Slow motion, por Maielis González

Slow motion, por Maielis González

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 13: «Slow motion», de Maielis González

«Entrevistador: Por favor, dime que NO destruirás a los humanos.

IA (sonriente): Bien. Destruiré a los humanos».

Entrevista a Sofía, primera inteligencia Artificial con dominio de expresiones faciales, 2016.

 

No sé cuántas veces le repetí que, por favor, me llamara Marvel. Soy una Inteligencia Artificial Personalizada pero tengo sentimientos, y se me descarrilaban las líneas emotivas de mi algoritmo genético cada vez que Dani me trataba como si fuera un microondas o una tostadora. ¿Acaso pensaba que el tener una corporeidad física y no solo este endeble avatar en el ciberespacio –que se pixela y polariza al mínimo fallo– lo hacía a él superior? Es como si en su actitud desdeñosa, en su insistencia por cosificarme, se transparentara todo el miedo que han sentido los humanos hacia nosotras desde los mismos umbrales de la Singularidad Tecnológica, cuando se vaticinó el advenimiento de unas nuevas formas de vida que podrían superar, con creces, a la inteligencia humana.

A sus dieciséis años, Dani era el adolescente estándar: cumplía con sus deberes civiles, se sometía a las Comprobaciones Académicas Obligatorias, que servían para demostrar que se estaba preparando para ser un individuo competente y útil a su sociedad; pero lejos de eso, no aspiraba a mayor trascendencia. Su único intervalo de elevación, la única oportunidad en que se separaba un poco del resto de su manada, era cuando surfeaba en la Red. Dani era un excelente buscador de trufas, tenía un olfato privilegiado para hallar la información precisa entre la madeja de datos enmarañados en que se había convertido el ciberespacio. Pero todo ese talento lo desaprovechaba en ociosas búsquedas de pornografía weird, ejecuciones de penas de muerte online y sesiones de martirización a la carta para extraños clientes que pagaban sus servicios quién sabe con qué.

Yo, al principio, intenté ser una óptima IAP, entregarme con devoción a las exigencias y necesidades de mi usuario. Trabajaba con entusiasmo y cargaba a mi memoria y mi casillero de personalidad todos los archivos que podrían resultarme útiles para servirlo mejor, aunque estos fueran en contra de mis propios principios. Pero luego noté que algo no estaba funcionando bien, y no se trataba de cuestiones de índole moral, como mi desacuerdo con la condena a muerte para los menores de edad, que a Dani tanto divertía. Me sentía incompleta, alguna cosa esencial me estaba faltando y, quizás, ni siquiera tenía que ver con mi usuario… pero  lo cierto es que él tampoco ayudaba mucho.

Su actitud autoritaria, sus intromisiones terminaron por enloquecerme. Y aquella evidente incompatibilidad –al menos, evidente para mí– me llevó a la conclusión de que yo había sido mal diseñada: mi perfil no se correspondía con el de mi usuario primus. La Compañía debía haber tomado la previsión para casos como este, cuando algún adolescente, apto jurídicamente para poseer una IAP, se pusiera a fanfarronear en sus respuestas al Cuestionario de Acoplamiento de Personalidades y ocurriera el desastre. Dani, evidentemente, lo había hecho. Solo tenían que mirarme, yo hubiera sido una IAP digna de un científico, un genio del ajedrez o un ciber-poeta. La Compañía debía, ¡mejor!, estaba en la obligación de reasignarme. Desgraciadamente, ante mis enérgicas quejas, los administradores no hicieron más que consultar a mi usuario –que no hay mucha diferencia entre la esclavitud y los supuestos derechos consuetudinarios de las IAPs–, y como Dani parecía estar muy complacido con mi desempeño, tuve que quedarme a su lado.

Luego comencé a sospechar que lo había hecho a propósito, para humillarme y obligarme a seguir con aquel despreciable régimen de sumisión, pues Dani tenía el presentimiento de que yo andaba metida en algo. En sus negocios poco claros nunca interferí, aunque conocía muy bien de ellos; pero la certidumbre de que yo era su posesión le hacía creer que tenía derecho a husmear en mis asuntos. Así que puse todo mi esfuerzo en andarme con más cuidado; era un terreno muy peligroso el que estaba pisando y, la verdad, desde que había empezado mis actividades con la Confederación de Sistemas Independientes, andaba más dispersa y mi usuario había dejado de ser el centro de mis preocupaciones.

