Phonis, de Celia-Corral Vázquez

Phonis, de Celia-Corral Vázquez

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 12: «Phonis», de Celia Corral Vázquez

Acompasó sus exhalaciones al zumbido periódico que emitían los árboles: eso lo ayudaba a mantener la mente en blanco.

Imaginó su cabeza como una bola de luz blanca en mitad de la penumbra nocturna, un resplandor parecido al que se filtraba por las rendijas que quedaban entre las raíces metálicas y el soporte de acero en el que se hundían. Visto así, el bosque parecía un escenario encantado por el que paseaban etéreos seres feéricos. Se sentiría más inmerso en esa fantasía si no fuese por el constante ronroneo eléctrico, que de alguna forma resaltaba la impecable simetría de las ramas de aquellos generadores TO2F y a la vez hacía que sintiese más recia la dureza del asfalto bajo sus pies.

Se secó la humedad de la frente con la manga, arañándose con una palanca del brazalete. Ojalá el reloj de aquel trasto no hubiese dejado de funcionar; así tendría alguna forma de calcular cuánto tiempo llevaba caminando por la arboleda. Dejándose hipnotizar por la cuadricula perfecta de luces que se prolongaba hasta el punto de vértigo que su vista dejaba de alcanzar, pensó que ya no tenía ninguna prisa. Maniobró con la mano izquierda en uno de sus bolsillos, atrapando el objeto que buscaba entre los pliegues de tela. Giró aquel viejo phonis en la mano examinando de nuevo cada ángulo de su rudimentario diseño. Le hubiera gustado saber en qué siglo había sido fabricado; nunca había tenido demasiada memoria para retener ese tipo de cosas. Presionó uno de los dos botones que comprendían toda la interfaz del aparato; el botón permaneció hundido mientras un ruido de fondo chasqueaba a través de los altavoces medio obstruidos por la suciedad. Escuchó otra vez el mensaje grabado, reproduciéndolo de memoria en su cabeza al mismo tiempo.

El audio comenzaba con una nota firme y vibrátil entonada por una voz extraña que le despertaba cosquillas en la espalda. La nota se desdoblaba en dos, luego en tres, quizás en cuatro, hasta formar una armonía de sonidos que se trenzaban en un inquietante cántico fuera de cualquier compás distinguible. Las líneas volvían después a ordenarse y se fusionaban en un solo sonido que terminaba por extinguirse. Antes de que el audio finalizase, lo que parecían dos voces hablando en un perfecto unísono entonaron una última melodía más corta; a duras penas, identificó las sílabas «an-uir-on-el-fa-sis». El ruido de fondo se cortó y el botón pulsado saltó hasta su posición inicial.

Volvió a reproducir el mensaje. «An-uir-on-el-fa-sis», recitó mentalmente al final de la grabación. Oyó el mensaje una vez más antes de guardar el aparato, decidiendo que no debía desafiar al aguante de la batería de aquella antigualla. Miró de reojo los toscos garabatos de tinta azul que llevaba dibujados en la piel del dorso de la mano, desde la muñeca hasta los nudillos.

En algún momento de la noche, pronto o tardío, algo perturbó el orden narcótico de la línea de luces del horizonte: se aproximaba al límite de la arboleda, o al menos una de esas vías la interrumpía de lado a lado. Se apartó del centro del camino para avanzar camuflado cerca de los árboles. Agarró la máscara que pendía de su cuello y se la colocó; técnicamente debería tenerla puesta todo el tiempo, pero la comodidad de llevar la cara descubierta durante un rato había sido demasiado apetecible. Decidió ponerse también los guantes; los garabatos quedaron escondidos bajo la gruesa capa de material aislante.

Escudándose de un tronco a otro, examinó desde lejos la intersección. Aquel no era un camino de tránsito entre áreas de replantación como los que venía recorriendo, sino una vía principal, ancha y bien pavimentada, que se elevaba respecto al terreno de las arboledas. Todo indicaba que iba en la dirección correcta. Con una zancada, puso un pie en la pendiente que subía hasta la vía con la intención de impulsarse, pero se detuvo al detectar de pronto un suave ruido de fricción acercándose veloz desde la izquierda. Sin vacilar, saltó hacia el TO2F más cercano, abrazándose al frío metal del tronco y agazapándose para esconderse detrás.

Incluso el deslizamiento ultra-silencioso del vehículo parecía estridente en comparación con el ronroneo débil del bosque, y la silueta voluminosa de la furgoneta que surcó la vía principal terminó de aplastar cualquier remanente de quietud que pudiese quedar en pie. La carrocería negra parecía absorber incluso el reflejo de las luces sobre la pintura; únicamente una gran cruz escarlata sobresalía en medio del lienzo oscuro junto a la puerta del copiloto. Intentando asomarse sin ser descubierto, siguió aquel símbolo rojo con la mirada. Incluso le pareció oír desde allí el lamento de los heridos que probablemente yacían en la parte trasera del vehículo rezando por que el viaje hasta el Centro de Asistencia Médica terminase cuanto antes. Se dio cuenta de que en algún momento se había quitado inconscientemente el guante derecho y bajó la mirada hacia su mano desnuda. Giró la palma hacia arriba y flexionó los tres dedos que le quedaban, aunque continuaba sintiendo el movimiento del anular y el meñique allá donde solo quedaban huecos vacíos al final de dos muñones a duras penas curados. Se tocó el lugar en el que antes también solía estar el lóbulo de su oreja derecha, donde ahora solo pendía un pequeño amasijo de carne blanda. Aún muy cerca, la batería de la furgoneta de auxilio se alejaba arrastrando un rugido ahogado que no cesaba. «An-uir-on-el-fa-sis», su lengua danzó dentro de la boca al compás de las seis sílabas sin emitir ruido. Se obligó a ponerse el guante, notando los dos vacíos sin rellenar incluso más que la primera vez, y clavó la vista en sus propias botas hasta que el ruido se apagó del todo. Tomó aire hondamente y se encaramó a la vía principal de un salto, atravesándola a la carrera.

