La caja del fin del mundo, de Laura S. Maquilón

La caja del fin del mundo, de Laura S. Maquilón

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 29: «La caja del fin del mundo», de Laura S. Maquilón

Gonzalo Fuentes no era un hombre listo. O al menos eso era lo que figuraba en el expediente académico que utilizaba como tabla para cortar fuet después de haberlo mandado plastificar. No le gustaba el fuet con papel.

Para él, cada cosa tenía una utilidad. Así se lo enseñó su madre y gracias a ello consiguió convertir una empresa local de chatarra en la mayor planta recicladora del continente. Era cuestión de pragmática. Los intercomunicadores servían para llamar y enviar mensajes; los libros, para calzar mesas; la chatarra, para ganar dinero; el ordenador central, para que mantuviera todo en orden sin que él tuviera que preocuparse por nada. Si cada objeto ejercía de manera correcta la función para la que había sido concebido, no habría nada por lo que preocuparse.

Por eso no entendía qué hacía aquella caja en medio de su salón, alterando de forma tan dramática su diseño. Era una veta en un bloque de mármol blanco, un gen defectuoso que habían olvidado durante la selección embrionaria. Un envío que no había pedido, dejado caer de cualquier modo sobre su alfombra, ¡de seda novoterrana, nada más y nada menos! Su color destacaba sobre la blancura del resto del mobiliario, robándole todo el protagonismo. Él permanecía de pie, a su lado; había comprobado que procedía de su tienda online habitual, que su nombre figuraba en la etiqueta y la dirección era la correcta. Todo estaba en orden. Excepto por el pequeño detalle de que no debería hallarse allí.

—Voz, ¿se puede saber qué es esto y qué hace aquí?

—Es una caja. La acaba de traer el mensajero —le respondió el ordenador central a través de los altavoces del techo.

—Ya veo lo que es. Quiero saber qué hace aquí.

—La acaba de traer el mensajero.

—Ya —dijo con exasperación. Cerró los ojos y relajó los músculos. El día acababa de empezar, hacía rato que había desayunado, pero aún estaba en pijama. No era cuestión de perder la paciencia tan pronto—. Voz, sácame una cerveza. Tostada, pero no muy fuerte.

El tono de Voz ayudaba a que Gonzalo mantuviera la calma cuando la inteligencia artificial era incapaz de contestar a la misma pregunta con una respuesta diferente. Pero aquella situación iba a necesitar de un estímulo extra. Se sentó en el sofá y esperó a que Berta le trajera la cerveza. Berta era bajita, carrocería antropomórfica de un par de generaciones atrás. Le bastaba para sus necesidades y su apariencia, aunque artificial, le bastaba para poder seguir llamándose moderno.

Dio un trago y contempló la fila de aeromóviles que se deslizaban sobre los árboles de la avenida, su trayecto y velocidad moderados por una aplicación que evitaba cualquier tipo de desorganización. Como debía ser. ¿Por qué Voz se había salido del curso natural que marcaba su existencia? ¿Se habría estropeado de nuevo? Si así era, se cambiaría de compañía domótica, aunque solo pensar en la cantidad de tiempo que perdería con ello le hacía recular en su decisión. Bebió otro trago, se concentró en el frescor que bajaba por su esófago y concluyó que estaba preparado para enfrentarse a la situación.

—Voz, ¿por qué has aceptado la recepción de un paquete que no he pedido?

—Estaba a su nombre —dijo a través de Berta con un tono que le recordaba demasiado al de su madre.

—Pero yo no he pedido nada.

—En efecto.

—Y no sé qué contiene.

—Quizá lo ponga en el sobre adjunto que ha dejado el mensajero. Aquí tiene. —Berta se adelantó y le tendió un pequeño cuadrado coronado por un trozo de cinta adhesiva. Dio otro trago, se frotó el bigote para quitarse los restos de espuma y lo abrió. Dentro solo había un papel mal doblado y escrito a mano. Ningún albarán, ninguna factura. Una simple frase naranja.

«Este es el fin del mundo. Abra bajo su propio riesgo».

Gonzalo miró a Berta, pero el robot no se inmutó ante la expresión de perplejidad de su dueño, no emitió ni una mísera lucecita.

—¿Esto es una broma?

—Lo ignoro, señor —dijo Voz con toda la sinceridad que podía plasmar un trozo de hojalata.

El hombretón le dio la vuelta al papel, al sobre, giró la caja por todos los ángulos posibles. O, al menos, lo intentó. Pesaba tanto que apenas pudo desplazarla un poco.

—¿Has comprobado que no tenga ninguna cámara oculta?

—Está limpia por fuera —le confirmó.

—¿Y por dentro?

—No puedo mirar su correo a no ser que lo indique, va en contra de la LIAPIH.

—¿Qué puñetas es la LIAPIH? —bufó. Odiaba las siglas. Se sabía las de la GSE y por pura rutina.

—La Ley para las Inteligencias Artificiales de Protección de la Intimidad en el Hogar.

