos pubs?

—Mi nombre es Amelia. Soy una gran admiradora suya.

—¿Y usted? —Señaló a Cervantes.

—Mi nombre es don Miguel de Cervantes Saavedra —respondió el madrileño, que se vio interrumpido por un nuevo acceso de tos, que intentó tapar con la mano—, caballero…

—William Shakespeare, dramaturgo y vividor.

—Dramaturgo…

Cervantes dejó escapar un suspiro que estaba entre la admiración y la envidia. Él siempre había querido triunfar en el teatro. Era lo que daba escudos y fama, algo de lo que adolecía el alcalaíno a partes iguales. Llevaba ya demasiado tiempo aguantando las burlas de Lope que no pasaba de ser un bufón de la corte… con éxito.

—Un segundo. —La voz de Shakespeare sacó a Cervantes su ensimismamiento—. ¿Sois vos el mismo que firma las desventuras de ese torpe y, sin embargo, simpático caballero?

Cervantes no pudo evitar sonreír con orgullo. Asintió con la cabeza y buscó la mirada cómplice de Amelia.

—Pardiez, si sois vos, bien merece este encuentro que mojemos el gaznate con alguno de esos caldos que más bien pasan por matarratas, pero que ayuda al espíritu a no sentir hambre —soltó Shakespeare casi sin respirar—. ¡Thomas! Trae una jarra de ese veneno tuyo que llamas vino. Que no digan los españoles que en Inglaterra no tratamos bien a los bastardos.

Golpeó con fuerza la espalda de Cervantes lo que le provocó otro acceso de tos, teñido esta vez con un poco de sangre. Se sentaron a la mesa los seis hombres y Amelia que rehusó tomar aquel brebaje que se debatía entre el rojo más ocre que jamás hubiera visto, y el marrón más sucio del mundo.

—Decidnos, caballeros, ¿qué os traer por estas tierras?

—Espero que no se ofenda por lo que vamos a deciros —comenzó Alonso—. Quizá solo sean habladurías. Ya sabéis que la lengua de los hombres se asemeja mucho a la de las malas víboras.

—Así he podido comprobarlo yo en mis propias costillas —asintió Shakespeare.

—Al lío —intervino Pacino—. Creemos que le han comido el tarro para no morir cuando tiene que morir. Y está muy feo faltar a una cita con Dios, sobre todo, cuando este te ha llamado por teléfono directamente.

Shakespeare abrió mucho los ojos. La forma de hablar de Pacino le sonaba a la lengua del diablo y que le matasen si había conseguido entenderlo todo. En cambio, sus dos acompañantes echaron mano al cinto sacando sendos revólveres. No se quedaron rezagados Pacino y Alonso. Fue, entonces, cuando Amelia se puso en pie.

—Señores, no creo que sea el momento —dijo con voz conciliadora.

Shakespeare también se puso en pie y tendió una mano a Cervantes para que hiciera lo mismo. El alcalaíno le imitó. Ahora, con cuatro hombres sentados y tres personas de pie, se afinaba un cuadro entre lo grotesco y lo costumbrista.

—Si nos permiten —dijo entonces Shakespeare, invitando a Cervantes a alejarse con él.

Los dos escritores se acomodaron tres mesas más lejos. El inglés volvió a pedir vino y Cervantes acusaba cada vez más los ataques de tos.

—Sois traicioneros como las aguas del mar revuelto.

—Ya no hace falta que hables así, ya sabemos quiénes somos —dijo el más rubio de los dos.

—No está adaptándose a la misión. Él habla así —dijo Pacino mientras daba un trago de su vaso. ¿Y, bien, cómo sienta que vengamos a joderos el invento?

—No podéis evitar que Shakespeare muera después que Cervantes.

—No seré yo quien se parta la cara por un rey al que ni siquiera conozco, pero, seamos francos, que vosotros sois quienes sois por ir por ahí apropiándoos de lo que no es vuestro. Que tenéis las manos muy largas los ingleses.

—¿Cómo has dicho? —alzó la voz el pelirrojo que, hasta entonces, había permanecido en silencio.

—Lo que has oído —replicó Pacino.

—Basta, estamos llamando la atención —susurró Amelia, dirigiendo su mirada a los hombres que estaban a su alrededor mientras les dedicaba una sonrisa conciliadora.

Observó a los hombres que, sentados en sus sillas, se afanaban en no dejar ni una gota en sus copas de barro. En la esquina más alejada, un tipo que se cubría el rostro con la capucha de su túnica, permanecía muy quieto. Alzó los ojos un segundo y Amelia pudo ver de quién se trataba.