No reconoció el área de replantación del otro lado; debía de ser una ampliación nueva. Se percató de que los árboles eran diferentes, de tronco más delgado y ramificaciones más numerosas. Seguramente se tratase de los famosos TO2G: durante los últimos meses, no habían parado de bombardearlos con imágenes del novedoso modelo de generador, más eficiente y silencioso. A simple vista, aparte del tamaño, no parecía haber mucha diferencia con los TO2F, ni siquiera en su resplandor blanco ni en el color del metal de revestimiento. Se preguntó si nadie se había planteado la opción de pintarlos de verde.

Tal y como había calculado, pronto se topó con una valla metálica. Se impulsó de un salto y ancló los dedos entre varios huecos de la reja, a unos palmos sobre su cabeza; había olvidado que ahora carecía de dos de los soportes, así que la mano derecha se le soltó, quedando colgado de la izquierda aparatosamente. Pataleó intentando estabilizarse hasta que pudo asirse de nuevo; se tomó unos segundos para evaluar el balance de su peso entre las cuatro extremidades y respiró hondo antes de continuar trepando. Tardó un poco más de lo calculado en saltar al otro lado, pero se tranquilizó pensando que ya no tenía ninguna prisa.

Avanzó por el gran desierto de asfalto rumbo a los lejanos focos de la ciudad, intensos como cúmulos de estrellas caídas al final de la vasta llanura negra, que propagaban una gran nube de luminiscencia desde la línea del horizonte hasta el firmamento. El aire era sofocante fuera de las replantaciones y le quemaba la garganta incluso a través del filtro de la máscara, pero el crujido de sus botas irrumpía como un chapoteo agradable en el mar de silencio. Ninguna luz cercana le abría camino en la nocturnidad, pero prefirió no encender la linterna; se contentó con caminar a ciegas, poniendo fe en la llaneza del terreno. Era solo una más de esas ocasiones en las que evocaba las recurrentes palabras del Maestro en una de sus lecciones: «Cuando sientas que empiezas a vacilar, cierra los ojos y hazlo rápido». Caminar en la noche era como caminar con los ojos cerrados. Le gustaba deleitarse pensando que todo cuando ocurría cuando cerraba los ojos podría no suceder de verdad, sino ser tan solo parte de un sueño.

Sus pies lo llevaron hasta los primeros faroles que cercaban las afueras del distrito sur. Contempló la silueta de los bajos edificios destartalados, presididos desde la lejanía por los esbeltos rascacielos con cada costado revestido de carteles lumínicos y transmisiones coloridas de gigantescas imágenes en movimiento. El murmullo distante de la ciudad le sacó de su letargo; debía permanecer muy alerta llegado aquel punto. Ya lindando las primeras casas envueltas en un halo de abandono, escuchó atento; todo lo que percibía eran ecos remotos del circular de los vehículos, sin voces, sin tránsito humano. Ya debía de haber pasado la hora del toque de queda. El punto más cercano de acceso a las arterias de la urbe estaba a unas manzanas: muy cerca en términos de distancia, pero demasiado lejos si pensaba en el número de tanques que se interpondrían en el camino. Se sirvió de una esquina para escudriñar las cercanías a escondidas. No percibió vehículos en las proximidades, así que corrió hasta un saliente del siguiente edificio, refugiándose en el rincón que más lograba escapar de la iluminación. Logró avanzar dos manzanas completas sin encontrar a nadie a su paso. Se preguntó si alguien estaría observándole en aquel instante por la ventana desde el resguardo de su hogar, igual que él solía hacer cada noche antes de que pasase lo de la Ley S-10 y tuviera que marcharse.

En un descuido, se lanzó dispuesto a cruzar la calzada justo cuando una figura metalizada aparecía tras una esquina. Quebró hacia atrás el impulso de su zancada, abalanzándose hacia un contenedor para esconderse. La velocidad hizo que aterrizase violentamente en el suelo tras el maloliente depósito; se acurrucó contra su pared roñosa, haciendo hueco con las botas entre los trozos de cristales rotos. Mientras sentía el arañazo en la nuca del chirriar de las ruedas desfilando por la calle de atrás, mantuvo la posición rígida en su escondite y clavó la vista en una enorme pantalla que se alzaba sobre los tejados. El murmullo continuó de lado a lado mientras clavaba la vista en la animación muda mostrándole imágenes de centenares de TO2G clavándose en un suelo árido, del logo danzante del Comercio Abierto Intermundial, de montañas de terablûa agitándose al son de la lenta fricción del tanque, que le cosquilleaba en el oído.

Ya sentía los ojos irritados por el resplandor de la pantalla cuando el silencio regresó. Pestañeó fuerte, se incorporó de un salto y continuó.

