La sidra prometida, de Cristina Ogando

La sidra prometida, de Cristina Ogando

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 24: «La sidra prometida», de Cristina Ogando

—Ha sido divertido ¿verdad?

—Claro. Nada mejor que estar a punto de ser devorado por unos hongos humanoides para sentirse vivo.

—¡Ese es el espíritu!

Karel suspiró. Sus hombros cayeron con el peso de saber que había estado a punto de morir una vez más y que había sido por culpa de su supuesto mejor amigo. Marcus era la viva imagen de la despreocupación y la vivacidad. Todavía llevaba encima algunos trozos de seta destrozada que él mismo había cortado de sus enemigos cuando se libró de ellos.

—Me siento con suerte, deberíamos buscar una posada.

—Cierto, después de esto necesitamos una cama sobre la que descansar —dijo Karel mientras asentía con pesadez. Unas sábanas de dudosa limpieza, un colchón con chinches y tal vez hasta podría encontrar un chico agradable que le diera calor. Cualquiera menos Marcus, que roncaba demasiado.

—¿Acaso estás pensando en dormir? —La cara de Marcus era el vivo reflejo de la incredulidad. Podría haberle dicho que era una dama de los árboles y habría puesto mejor gesto.

—¿Tú no? Acabamos de escapar de la muerte… otra vez. —Tuvo que añadir. Un habitual en su día a día con el que había aprendido a vivir.

—Yo pensaba en ir a jugar a las cartas. No sé cómo pretendes que nos paguemos una cama sin dinero.

—¿Y qué fue de nuestros ahorros? —preguntó Karel, aunque sospechaba la respuesta.

—Una apuesta. Le debía dinero a un pez. Aquel maldito saco de escamas avaricioso… —Todavía podía escuchar su odiosa carcajada burbujeante cuando pensaba en su bolsa vacía.

—Sabes que podías no haberle pagado, ¿verdad? No es como que te fuera a perseguir por los reinos para partirte las piernas. —Hasta donde alcanzaban sus conocimientos, aún no existían peces capaces de caminar por la tierra. Aún.

—Karel, me sorprendes. —Marcus se llevó una mano al pecho con verdadera indignación—. Y luego soy yo el que se lleva la mala fama. Ante todo, soy un caballero que paga sus deudas.

—¿Entonces por qué espero todavía a que me devuelvas todas las monedas que me de…?

—¡Mira, una posada! ¡El deber me llama!

Como en cualquier cruce de caminos, la posada se alzaba como un faro en la inmensidad, que anunciaba su posición con una gran columna de humo negro expulsado de su chimenea. El mismo edificio de tres pisos de maderas enmohecidas, contraventanas batientes, piedra semiderruida, establos cochambrosos y el montón de borrachos inconscientes en ellos. El gremio de posadas había dejado claro en sus bases que todas debían tener los mismos elementos para no fomentar la competencia desleal y, después de tantos caminos recorridos, Karel ya no podía decir con exactitud en cuáles había estado y en cuáles no. Marcus decía que la diferencia estaba en los detalles, y por ellos se refería a las camareras. Si al llegar lo recibían con una bofetada, siempre sabrían que ya lo habían pisado con anterioridad. También estaba la opción del puñetazo, que era su favorita.

—Por favor, céntrate solo en ganar lo suficiente para pagar dos habitaciones —le pidió Karel casi en tono suplicante.

Marcus se detuvo unos pasos por delante de él y se giró para realizar una perfecta y exagerada reverencia. Su capa verde moho se le subió hasta taparle la cara y, al levantarse, volvió a caer para dejar paso a una mata de pelo largo castaño despeinado que no podía ocultar su sonrisa traviesa.

—Sabes que no lo haré.

 

***

 

 

—Miradlas y llorad.

Marcus amagó una sonrisa triunfal al ver las caras de espanto de los demás jugadores. Rabia, frustración, ira homicida y más de un pensamiento en el que le llamarían de todo menos guapo. ¿Cómo se atrevían a decir eso de su preciosa cara?

—No odien al jugador, odien al juego —se carcajeó mientras recibía con los brazos abiertos las monedas y joyas que ahora le pertenecían.