Gonzalo se dejó caer con un resoplido sobre el sofá. Dedujo que le sonaban de la asignatura de Leyes y Tecnologías Modernas, pero de ella solo recordaba las horas muertas que pasaba haciendo chuletas para los exámenes muchos años atrás. Aún no había llegado el día en que le resultara útil. Para eso estaba Voz.

—Míralo.

Berta se adelantó para realizar el escaneo. Se elevó sobre sus ruedas, giró sobre la articulación central y se colocó en horizontal sobre la caja. Avanzó con lentitud mientras su propietario daba buena cuenta de la cerveza que quedaba.

—¿Y bien? —preguntó tras un rato, ya que el androide había retrocedido para reiniciar el proceso y se disponía a repetirlo por tercera vez cuando le interrumpió.

—No puedo ver qué hay dentro, señor. Tiene metal reforzado, ni siquiera la cámara térmica me da información.

Gonzalo se quedó mirando la carcasa metalizada de su asistente con la boca de la botella sobre los labios. Trataba de procesar aquella información. Solo podía pensar que era consecuencia de un terrible error. Sobre todo cuando la caja se movió.

—¿Qué coj…? —maldijo mientras daba un pequeño salto hacia atrás. Le costó casi un minuto recuperar el aliento—. Voz, contacta con Cosmicus y exige la devolución inmediata de esto. Urgente. Y pon una reclamación.

—Sí, señor.

El paquete solo había temblado ligeramente, lo suficiente para que dudara sobre si lo había llegado a imaginar o no, pero luego fue más enérgico y se desplazó unos centímetros. Reprimió el impulso de lanzarse sobre aquel cubo del tamaño de una papelera y abrirlo. Se negaba a ser la víctima de una broma pesada. Aunque el temor de que no fuera una mofa, sino una amenaza real, se abría paso a dentelladas en su mente. Al fin y al cabo, era un hombre rico. Eso ya garantizaba un cupo de enemigos.

—No puedo solicitar la devolución, señor. La aplicación no carga correctamente y es imposible acceder en este momento.

—¿Qué? —Gonzalo se incorporó como si el asiento estuviera electrificado y dejó caer el botellín, que rebotó con un par de tintineos sobre la mesa y se precipitó hacia la alfombra. Berta se apresuró a recogerlo—. ¿Cómo que no puedes acceder?

—No puedo conectarme al servidor de Cosmicus, señor.

—¿Está caída la red?

—Todos los análisis son positivos.

Un resoplido tronó por el salón. Fuentes recordaba demasiado bien el día en que Voz se actualizó durante un pedido, el proceso entró en bucle y acabó con una tienda de embutidos en casa.

—Reiníciate.

—Iniciando reinicio.

Gonzalo se dirigió hacia el expositor de botellas y se centró en el nombre y procedencia de cada una para evitar ponerse a pasear por toda la habitación. Había conseguido coleccionar decenas en los últimos años. Algunas incluso dejaron de fabricarse antes de que empezara a reunirlas, otras ni siquiera eran de la Tierra. Era su pequeño logro, uno que había conseguido por sí solo, sin herencias de por medio. Rememorarlo apaciguaba el irritante cosquilleo que se había instalado ya en su estómago. Sin embargo, un nuevo golpeteo sobre la alfombra lo arrastró de vuelta a la realidad. La caótica realidad. ¿Cómo podía ser una caja más molesta que un remix de la última canción del verano?

—Voz, ¿por qué tardas tanto?

—Instalando actualizaciones —le contestó una voz menos humana de lo habitual—. Tres de veintisiete. Por favor, permanezca a la espera.

¿Qué? Por todos los agujeros negros de la galaxia, ¿qué pasa hoy? ¡Esto es increíble! ¿Ahora dónde está el intercomunicador?

Pateó el suelo y se dirigió al dormitorio. Sobre la mesilla, hecha con la última tanda de madera ignífuga traída de Novoterra, descansaba el audífono. Se lo colocó con tanto ímpetu que gruñó de dolor. Después buscó el micrófono por los cajones y activó el modo manual.

—¿Sí, hola? Buenos días, quisiera ponerme en contacto con atención al cliente de Cosmicus —pidió cuando los pitidos dieron paso a una voz con cierta resonancia metálica y esta le comunicó que había establecido conexión con la Guía de Servicios Estatal. Sin embargo, la petición no fue validada por el sistema, que exigió unos cuantos números para procesar la búsqueda antes de requerir el nombre del organismo que le interesaba—. Atención al cliente de Cosmicus.

—Usted ha dicho «atención al cliente de Cosmicus». Enseguida le pondremos en contacto. Permanezca a la espera.

Una melodía sustituyó a la voz automatizada y se transformó de forma paulatina en una serie de ritmos que le daban dolor de cabeza. Se acarició el bigote ante el espejo. Parecía haberse crispado ante su creciente mal humor.

—Lo sentimos, hay un problema con la conexión a «atención al cliente de Cosmicus». Permanezca a la espera.

—¿Cómo? Oiga, tengo prisa, ¿cómo es que no se puede establecer la conexión?

—Lo sentimos, hay un problema con la conexión a «atención al cliente de Cosmicus». Permanezca a la espera.