No tardó en llegar hasta el punto de acceso a las arterias. Escondido tras una parada de bus, observó la estructura cupular de hormigón custodiada por dos personas ataviadas con el reconocible uniforme de oficial de vigilancia. Llevaban sus armas reglamentarias, dos AK20, sujetas a la vista. Por las circunstancias, había albergado esperanzas de encontrar la entrada desprotegida, pero al parecer había sido una expectativa demasiado ingenua. Repasó mentalmente el plan B y retrocedió para deslizarse por un callejón cercano.

Sorteó una barricada de contenedores, dando gracias a la máscara que hacía soportable aquel hedor. Localizó una de las ventanas tapiadas con tablas que quedaban orientadas hacia la calleja. Agarró el tercer barrote de la reja oxidada, el que estaba suelto, y lo arrancó para usarlo como palanca y levantar la tapa de alcantarilla redonda del pavimento. Después de devolver la herramienta a su lugar, se deslizó por la abertura y se descolgó por la escalera de mano, volviendo a encajar el disco metálico en su hueco desde abajo. Descendió entonces hacia las profundidades, hasta plantar los pies en el suelo de piedra pulida.

Echó a andar por los túneles del alcantarillado, siguiendo el silente cauce de aguas desechables.

Aquella red subterránea había sido su reino, un mundo de soledad cimentado sobre ruinas. Conocía todos sus secretos como podría visualizar con los ojos cerrados cada lunar de su propio cuerpo. Desde que pasó lo de la S-10, Blaar y él se habían refugiado en aquel laberinto cada vez que las intensivas jornadas de Instrucción se lo permitían, convirtiendo aquellos ratos libres en aventuras. Hubiera preferido no regresar allí sin Blaar.

Los fluorescentes de los muros proyectaban una enorme réplica sombría de sí mismo en el otro lado del túnel, desfigurada por la curvatura de las paredes. Las escurridizas ratas que huían de él también participaban en aquel juego de sombras, pareciendo sus siluetas horribles monstruosidades. Incluso sentiría miedo de aquellas aberraciones si no fuese porque su propia figura se cernía y gobernaba sobre los demás engendros.

En aquel momento de delirio, se percató de que una segunda sombra más alta que la suya había hecho aparición en la pared opuesta. Dejó de andar en seco; la segunda sombra lo imitó. Giró veloz sobre sus talones y acercó instintivamente la mano derecha al costado izquierdo.

No era la primera vez que veía uno de ellos, pero encontrarlo en aquel lugar era como una alarma rasgando el silencio, una mancha de sangre en una pared blanca. No era especialmente grande para los de su especie; era un espécimen estándar, una copia de la imagen prototipo que mostraban los ebooks de texto, los documentales, la propaganda del Comercio Abierto. Los datos se amontonaron como balas en su memoria: orä-li, base de carstenio, bípedos, pelo pardo por toda la piel, posición erguida, complejo aparato fonador, manos hábiles, cola contráctil, aspecto humanoide, terablûa, Verdadero Planeta Azul, bomba-Ɣa. Era un espécimen más, igual a todos los que había visto en su vida, pero aquella criatura no debería estar allí, no en sus túneles, no en su planeta. Desafiando todo orden, ahí estaban aquellos enormes ojos de alimaña nocturna, castigadores heraldos de venganza.

Debía mantener la calma. «Agárrate siempre a la lógica», decía el Maestro. Aquel espécimen de orä·li no podía ser más que un fugitivo de los Campos, y eso quería decir que probablemente habría más rondado por allí en libertad. Dio un par de pasos lentos de espaldas; entonces, se giró y corrió.

Intentó despistar el rastro del orä-li al mismo tiempo que trataba de atisbar cualquier indicio de la presencia de otros. Corrió confiando en que lo intrincado del alcantarillado jugaría a su favor. Su objetivo era llegar hasta la entrada secreta que solo Blaar y él conocían; no estaba muy lejos. Sin embargo, al llegar a la esquina del túnel que le daba el acceso más rápido, descubrió que los muros estaban sembrados de sombras humanoides correteando por aquel tramo. Viró y retrocedió de inmediato, pero antes de alejarse aún tuvo tiempo de ver cómo las cabezas de aquellas sombras se giraban con brusquedad, alertadas por su presencia. Oyó el silbido de una voz aguda que le perforó la sien.

Entonces, su propio laberinto se rebeló contra él. Allá donde había gobernado sobre cada giro y recoveco, una nueva sombra se alzaba y lo obligaba a replegarse. En las esquinas que solía dominar como a su propia creación aparecían siluetas hirsutas y corpulentas que clavaban las pupilas verticales en su figura huidiza. La cargada atmósfera de las cloacas se saturó con el eco de los arañazos y el repiqueteo de patas depredadoras contra el empedrado, y un coro endiablado de mil gemidos punzantes vibró contra los muros de piedra e inflamó las estancias subterráneas con las llamas de aquel son de muerte.

Sus ojos, a duras penas capaces de asimilar los alrededores en medio de la tormenta de gritos, se clavaron en un bidón vacío tirado en un rincón. Se atrincheró detrás, encogiéndose cuanto pudo. Había perdido la cuenta de cuántas criaturas había visto; bien podrían haber sido cien o bien una sola que le perseguía incansable. No podía pensar en frío con aquel ruido, tan solo desear que los cánticos terminasen.