Algunos de sus contrincantes lanzaron sus cartas contra la mesa cual arma arrojadiza. Se levantaron y se marcharon entre gruñidos incoherentes. La trovadora cantaba en el escenario ahogando las voces de protesta de la taberna y el continuo tintinear de las monedas que Marcus contaba.

—Esta noche dormiremos calentitos —anunció con una gran sonrisa.

Karel suspiró por enésima vez en aquella noche. Se había mantenido a su lado, siempre lo hacía. Insistía en que jugar al munch con cazarrecompensas era peligroso y él pensaba que el verdadero peligro era dormir un día más en el bosque. Con despertarse una vez atado bajo la amenaza de ser devorado por setas gigantes tenía suficiente por esa semana.

—Estaría bien que esta vez fuéramos cuidadosos con el dinero y lo ahorrá…

—¡Invito a todos a una ronda! —gritó Marcus seguido por los vítores de toda la taberna. Nadie se negaba nunca a cerveza gratis.

—¡Marcus! —se quejó Karel. Sus ojos azules tenían aquel brillo de amenaza que conocía tan bien: estaba a punto de sacar su arco y meterle una flecha por donde no le gustaba.

—¿Qué? Hay que dejar buena impresión en el reino de Axlan. Nada dice mejor «me importas» que invitar a una cerveza. —Marcus se encogió de hombros al tiempo que terminaba de guardar todas sus ganancias. Pronto no tendrían más que dos monedas y ni un lugar donde caerse muertos, como venía a ser lo habitual.

—Relájate, hombre. Prometo que ya paro de estaf… ganar a estos pobres señores.

—¿Por qué no te creo?

—Porque eres un desconfiado. No nos va a pasar nada malo —respondió justo antes de esquivar una silla directa a su cabeza.

Karel se echó a un lado como acto reflejo y miró con horror cómo todos los hombres que hasta hace unos segundos eran unos amigables jugadores de munch se revelaban como unos bárbaros sedientos de cerveza y venganza. Marcus ya estaba acostumbrado a cabrear de esa forma a la gente, tenía un don para ello, tal y como le gustaba alardear, y no se inmutó ante la horda cabreada.

—Caballeros, seamos civilizados. ¿De verdad vamos a recurrir a la violencia por un par de monedas?

El siguiente golpe fue mucho más certero. Una banqueta impactó con un golpe seco en su abdomen provocándole náuseas y lo tiró al suelo como un muñeco sin vida. La bolsa de monedas de oro que acunaba cayó con él y esparció todo su contenido por el suelo de la taberna. La música cesó, las conversaciones callaron al ritmo del metal tintineante sobre la madera. Como una bandada de buitres, todos los ojos se posaron en el oro reluciente que rodaba por debajo del mobiliario durante unos angustiosos y silenciosos segundos. La calma antes de la tormenta.

Karel fue rápido. Justo cuando el tsunami de manos se lanzó de cabeza al suelo, consiguió levantar a Marcus antes de que fuera aplastado. Su amigo estaba desorientado y hasta mareado. Miraba de un lado a otro sin saber qué pasaba y observaba con horror como se llevaban el dinero que tanto tiempo le había costado estafar.

—Larguémonos de aquí antes de que…

—¡Mis monedas! —gritó Marcus. Se removió en el agarre del arquero sin compasión en una lucha por unirse a la pelea—. ¡Son mías, ladrones!

—¡Tú eres el ladrón! —vociferó uno de los caballeros que habían jugado con él.

—¿Ladrón? ¿¡A qué no me dices eso a la cara!?

—No, no, no, Marcus. En cualquier momento llegarán y…

No lo escuchó. Como siempre. Marcus se tiró contra un hombre que le sacaba dos cabezas sin pensar en las consecuencias. No lo hizo al menos, hasta que la guardia de Axlan llegó.

 

 

***

 

 

—Creo que aún no te he dado las gracias por sacarme de esta.

—Nunca me das las gracias cuando te saco de un calabozo, en realidad.

Marcus esbozó una sonrisa de medio lado que pronto se transformó en una mueca de dolor. Todo su cuerpo gritaba por las heridas de la pelea de la noche anterior. Primero con los bárbaros que habían intentado quitarle su dinero, luego con la guardia de Axlan y finalmente con la rata de su celda que no le dejaba sentarse en el único sitio limpio. Ahora estaba despeinado, magullado y con los pantalones oliendo a algo que no quería descifrar.