Un grito agudo traspasó las paredes. Gonzalo botó como la cáscara de un pistacho, perdió el equilibro y chocó contra el armario.

—¿Se puede saber qué…?

Salió de la habitación frotándose el hombro dolorido, pero se quedó plantado en la puerta del salón al ver el paquete volcado y vibrando cual masajeador de pies. Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella situación parecía de verdad el fin del mundo. ¿Por qué la caja se movía? ¿Por qué no había forma de contactar con Cosmicus? Si la caída había sido general, las redes sociales deberían de estar ardiendo ante la suspensión temporal de la tienda que desbancó a Amazon y se erigió como la primera de la galaxia. Aunque solo pudiera vender en el planeta Tierra.

—Voz, ¿ha habido alguna noticia sobre Cosmicus en las últimas horas?

—Instalando actualizaciones —fue la respuesta que recibió—. Tres de veintisiete. Por favor, permanezca a la espera.

—¡Arg!

El micrófono hizo un triple giro mortal desde su mano hasta estrellarse contra una botella del expositor, que tembló un poco antes de quedarse inmóvil. Gonzalo tragó saliva y lo recogió sin quitarle ojo a la caja. Había golpeado la mesa y el sobre había planeado hasta posarse sobre el suelo.

—Nueva petición —exigió al contestador.

—Se está procesando una petición anterior. ¿Está seguro de que desea cancelarla y comenzar una nueva?

—¡Sí, por todos los aliens del universo, sí!

—Ha respondido sí. Petición cancelada —le confirmó la voz a través del audífono—. ¿Desea realizar una nueva petición?

—Acabo de decir que

—Petición nueva. Por favor, diga uno si su petición es nacional; dos, si es internacional; o tres, si es interplanetaria…

U-no

Cuando consiguió la dirección de las oficinas de Cosmicus más cercanas, el paquete se había movido un par de veces más y había tenido que colocar a Berta encima para tratar de impedir que se volviera a repetir. Las cajas no se movían, por todas las anomalías cósmicas. Anomalías…

Gonzalo se retorció el bigote y recogió el papel para leer de nuevo el mensaje. ¿Y si le habían enviado una especie de artefacto que crearía un agujero negro y consumiría todo su sistema planetario? Había visto algo semejante en una película, aunque no había que creer todo lo que se ve en una pantalla, pero… ¿y si fuera cierto?

Estaba seguro de que si Voz estuviera funcional ya lo habría resuelto, pero seguía atascada en las malditas actualizaciones (había avanzado hasta la cuarta), así que tuvo que tragarse sus sospechas y hacer lo que mejor sabía: pasarle el muerto a otro. Y ya se encargarían los de la tienda, que seguro sabían qué era lo que el mensajero había dejado blasfemando en su salón.

Hizo unas fotos, cogió la chaqueta, las llaves y echó un último vistazo a Berta, que permanecía impertérrita sobre el cubo de cartón lleno de pegatinas. Había decidido no llevárselo, ya que apenas había conseguido moverlo y prefería no manipularlo dada su aparente peligrosidad. El ascensor lo llevó hasta el aeroaparcamiento. La terraza era una extensión ajardinada atravesada por un camino de piedra y cubierta por paneles, que protegían los aeromóviles de los rigores del clima. Activó el suyo desde el mando y se subió a él mientras esperaba que los paneles solares se replegaran. Aprovechó para introducir la dirección que le había dado la GSE. El motor se encendió y, después de que Gonzalo se acomodara en su asiento de piel, se dirigió hacia la estación de acoplamiento de flujo más cercana para sumarse al recorrido preestablecido para el tráfico.

El navegador calculó que tendrían cuarenta y dos minutos de ruta. Decidido a relajarse, Fuentes sacó un botellín de cerveza del minibar y observó con detenimiento el rastro de aeromóviles que recorrían la ciudad, un río de luces navideñas que relucían bajo el sol de junio. A su alrededor, los edificios se elevaban como estalactitas de cristal. Parecían surgir del campo verde  donde cientos de personas se desplazaban en un falso caos. A Gonzalo le gustaba creer que cada movimiento tenía un sentido en el orden del cosmos. Pero luego recordó por qué estaba dando aquel paseo y temió aún más que se tratara de una singularidad catastrófica.

Encendió la pantalla y le pidió al ordenador del sistema que buscara noticias relacionadas con Cosmicus. No halló ninguna. Aquel gigante comercial estaba igual de sano que siempre, el último reportaje sobre él databa de hacía más de un mes. Bufó, molesto por aquella falta de información y porque el cosquilleo de su estómago se había transformado ya en un nudo urticante. Había pocas cosas en su vida que no pudiera explicar. Para el resto tenía a Voz. Por eso en aquel momento se sentía desprotegido, un bebé en una piscina de globos con un pañal repleto de tachuelas puntiagudas.