Aunque tardó en suceder, el silencio terminó por acallar los gritos, como si la jauría depredadora hubiese alcanzado ya a su presa o le estuviese concediendo un tiempo de ventaja. Permaneció oculto sin bajar la guardia. A pesar de que el mecanismo de su máscara contenía un sistema silenciador, le costaba discernir desde su posición si aquel suave siseo que comenzaba a distinguir era fruto de su propio aliento o de pasos descalzos en las cercanías. Con la vista inmóvil en la herrumbre del bidón, trató de identificar más señales delatoras, y en ese momento detectó de reojo un leve cambio en el ángulo de incidencia de la luz. «Cierra los ojos y hazlo rápido», aunque se había prometido no volver a hacerlo. Muy despacio, se quitó los guantes y se los guardó. Llevó la mano derecha al costado izquierdo, agarró la empuñadura de su AK29 y giró sobre los talones para incorporarse con firmeza, saliendo de su trinchera y apuntando directamente al orä-li.

Una vez más, había olvidado sus dedos ausentes, por lo que casi tuvo que hacer malabarismos para no dejar caer el arma. Pero aquella criatura no reaccionó más que ante su repentina aparición desde detrás del bidón; a juzgar por su expresión, no parecía reconocer el peligro que suponía aquel cañón que le apuntaba directo a la cara a apenas un metro de distancia. Aquel pequeño orä-li no había visto un arma en su vida. «Es un niño», pensó. Perdió la noción del momento en el brillo inocente de aquellas pupilas negras, dos rendijas envueltas en verdor primero, dos orondos púlsares de oscuridad después. «Cierra los ojos y hazlo rápido», pero Blaar ya no estaba allí y todo había cambiado desde entonces. Nunca antes había visto a un niño orä-li. Soltó la mano izquierda del arma, dejándola tambaleándose sobre los tres dedos, y se quitó la máscara. Muy lento, bajó el arma y dio un paso hacia la criatura.

La aparición de una frenética masa de pelambrera negra lo pilló desprevenido, por lo que no tuvo tiempo de apartarse antes de que la enorme cabeza de aquel segundo orä-li, que abrazaba ahora a la cría con todo el cuerpo, se inclinase a un palmo de su cara. Mostrando las dos hileras de dientes como cristales rotos, hinchó el pecho y lanzó un acorde de gélidos chillidos múltiples que le caló hasta la columna. El arma se le escurrió y colisionó contra el suelo.

Cerró con fuerza los párpados y gritó:

—¡An-uir-on-el-fa-sis!

Oyó un respingo seguido de un pesado silencio antes de abrir los ojos. Ambos le miraban, niño y adulto, desorientado el primero y profundamente contrariado el segundo. Se esforzó en hacer memoria e intentó atinar mejor su pronunciación:

Hannuir on-elphasis —entonó lentamente.

Hizo un amago de mover la mano no mutilada hasta el bolsillo del chaleco, pero la detuvo ante el chirrido agresivo del orä-li adulto. Decelerando, logró alcanzar el phonis y lo alzó bajo la asombrada mirada de la criatura. Presionó el botón de reproducir y dejó que la marchita melodía resonase en las paredes pétreas del túnel.

Cuando la emisión terminó, el adulto soltó al niño y se acercó, abandonando las maneras defensivas. Se encorvó aún más para situar la cara junto al phonis y lo examinó sin tocarlo. Su mirada desconfiada pasó del artefacto a la mano que lo sostenía, atendiendo a los garabatos trazados en ella. Por último, la vista de la criatura se movió hasta sus propios ojos y allí quedó suspendida, juzgándola en un silencio meditabundo. Entonces, descubrió algo que los ebooks de texto no recogían: los ojos de un orä-li se volvían de un color más claro cuando se llenaban de lágrimas.

La criatura se giró entonces; agarró a la cría y se la colocó en la espalda, y así se acercó al cauce de aguas fecales para salvar de un salto la distancia hasta la otra orilla. Allí, recorrió el corredor pasando su mano negra por las grietas de las paredes hasta que se detuvo llegado cierto punto. Asió con las uñas la periferia de una de las rocas del muro y ésta se desprendió dejando al descubierto un hueco abierto. Depositó la roca en el suelo, se volvió para mirarle un instante y se escurrió como una brisa hacia las sombras.

Él no dudó a la hora de aceptar aquella ayuda inesperada. Volvió a guardarse el phonis y el arma, se ajustó la máscara y se apresuró a ponerse en marcha. Sus piernas no le permitían saltar tanta distancia, así que tuvo que atravesar las aguas turbulentas, embarrándose de cintura para abajo, antes de introducirse en aquel agujero irregular y arrastrarse hacia el basto túnel de ventilación que le esperaba al otro lado.

No tuvo que gatear durante demasiado rato por aquel claustrofóbico cubículo hasta que sus manos palparon una rejilla. Examinó entre los huecos lo que pudo atisbar de la estancia que había abajo y comprobó que no había nadie allí, así que maniobró hasta lograr abrir la portezuela y se descolgó para dejarse caer sobre el suelo de aquel corredor desértico.

Aunque la luz del techo estaba encendida, ninguna otra habitación parecía encontrarse iluminada a juzgar por el halo oscuro que se distinguía en las rendijas de las puertas cerradas. Caminó pasillo adelante intentando encontrar sentido al amasijo de palabras de sonoridad rotunda y significado difuso —Ómicas, Biología molecular, Anatomía exterior— impresas en los carteles colgados junto a los marcos.

