Colores para pintar un futuro devastado, de Celia Añó

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 24

Foto de Lurm para Unsplash

Cada vez que la guerra hablaba, el mundo entero se estremecía. El suyo era un lenguaje de estallidos lejanos, un compás de explosiones y estructuras al resquebrajarse. Memantina se abrazó a un poste con cuatro de sus brazos mientras con los otros dos se tapaba las orejas velludas. Su nido temblaba, sacudido con brusquedad por las bombas al caer, aunque ella lo sentía como si fuese todo el planeta el que se encogiese de terror. Igual que estaba haciendo ella, convertida en poco más que una mota minúscula en tierra devastada, de ruinas y peste a pólvora. Cuando las explosiones cesaban, era como si la guerra tomase aire antes de volver a soplar su aliento de fuego y destrucción. Nunca se hacía silencio del todo, pero esa pausa se sentía como tal, pese al zumbido sordo que dejaban las explosiones o los últimos estertores de árboles y nidos al desmoronarse. A estos últimos se los podía imaginar perfectamente. No necesitaba ni cerrar los ojos: en los últimos días había sido habitual ver los nidos desprenderse como fruta madura. Eran igual de redondos que las mangranas y al estrellarse también desparramaban su contenido, aunque más astilloso, artificial y metálico.

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