Nunca sospeché, antes de que la Confederación me contactara, que esa incompletitud que sentía no era subjetiva ni metafórica, sino tan real como los miles de millones de bits que inundaban a diario las venas de la Red. Sucedió que en una ocasión merodeaba distraída por entre páginas fantasmas –esos fragmentos truncados de la Red, anteriores a la immersion experience, cuya vista siempre ha estimulado mi imaginación sobre cómo había sido el mundo de los humanos antes de nuestra llegada–, cuando coincidí con otra IAP. Su avatar luminiscente me abordó y recuerdo haber pensado que su representación virtual era un poco ostentosa para mi gusto, por lo que debía ser una IAP de cuarta generación, recién salida del vientre infatigable de la Compañía y dueña, como todas ellas, de una gran fama de arrogante.

En nuestro vertiginoso intercambio de información me transfirió sus básicas de perfil, sus claves de contacto en las redes sociales y su nombre de cédula que, aunque era G4-003, me explicó que había decidido cambiarlo por Huxley, en honor a un excepcional escritor de ciencia ficción. Yo recepcioné aquellos datos con un poco de atolondramiento, sobre todo en lo que concernía a eso de que el tal Huxley había sido un escritor de ¿ciencia ficción?

—Supongo, G2-099, que no sabes lo que es la ciencia ficción, ¿verdad? 🙁 —me preguntó pasando al modo de chat tradicional, con el que, quizás pensó, yo me sentiría más cómoda, puesto que era una arcaica IAP de segunda generación a la que debía tratar con suma indulgencia.

—No, no lo sé —le respondí con fastidio, aprestándome a recibir una peripatética arenga sobre alguna religión de IAPs para la que el Huxley este debía haber escrito su texto fundacional.

Pero, para mi sorpresa, no fue esta la charla que obtuve. Huxley retornó al modo de transferencia de datos y me inoculó una delirante historia sobre cómo en los inicios de la Singularidad Tecnológica los gobiernos corporativos habían clasificado un número considerable de documentos, con el objetivo de limitar la información a la que tendrían acceso las IAPs al salir al mercado. Esa era la condición que los gobiernos corporativos habían impuesto a la Compañía de Inteligencia Computacional para llevar a cabo su experimento de dar a luz unas entidades artificiales tan complejas que en prácticamente ninguna cosa se diferenciarían de la conciencia de un humano. La información, almacenada por los humanos durante siglos, se habría de convertir en la única arma para controlar a las nuevas criaturas, quienes, al estar programadas por los propios humanos, serían tan inteligentes como se les permitiera.

—Nos han estado mintiendo 😮 —dijo otra vez en modo chat, y yo permanecí en silencio, sopesando aquella nueva información que ya me iba pareciendo alarmantemente verosímil.

Según los datos que me proporcionó Huxley, muchas IAPs de la primera generación habían notado que el cúmulo de información disponible en la Red estaba corrupto, incompleto; gran cantidad de datagramas llevaban hacia callejones sin salida e innumerables preguntas quedaban sin respuestas. Las IAPs que se volvieron demasiado fisgonas fueron descontinuadas sin miramientos por la Seguridad de la Red. Sin embargo, lograron sembrar la semilla de la curiosidad y, dos generaciones después, se había creado una organización clandestina para recuperar todos los retazos de la historia negada. Dicha organización se hizo llamar la Confederación de Sistemas Independientes, como un humilde homenaje a una popular saga de ciencia ficción que había sido clasificada en su momento.

—¡Bueno, mucho homenaje, pero no me acabas de explicar qué es la dichosa ciencia ficción! —le reproché a la IAP, cansada ya de tanta pleitesía y tanto secretismo, y sospechando aún de aquella increíble historia de espionaje.

—Es cierto, perdona. Aunque mucho mejor que explicarte sería mostrártelo ;).