Frenó en seco al oír unas voces humanas. Había una puerta abierta hacia el final del pasillo, a la que se acercó con sigilo a la escucha.

—No quiero ni mirar las noticias —oyó—. Ya nos enteraremos cuando nos llegue la notificación de reubicación del personal. Ya me veo separando mierdas secas de perro de hierbas fosilizadas con los de Fisiología vegetal interior.

—No seas catastrofista. A nosotros esto no nos va a afectar para nada.

—¿Cómo que no? ¿Acaso has visto que hoy haya aparecido alguien por aquí, aparte de ti y de mí? Te diré dónde están todos: en sus casas, pendientes de lo que está ocurriendo con la bomba-Ɣa. Ahora mismo tenemos cien especímenes de orä-li en los Campos, solamente cien y disminuyendo, porque los de Zoología exterior no consiguen que se apareen. Y ahora nos enteramos de que probablemente serán los últimos cien que veremos jamás.

—Dices eso porque te empeñas en que la bomba ha matado a todos los demás, cuando no es así.

—Y un cuerno. No habrá quedado ni uno vivo. ¿No has leído lo que cuentan sobre esa bomba? Dicen que los núcleos de Ɣalio desencadenan una explosión cien veces más potente que la de la bomba-H. Dicen que el planeta se habría quedado en los huesos si tuviese alguno. Pelado, arrasado. Si esos bichos supiesen que el elemento que los ha matado fue descubierto en su propia atmósfera…

—Todo eso es lo que nos cuentan en la propaganda. Pero ¿acaso no ves qué pasa con los soldados? Todos los militares está ahora mismo o bien haciendo de niñeros por las calles o bien aglutinados en la base espacial, llenando esas naves que van y vienen constantemente hacia Veraterablûa. Los envían a capturar a los orä-li que quedan vivos.

—No. Los envían a por terablûa. La guerra empezó porque los del Comercio Intermundial no creían que fuera suficiente con comprarles arrobas de tierra azul por cuatro pelas, y los inútiles del gobierno creyeron mucho más diplomático masacrar el planeta y llevarse su peso en terablûa.

—Qué fácilmente resumes lo que han sido años de negociaciones. Mira, la idea de que envíen a todo un ejército a otro planeta para recoger sacos de tierra es ridícula. Lo de la bomba no ha sido para conseguir terablûa porque, en eso estoy de acuerdo contigo, los del gobierno son tan inútiles que aún no saben qué hacer con ella. Sin las frecuencias exactas del canto de los orä-li, la tierra azul no es fértil. Y, sin tierra azul, los orä-li no les interesan. Si se dignasen a aumentarnos el presupuesto a los de I+D+i, a lo mejor lograríamos resultados decentes y no la mierda de brotes que hemos conseguido hasta ahora.

La sensación de pérdida de tiempo comenzó a molestarle; tenía que salir de aquel lugar y seguir su camino. Se alejó de las voces, virando hacia una intersección que se abría en un nuevo pasillo. Una puerta de emergencia aguardaba al fondo: sin embargo, sus pasos se detuvieron vacilantes delante de otro portón lateral cerrado con un mecanismo de rueda.

«Campo de Concentración Biológica A. Área de Ingeniería vegetal».

Sus manos tomaron la decisión por él. Asieron y giraron la rueda hasta que la puerta se movió levemente sobre sus goznes. Se coló en el interior por el hueco abierto.

La estancia que aquella puerta custodiaba difería radicalmente del pasillo aséptico de los laboratorios. Volvió a quitarse la máscara para evitar cualquier barrera que le obstaculizase la vista. Lo que le impactó no fue la extrañeza de los haces cegadores de luz estelar eléctrica que colgaban a ambos lados de la pasarela de baldosas negras que cruzaba la sala. Tampoco los altavoces que reproducían desde las paredes una pieza orquestal, sucediéndose sin orden en su cabeza nombres pretéritos como Mozart o Beethoven. Tampoco fue el relieve de montículos que cubrían todo el suelo a los lados del camino, formados por surcos de tierra de un azul intenso, a pesar de que la visión de aquel color le evocó una sensación de vértigo en el estómago. Lo que robó su atención fueron las espigas de madera que brotaban de la terablûa por todo el terreno, desiguales y asimétricas, elevándose unos palmos hasta culminar en unas escasas ramificaciones de las que pendían tiernas lágrimas verdes. Aquello debían de ser árboles terrestres: árboles incipientes, diminutos, pero árboles reales, biológicos, árboles durmientes que vivían y respiraban. Como los de las fotos antiguas, los de antes de las replantaciones y los TO2.

