Punto y seguido, de Díaz de Tuesta

Punto y seguido, de Díaz de Tuesta

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 31

Foto de chuttersnap para Unsplash

El despacho era estrecho y oscuro, un borrón en el mundo. Olía a cansancio físico y espiritual, a miseria y dolor, a miedo. Al entrar, Lola pensó que traspasaba alguna clase de frontera, alguna línea invisible. Como caer en un pozo.

          Se trataba de un lugar de trabajo sorprendente para alguien que transmitía tanta vida en sus textos. Porque el señor Armando Cárcava era un escritor famoso, publicado por una de las editoriales más importantes, y sus historias, pobladas por personajes creíbles, auténticos, siempre resultaban un éxito.
          Antes de ver su anuncio en el periódico, Lola jamás hubiese supuesto que viviese en un pueblo como Huesa Profunda, menudo agujero remoto. Cuatro casas mal puestas, una fuente rota… Al llegar, solo había visto pasear por sus calles un perro cojo y un pañuelo negro, arrastrado por la brisa. Nada más.
          Menos mal que el señor Cárcava le había dado instrucciones concretas. Lola sabía que vivía en las afueras, en la mansión con la veleta retorcida de tal modo que parecía que el pollo en cuestión señalase la presencia de algún viento del infierno. También le había dicho que el criado no siempre estaba. Que entrase y siguiese el pasillo.
Su despacho era la puerta del fondo.
          —¿Hola? —preguntó tentativamente, amedrentada. «Qué sitio desagradable», pensó, mirando a su alrededor. En el centro había un gran escritorio, con un papel tan blanco que dañaba los ojos. Una larga pluma despeinada, un tintero grabado con extraños símbolos… Un teléfono, que quedaba curiosamente anacrónico y una vela encendida, la causa de que se viese algo, aunque fuese poco. Eso era todo.
          —¿Qué piensas que es básico en un escritor, muchacha? —dijo una voz áspera, sobresaltándola. En un rincón, adivinó una figura encorvada en un gran sillón de orejas. Para el caso, era una sombra entre sombras. Vestía de oscuro, ocultaba el rostro bajo una capucha o una manta y tenía las manos envueltas en vendas también negras. Una sujetaba el pomo de un bastón. Con la otra hizo un gesto, pidiendo que se adelantase—. ¿El talento o la suerte?
          Así que aquel era el famoso Cárcava. En su anuncio del periódico solicitaba un ayudante: pedía un escritor novel que tuviese de verdad talento, buena gramática, buena ortografía y pupilas castañas. Por más vueltas que le daba, Lola no acababa de entender la importancia del último requisito. Si hubiese pedido ojos verdes o azules, hubiera imaginado que el vejete en cuestión tenía intenciones de pasar un buen rato entre línea y línea, y que era caprichoso en sus placeres. Pero, pedir algo tan vulgar, tan frecuente…
          Al menos, a ella le venía bien. Había contestado, con su foto y el texto de prueba que solicitaba.
          —El talento, señor Cárcava. —Carraspeó, intentado digerir la mentira. En realidad, ya llevaba el tiempo suficiente en el negocio como para saber que no solo había que escribir bien, también era necesario tener suerte. Y, en cualquier caso, lo segundo. Lo de escribir bien era lo que podía omitirse.
          Pero la figura cabeceó, complacida.
          —Bien, siéntate. Quiero dictarte algo. Usa la pluma —ordenó. Lola arqueó las cejas. ¿Pluma? «Joder, dónde he ido a dar…». Se sentó.
          El papel… Era tan blanco. Dañaba realmente los ojos, tanta intensidad.
          —¿Qué papel es este? —preguntó sorprendida.
          —No importa. —«No es papel», pensó ella—. Por favor, escribe: In principio erat tenebrarum et…
          —¿Latín? No sé latín.
          —Solo es el encabezado. —Ella tomó la pluma y empezó a escribir al ritmo de aquella voz rota que siguió dictando—: In principio erat tenebrarum et frigoris. Speculis sunt oculi anime. Etiam porta. Ego sum…
          La tinta era roja, y no era tinta. Apenas podía verla a través de las lágrimas. Pupilas verdes, pupilas azules, pensó… No, claro que no, no serían capaces de resistir aquello. Solo los fuertes ojos castaños, robustos y firmes, podían soportar… ¿qué? Había tanto brillo blanco, era tan intenso el rojo… Y olía. La tinta, el papel, la historia… Pensó en putrefacción lenta y dulce…
          Y seguía escribiendo, pero no era latín, era ella, que iba vertiéndose a través de sus pupilas. Su vida iba quedando atrapada en aquel blanco, en aquel rojo, que parecían absorberla con ansia. Era la Lola niña que miraba el mundo con miedo, la Lola adolescente y tímida que aprendió a ocultarse tras un papel, la Lola adulta que empezaba a acostumbrarse al amargo sabor del fracaso…
          Todo ello se deslizaba por el brillante blanco, formando bucles y ondas escarlata que le revolvieron el estómago.
          Magia, magia, magia.
Se sentía débil. Se estaba muriendo…
          Del sillón de Cárcava ya no llegaba ninguna palabra en latín, solo sonidos apagados de víscera seca sorbiendo líquidos con avidez.
          De pronto, hubo un crujido, un gemido.
          —No, no… qué es eso. Frases sin fuerza, párrafos insubstanciales, demasiados adjetivos… —Un golpe. El bastón cayó al suelo. La mano temblaba—. El texto que me mandaste tenía sabor, tenía…
          «No era mío», pensó Lola. Lo había robado de internet, de otro autor novel. Le gustó. A ella no le hubiesen quedado esos párrafos tan redondos, esas frases tan intensas. Y total, si todo iba bien, el pobre diablo con talento y oficio, pero sin suerte, no iba a enterarse nunca.
          Hubo un ondular, una distorsión, como piezas de la realidad volviendo a colocarse de otro modo. Miró hacia el sillón. Cárcava ya no se movía. Sabía que estaba muerto, pero no se animaba a comprobarlo.
          El teléfono empezó a sonar, sobresaltándola. Lo cogió al tercer timbrazo. Era el editor de Cárcava, preguntando cuánto tiempo más iba a necesitar para su siguiente novela. Que corrían prisas, que…
          Lola contempló el rincón oscuro. A veces, había que tomar las oportunidades al vuelo.
          —Soy la nueva secretaria del señor Cárcava —dijo—. Está escribiendo y no le puedo molestar, pero me pidió que le dijera que le enviará un primer borrador en quince días. Sí, me ocuparé de hacerlo personalmente, descuide.
          Vale, no sería la mejor escritora del mundo; pero sí había tenido suerte.

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