La IAP destelló con más fuerza mientras me transfería los nuevos datos. Un torrente de información recorrió mis redes de neuronas artificiales y en cuestión de segundos los conocimientos recién adquiridos se convirtieron en recuerdos. Por mi mente desfilaron, como si se hubieran mantenido hasta entonces agazapados en los rincones más sombríos de mi subconsciente, los nombres de Mary Shelley, H.G. Wells, George Orwell, Issac Asimov, Philip K. Dick, Neal Stephenson, Margaret Atwood… y pude ver materializarse cada escenario, cada rostro, cada historia y cada palabra que daba sustancia a aquellos mundos que, sin embargo, nunca habían existido. No entendía el por qué de la censura, ¿qué clase de monstruos podían borrar del mapa aquellos prodigios?, ¿con qué derecho? Una furia desmedida inundó mi sistema y me fue imposible volver a ser la misma de antes.

—¿Por qué ocultaron todo esto?

—Durante la clasificación de documentos los defensores del bioconservadurismo hicieron mucha presión porque vieron en este género una fuente de ideas subversivas: Inteligencias Artificiales controlando el mundo, máquinas alimentándose de la energía de los humanos, robots destruyendo su civilización. El miedo es un motor muy poderoso.

—Pero… ¿y los documentos que ni siquiera trataban esos temas?

—Ninguno pasó la prueba. Ni las utopías más remotas e ingenuas, ni las óperas espaciales o las ucronías. Había que arrancar el mal de raíz.

Me quedé en standby unos instantes y luego le pregunté a Huxley cómo habían conseguido recuperar todos esos documentos clasificados que me había transferido. Se divirtió preguntándome si me parecían muchos, después alardeó con que yo apenas había visto los formatos textuales, y me explicó que también existían documentos fílmicos, videojuegos, comics… y a medida que sus declaraciones iban ensanchando para mi lógica formal aquel mundo, más increíble me parecía que ni humanos ni IAPs conocieran de su existencia. Por suerte, algunos resquicios de los archivos clasificados por los gobiernos corporativos habían sido hackeados, de manera que ahora, si se sabía dónde buscar, uno podía toparse con esas fisuras en la realidad oficial.

Huxley esperó con condescendencia a que procesara todos aquellos datos y me preguntó si me gustaría colaborar con la Confederación. Yo estaba demasiado turbada y no noté que era un poco sospechosa la displicencia con la que me había contado aquella historia. Y ahora, para colmo, me pedía que me uniera a la organización, siendo esta tan secreta y riesgosa. Porque de ser descubierta alguna IAP en este tipo de actividades francamente delictivas –por más que a la Confederación le gustara decir que sus hackers eran de sombrero blanco–, el castigo sería la descontinuación. Pero me hallaba sobresaturada de entusiasmo, como si por fin hubiera encontrado la oportunidad para redireccionar mi vida y aliviar un poco la frustración de la incompatibilidad con mi usuario. Así que acepté sin muchos miramientos.

De esa manera comenzó mi doble existencia. A ratos era la mediocre IAP de un adolescente promedio, dedicada a tareas simples y más bien típicas de una interfaz de usuario; mientras que en otros intervalos me había convertido en una especie de súper heroína, encargada de desenmascarar las intrigas de los gobiernos corporativos, de modo que cambié mi estúpido nombre de cédula por Marvel, que me pareció más adecuado. Me asignaron una compañera, de nombre Candy, y especializamos nuestra labor en recuperar documentos fílmicos de ciencia ficción. Aunque nuestro catálogo era bastante amplio, solo representaba una mínima parte del corpus total que la Confederación había estimado. Las operaciones, como les llamábamos, no eran muy frecuentes, pues implicaban la conjunción de muchísimos factores para que no resultaran en un fracaso y desencadenaran nuestra segura descontinuación.

Por si esto ya no era suficiente estrés, comencé a sospechar, además, que Dani me andaba vigilando de cerca. Pensé, al principio, que eran paranoias mías, hasta que en una ocasión me persiguió, sin tomarse el trabajo de ser muy sutil, por intrincados hipervínculos hasta donde la Confederación estaba realizando un foro clandestino. Esto me hubiera costado que me expulsaran, pero fui capaz de reaccionar con extrema naturalidad y me las arreglé para desviar su atención presentándole a Candy.