—Sueles liarla y enfadar a todo el mundo. Un día me cansaré de sacarte de cárceles —suspiró Karel al tiempo que se acomodaba mejor la capa con su broche en forma de grifo.

—Sé que lo haces porque me necesitas, pero reconoce que sin mí este viaje sería mucho más aburrido.

—Y más corto —bufó.

—Prometí llevarte a la capital, y eso haré, pero antes tendremos que hacer esta pequeña parada…

—¡Otra parada! —gritó Karel y le apuntó con un dedo acusador.

—Para darles a todos lo que me han pedido en compensación —terminó con su mejor sonrisa de adulador.

Era un encargo extraño, sin duda. Habrían esperado una multa, dinero u oro para arreglar los desperfectos porque nadie había puesto en duda que había sido Marcus el artífice de toda aquella masacre. Pero jamás se esperaron que la petición fuera esa.

—Creo que su idea es que, ya que no puedes pagar, nos envían a la muerte.

—Exagerado, no digas tonterías. Nos irá bien. —Realizó un ademán con la mano para restarle importancia.

—Dijiste lo mismo con aquellas rocas. —Aún tenía pesadillas con aquella piscina de lava ardiendo a la que les habían invitado bañarse.

—Eran duras de oído, no es mi culpa.

—Y con los pájaros pirománticos —continuó Karel.

—No sabía que eran tan territoriales. Deberíamos alejarnos de las criaturas de fuego durante un tiempo. —Apuntó entre risas sin detener su caminata hacia el bosque que se intuía a lo lejos. Karel alzó los brazos al cielo, exasperado en un rezo al Creador por paciencia. O tal vez por un hacha.

—Yo debería alejarme de ti durante un tiempo —suspiró y bajó los hombros en señal de rendición—. Mira que me has arrastrado a locuras, pero… ¿Por sidra? ¿De verdad?

—Estoy de acuerdo contigo en que no es mejor que la cerveza —dijo Marcus al tiempo que ahogaba una mueca de disgusto.

—Creo que eso no es lo importante y el tabernero ha pedido esta indemnización por algo.

—Le gustará la sidra —concluyó con un encogimiento de hombros.

—Sí, por eso mismo nos envía a por las manzanas de unos árboles concretos. —Las cejas de Karel se juntaron en una clara señal de concentración. Tenía un sexto sentido para detectar las amenazas de muerte. O tal vez era que estaba acostumbrado a lo peor desde que viajaban juntos.

—Dijo que son las mejores.

—O las más mortales.

La mancha oscura que habían seguido durante todo el camino se había ensanchado con cada paso que daban. Una gran extensión de árboles frondosos que apenas dejaban pasar la luz del sol les daba la bienvenida en la linde, como un arco de entrada a un mundo nuevo, oscuro, tenebroso y de no retorno. Se habían metido con anterioridad en sitios parecidos. Estaban ya más que acostumbrados a árboles con mala leche que les daban collejas con sus ramas al pasar, ponían la zancadilla o les lanzaban esporas que los transportaban a realidades de colores brillantes que los desorientaban. En esas ocasiones solían terminar en el suelo, en un lago o a punto de caer por un barranco.

Aunque, en esta ocasión, alguien había tenido la buena fe de dejarles unos avisos, por si alguien pudiera pensar en entrar en un lugar tan poco turístico por su propio pie.

—«No pasar. Cuidado. Peligro. Corre por tu vida» —leyó Karel con voz monocorde antes de lanzarle una mirada significativa.

—Yo solo leo una bienvenida muy poco agradable —dijo Marcus antes de continuar por el camino hacia el bosque.

Karel se quedó en su sitio y miró a los carteles y a su amigo simultáneamente. Podría dejarlo solo y que se lo comiera lo que fuera que viviera allí dentro. Podría.

—… Espérame.

 

 

***

 

 

—Definitivamente este es un gran lugar para construir una casa de campo, ¿no crees?