—Vamos a tener la fiesta en paz. Dejemos que hables entre ellos y luego veremos qué hacer —dijo, poniéndose en pie y tomando de la mano a Pacino.

—¿Qué pasa? —preguntó este que de lo único que tenía ganas era de partirle la cara a aquellos dos tipos con los que ya se había cruzado en varias ocasiones.

—Roa…

—¿Qué pasa con Roa?

—Está sentado en aquella mesa del fondo.

—¿Cómo? —exclamó perplejo Pacino intentando volverse para asegurarse de que Amelia no alucinaba.

—No, no te gires —susurró, agarrándole las dos manos—.  Aquí pasa algo muy extraño, Pacino.

De pronto Alonso se puso en pie y se unió a ellos.

—Que me lleven todos los demonios si aquel…

No pudo acabar la frase porque, al señalar a Roa, este se levantó y salió corriendo de allí.

—Nosotros vamos a por Roa, tú encárgate de estos dos tortolitos— le dijo Pacino, mientras él y Alonso echaban a correr como si un ejército les persiguiera—. Rápido Alonso, que no se nos escape.

Corrieron siguiendo el curso del Támesis hasta llegar a una casa pequeña y destartalada. No parecía que los inquilinos le dieran demasiada importancia al aspecto. Entraron, sorteando a seis mocosos, tiznados de humo. El primero estiró la pierna como sin darse cuenta e hizo que Pacino cayera al suelo.

Cuando se puso en pie le dio un capón y le dijo:

—Ahora tengo prisa. Pero tengo que volver y te juro que como estés aquí entonces voy a darte una somanta de hostias…

—Vamos, Pacino, dejad al niño en paz. Roa se nos escapa.

Entonces fue cuando se fijó bien. No eran niños los que allí estaban, sino enanos, haciéndose pasar por ellos.

—¡Joder! —gritó Pacino mientras reemprendía la carrera.

Roa y Alonso ya se habían metido en una pequeña alacena que se encontraba en lo que debía ser la cocina. Pacino también entró en ella sin pensárselo dos veces.

Al salir de nuevo al exterior se encontraron con varios soldados españoles que les apuntaban con su SIG G 550 y par de alemanes empuñando sus Luger P08. Tras ellos pudieron distinguir a Franco y a Hitler. Junto a este último se encontraba Roa que le susurraba algo al nazi.

—Coño, Alonso, que estos no se ríen nunca.

—¿Quiénes sois vosotros y por qué vais vestidos así? —sonó la voz chillona de Franco.

—Pues, ya ve, excelencia. Somos dos actores que su mujer, la Collares…

—¿Cómo la ha llamado?

Los soldados resituaron las armas en los hombros, apuntando con más tino, si era posible a aquella distancia.

—Excusad a mi amigo, excelencia, a veces le pierden las ganas de agradar y se pone nervioso —apuntó Alonso, intentando tranquilizar un poco el ambiente.

Pacino observaba a Roa que no dejaba de decirle cosas a Hitler al oído.

—Señor —intervino Roa en ese preciso momento—, ¿firmamos?

—Soldados, no dejen de apuntarles. Ahora seguiré con ellos. Ahora hay que firmar un pacto.

Dijo esto Franco y se dio media vuelta dirigiéndose junto al führer.

—¿Qué paco, señor Franco? —preguntó ansioso Pacino.

El dictador se frenó en seco y se volvió a ellos. Ladeó un poco la cabeza y pasó entre los soldados que no habían dejado de apuntarles. Con su escaso 1,50 Francisco Franco tenía algo que daba miedo. Miró a Pacino levantando la cabeza.

—¿Tú, o estás loco o eres idiota o algo muy importante sabes para atreverte a hablarme así?

—Pues, mire, ahora que le dice… Venimos persiguiendo a ese hombre —señaló a Roa— desde Inglaterra.

—¿Inglaterra? —repitió Franco, echando un rápido vistazo a Roa—. No es que los ingleses me adoren precisamente.

—Exacto, señor…, excelencia. El caso es que si firmáis este tratado vuestros días de gloria en este país no serán muchos.

Franco encogió los ojos, mostrando gran interés por lo que Pacino le estaba diciendo.

—Sigue —le ordenó.

—Hitler está llamado al fracaso, excelencia. Musolini será derrocado y se quedará sin aliados. Porque los japos… Esos solo miran por ellos y por el sushi. —Se dio cuenta de que Franco torcía el gesto—. Quiero decir, excelencia, que España acaba de salir de una guerra, ¿cómo sobrevivirá el pueblo a otra?

—El pueblo no podrá resistir —intervino Alonso—. ¿Y acaso no se mide la grandeza de un hombre por el amor que le muestra a su pueblo?