A una orden suya, la pantalla le presentó las  noticias del día. Bebió un poco. Nada como oír hablar de los problemas de los demás para sosegarse. En China continuaban las revueltas en contra de la presión que ejercía el gobierno sobre los grupos de desplazados de la costa, que habían perdido sus hogares por la subida del nivel del mar y se habían visto obligados a emigrar desde sus islas hacia el interior. Cada vez eran más; los recursos, más escasos. Además, con el tráfico a Novoterra cerrado, no tenían muchas oportunidades. Aunque allí tampoco les hubiera esperado un futuro menos duro. En la noticia señalaban las esperanzas de que la visita de un grupo de representantes novoterranos y un próximo acuerdo comercial ayudaran a disipar las tensiones del país asiático.

Gonzalo pasó a la noticia relacionada: aquello podría serle de interés. Hacía mucho que no sabía nada de su contacto novoterrano. Las últimas novedades que había recibido insistían e que estaban al borde de un conflicto interno no muy pacífico y que después de todas las bajas que había sufrido durante los últimos meses, prefería cerrar el negocio. Él no se lo había reprochado, a pesar de lo interesado que estaba en lo que habían llamado novaciarium, un metal dúctil y muy resistente que quería estudiar para implantar en Metalnovus, su planta recicladora. A saber cuánto le abría costado. Los precios se habían disparado por culpa de esos locos que no querían ningún tipo de relación con terráqueos.

Sin embargo, parecía que habían conseguido aplacar a las facciones que consideraban que exterminar a la población de un planeta les sería más beneficioso que un intercambio. La comisión, según narraba el periodista, había acoplado su nave la tarde anterior a la Estación Interplanetaria y se esperaba que aterrizaran hoy mismo. Una visita amistosa para retomar las relaciones que habían quedado estancadas cuando los grupos opositores habían empezado a atacar turistas y la ONU se había cansado del tráfico ilegal y la explotación laboral que sufrían los que migraban a Novoterra. En aquel momento se consideró que lo mejor era cortar toda comunicación ante el riesgo que suponía un ataque de los novoterranos, con su tecnología armamentística imbatible.

El nuevo acercamiento y la posibilidad de reabrir sus negocios extraterrestres apaciguó los nervios de Gonzalo. Al fin tenía buenas noticias.

El artículo radiofónico iba acompañado de un vídeo del presidente de Naciones Unidas, pero apagó la pantalla y se puso a admirar de nuevo la ciudad que se extendía a sus pies. Lejos del centro, el paisaje urbano dio paso a edificaciones de piedra y ladrillo mucho más bajas y a grandes naves, un mar de paneles oscuros que brillaban como si el sol estuviera bajo él y no sobre su cabeza. Era una visión mucho más agradable que las caras aplastadas y aquellos ojos que parecían no caber en ellas que sin duda habrían salido en el vídeo.

Las oficinas de Cosmicus estaban casi a las afueras, donde el tejido industrial aún no le había ganado del todo el puso al residencial. El aeromóvil descendió con suavidad hasta detenerse en la puerta de un edificio de cinco plantas forrado con paneles de hormigón blanco y ventanales horizontales. Gonzalo se acercó a la puerta, que se abrió cuando apenas le quedaba un metro para traspasar el umbral, mientras el vehículo se ponía en ruta de aparcamiento. La recepción era más acogedora que las habitaciones de larga estancia de los hospitales, aunque tampoco era difícil: los pacientes no daban dinero, al contrario que los clientes. El suelo reflejaba la luz cálida que despedían dos esferas colgadas de un techo en doble altura. El robot tras el mostrador parecía tan humano que solo logró distinguirlo por su postura y sonrisa rígidas. Todo era tan lujoso como debía ser, y eso le dio la confianza suficiente para que se disolviera el nudo del estómago.

—Buenos días.

—Bienvenido a las oficinas de Cosmicus, la mayor tienda online de la galaxia. Soy Inge-1, ¿en qué puedo ayudarle?

La voz era relajante, como el aroma a sándalo que salpicaba el aire. Le hizo sonreír al instante.

—Mire, he tenido un problema. Soy Gonzalo Fuentes, presidente de Metalnovus. Esta mañana ha llegado a casa un paquete que no he pedido, pero no he podido ponerme en contacto con atención al cliente por ninguna vía telemática.

—Qué extraño, no hemos recibido ninguna incidencia respecto al funcionamiento de nuestros servidores —informó el androide.

—Ya, pues a mí no me ha funcionado.

—¿Tiene el número de pedido?

Gonzalo extrajo la tableta de su bolsillo y proyectó la imagen de la caja sobre la mesa, orientada hacia el recepcionista. Este se quedó inmóvil mientras registraba la información y luego reaccionó entornando los ojos.

—Muchas gracias. Estoy abriendo su solicitud, vaya a la sala de espera y le llamaremos enseguida.

—Está bien.

Ante el minimalismo del lugar, no le quedó otra opción que admirar la geometría y el orden de elementos y materiales. Casi se sintió como en casa. Por eso creyó que apenas habían transcurrido unos segundos cuando Inge-1 se aproximó y le pidió que lo siguiera. Fuentes se alisó la camisa y lo acompañó hasta el ascensor. La tercera planta parecía un bosque. Un patio interior iluminaba las piezas de mármol verde, el olor a sándalo había dado paso a un aroma más fresco, más húmedo, y se escuchaba el viento silbar entre los árboles inexistentes, tan solo sombras dibujadas en el piso.