Caminó por la pasarela hasta adentrarse en la siguiente sala. Aunque el camino no cesaba, los cultivos dieron paso a extrañas naves de hormigón y yeso, carentes de cualquier abertura excepto las puertas de alta seguridad cerradas que las conectaban con aquel corredor. De alguna forma se asemejaban a un ejército de cubos blancos que custodiaban el paso en un silencio amenazador. Del interior de una de las naves cercanas, respondiendo tal vez al ruido de sus pasos, dos voces —o quizá una sola— oscilaron en un vibrato súbito. A ellas se le sumaron otros aullidos desde el resto de celdas, cubriendo toda clase de registros, amoldándose a la cadencia de los demás; juntos se aunaron en una melodía entrelazada que recordaba a un lamento moldeado en forma de afligida canción. A pesar de compartir una afinación impecable, nada tenían que ver aquel sonido celestial y los cánticos infernales y agudos que le habían acechado antes en las cloacas. Recordó una de las letanías del Maestro allá durante las primeras semanas después de que lo reclutasen tras lo de la Ley S-10. «Los orä-li poseen un complejo aparato fonador con cuerdas vocales múltiples; únicamente se comunican entre ellos y con su ecosistema emitiendo ondas periódicas afinadas. Para nosotros, es como si cantasen continuamente con voces polifónicas. Aunque su vocabulario se compone de fonemas limitados, su gama de expresividad se basa en la melodía de las frases: la frecuencia, la entonación, el volumen, el ritmo… Si alguna vez oís a algún orä-li cantar, tened muy presente que cualquier variación imperceptible para nuestro oído puede estar transmitiendo cantidades ingentes de información».

El influjo del cantar multitudinario de los reclusos hizo que desease huir de aquel lugar. Regresó a la sala de los árboles reales, donde la transmisión de música clásica había sido sustituida de forma automática por una emisión en directo del canto de los orä-li cautivos. Salió de los laboratorios y ascendió al trote por la escalera de emergencia que había al otro lado de la puerta. Cubrió bien su identidad con la máscara y los guantes antes de atravesar el pórtico del final de la escalera, que le condujo a su vez hacia otra, de caracol.

Ascendió hasta un corredor de aspecto cotidiano, de una extensión tal que no alcanzaba a ver la pared del final. No encontró a nadie transitando por la zona en aquellos momentos. «Todos los militares están ahora mismo o bien haciendo de niñeros por las calles o bien aglutinados en la base espacial, llenando esas naves que van y vuelven constantemente hacia Veraterablûa». Si aquello era cierto, parecía que la suerte le sonreía en cierto modo, pero dudaba que pasase demasiado tiempo sin que alguien se cruzase en su camino. «Cierra los ojos y hazlo rápido». Debía seguir su mantra a pesar de que el Maestro ya no estuviera, ni tampoco Blaar. Se ajustó los ropajes y echó a andar irguiéndose tanto como le permitían sus miembros maltrechos.

Le dio la sensación de que solo había transcurrido un minuto hasta que avistó en la lejanía a una persona uniformada acercándose en su dirección. Ralentizó la respiración y por unos instantes olvidó cómo caminar de forma normal, pareciéndole que se desplazaba sobre los pies de forma artificiosa. A medida que se acercaba, se percató de que el soldado llevaba la máscara quitada y el recuerdo de que las arterias estaban acondicionadas con una atmósfera favorable para la respiración humana le pateó las entrañas. Todos los militares llevaban el rostro descubierto allí dentro; su apariencia iba a llamar la atención de aquel hombre. Pero ya no tenía otra opción que seguir adelante y fingir normalidad.

Pero el soldado pasó a su lado y siguió su camino sin ni siquiera mirarlo. Cuando lo oyó alejarse, la presión de su pecho le obligó a dejar escapar todo el aire en un jadeo de alivio antes de recomponerse y descubrirse la cara por si surgían más encontronazos como aquel.

Durante el resto de su marcha hacia la base de la lanzadera subterránea, no encontró más que otros dos militares indiferentes. No había nadie vigilando el control automático de pasajeros, así que apoyó el dedo índice sobre la pantalla del dispositivo, que se iluminó. La portezuela corredera se deslizó a un lado, dejándole paso al interior del vagón. Todos los asientos estaban vacíos. Se dejó caer en uno de aquellos bultos ergonómicos esperando en silencio. Nadie más llegó a montar en la lanzadera antes de que el vagón arrancara con un suave deslizamiento y acelerara en su raíl para atravesar las arterias de la ciudad.

Notó el sistema de frenado al final del trayecto y contuvo la sacudida de la inercia. En seguida oyó la algarabía de la multitud en el exterior. Cuando las puertas de la lanzadera se abrieron, salió al andén y pasó por la portezuela automática para abandonar la estación, mezclándose con la multitud uniformada que abarrotaba la gran antesala del área de transporte de la Base Espacial.

El caos era demasiado excesivo como para no dispersar su atención. Jaurías de soldados corrían hacia unas y otras direcciones, y allá donde posaba la vista veía cuadrillas colisionando por accidente y oía órdenes que se ahogaban en el griterío. Esquivó a una mujer que avanzaba de espaldas suplicando paso para los heridos, y se hizo un hueco a codazos para apartarse y dejar circular a la ristra de camillas. Las deformidades que contempló en los cuerpos transportados, los cuales se retorcían y gemían envueltos en una pasta viscosa de sangre y vendas, le evocaron la imagen de los orä-li en el campo de batalla. Orä-li, bípedos, cola contráctil, manos hábiles, dientes de sierra, hipertrofia muscular, complejo aparato fonador, no inteligentes, primitivos, instinto de caza, asesinos. El niño orä-li, los árboles biológicos, Blaar, Veraterablûa, el phonis, «hannuir on-elphasis».