—¿De dónde ha salido este? —preguntó Franco señalando a Alonso.

—No le hagáis caso, excelencia, es un setimental.

—¿No será…? —Hizo un gesto, como de medio tirabuzón a la altura de la cara.

—¿Sarasa? No, hombre, no, es un tiarrón, pero se le ablanda el corazón cuando habla de España.

—España me pertenece —dijo Franco.

—Lo sabemos, excelencia, y nadie mejor que usted para llevarnos a una vida plena, sencilla y dentro del orden. Pero Hitler no es como usted o como yo. A estos no les corre sangre por las venas, les corre horchata fresquita.

Franco miró de reojo a Hitler.

—Entonces, ¿sois del servicio secreto?

—Sí, excelencia —se adelantó a responder Pacino antes de que Alonso pudiera decir nada—. El mismísimo Fraga nos pidió que siguiéramos a ese. —Señaló a Roa con la barbilla.

—Bajad las armas. Me interesa lo que me cuentan estos dos. Venid conmigo —se situaron junto a la mesa, frente a Hitler.

—Verá, señor, aquí mi primo —continuó hablando Pacino dirigiéndose a Hitler—, solo nos quiere porque controlamos el Estrecho y porque estamos al final de Europa. ¿Qué os ofrece a cambio que vuestra excelencia no tenga ya?

Franco echó un vistazo rápido a los documentos y a Hitler.

 

 

El rubio cogió la jarra de vino y rellenó los vasos. Tres mesas más allá Cervantes y Shakespeare parecían dos amigos que se conocieran de siempre. Hablaban tranquilamente, mientras iban ingiriendo vaso tras vaso el vino de la jarra. Los otros se limitaban a observarlos sin atreverse a decir nada.

 

—Parece obra de Merlín —dijo Shakespeare jugando con el vaso entre sus manos.

—Vos lo habéis dicho. Yo jamás pensé en tamaña locura y, sin embargo, vea vuestra merced: aquí nos hallamos los dos. Hace apenas unas horas…

—Y, decidme, don Miguel, ¿os han contado la fortuna que correrá vuestra obra o qué será de vos?

—Mil cielos me caigan encima si así ha sido. Lo único que han hecho es hablarme de vos. Perdonad mi sinceridad hispana, señor Shakespeare…

—William.

—¿Cómo?

—Mi nombre es William. Shakespeare es el apellido. Pero, decidme.

—No había oído vuestro nombre hasta hoy mismo.

—Yo, en cambio, sí conocía el vuestro.

—No sé cómo… En fin. —Una vaharada de timidez trepó al rostro de Cervantes—. Decidme, ¿cómo es la fama y tener dinero?

—No es más que algo que alimenta el ego como se alimenta un cerdo. No está bendecido ni por Dios ni por las gracias. Tan solo llega, llena tu tálamo de doncellas y envidias y huye por la mañana como una furcia en la corte de Enrique VIII. A fe mía, don Miguel, que no es ni más, ni menos. Y, ay de aquel, que teniendo tales fruslerías se vanagloria de ser mejor que el mejor entre sus iguales. Vos lo sois y así constará en la historia.

—¿Cómo podéis estar tan seguro?

 

—Tienen razón mis espías, ¿qué podéis ofrecerme que no tenga yo ya?

Roa empujó a Hitler, robándole su revólver del cinto.

—¿Qué significa esto? —preguntó la voz chillona de Franco.

—Significa que vais a firmar ese documento, que la historia no puede continuar como la escribieron unos cuantos perdedores, y que si no hacéis lo que os digo, os volaré la cabeza.

—A ver, a ver, no seamos tan bárbaros —intervino Pacino—. Roa, nadie puede reescribir la historia.

—Te equivocas.

—Bueno, sí, pero no es conveniente y lo sabes.

Roa no quitaba ojo a Pacino. Su mirada se movía entre Franco y él, apuntando a ambos indistintamente. Alonso, que se había quedado junto a la puerta, hizo un gesto a Pacino para que lo entretuviese y se movió con cautela por detrás de la escena.

—Nosotros creamos las puertas. Nosotros somos los amos del tiempo.

—Tampoco te vengas tan arriba, digamos que la custodia del tiempo es cosa de todos. Vosotros lo que creasteis fue una ilusión, un efecto óptico que no nos sirve a ninguno. Todos hemos perdido, estamos destinados a eso.

—Vosotros estáis destinados a eso. Con la firma de este acuerdo el mundo tal y como lo conocemos no existirá. Los más fuertes serán los que gobiernen, los que vivan. Lo que hemos hecho es antinatura.