El robot tocó un par de botones y una puerta se deslizó ante ellos.

—Mi compañero le atenderá. Gracias por su paciencia.

Inclinó la cabeza y se marchó. Él sintió un escalofrío al contemplar sus movimientos, tan seguros y gráciles que solo su perfección los diferenciaría de un humano cualquiera. En eso prefería a Berta, una y mil veces. Los robots eran lo que eran, no necesitaban ser confundidos con la humanidad. Ahí empezaban los problemas. Lo había visto en una película y no le apetecía que la realidad superara la ficción.

Entró en el despacho, de paredes grises y suelo enmoquetado. Desde el sillón le sonreía otro androide, o eso quiso creer. Dudaba que nadie en su sano juicio fuera a trabajar con una escoba por cabellera.

—Buenos días, señor Fuentes. Mi nombre es Kan-El-0. Me ha comentado mi compañero que había venido usted a las oficinas por una incidencia.

—Efectivamente, espero que lo puedan solucionar pronto.

—¿Puede decirme por favor el motivo de la incidencia? —le preguntó con una sonrisa idéntica a la de Inge-1. Gonzalo arrugó la frente y se retorció el bigote.

—Ya se lo he dicho a su compañero.

—¿Me lo puede repetir, por favor? Inge-1 solo puede registrar incidencias y pasarlas al departamento que considere más apto.

—Pues verá —comenzó de nuevo, en un tono ya no tan alegre—, esta mañana he recibido un paquete en mi casa a mi nombre con sello de Cosmicus, pero yo no he pedido nada. Tampoco he podido devolverlo porque ni el ordenador ni el intercomunicador podían conectar con su empresa. Por eso he tenido que venir hasta aquí.

—¿Ha reiniciado sus dispositivos?

—El ordenador sí, pero se ha quedado instalando actualizaciones… y supongo que ahí sigue —suspiró con exasperación.

—¿Ha llamado directamente al número de atención al cliente de Cosmicus?

—No, he pedido la conexión desde la GSE.

—Entonces quizá haya sido un fallo por parte de la Guía. No hemos recibido ninguna incidencia respecto al funcionamiento de nuestros servidores.

Los dedos de Gonzalo tamborilearon sobre su rodilla, sus ojos se entrecerraron.

—Eso ya me lo han dicho abajo.

«Y Voz», recordó, aunque no la había creído del todo. Pero tampoco había acudido allí para que se lo confirmaran, sino para que le dieran una solución.

—Perfecto, entonces.

Kan-El-0 giró el sillón e hizo amago de levantarse, pero él golpeó la mesa con la palma de la mano y lo miró como si fuera capaz de atravesarle la coraza metálica y cortarle los circuitos con los ojos.

—¿Cómo que perfecto? ¿Qué pasa con el paquete?

—¿Qué ocurre con él?

—¿Lo van a recoger o no? —dijo con los dientes apretados, a punto de perder el control.

—Oh, no lo sé, señor Fuentes. Yo soy del departamento de redes y comunicación, con los del departamento de logística tendrá que reunirse más tarde. Si me permite, le acompañaré a la sala de espera.

Se mordió el labio, apretó los puños, pero acabó accediendo. ¿Qué otra opción le quedaba? El nudo volvió a pincharle la boca del estómago y dudó que al volver a casa ésta estuviera allí. ¿Y si aquella caja contenía una bomba? ¿Por qué no podían entender su urgencia?

En el pasillo, en lugar de dirigirse hacia los ascensores, anduvieron por aquella especie de bosque plano hasta una salita que se abría junto al patio. La luz se derramaba como una taza de café sobre los sofás. Frente a ellos, una pantalla retransmitía el programa de noticias 24h.

—Alguien vendrá a recogerlo en cuanto esté disponible, gracias por su paciencia.

—Mi paciencia empieza a agotarse —murmuró Gonzalo, aunque el dispositivo de audición sensible de Kan-El-0 captó sin ninguna dificultad cada una de sus palabras.

—En nombre de Cosmicus, sentimos mucho las molestias.

Hizo una breve reverencia y se marchó, dejándolo solo en aquel pequeño paraíso, con las enredaderas ascendiendo por el vidrio y el arrullo del viento acariciándole el oído. Por un momento lamentó no haber preguntado por la ubicación del aseo, pero decidió que era mejor esperar allí, no fuera que no lo encontraran y cancelaran la solicitud.

Se sentó sin percatarse de que las piernas se le sacudían con un ritmo virulento. Solo pensaba en lo absurda que le parecía toda aquella situación. Lo de los departamentos lo podía entender, al fin y al cabo era como mejor funcionaba una empresa, pero ¿no eran los robots tan listos? ¿Por qué no podían aclarar todo aquello por separado y que Inge-1 se lo comunicara en lugar de llevarlo de un lado a otro? En eso su compañía resultaba mucho más eficaz, sin duda. Vendía una atención al cliente excelsa, su madre siempre se lo había dicho: «Haz que el cliente siempre esté contento». Y Metalnovus S.L. lo cumplía a la perfección.