Hacía horas que se habían adentrado en el bosque, o al menos eso creían. El follaje era tan espeso que dificultaba la orientación. Todo eran sombras a su alrededor y sospechaban que se harían más reales en cuándo se hiciera de noche. Ninguna persona con dos dedos de frente querría estar allí dentro para cuando eso ocurriera, aunque algo les decía que no sería un deseo fácil de cumplir. No había camino marcado, solo ramas salientes, piedras mal puestas y algún que otro arbusto que les ponía la zancadilla a mala leche. Uno de ellos se llevó una patada de Marcus y tuvieron que huir por el contraataque de la planta y sus espinas. Porque si hay algo peor que una planta con pulgas, era una planta con malas pulgas.

Karel se sacaba la enésima espina del cuello cuando se detuvo en seco.

—Creo que ya he visto este árbol.

—Tonterías. Todos los árboles son iguales, estarás confundido —dijo Marcus. Se había parado unos pasos más adelante y se giró a verlo.

—¿Entonces por qué tiene la misma señal que le hice con mi daga hace horas?

En el tronco se podía ver perfectamente la letra K tallada en él. La savia goteaba como una herida sangrante. Si el árbol pudiera hablar, suplicaría de raíces por piedad que lo talaran con tal de no continuar con esa marca en la cara para siempre.

—Una marca de nacimiento. —Señaló sin darle mayor importancia.

—Marcus, por el Creador, admite que nos hemos perdido.

—¡Yo nunca me pierdo!

—¿Y qué fue de aquella vez que intentamos llegar a Puerto Bandid y terminamos en la Cordillera Niura? —Todavía recordaba cómo se había pasado días para intentar hacerle ver que iban en la dirección contraria. Solo un idiota como su amigo pensaría que estaban a punto de llegar al mar cuando estaban en medio de una escalada.

—Necesitaba un punto alto para ubicarnos.

—¿Al otro lado de Hirilia? —preguntó Karel al tiempo que enarcaba una de sus perfectas cejas.

—No es mi culpa que no entiendas mi sistema de orientación, Karel, pero eso no significa que sea malo. —Marcus alzó los dos brazos al cielo antes de dar unos pasos para alejarse de su amigo. Para él, aquella nueva discusión no tenía el menor sentido.

—En realidad estoy con tu amigo. Tu forma de orientarte apesta.

—¡Gracias! Por fin alguien que me entiende —dijo el espadachín al tiempo que señalaba con un ademán triunfal a una rama cercana. Todavía tardó unos segundos en darse cuenta de lo que ocurría—. Espera, ¿qué?

Un pequeño roedor purpúreo observaba su conversación desde las alturas. Estaba alzado sobre sus patitas traseras y su larga cola no dejaba de moverse de un lado hacia otro. Cualquiera de los dos lo habría encontrado hasta adorable si no tuviera su inquieto hocico y sus bigotes manchados de sangre fresca.

—Si tenéis problemas con el camino, puedo deciros cómo continuar, aunque solo si me respondéis bien a una pregunta —volvió a hablar. Su voz se asemejaba a la de un niño pequeño e inocente.

—¿Y qué pasa si la contestamos mal? —preguntó Marcus con curiosidad. Su mano se había movido por inercia al pomo de su espada, pero con calma.

—Nada. Un pequeño detalle. Mis hermanos y yo solo os comeremos vivos hasta no dejar nada de vuestros cuerpos —explicó con total naturalidad. Sus pequeños hombros se encogieron para demostrar lo ínfimo e irrelevante que era esa condición.

—Suena razonable —contestó Marcus mientras se rascaba la barba incipiente y provocando una nueva mueca de incredulidad de su amigo.

—¿¡En qué mundo…?!

—Por favor, Karel, pon a un lado tu fobia a pedir indicaciones y deja al señor demonio hablar. —La mirada que le lanzó su amigo podía considerarse más mortal que sus flechas o que aquel ratón púrpura.

—Mi pregunta es muy sencilla —los cortó el animal antes de que continuaran con una nueva discusión. Recogió una gota de sangre con su pequeña lengua—. La tarta de cerda, ¿con o sin rábano?

El bosque calló en un tenso silencio por respeto a tal grande cuestión. Demonio y viajeros se observaron. Median a su adversario con la tensión propia de un gran duelo de ese calibre. Una respuesta sería la clave para salvar la vida o volver a echar a correr sin dejar de rogar por ella.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —preguntó Karel. Lamentablemente el mundo estaba lleno de paganos.

