Las nieves del tiempo, de Ana Roux

Las nieves del tiempo, de Ana Roux

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 06

Foto de Daniel Burka para Unsplash

—Si son tan amables de seguirme, por favor.

La guía plegó el paraguas fosforito y sacó de la mochila una linterna que iluminó la desvencijada puerta de hierro oxidado que guardaba la entrada a la roca. Forcejeó con la cerradura unos instantes con la mano derecha hasta que se hartó, se puso la linterna entre los dientes para sujetarla y tiró del pomo con ambas manos, impulsándose hacia atrás con el pie apoyado en un saliente cercano. La puerta se abrió al tercer intento con un crujido.

—Esperen —indicó, deteniendo con un gesto a los primeros aventureros que estaban dispuestos a bajar el primer escalón a oscuras.

La mujer se introdujo en el agujero que acababa de abrir en la roca, dobló la esquina y accionó un interruptor. Ante el grupo, unas luces led acopladas al suelo comenzaron a iluminar una larga y profunda escalera labrada en la misma piedra, que descendía hasta perderse en el abismo. Todos dejaron escapar un «oh» de admiración y estallaron en aplausos.

—Ahora sí —dijo la mujer, complacida—, síganme.

Una fila desordenada y caótica se fue formando según los ancianos se agrupaban para bajar los peldaños rugosos y desiguales, agarrados a la barandilla que alguien había anclado en la pared de la roca, apoyándose en los bastones de marcha que habían traído para la caminata o en la persona que tenían más a mano, no sin alguna protesta. El grupo fue avanzando muy despacio, cosa con la que contaba la guía, que los iba esperando cada pocos tramos con cara de ser experta en el arte de la paciencia.

La última pareja aguardó deliberadamente a ser sobrepasada por el resto del grupo de jubilados y poder realizar el descenso en soledad. Caminaban juntos, cogidos del brazo. Primero la mujer, bajando un pie después del otro al mismo escalón con el cuerpo ladeado, y luego el hombre, frágil y tembloroso, ayudándose en ella como si fuera su muleta. La guía los observaba desde unos metros más hacia delante, sacudiendo levemente la cabeza. En todos los grupos que le llegaban del Hogar del Jubilado siempre había alguno que se creía veinte o treinta años más joven de lo que en realidad era, se apuntaba a todas las excursiones que organizaban —aunque fueran para escalar el Everest— y luego le hacían estar pendiente de ellos para que no acabaran con la crisma o la cadera rota. Y aun así los teleoperadores de emergencias ya reconocían su voz cada vez que pedía ayuda desde la gruta.

—¿Todo bien por ahí al fondo? —preguntó alzando la voz.

—Perfectamente —respondió la mujer, agarrando con ambas manos a su marido para que bajara hasta el escalón donde se encontraba ella—. Sigan, sigan.

La guía no acababa de estar convencida, pero la mujer parecía lo bastante corpulenta como para cargar a cuestas con su acompañante si hacía falta —que abultaba la mitad de su tamaño y tenía aspecto de pesar lo mismo que un pajarillo desnutrido—, incluso con todos sus años a las espaldas. Y tampoco le hacía demasiada gracia que el resto de ancianos la adelantara y acabara alguno rodando escaleras abajo sin su supervisión, así que les dio la espalda tras echar una última mirada hacia atrás y siguió descendiendo peldaños.

—Esto no se parece nada a la última vez, ¿eh? —dijo el anciano con la respiración entrecortada cuando se aseguró de que la guía al fin los había dejado en paz.

—Bueno, un poco —respondió su mujer con una sonrisa desdentada—. Entonces también te llevaba en brazos.

***

Mil años antes y a un universo de distancia, esa misma escalera los había recibido a la luz del fuego fatuo que Raghast había conjurado sobre su mano. Las llamas azules titilaban de vez en cuando, oscureciendo la estancia durante un segundo y volviendo a iluminarla al siguiente, según las riadas de sangre salían a borbotones de su abdomen con cada latido. No importaba cuánto se esforzara su magia instintiva por curar ese corte sin fondo; por mucho que apretara la herida y escocieran los bordes, las cenizas de escamas de dragón con la que habían impregnado la espada que lo había ensartado impedía que sanaran. La maldición había penetrado tan adentro que si ni siquiera los vasos conseguían constreñirse ni la sangre coagular en la cavidad.

—Ya casi estamos —le aseguró Svig entre resoplidos—. Aguanta un poco más, mi amor.

La mujer lo llevaba sujeto sobre su antebrazo izquierdo, cargando con él como un bebé encogido y recostado sobre su pecho. En la otra mano portaba su hacha, mellada en ambos filos de embestir sobre tantas armaduras y cubierta de regueros de sangre; al igual que las placas de su armadura de cuero. Su pierna derecha se arrastraba a cada paso, dolorida por un tajo traicionero que había dejado de sangrar, pero que la bárbara no estaba segura de que no le hubiera dejado tocado ningún tendón.

—Solo tenemos que llegar al fondo —musitó el mago con un hilo de voz. Svig lo hizo callar.

Tras ellos, a una distancia demasiado corta, se escuchaba el clamor de sus enemigos tratando de alcanzarles. Los gruñidos de las bestias no parecían aún acercarse por el corredor, por lo que las defensas mágicas que habían colocado a la entrada de la gruta debían de estar resistiendo todavía. El corazón de la mujer se saltó un latido tan solo con el pensamiento de qué les ocurriría si fallaban antes de que lograran llegar hasta el fondo del abismo. Aceleró el paso, saltando los peldaños de dos en dos en un pesado trote.