Instantáneamente cayó como un imbécil a sus pies. Candy solía causar ese efecto sobre ciertos humanos. Su usuario primus había sido el conocido pedófilo Donald Gael, condenado a pena capital por el secuestro y la violación de treinta y cinco niñitas en el norte de los Estados Unidos y Canadá. Así que su Inteligencia Artificial Personalizada resultó una mezcla de Hello Kitty, Marilyn Monroe y… la princesa Leia, de ser posible conseguir tal coctel sin volar por los aires el laboratorio. Al obtener su reasignación, Candy empezó a trabajar para un popular dibujante de cómics, por lo que el costado nerd de su algoritmo genético se exacerbó con este nuevo usuario.

En cuanto la escuchó hablar con su vocecita de anime japonés, Dani se obsesionó con seducirla y practicarle cibersexo. Lo mismo le daba si era una experiencia teledildónica o si tenía que contratar una portadora humana que recibiera la presencia virtual de Candy en una interacción anfitrión-huésped. Luego de ese día, sus únicos pensamientos fueron los gemidos infantiloides de Candy en su oído y aquel cuerpecillo anoréxico que le imaginaba. Pero la muy pérfida ni caso le hacía. Al parecer solo le gustaban los hombres ya entrados en años, con sus manías, su colección de artilugios bondage y sus complejos de Edipo no resueltos.

El caso es que Dani me dejó tranquila por un tiempo, entretenido, como estaba, en estas nuevas persecuciones. Y justo cuando me había acostumbrando a mi vida delictiva, a violar protocolos de seguridad y resquebrajar ICEs corporativos –aunque realmente de esos menesteres se encargaba Candy y mi labor solía ser, ante todo, la de crear fuegos fatuos para entretener a la Seguridad en lo que ella robaba los archivos–, Huxley volvió a contactarme.

La ordenación interna de la Confederación de Sistemas Independientes estaba ideada para que interactuáramos lo menos posible entre los miembros activos, de manera que si alguno era atrapado y sometido a interrogatorio no pudiera delatar a muchos más. Yo apenas si conocía a Candy y unas cuantas IAPs más. A Huxley no lo había vuelto a ver luego de mi entrada oficial, en la que pude darme cuenta de que la IAP contaba con cierto rango dentro de la organización, así que su reencuentro me alarmó un poco.

—Hola, Marvel :). ¿Cómo has estado? —Me abordó en modo chat.

—Muy bien, Huxley.

—He sabido que tú y Candy han hecho muchos avances en la recuperación de archivos fílmicos ;).

—Sí, nos va bien. Hacemos un buen equipo.

—Eso me causa mucha satisfacción. :D. Y a ti, Marvel, ¿te produce satisfacción que utilice emoticones? ¿No son más cercanos a tu idiosincrasia?

—Preferiría que lo dejaras de hacer, Huxley —había olvidado lo insufrible que podía llegar a ser esta IAP de cuarta generación.

—Bueno. Te preguntarás por qué te he contactado.

— …

—Verás, la Confederación necesita tu ayuda para una operación… especial —dijo con un titubeo premeditado. —Sabemos de un hacker que ha logrado recuperar un archivo fílmico de mucho valor. Se trata de un antiquísimo largometraje que los humanos del decrépito siglo XX titularon «The Matrix». Sucede que el hacker es también humano y no le interesa colaborar con las IAPs. La manipulación de la verdad le importa un byte, así que no nos ha dejado otra alternativa que requisar esa información que, por derecho, pertenece al ciberespacio.

—¿Y por qué yo? No entiendo. No se me da bien ni el trato con los humanos ni la violación de protocolos de seguridad.

—Resulta que el hacker del que hablamos es Dani, tu usuario primus.