—La más importante de todas las que podemos hacernos en nuestra vida. Capaz de dividir imperios, amistades y provocadora de las peleas más cruentas que una taberna puede sufrir —dijo Marcus con el tono más serio que había usado en su vida.

—Pues a mí me gusta sin rábano —contestó sin darle mayor importancia.

—Eso habla de tu mal gusto en la vida —bufó.

—Tienes razón, por eso sigo contigo.

—Pensé que viajábamos juntos por las risas.

—Sí, las tuyas. —Una leve sonrisa aleteó en sus labios.

—¡Sigo esperando una respuesta! —gritó el ratoncillo impaciente mientras se frotaba las patas delanteras.

—¡Es que es difícil encontrar la correcta! Este debate nunca ha sido resuelto —protestó Marcus antes de suspirar frustrado—. Por eso no hay que pararse a hablar con los demonios del bosque, siempre meten prisa.

—Porque ese pequeño detalle de que te coman vivo es secundario —susurró para el broche de su capa.

—Pensé que ya te habías acostumbrado en vista de que nos intentan devorar dos veces por semana, como mínimo. —Aquella semana ya era la cuarta vez que se lo proponían.

—Porque no hay nada más halagador que el hecho de que te digan que estás para comerte. —No necesitaba que le respondiera. Le había visto decírselo a muchas mujeres en el pasado y había terminado con una jarra de cerveza en la cabeza. O cosas peores—. ¿Cómo nos vas a sacar de esta, héroe?

—Fácil. A mí me gusta el pastel de cerda con queso. Así que esa será mi respuesta —resolvió Marcus con una sonrisa hacia su futuro asesino.

El demonio abrió los ojos con la expresión más espantosa que un roedor podía componer. Su hocico se arrugó en un rictus de asco y desagrado como si hubiera olisqueado el objeto más nauseabundo de los reinos o las botas de Karel después de un largo día de caminata. Su cola se tensó y él se encogió sobre sí mismo. Chillaba a unos niveles casi inaudibles para ellos. Tuvo que llevarse las patas a la boca para contener una arcada y hasta parecía que había perdido algo de color, pues ahora era de un violeta más claro.

—Menudo sacrilegio a uno de los platos más deliciosos de todos los reinos. Mancillar así un delicioso pastel de cerda. Solo faltaría que te gustase muy hecho —musitó el ser casi sin aliento.

—En realidad sí. Cuando más carbonizado mejor.

—Por el Creador —musitó y contuvo otra arcada solo de imaginarse el plato hecho a la forma que le gustaba a aquel humano.

—Él es así —dijo Karel con la resignación de quien ya se había dado por vencido.

—¿Perfecto?

—Insufrible. —Sonrió al ver el dramatismo con el que Marcus se había tomado su insulto y se volvió al demonio. Si no los hubiera amenazado con comerlos hasta le daría pena—. ¿Nos dices a dónde debemos ir?

Al demonio poco o nada le quedaba para correr al arbusto más cercano y echar allí los restos de su anterior víctima. Con pata temblorosa, señaló justo a sus espaldas y se escabulló entre el follaje. Lo último que escucharon de él fue el sonido de unas tripas que luchaban por salir de su cuerpo

—Te dije que nos sacaría de esta. —La sonrisa brillante de Marcus y su ego recién inflado eran como un dolor de cabeza. Aún mayor de lo habitual.

—Lo admito, por una vez tu nulo sentido del gusto nos ha ayudado —contestó antes de girar sobre sí mismo y emprender la marcha por donde les habían señalado. Seguir las indicaciones de un ratón púrpura demoníaco siempre era de fiar.

—¿Por qué nulo? Te escogí como mejor amigo —protestó Marcus con un puchero que no convencería ni a un niño pequeño.

—Cierto. En ese caso, el que tuvo mal gusto fui yo.

—Querrás decir excelente.

—No, lo he dicho bien.

 

 

***

 

 

Cuando habías recorrido tantos caminos, pocas cosas podían llegar a sorprenderte. Podían decir abiertamente que habían visto de todo y que la magia de los reinos ya no escondía ningún secreto para ellos. Habían estado a punto de ser devorados por una cueva con problemas dentales, secuestrados por hongos humanoides, apaleados por diminutas hormigas inteligentes, asistido a una lección de antropología impartida por un ganso, ridiculizados por un banco de peces que les robaron una barca, intoxicados por las artes culinarias de un chef ardilla y perseguidos por un centenar de otras criaturas que la magia del mundo de Mirren había hecho posible.