Sin embargo, en aquel instante, Gonzalo Fuentes no estaba nada contento. Ni con la empresa domótica, ni con la GSE, ni con su tienda preferida. Un mundo que funcionaba de una manera tan caótica estaba condenado a la destrucción. Quizá eso era lo que significaba el mensaje de la caja. Quizá se la habían enviado para abrirle los ojos y hacerle ver que el fin estaba mucho más cerca de lo que creía, que no todo era tan maravilloso.

Iba a levantarse para alinear la mesita de modo que quedara perpendicular a los sillones cuando tres pares de ojos negros atrajeron su atención. Cuando levantó la vista, el rostro del novoterrano se había esfumado y solo aparecía un periodista grueso y de piel cobriza mirando a cámara.

«Al parecer, la reunión con los representantes de Novoterra se va a retrasar unos días, pues la nave sufrió desperfectos en el trayecto hacia nuestro planeta y quieren ultimar los detalles de la reparación antes del aterrizaje», rezaban los subtítulos. Por lo que Gonzalo sabía de las naves novoterranas, aquello no era una buena señal. «Tendremos que esperar un poco más para recibir por primera vez a una comisión de nuestros vecinos, que se encargará de evaluar el Tratado de Hong Kong. En la ciudad está todo preparado para su llegada. Se ha doblado la vigilancia para evitar manifestaciones violentas que puedan enturbiar un evento tan importante como este en la historia de nuestra especie. Los expertos auguran que la firma del Tratado aliviará las tensiones con los refugiados y confían en el compromiso de los novoterranos para evitar ataques como los sufridos años atrás por los detractores del intercambio…»

—¿Señor Fuentes?

Gonzalo se sobresaltó ante la interrupción de una voz grave. Se giró y encontró una sonrisa que ya se estaba hartando de ver, esta vez enmarcada en unas facciones redondeadas y unos tirabuzones anaranjados.

—Soy yo —respondió con la voz temblorosa.

—Mi nombre es Rar-1, encargada del departamento de logística. He recibido una incidencia a su nombre, ¿sería tan amable de acompañarme?

—Claro, un momento.

Se volvió, colocó la mesita en su lugar y se dejó guiar de nuevo por el pasillo hasta los ascensores mientras se estiraba el bigote. Algo no encajaba en ese accidente, se dijo. Recordaba a su contacto vanagloriándose de tener una nave que no había sufrido un percance en toda su vida. Hasta que empezaron los asaltos de los grupos antiterráqueos. Entonces todo se fue al garete.

Bajaron a la segunda planta. Los paneles blancos y azules desviaron el curso de sus pensamientos. Casi le sorprendió que las lámparas no tuvieran forma de copa menstrual. El nuevo androide le señaló una puerta y en pocos segundos se encontraba en otro despacho, este con aspecto de nube gracias a la moqueta blanca y el gotelé de las paredes. Sin embargo, no sentía nada de lo que se suponía que debía sentir al estar en el cielo. Más bien un dolor punzante en el estómago y una necesidad urgente de ir al aseo. Maldijo su suerte, no tendría que haber bebido tanto. Cruzó las piernas y se inclinó sobre la mesa sin un atisbo de sonrisa en su rostro.

—Y bien, ¿se van a llevar el paquete de mi salón?

—Antes de nada, necesito que me describa el motivo de su incidencia.

Las manos de Gonzalo se desataron en un baile magistral antes de golpear la madera.

—Pero si ya se lo he dicho a Inge-1 y Kal-El… Kan-El… ¡como se llame!

—Lo siento, señor Fuentes. Solo me han pasado su número de incidencia. ¿Puede explicarme de qué se trata? —pidió una vez más sin perder aquella sonrisa de porcelana. Gonzalo cerró el puño con fuerza, refrenando sus ansias de rompérsela.

—Hay una caja en mi casa que no he pedido, con un mensaje amenazante y, si no se lo llevan inmediatamente, pienso ponerles una denuncia.

El androide le mostró las palmas para intentar apaciguarlo.

—Por favor, no se altere. No será necesario llegar a ese punto. Dígame el número del pedido.

—¿Otra vez? —escupió. Rar-1 ni se molestó en limpiar las gotas de saliva que salpicaron su carpeta—. ¿Esto es una broma?

—En absoluto. Ahora, si me lo permite, necesito el número del pedido que figura en el paquete —repitió con toda tranquilidad.

—¡Ya se lo he dicho a su compañero de la entrada! —Gonzalo se levantó con tanta premura que la mesa se levantó un par de centímetros y la figura de un cohete se volcó y rodó hasta el suelo—. ¡He perdido toda la mañana con esta basura y no pienso dejar que me tomen más el pelo! ¡Exijo hablar con un humano!

—Señor Fuentes, tranquilícese. No hay personal humano en Cosmicus, así que no va a ganar nada alterándose de esa manera. ¿Quiere que le pida una tila?

—¡No quiero ninguna tila! ¡Quiero que se lleven esa puta caja saltarina de mi salón!