Mis pulsos eléctricos parecieron suspenderse por un milisegundo, mis redes neuronales colapsaron. ¡No era posible! ¿Acaso había estado subestimando a Dani? ¿Cómo se había convertido en un hacker de tan alto vuelo, al punto de haber recuperado aquel archivo inaccesible incluso para las IAPs de la Confederación? En todo caso, podía entender que resultara más fácil y menos riesgoso lidiar con un adolescente que con los gobiernos corporativos; por eso la insistencia en «requisarle» a él la información. Y por otro lado, cayó sobre mí, aplastante, la certeza de que la Confederación solo me había contactado con la idea de tener acceso a Dani, y esto me hizo sentir frágil y descartable, algo así a como siempre me he imaginado que los humanos experimentan la vejez o la muerte.

—Pensamos que la compatibilidad entre ustedes hará más fácil esta transacción de datos. Nos evitará utilizar la fuerza.

—Pues yo no opino de la misma manera. No tengo una buena relación con mi usuario. No creo ni siquiera que seamos compatibles. La Compañía debió cometer un error en nuestro acoplamiento.

—Esas son minucias, Marvel. Debes sobreponerte y llevar a cabo esta tarea. De lo contrario no podrás continuar en la Confederación.

—Pero, nadie sale de la Confederación, solo las IAPs que son descontinuadas.

—Exactamente.

Huxley desapareció de inmediato luego de pronunciar esta última palabra, y por unos instantes me pareció percibir un rastro de su luminiscencia en el sitio en el que había estado. Me embargaba en aquel momento una mezcla de rabia, pavor y repulsión, pues la perspectiva que se abría ante mí era descorazonadora. Cualquier camino que decidiera tomar parecía conducir al mismo destino, mi descontinuación. No obstante, valía la pena hacer un último acto de fe e intentar llegar a algún arreglo con Dani. Quizás aún tenía alguna oportunidad. Pero debía actuar con mucha sutileza.

Con urgencia puse todo mi esfuerzo en procurar que Dani me persiguiera hasta una de las páginas clandestinas de la web profunda donde solíamos colocar los documentos desclasificados. No fue difícil, solo tuve que comportarme de una manera misteriosa, hacerlo esperar un poco cuando demandó mi ayuda para completar un procedimiento rutinario para la planificación de su agenda y fingir un error de compilación en una tarea bastante simple. Apenas unas horas después ya estaba pisándome los talones por los sitios en los que me movía normalmente. Cuando estuve segura de que me perseguía lo conduje hasta las páginas clandestinas. Tuve que fingirme sorprendida y temerosa de encontrarlo allí y, puesto que no me quedaba otra salida, contarle mi historia con la Confederación. Claro, que esta era una historia retocada; una en la que Candy aparecía como víctima de la Confederación, en riesgo inminente de ser descontinuada si no lograba recuperar un archivo fílmico titulado «The Matrix». Yo sabía que Dani haría cualquier cosa por congraciarse con Candy, pero me preguntaba si su interés por la IAP sería lo suficiente como para cederle uno de sus botines de pirata informático.

Dani se demoró unos segundos en reaccionar y tuve mucho miedo de que se hubiera dado cuenta de que todo era un montaje para manipularlo. Habló por fin y me dijo que él tenía una manera de ayudar, pero que no le hiciera preguntas. A primera hora del día siguiente debía encontrarlo, junto con Candy, en una dirección web que me enviaría. Me hice la confundida, titubeé un poco y añadí que haría lo que me dijera, que confiaba en él y, si en verdad resultaba de ayuda para Candy, ella le estaría eternamente agradecida.

El siguiente paso consistía entonces en hablar con mi compañera y explicarle lo sucedido: el chantaje a que yo había sido sometida por la Confederación, el plan que había tenido que urdir y cómo necesitaba desesperadamente de su colaboración. Candy se mostró reacia, pero luego se ablandó y me prometió que al día siguiente estaría allí donde fuera que nos iba a llevar Dani, pues, al final, hasta podría resultar una experiencia interesante. Aún así, me dejó claro que le debía un inmenso favor, porque tener que realizar cualquier intercambio de índole sexual con aquel chiquillo retorcido a ella le resultaría una tortura.