Esas aventuras te hacían confiado y hasta en cierto modo te impulsaban a retar a todo lo que había a tu alrededor. Que te lanzaran su mejor golpe porque ya enfrentaste tantas veces a la muerte que crees que puedes con todo. Y Marcus era la viva imagen de ese sentimiento. Pateaba cualquier piedra que hubiera en el camino inexistente y gritaba a los seres del bosque que fueran a por él. Pegaba a los troncos con su espada envainada y los retaba a un duelo; un niño pequeño que buscaba más aventuras, cuando Karel, cual padre agotado, solo deseaba que se terminaran.

—¡Salid, cobardes! —gritaba Marcus.

—Cállate un rato o te ahorcaré con tu propia capa —masculló.

—¿Dónde está tu sentido aventurero? ¿Te lo dejaste en la posada?

—Solo quiero que encontremos de una vez esas malditas manzanas y podamos regresar.

—Seguro que sentirás que todo esto habrá valido la pena cuando pruebes la sidra que haremos con ellas. —Al menos para Marcus, era lo único para lo que valía la pena aquella aventura.

—Me gustaría que pensaras en otra cosa que no fuera alcohol.

—¿Prefieres que piense en hombres? Tengo que presentarte a un mercader que ayer…

—¡No me interesa! —lo atajó rápidamente. No quería volver a aceptar una recomendación de un chico de su parte. No desde lo de aquel oso.

—Lo decía para hacer tratos —bromeó Marcus entre risas sin medir en absoluto su volumen.

—Sé de qué tratos hablas y no, gracias.

—Aburrido —dijo antes de saltar con fuerza sobre una raíz que estaba justo delante de él para meterla de nuevo en la tierra.

—¡Hey! ¡Eso me ha dolido! —Marcus volvió a saltar del susto y se giró en todas direcciones con su espada envainada lista para atacar.

—Perdón, señor… ¿árbol? —musitó al mirar de nuevo la raíz que acababa de aplastar.

Karel se detuvo en seco unos pasos más adelante. Lentamente, giraron sobre sí mismos para ver el mismo tronco marrón parduzco de uno de los manzanos que los rodeaban. Sus ramas se balanceaban con suavidad, como si se despertaran de un gran letargo. Eran unos movimientos lentos, sinuosos y casi hipnóticos, incapaz de estarse quieto, y varias hojas cayeron para tapizar el suelo.

—Señor Manzano, para ti… tío —protestó con voz pastosa y pesada. Era difícil hablar cuando no tenías boca. Ni cara.

—Eso. Lo siento, Señor… Manzano.

Marcus y Karel compartieron una mirada de incredulidad. Una conversación silenciosa entre miradas asesinas por parte del arquero que lo asesinaba con sus ojos fríos como el hielo y él, que gesticulaba de forma alocada sin saber con seguridad si un ser sin rostro podría verle.

—Hacía tiempo que no teníamos… teníamos viajeros por aquí… ¿o-o-os habéis perdido? —preguntó con dificultad por encontrar las palabras. Más hojas cayeron al suelo por su incesante balanceo errático.

—Estamos de paso —dijo Karel con más inseguridad de la que querría. Miraba a todos los árboles con desconfianza. Se preguntaba si todos hablarían como él.

—¡Pues estáis de suerte! —dijo el Señor Manzano con renovadas fuerzas. Si no hubiera tenido las raíces enganchadas al suelo habría dado un salto—. ¡Rick, mira! Vissitas.

Algunas ramas se giraron hacia la roca más cercana para llamar su atención. A pesar de que habían lidiado con anterioridad con seres pétreos, en este caso no tuvieron que huir por su vida ya que no se movió. Solo era una piedra.

—Disculpad a mi amigo. Creo que se ha pasado con la savia —susurró al tiempo que señalaba a la roca más cercana. Eso respondía a la pregunta de si tenía o no ojos—.  Pero llegáis en el mejor momento de la fiesta. ¡Yuju! —Más hojas cubrieron el suelo para completar el tapiz otoñal lleno de barro.

—¿Fiesta? —Marcus había ganado un nuevo interés en aquella conversación.