—Señor, si no se calma me veré obligada a tomar medidas y llamar a seguridad. Si quiere que su problema se resuelva, no le aconsejo seguir esa ruta.

Tenía la mandíbula tan apretada que le dolía la articulación. Al final optó por frotarse el bigote un par de veces y desplomarse con un gruñido sobre la silla, que crujió bajo su peso. Volvió a repetir la operación con la tableta y le enseñó al robot la imagen flotante de la caja.

—Muy bien, ya lo estamos procesando. Qué extraño, ese número de pedido no figura en nuestra base de datos. Tampoco consta ningún envío a su dirección en la última semana.

Gonzalo se quedó muy quieto, repitiendo la frase en su mente para desgranar por completo su significado, no fuera que se le hubiera pasado algo por alto y lo hubiera entendido mal.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que, para Cosmicus, ese paquete no existe. Así que debe de ser una falsificación.

—¿Y no pueden llevárselo? —insistió con los ojos entrecerrados y el sudor resbalándole por las sienes. Cada novedad lo apremiaba para que se deshiciera de la caja. Demasiado caos para que aquella situación llegara a buen término.

—No es nuestro, así que no podemos hacer nada con él.

—¡Pero lleva su logo, su formato, todo! ¿Qué estupidez es esta? ¿Quién ha dejado eso en mi casa?

—No lo sé, señor Fuentes —dijo Rar-1, repitiendo su gesto conciliador—, pero le aseguro que Cosmicus no ha sido.

Con un bufido, el presidente de Metalnovus se desinfló como una colchoneta de playa.

—¿Entonces no pueden hacer nada?

—Lo sentimos, pero no.

—¿Toda la mañana perdida para nada?

Su voz tenía un ligero deje de desesperación. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué iba alguien a falsificar una etiqueta de envío de una tienda online? ¿Y qué tenía eso que ver con que no se hubiera podido comunicar con dicha tienda desde casa? No podía ser una casualidad. Quizá no había sido un estudiante brillante y no tenía ni idea de historia o lenguas, pero sabía de negocios, tanto limpios como turbios, y aquello pintaba peor que una rambla en un día de tormenta. Igual que lo de la comisión novoterrana. Algo malo…

Gonzalo sintió cómo el color huía de su rostro y el frío recorría sus poros. Se llevó las manos a la cara, intentando ocultar su reacción. Por entre los dedos comprobó que Rar-1 permanecía ajeno a su estado y continuaba sonriendo.

—Sentimos que haya perdido su tiempo, señor Fuentes. Le mandaremos un cheque de descuento por las molestias.

—¿Qué? ¡No quiero un puto cheque! ¡Quiero que se lleven esa cosa de mi salón! —estalló, fuera de sí.

—Lo siento, caballero, le repito que no podemos hacer nada.

El androide se incorporó y extendió la mano, pero Gonzalo no iba a dar aquella batalla por perdida y habló antes de que pudiera pedirle que abandonara el despacho.

—Podrían… no sé… ¡comprobar si fue uno de sus empleados quien quiso gastarme una broma, por ejemplo!

—Ya lo hemos comprobado, señor.

—¿Sí? ¿Y cómo? ¿Han hablado con todos, por eso han estado haciéndome esperar?

—No es necesario, señor —dijo mientras se inclinaba y alcanzaba a pulsar un botón bajo la mesa. La puerta se deslizó con un susurro—. Ningún miembro de esta empresa puede generar autoconciencia, así que es imposible que hayan ejecutado una acción no programada.

—¿Y si los han hackeado, qué, eh?

Sabía que podían hacerlo. ¡Les llevaban siglos de ventaja!

—¿Quiere abrir una incidencia por ruptura de seguridad en Cosmicus? ¿Tiene pruebas?

Por un instante, la voz se volvió metálica, chirriante; la sonrisa, un cuchillo de cerámica embadurnado en sangre. Gonzalo se estremeció. ¿Qué podía decir? Él no sabía nada, no podía saber nada. Era la norma principal.

—¡Sí! ¡No! Es decir, ¡claro que no tengo pruebas! ¿Cómo quiere que las tenga? ¡De haberlas tenido habría llamado a seguridad nacional!

—Entonces le enviaremos su cheque descuento a lo largo de esta semana. Gracias por su visita, señor Fuentes.

El tono fue tan cortante que no se atrevió a forzar más la situación. Soltó un gruñido y salió hecho una furia hacia el pasillo, donde sus pasos retumbaron como un trueno en un día despejado, como si auguraran una tempestad. Miró hacia atrás y comprobó que Rar-1 no lo seguía. En efecto, se había quedado bajo el dintel, las manos entrelazadas y una expresión tan hierática que le produjo un escalofrío. Estaba deseando regresar a casa y ver a Berta, con su cara de plato y una simple pegatina haciendo las veces de boca.

Antes de llegar al ascensor encontró la entrada a los aseos. Por una vez se sintió libre de entrar al de hombres, aunque no entendía por qué necesitaban aseos no mixtos un hatajo de robots incompetentes. Al menos no corría el riesgo de que nadie lo acosara por no poder apuntar al paragüitas del urinario.