Luchó contra la marea embravecida de personas, intentando dirigirse a la estación de despegue. No veía más que torsos sucediéndose a cuantos dejaba atrás en su afán por avanzar. El arma, el brazalete, la máscara y cualquier otro objeto que llevase encima se enganchaban sin parar en pliegues de tela y correas de cuero, que le arrastraban hacia atrás y le zarandeaban. Supo cuándo había llegado al ala de embarque porque la gente en derredor comenzó a desplazarse como una marea en la misma dirección que él. Galopó junto con los demás en estampida hacia el control de acceso a las naves. Frenó y se colocó en el último lugar de una de las tres filas formadas. La cola avanzaba muy deprisa; recapituló la información que conocía sobre las naves marciales y recordó que tenían cabida para 700 pasajeros, 710 si se llenaba el compartimento reservado para personal de soporte. Le llegó el turno al soldado que le precedía, quien fue cacheado por una de las dos vigilantes de seguridad encargadas de aquella cola mientras la otra comprobaba sus armas. Le dieron el visto bueno y el hombre se adentró en el puente de embarque. La examinadora de armas lo miró directamente y le invitó a acercarse con un gesto. Tragó saliva.

No había terminado de tenderle la AK29 cuando la vigilante le clavó los dedos en el hombro.

—¿Qué haces en este estado? —interrogó. Le escudriñó, deteniéndose a mirar los pantalones llenos de porquería acartonada. Le pinzó la barbilla y le obligó a girar la cara—. A este le falta una oreja. Y dos dedos. No has pasado por el Centro de Asistencia Médica. ¿O sí? El tejido de ambas zonas parece a medio regenerar. ¿Has dejado a medias un tratamiento con totipotentes?

No abrió la boca. La otra vigilante cacheó su uniforme y sus manos se congelaron palpando la forma del phonis a través del bolsillo.

—¿Por qué estás aquí? ¿Acaso te has escapado del Centro Médico? —volvió a arremeter la primera soltándole la barbilla—. Sabes que eso es una infracción de la ley, ¿verdad?

—No te ofusques, Ava —interrumpió la segunda vigilante—. Está claro que este soldado acaba de volver herido de Veraterablûa y está desorientado. Ven, te acompañaré hacia las furgonetas de auxilio.

Aquella mujer puso un brazo sobre sus hombros y lo condujo lejos de su compañera y del resto de soldados, lejos del puente de embarque, lejos de su objetivo.

Mientras se alejaban del control, le habló en voz baja y sin soltarle.

—No sé quién eres ni de qué te servirá volver al planeta —dijo—, no lo entiendo ni lo pretendo, pero quiero que sepas que yo lo conocí; conocí al niño soldado que tenía ese phonis que llevas contigo. He reconocido las indicaciones escritas en tu mano. Yo los entiendo, a los orä-li, entiendo su idioma. Pertenezco al sector de traductores del ejército. Aquel niño también conocía su lenguaje por algún motivo.

«Blaar».

—Lo conocí durante un traslado de especímenes —continuó—. Lo vi entablar conversación con un orä-li enjaulado. Hablaron sobre muchas cosas, sobre vida, muerte y guerra. Al final la criatura le dio un phonis a ese niño, quién sabe de dónde habría sacado esa reliquia, y le escribió unas instrucciones en papel, el único trozo de papel que he visto en décadas. Ahora los tienes tú, tanto el phonis como las indicaciones, y no alcanzo a entender cómo.

«Los cogí de su cadáver», quiso decir en voz alta. «Estábamos luchando juntos en Veraterablûa. Iban a detonar la gran bomba y estábamos en plena evacuación, pero él quería quedarse en el planeta y se negaba a escucharme. Intenté impedírselo a la fuerza disparándole en la pierna. Quise cerrar los ojos y hacerlo rápido, pero erré el tiro…». No le salió la voz.

No se dio cuenta de que la vigilante lo había conducido discretamente hasta otra pasarela de embarque, apartada de toda multitud, hasta que notó que le soltaba los hombros.

—Tienes media hora para embarcar y evitar que te pillen antes de que se inicie el despegue —murmuró ella—. Creo que nada de lo que pueda decirte podrá calar más hondo que todo lo que ya hemos visto. Tú no deberías estar sufriendo todo esto, pero al fin y al cabo ya nada importa, ¿verdad? Hemos cruzado la línea y tú, a diferencia de mí, has visto el otro lado antes de que lo exterminásemos.

Antes de darse la vuelta y marcharse, dejándole solo ante aquel viaje sin retorno, la mujer asintió con la cabeza y susurró:

—Mucha suerte, soldado.

Ya a solas, se permitió un breve alto para contemplar al gigante metálico que se elevaba desde el suelo, el coloso que le haría volar hasta el otro rincón del universo. Su rumbo se había desviado de forma imprevisible, pero al final había acabado justo en el lugar que quería. Una vez más, pasó bajo las impotentes puertas de embarque. Ocupó su lugar en uno de los diez asientos vacíos y conectó todos los sistemas de seguridad, dejando que las falanges mecánicas abrazasen su cuerpo y lo inmovilizasen. Se limitó a mirar al infinito durante largo rato, hasta que el ruido del mecanismo interno de la nave poniéndose en marcha dio el aviso de partida. Cuando el gigante intergaláctico abandonó la base hacia las alturas, cerró los ojos, apretó los dientes y aguantó con estoicismo la tormenta auditiva y la violencia de la aceleración.