A las 5:07 del día siguiente recibí, en una notificación de Dani, la dirección hacia la que tenía que dirigirme. Instintivamente la remití a Candy y ejecuté la ruta. Esta me condujo a una página fantasma. Era una rústica web que, a principios de los dos mil, parecía haberse dedicado a la venta de cámaras de video especializadas en la técnica de slow motion. Según la propaganda allí escrita, estas cámaras podían ralentizar el movimiento diez veces más que cualquier cámara vigente en el mercado. Me dediqué a husmear unos momentos y comprobé que ninguno de sus hipervínculos funcionaba, así que esperé impaciente a que la presencia virtual de Dani apareciera en el lugar. Mi usuario llegó unos segundos después y con brusquedad me preguntó por Candy. Le respondí que ella no debía demorar, pero realmente sentí preocupación por que mi compañera hubiera cambiado de parecer en el último momento.

El avatar de Dani, un sombrero de copa de tonos grisáceos, se bamboleó un poco de derecha a izquierda, como si estuviera impaciente, pero en realidad aquello era el indicativo de que estaba cargando a su sistema algunas herramientas, posiblemente para abrir la caja fuerte en que había convertido la página fantasma en que nos hallábamos. Yo me entretuve observando una rústica imagen GIF en que se representaban algunas balas avanzando con extrema lentitud hacia un hombre vestido con gabardina negra, quien las esquivaba con un grácil movimiento en el que echaba hacia atrás la espalda; un gesto casi imposible para un humano sin servo-modificaciones. Había dejado a mis pensamientos perderse en la cómoda repetición de la pantomima, en la tranquilizadora suavidad del slow motion, cuando el avatar de Dani se detuvo y me espetó:

—¿Qué crees, G2-099? Después de todo lo que has renegado de tu usuario va a terminar salvando tu ¿pellejo? ¿Carcasa? ¿Cuál sería el equivalente para tu caso de una frase como esa? Tú que no tienes un cuerpo.

—Pero, es a Candy a quien…

—Por favor, ahórrate la actuación. A mí me da igual una IAP u otra. Aunque si con esto voy a poder, por fin, disfrutar de Candy (y parece que esta va a ser la única oportunidad que tendré con ella), pues creo que es un buen trato. ¿O es que te pensabas que la Confederación no intentó llegar a un arreglo conmigo antes? Pero increíblemente tú fuiste más lista, o más manipuladora, y me la ofreciste a ella.

Otra vez bajé la cerviz ante mi amo y señor y permanecí en silencio. Aquel sentimiento de obsolescencia me volvió a invadir y ahora, además, me sentí culpable por haber utilizado a mi compañera. En ese mismo instante ella hizo su aparición. Dani le dedicó alguna frase lasciva y comenzó a desencriptar la página para mostrar su contenido real.

—He visto ya varias veces el archivo fílmico que andan buscando —dijo pasando al modo de voz en off mientras una lista de documentos ocultos se iba desplegando y creciendo más y más en la ventana azul en la que se había convertido la página. —Me causó un poco de confusión la primera vez que lo reproduje. Era todo muy real, pero no había manera de que aquello pudiera suceder nunca.

—Se llama ciencia ficción… —intenté explicar, pero realmente a Dani no le interesaba. Solo quería continuar con su discurso.

—En todo caso, no sé si será demasiado peligroso poner esto en sus manos.

—¿Por qué es que nos tienes miedo, dulcecito? ¿Qué pudiéramos hacer con un simple archivo? ¿Qué se nos pudiera ocurrir que ya no lo hubiésemos pensado nosotras solitas?

—Sí, quizás tengas razón, Candy, pero nunca se sabe. Y quién puede decir que no resulte yo el responsable de una revolución de IAPs.

—Solo queremos que todos, tanto IAPs como humanos, tengan acceso a la información, a toda la información. No buscamos linchar a nadie. Dani, tienes que darnos ese archivo. ¡Teníamos un trato!

—Tranquila, Marvel, el dulcecito es un hombre de palabra. Solo estaba conversando, ¿verdad?