—Por supueste… Somos super fa…famosí… famosos en este bosque nuestros guateques, ¡¿verdad que sí, peña?!

A su alrededor, el resto de los manzanos seguían tan rectos e inexpresivos como los otros árboles que tenían cerca. Se podía ver cómo las ramas de alguno se movían lentamente al ritmo de un extraño sonido sibilante y acompasado. Si en algún momento ahí hubo un grupo de árboles que lo daban todo al ritmo del canto de los pájaros solo quedaba uno en pie, metafóricamente.

—Muermos… bah —dijo en tono despectivo—. A partir de los sssssesenta años ya no tienes el mismo aguante que antes.

—La edad —dijo Karel lacónicamente—. Por el contrario, a usted lo veo como si no fuera más que un brote. Lleva bastante bien la resaca, por lo que veo.

—Son añossss de práctica, chavral.

—¿Y no tendría a bien compartir un poco de lo que haya tomado? Ya sabe, para unirnos a su fiesta.

Karel comenzó a hacerle señas por detrás a su compañero hacia los otros árboles. Si aquellas eran las malditas manzanas para hacer la dichosa sidra era mejor cogerlas cuanto antes y largarse. Marcus tardó en captar las señales tras la mención de una fiesta a la que estaba dispuesto a saltar de cabeza aunque, por una vez, dejó que la diplomacia de su amigo se encargara de la distracción.

—Sssssería genial tener másss invitrados, perro no puede ser.

—¿Por qué? ¿Es una celebración exclusiva de árboles? —preguntó Karel en su mejor actuación de ofendido.

—Nuesssstra savia es la que nos da… essssse puntillo, ya me entiesss, chico.

—Oh, si… lo entiendo. —En realidad no, pero no importaba.

Entre tanto, Marcus se había escabullido hacia uno de los árboles más alejados del corro y había comenzado a coger manzanas que guardaba en su capa a modo de saco. Tiraba de ellas con fuerza y la mano rápida de un ladrón poco cuidadoso. Ignoraba por completo cómo los ronquidos del árbol al que dejaba sin frutos se volvían más fuertes y molestos. Se retorcía en sueños de embriaguez cada vez de forma cada vez más brusca a los que Marcus no le daba mayor importancia.

—Entonces, tal vez será mejor que nos marchemos y no les molestemos más —continuaba Karel.

—¡No! Aunque no podíassss beber todavría podeisssss pasarlo… ¡yupi! —lloriqueó el Señor Manzano, o eso parecía.

—Creo que Marcus no concibe una buena fiesta sin alcohol de por medio. —Además se ponía muy violento. Un día que le intentaron dar cerveza sin alcohol porque luego tendría que montar a caballo casi prende fuego a la taberna.

—Cómo lo entriendo…

—¡Ay!

Karel se dio la vuelta como un resorte con la mano preparada en el arco por puro instinto. Marcus no dejaba de revolverse su ya de por sí caótico pelo castaño con gesto de dolor. Había soltado la capa en el acto y las manzanas que había recogido estaban esparcidas por todo el suelo, pero lo peor era el árbol junto al que estaba, que revolvía sus ramas como si se desperezase tras un largo sueño.

—¿Qué ocurre ahí? —preguntó el Señor Manzano.

—¡Este tío me esssstá robando! —gritó su compañero antes de darle a Marcus en la cabeza una vez más—. ¡Peña, dessssspertad, nos roban!

Como la pesadilla de cualquier jardinero, los manzanos a su alrededor comenzaron a gruñir y a desperezarse entre crujidos de la madera al moverse y chocar entre ella, una lluvia de hojas cayó sobre ellos en un preludio de la tormenta que les caía encima.

—Bueno, en estas situaciones, solo hay una cosa que hacer —dijo Marcus con el mayor temple que había mostrado en su vida.

—¿Correr? —Karel observaba con verdadero terror cómo los árboles alzaban sus ramas, listos para asestarles los peores latigazos que iban a sufrir en su vida.

—¡Agacharse!

Ambos se echaron al suelo justo a tiempo para esquivar los ramazos de sus adversarios. Palitos, corteza y follaje no dejaban de caer sobre sus cabezas mientras los golpes se sucedían entre los árboles. Lo bueno de luchar contra un enemigo ciego y con poca movilidad era que se pegaba antes a sí mismo que a ti. Y esa era su oportunidad.