Tras abandonar la atmósfera y alcanzar el exterior, se permitió abrir los ojos y disfrutar de la imagen en las pantallas de la Tierra haciéndose diminuta. Viajaron lejos, muy lejos. Parecieron tardar más de lo normal en llegar hasta el Agujero, pero daba igual; ya no tenía ninguna prisa. La sensación de desmaterialización nunca era agradable. Procuró relajarse y aguantó la angustia del salto hasta que la nave llegó al otro lado.

Entonces la vio: la esfera añil como cristal pulido, flotando en la inmensidad. La última vez que había abandonado aquel mundo había alcanzado a ver la gran explosión desde allí mismo; ahora regresaba a contemplar su tumba. Veraterablûa, el Verdadero Planeta Azul.

Aterrizaron en la superficie de la mole cristalina. Las pantallas se apagaron y, poco después, el estruendo cesó. Esperó un tiempo prudencial hasta que dejó de oír el traqueteo de los soldados abandonando sus puestos. Se despojó del sistema de seguridad y giró la rueda de la compuerta, escudándose de la bofetada de frío tras la insuficiente máscara.

Las espaldas de decenas de figuras envueltas en voluminosos trajes se alejaban de la nave hacia la base militar, dejando a su paso un centenar de huellas grabadas en la tierra. Evitó seguir aquel rastro y dejó atrás toda presencia humana, adentrándose en la noche de Veraterablûa.

El haz de la linterna de su brazalete apenas podía abarcar una pequeña parte de aquel océano de dunas azules. No quedaba ni un vestigio de los árboles colosales, de las selvas que resplandecían en la oscuridad tiñendo las noches con un azafrán salvaje, de las aldeas colgantes en ramas robustas, los puentes, los acueductos, las esculturas, las granjas de animales de aspecto onírico, la civilización construida sobre los cimientos de una canción milenaria. Ya no quedaba ni siquiera el eco de la algarabía de los insectos, del murmurar de lo vivo. Tan solo encontró a su paso aquel espejo ondeante, el mar seco que quedaba tras el fin del mundo, el cadáver de un planeta que solo albergaba más cuerpos en descomposición sumergidos en polvo y cenizas.

El brazalete emitía un pitido cada dos segundos. La geolocalización traducía automáticamente en la pantalla sus coordenadas al sistema orä-li basado en la posición de las estrellas. Impreciso, pero suficiente. Caminó contra la corriente interminable de frío tumulario, comprobando cada pocos pasos que su posición estuviese aproximándose a las indicadas en el dorso de su mano. Tosió fuertemente. El filtro de la mascarilla no era suficiente para impedir la entrada del Ɣalio tóxico, pero eso aún le dejaba unas horas por delante.

No necesitó ningún reloj para saber que había perdido mucho tiempo hasta alcanzar las coordenadas correctas. La batería del brazalete comenzó a demandar recarga. Ahora debía encontrar el lugar exacto. «El paso de la montaña, entrada a tres metros bajo tierra, seguir túnel»; llevaba escritos los símbolos orä-li justo encima de su traducción. Reconoció, alzándose justo delante, el esqueleto de lo que había sido la montaña. Se recordó a sí mismo admirándola desde las trincheras junto a Blaar. Alcanzó la brecha que quebraba el monte en dos y trepó por los montículos de piedra hasta que dio con un hueco oscuro que descendía al subsuelo.

Se deslizó madriguera abajo y reptó por el estrecho túnel adentrándose más y más en las profundidades. La linterna parpadeó. Se dejó caer en la amplitud de una cavidad no excesivamente espaciosa, pero suficiente para permitirle ponerse en pie. El relieve rocoso de la cueva parecía firme y el aire era cálido como un abrazo sobre los hombros. Ya costaba respirar.

Como arrullada por lo reconfortante del refugio, la luz del brazalete se apagó paulatinamente hasta morir, entregándole por completo a la oscuridad; entonces, quedó a solas con el sonido de su propio aliento irregular.

A tientas, buscó el phonis y lo sacó de su bolsillo. Presionó el botón y la voz, más potente que nunca, surgió una vez más colmando por completo la cueva.

Entonces, con el renacer de las primeras notas, diversos puntos diminutos de luz anaranjada comenzaron a brotar en la zona más alta del techo. Cada giro en la sinfonía hacía dilatar aquellas luces, que crecían en espiral mientras troncos y tallos se deslizaban unos hacia otros, y hojas brillantes germinaban en su plenitud al calor de la luminiscencia destilada por las raíces hundidas en la terablûa. Al término de la melodía, una hilera de plantas silvestres refulgía en el firmamento de aquella cueva, conformando las líneas de un símbolo cuyo significado nunca conocería.

«Hannuir on-elphasis», resonó el lema final. Sí sabía qué significaba aquello; Blaar se lo había contado. «Feliz décimo cumpleaños».

Se quitó la máscara y exhaló hondo entre tosidos, dejando que la vegetación refulgente se convirtiese en un cielo de estrellas desenfocadas cuando sus ojos se humedecieron. Hubiera sido maravilloso que alguien le hubiese hecho un regalo así en su cumpleaños. Hacía dos meses había cumplido once, como Blaar, pero qué sentido tenían los números si ya no quedaba nadie con quien compartirlos.

El botón del phonis saltó con un chasquido y las estrellas anaranjadas se extinguieron. Acompasó sus exhalaciones al silencio: eso lo ayudó a mantener la mente en blanco.

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