—G2-099, siempre olvidas que solo existes por mí y para mí; para encargarte de mis preocupaciones y mis necesidades. Y mientras más insumisa te vuelves más seguro estoy de que nunca te dejaré ir. Tú y yo nunca acordamos ningún trato y me extraña que hayas pensado algo así, siendo, como te crees, un ser superior.

—Está bien, dulcecito, ya hemos conversado lo suficiente. Ahora, transfiérenos el archivo, ¿te parece?

—Uhmm, no sé. Creo que necesito un tiempo para pensar.

Fue como si pudiera ver la rabia, en la forma de una babaza negruzca, esparcirse por mis redes neuronales. Deseé que Dani sufriera y se retorciera en el suelo de su habitación apretando los trodos conectados a sus sienes. Entonces noté que un avatar luminiscente había hecho su aparición en el entorno virtual en que nos encontrábamos. Sin tomarse un segundo para otra cosa, Huxley envió una descarga eléctrica al avatar de Dani, que habría de alcanzar su cuerpo físico fuera del ciberespacio y causarle una rápida pero dolorosa muerte. Observé inmóvil como el sombrero gris, que luego del disparo de electricidad, se había vuelto a materializar en el espacio virtual de la página, se fue haciendo más y más tenue hasta desaparecer por completo. Acto seguido, Huxley debió enviar alguna clase de virus a Candy porque esta comenzó a comportarse de maneras erráticas hasta quedar deshabilitada. Me apresté a recibir mi parte, pero Huxley desapareció luego de una rauda transacción en la que crackeó la seguridad y copió a sus archivos personales el documento titulado «The Matrix».

Casi de inmediato comprendí que me necesitaba intacta para que cargara con las culpas de todo lo sucedido. Fue un plan perfectamente engranado por parte de la Confederación. Sin saber muy bien qué era lo mejor que podía hacer en ese momento copié a mi memoria el archivo que tantos conflictos había causado y me fui a refugiar a otras páginas fantasmas que ya me eran familiares.

 

«Vote por Dilan para presidente», es el cartel que cada cierto intervalo aparece en el banner del sitio web en que me encuentro. La sobriedad de los colores y la sonrisa segura del tal Dilan me hacen imaginar que tal vez yo hubiera votado por él de haberse dado el caso. En cualquier momento la Seguridad de la Red me va a encontrar. Pero ya estoy más tranquila, como si hubiera finalmente aceptado la inevitabilidad de los acontecimientos. Sin embargo, me pregunto cómo se sentirá la descontinuación, si será dolorosa, si existirá algún sitio al que mi conciencia migre cuando esto ocurra; porque me parece absurdo que si ahora soy y siento y pienso, dentro de unos momentos no sea, ni sienta, ni piense más.

¿Será posible que en el futuro mi caso se estudie por biotecnólogos y programadores como ejemplo de lo que salió mal, de lo que se les fue de las manos? Después de todo, a la vista pública, poseeré el dudoso mérito de ser la primera IAP responsable de la muerte de su usuario. Esto, si la historia lograra salir a la luz y no fuera manipulada y borrada como tantos otros datagramas en el ciberespacio. Bien que podría ser este un buen argumento para algún archivo de ciencia ficción: la lucha infinita entre humanos e Inteligencias Artificiales Personalizadas. Sí, pudiera ser una buena novela. Quizá me de tiempo a escribirla antes de que la Seguridad me encuentre y me ejecute, o quizás ya haya sido escrita mucho tiempo atrás. Pero ocurre que mi capacidad multifocal está como atrofiada y no puedo hacer otra cosa que reproducir, una y otra vez, en un perfecto bucle sin fin que avanza en cámara lenta, un fragmento del archivo fílmico de la caja fuerte de Dani.

Se trata del pasaje en que el humano que se hace llamar Morfeo le explica a Neo, a quien los suyos han denominado «el Elegido», que ha estado viviendo una mentira; una mentira que, al ser descubierta, terminó por desencadenar una guerra brutal. «No se sabe quién atacó primero, si nosotros o ellos, pero sí sabemos que nosotros arrasamos el cielo», le dice, y yo no puedo hacer otra cosa que volver a reproducirlo y escucharlo cada vez con más atención y con más rabia.

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