Mientras descargaba, pensó en Berta. ¿Estaría bien? ¿La habrían atacado? Era un trozo de chatarra sin conciencia que dependía por completo del ordenador central, pero era lo más parecido a una mascota que había tenido. Su madre le abrió la jaula al gorrioncillo que había capturado en el balcón y ningún otro ser vivo que no fuera humano había vuelto a entrar en casa. Ni siquiera una planta. Como le hubiera pasado algo…

Se lavó las manos y envió un mensaje al aeromóvil para que lo esperara en la salida.

—Gracias por acudir a las oficinas de Cosmicus, señor Fuentes —oyó que le decía Inge-1 cuando llegó a la planta baja—. ¿Podría rellenar esta encuesta de satisfacción sobre la resolución de su incidencia?

El sándalo no consiguió tranquilizarlo esta vez.

—Váyase a la mierda.

El androide enmudeció y Gonzalo no volvió la vista hacia atrás hasta subirse a su vehículo.

El regreso al apartamento fue una tortura. La velocidad de la ruta urbana era demasiado lenta para contener su frustración y su miedo. Pasó de las noticias, que seguían con el Tratado de Hong Kong, y buscó un canal de lucha libre con humanos. Elevó tanto el volumen de la música que esperaba que los aeromóviles de alrededor no tardaran en dejar la vía libre para permitirle volver lo más pronto posible.

La suerte, una vez más, no lo acompañó.

Cuando entró en el salón estaba hambriento y deseaba divorciarse de su propio olor corporal. Sin embargo, todo eso quedó atrás cuando vio a Berta en el suelo y la caja fuera de la alfombra. Se quedó helado.

—Esto es lo que me faltaba… ¡Voz! ¡Voz! ¿Se puede saber qué ha hecho esta… cosa ahora?

—Instalando actualizaciones. Veinticinco de veintisiete. Por favor, permanezca a la espera.

—¡Joder! ¡Esto es un desastre!

Golpeó la pared con tanta fuerza que la placa que acreditaba Metalnovus como la mejor empresa europea emergente de 2075 se salió de su escarpia y se precipitó sobre la consola de la entrada, desportillándose. Gonzalo abrió la puerta de la nevera con un berrido dos veces, porque la primera rebotó y se cerró en un instante. Extrajo la primera fracción de embutido que encontró, buscó su expediente académico y seccionó un trozo de una sola cuchillada. Podía decir que el sabor explosivo del chorizo en la boca era lo mejor que le había pasado aquella horrible mañana.

Pebo se acababon los juebos —se dijo mientras masticaba. Señaló con el cuchillo el cubo de cartón que yacía, inmóvil desde que había regresado, en el suelo—. Ahora mismo voy a averiguar qué eres y a deshacerme de ti antes de que me metan en un buen lío.

No necesitó más de un par de zancadas para situarse sobre el paquete, introdujo la hoja de acero por las ranuras y se deshizo de la cinta adhesiva con un par de cortes. Como había señalado Voz, dentro había un cubo de metal, pero ninguno que pudiera encontrarse en la tierra. Sobre él, un papel escrito con letras naranjas.

—«Abras o cierres, empieza la cuenta atrás» —leyó en voz alta. La mano le temblaba—. ¡Mierda!

Arrancó el papel de un tirón y dejó al descubierto un botón del tamaño de una cerradura. Lo pulsó y uno de los lados se desplazó con un chasquido. Notaba el pulso desbocado en el cuello, en las sienes, en las muñecas. Cuando la tapa cayó por fin, el nudo del estómago se hizo tan grande que se olvidó de respirar. Ni siquiera escuchó el impacto del cuchillo sobre la alfombra cuando se le escurrió de entre los dedos. No advirtió la mancha rojiza sobre la seda. Toda su atención estaba puesta en el fondo de la caja.

—Adiós Tratado… —murmuró.

La criatura tenía las seis extremidades extendidas, como si hubiera estado intentando atravesar los tres centímetros de acero hasta su último aliento. Su torso no se movía, como tampoco sus párpados, que habían quedado abiertos y dejaban a la vista tres pares de ojos sin esclerótica. Su piel formaba dibujos extraños sobre los huesos, dándole un aspecto entre humano e insectoide. Llevaba un traje elegante, con corbata y calcetines, siguiendo la etiqueta terráquea.

No había lugar a dudas: Gonzalo Fuentes tenía un novoterrano en el salón de su casa. Y no parecía vivo.

—Actualización concluida —dijo Voz en ese momento—. Perdone por la tardanza, señor. ¿Sigue necesitando mi ayuda? ¿Ha ocurrido algo?

Gonzalo se sentó y miró por el ventanal: la ciudad relucía en el exterior. Soltó el aire poco a poco, temeroso de llamar la atención, como si pudieran estar vigilándolo desde cualquier parte. De hecho, estaba seguro de que así era.

—El fin del mundo. Eso ha ocurrido. Una trampa —susurró. Berta yacía cerca, en una posición tan parecida a la del alienígena que no pudo soportarlo más—. Voz, sácame una cerveza. Y que sea fuerte.

 

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