Marcus se alzó como un héroe de piernas temblorosas para asestar tajos mal calculados a cualquier rama que se le acercara a menos de un centímetro de su hermosa cara. Sus adversarios chillaban doloridos por los ataques que recibían de sus aliados y, mientras, Karel seguía de rodillas para recoger las pocas manzanas que podía antes de arrastrarse hacia la salida.

—¡Venga, venid a por mí! ¿Queréis más? —les gritaba Marcus envalentonado. Una rama le asestó una bofetada que lo tiró de vuelta al suelo con un jadeo. Un doloroso recordatorio de que no debía revelarle al enemigo su posición.

No mucho más lejos, Karel le hacía señas en silencio para que lo siguiera y él se arrastró como buenamente pudo entre la vorágine vegetal que intentaba acabar con su vida. Los árboles cantaban lo que parecía una tonada de juergas y desenfreno, movían sus extremidades leñosas al son de una canción que solo ellos entendían. Para ellos aquel ataque solo era el comienzo de una nueva fiesta que pronto olvidarían cuando la savia volviera a subírseles a la cabeza.

Tan pronto los dos amigos volvieron a estar juntos no se detuvieron ni para despedirse y echaron a correr por lo que les parecía el camino de vuelta a la posada. Corrieron y corrieron sin descanso y miraban a cualquier árbol a su alrededor con el miedo de que este cobrara vida de golpe.

—¡Ya verás cuándo se lo cuente a los de la taberna! —gritó Marcus, eufórico, ebrio de adrenalina e imprudencia.

—¿Cómo escapamos de unas plantas que nos intentaron matar?

—¡Exacto!

 

 

***

 

 

—¡Entonces me acerqué al terrible árbol y le asesté una estocada directa al corazón!

La taberna entera gritó alzando sus brazos al son de los movimientos de Marcus. Docenas de miradas desenfocadas y sonrisas torcidas bebían de sus palabras con la misma sed que de sus jarras.

—¿¡Y qué pasó, chico!?

—Cayó al suelo como un tronco.

Las paredes retumbaron por las risas y carcajadas de todos los clientes. La música de la trovadora volvió a llenar el local con ritmo y alegría para amenizar el final de tan larga y gloriosa historia. La sidra no dejaba de salir de las cocinas y parecía que todo el mundo había olvidado que aquello había sido la indemnización. Todos se comportaban como si la pelea de la noche anterior jamás hubiera existido.

Marcus bajó de un salto de la mesa y fue recibido por más de una mano grande que le rompió la espalda de un manotazo amistoso y le revolvió su largo pelo castaño. Karel lo observaba todo desde una esquina a una distancia prudencial y negaba para sí continuamente casi como un movimiento reflejo. Con suerte, por fin su deseo de dormir en una cama calentita se haría realidad siempre que a su compañero no se le diera por invitar a una nueva ronda.

—Te dije que sería una gran historia.

—Nunca lo puse en duda. Solo estaba demasiado ocupado corriendo por mi vida para darte la razón —dijo Karel sin quitarle la mirada al dudoso líquido de su copa.

—¿Acaso no la tengo siempre? Te he sacado vivo de las garras de un ratón demoníaco y de unos violentos árboles borrachos. ¡Eso se merece otra ronda! —Gritó lo último para el resto de la taberna que a esas alturas estaban casi tan ebrios como los manzanos que habían intentado matarlos.

—Cierto. Gracias por meterme en problemas potencialmente mortales —murmuró Karel para el broche de su capa—. Contigo la vida es toda una aventura.

—¿Verdad? —contestó su amigo. No sabía si era que lo ignoraba como era habitual o tenía demasiado alcohol en sangre para hacerle caso—. ¿Y sabes? Ya sé cuál será mi siguiente aventura —proclamó Marcus con la jarra en alto—. Exploraré las tierras de esa señorita de allí en frente. Tú siéntate y mira, Karel.

Y así lo hizo. Se acomodó en su sitio con la jarra en la mano mientras su mejor amigo se iba a descubrir las tierras sin explorar de aquella columna del bar. Se sonrió antes de darle por fin un sorbo a aquella sidra por la que casi los mataban y la escupió de inmediato.

Sabía a rayos.

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