—Antinatura sois vos —se oyó la voz de Alonso antes de propinarle un golpe en la cabeza a Roa, que lo dejó tendido en el suelo.

 

Cervantes dobló tanto el cuerpo con la tos que volvía a quebrantarle las costillas, que su rostro casi tocaba la podrida y sucia tabla que servía de mesa. Shakespeare se puso en pie y le ayudó a recuperar la verticalidad. Momento ese en el que un esputo de sangre llegó a la boca del alcalaíno y, sin poder remediarlo, lo soltó sobre el rostro del inglés.

Amelia corrió a socorrer a Cervantes que, apoyándose en los dos, dejó entrecerrar sus ojos.

—Nos vamos —dijo Pacino con voz tranquila sin quitarle ojo a Alonso, que asintió.

—No os preocupéis, don Miguel —habló con cierto cariño Alonoso—, volvemos a casa.

—¿Dónde os habíais metido? —preguntó Amelia un poco alterada—. Los ingleses…

—Dejadlos. Estoy convencido de que tendrán cosas más importantes que ocuparse de nosotros.

Comenzaron a salir de la taberna sujetando como podían a Cervantes que casi no podía levantar los pies del suelo. Notaban un calor inhumano que desprendía su cuerpo, pegárseles a la ropa y a la piel. “Ducha y una aspirina en cuanto llegue”, pensó Pacino.

—Un segundo —suplicó Cervantes. Se giró como pudo y miró a Shakespeare con cierto aire de perdedor—. ¿Cuál es vuestro calendario, señor mío?

—¿Acaso hay más calendario que el gregoriano?

Cervantes sonrió a duras penas.

—¿Acaso? —repitió en un hilo de voz.

 

 

Amelia, Alonoso y Pacino permanecieron toda la noche a los pies de la cama de Cervantes. Vieron cómo la sobrina le secaba el sudor y le traía agua. Oyeron los desvaríos más grandes que puede decir un moribundo. Permanecieron allí, sin moverse, sin hablar, viendo cómo la vida se le escapaba poco a poco al más grande escritor que dieran las letras hispanas, al menos, para Alonso.

De buena mañana Cervantes abrió un ojo y miró a Amelia. Le hizo un gesto imperceptible para que se acercara a la orilla de la cama. Así lo hizo. Se acuclilló junto al escritor y aplicó el oído, como si de un confesor se tratase.

—No estaba llamado a morir el mismo día —dijo Cervantes.

—Lo sé, don Miguel. En cuanto dijo el calendario por el que regía sus días, lo supe.

Cervantes hizo un último esfuerzo por esbozar una sonrisa cómplice. Echaría de menos a aquella mujer a la que apenas conocía, pero a la que le hubiera encantado conocer.

—No sé cuál es mi sino, pero, sea cual sea, nadie sabrá que yo maté a Shakespeare.

—La fiebre alta, los desvaríos… —dijo ella como una letanía—. No, nadie sabrá que lo mató la fiebre española, don Miguel.

—Qué gran hombre, el señor William Shakespeare.

—Descanse en paz, don Miguel, pues le queda toda la eternidad para seguir entre nosotros.

—Que así sea.

Y exhaló el último suspiro, agarrado a sus sábanas de hilo y con los ojos vueltos al crucifijo que coronaba su lecho.

 

En el Ministerio se había corrido la voz de que, no solo habían cumplido con la misión encomendad, sino que, además, habían logrado que Franco no firmara la alianza con Hitler.

—Siento que hayan tenido que desdoblarse en esta misión —dijo Salvador con sinceridad—. La buena noticia es que Roa está detenido y las puertas que no deben ser abiertas vuelven a estar a salvo.

—Aquí mi amigo —dijo Pacino—, que para no haber leído a El Capitán Trueno, no veas los mamporros que pega.

—Ha sido trabajo de los tres —replicó Alonso—. Amelia cuidó como pudo de Cervantes.

—No me olvidó de la primera misión.

—Una tapadera —dijo lacónica Amelia—.

—Sin la que jamás hubiésemos descubierto los planes de Roa. Se han ganado ustedes un descanso.

—Hombre, vacaciones pagadas —bromeó Pacino.

Salvador tomó asiento y sacó tres sobres que extendió a cada uno de ellos. Sonrieron y dieron las gracias. Iban a abrir los respectivos sobres cuando entró Angustias y gritó:

—¡Roa ha escapado!

—Muy pocas personas sabían dónde estaba encerrado. Tenemos un topo dentro del Ministerio —dijo Salvador poniéndose en pie y apoyando los puños en el escritorio.

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