***

—Pasen hasta el fondo, no sean tímidos —La guía trazó un arco con el brazo, indicando a los primeros del grupo que se colocaran en semicírculo, dejando sitio a los más rezagados—. Que todos puedan verme y oírme bien.

La mujer esperó unos segundos hasta que todos estuvieron colocados, incluso la pareja que se había quedado atrás. El hombre parecía a punto de desfallecer, pero su mujer lo sostenía con brazo firme. La guía esperó un instante para asegurarse de que el anciano no se ahogaba al beber ansiosamente de la botella que le había tendido su compañera y comenzó a hablar.

—Bien, damas y caballeros, hemos llegado al fin al punto álgido de nuestra visita —Hizo una pausa dramática—: el manantial de Nuestra Señora de la Fuente o, como lo conocían las tribus paganas cientos de años antes de que llegara el cristianismo, el manantial de Degantae, diosa de las aguas. Ambas religiones compartían la creencia de las propiedades curativas del agua que nace de estas mismas rocas, y algunas leyendas hablan incluso de milagros de otro tipo que ocurrían a aquellos que se acercaban a beberlas.

—¿Qué clase de milagros? —preguntó una señora en la segunda fila, con un sombrero de alas tan grandes que apenas le dejaba verle los ojos.

La guía esperaba esa pregunta.

—Las leyendas más extendidas hablan de transmutaciones de seres humanos en seres animales, personas que perdieron la memoria y transformaron completamente su personalidad, gente que se desvanece sin más en el aire delante de sus seres queridos…

—… y que aparece de pronto en otro mundo y en otra época por arte de magia —musitó Raghast al oído de su esposa, haciendo que le sobreviniera un violento ataque de tos, pues no había acabado de recuperar el aliento después del esfuerzo de la caminata.

—¿Se encuentra bien? —La guía había parado su discurso al escuchar cómo estaba a punto de echar los pulmones por la boca, preocupada, y con la mano a medio camino de agarrar el walkie-talkie que llevaba en la cadera para pedir ayuda a emergencias, pues allí abajo no había cobertura para los móviles.

—Perfectamente —replicó él con la voz ahogada y una sonrisa que no pudo pasar por sincera.

La mujer no parecía muy dispuesta a creerle, pero tampoco quería trastocar su horario demasiado.

—Como iba diciendo…

***

Las hordas convocadas por los Oscuros acabaron por abrirse paso entre las barreras que el mago había colocado en la entrada de la cueva con la esperanza de detenerlos; aunque en el fondo ambos sabían que, en el mejor de los casos, solamente los retrasarían unos minutos. Quizás los suficientes como para que consiguieran escapar.

—Ya vienen.

Svig corrió los últimos metros hasta la base del manantial, dejó al mago con cuidado en el suelo y se giró para encarar la boca de la escalera. Los aullidos y el ruido de las zarpas al chocar contra la roca resonaban cada vez más cerca.

—Podemos lograrlo —dijo él con una nota de inseguridad en su voz que ella ignoró.

—¿Qué necesitas?

—Solo un poco más de tiempo para abrir el portal —Raghast reptó con dificultad hasta llegar a la superficie del agua—. Y un poco de tu sangre.

La bárbara bajó la vista hacia el tajo de su pierna, desde el que un reguero de sangre ya reseca llegaba hasta la altura de su tobillo. No se atrevía a abrirla por temor a no poder parar la hemorragia una segunda vez.

—Puedo curarte —se ofreció el mago.

—No —replicó ella—. Guarda tus energías.

Svig cogió al vuelo su hacha por el mango, en la parte más cercana al filo, y se hizo un pequeño corte en el brazo hasta que la hoja se tiñó de escarlata. Se la tendió al mago.

—Con eso será suficiente.

Raghast hundió los dedos en su abdomen, por donde la vida se le escapaba, húmeda y cálida. Ahogó un gemido de dolor con los dientes. Luego, untó las yemas en la sangre que cubría el arma y volvió a concentrarse en el agua. Svig estaba dispuesta a dar su vida por salvarle, así que tenía que darse prisa si quería evitarlo.

***

La guía terminó su explicación e inmediatamente después condujo al grupo por un pasillo lateral de la gruta que los llevaría al siguiente paso del recorrido, señalizado por las luces. Ya iban quince minutos tarde en el programa y estaba segura de que los del restaurante, que ya tendrían todo listo para la paella para cincuenta personas, la iban a querer matar.

—Nosotros, si no le importa, les esperamos aquí.

La mujer se dio la vuelta con un sudor frío recorriéndole la nuca. La pareja que se había quedado rezagada en las escaleras ahora se había sentado en las piedras que rodeaban el manantial y no parecían muy dispuestos a seguir al resto.

—Me temo que no puede ser, todo el grupo tiene que permanecer junto mientras estemos en la cueva —respondió, tratando de mantener la educación. ¿Cómo podía ser que las excursiones de ancianos le dieran más problemas que las de los colegios? Con los niños, al menos, tenía la ayuda de los profesores. Los otros se portaban también como críos, pero sin nadie que pudiera reñirles por ello—. Son las normas.

La anciana sonrió antes de responder, pero sus ojos se clavaron con tanta intensidad en ella que la hizo retroceder un paso.

—Mi marido no se encuentra en condiciones de caminar mucho más. Espero que lo entienda.

«Bueno, es que entonces no sé para qué se les ocurre venir a escalar por piedras» pensó la guía, aunque se mordió la lengua.

—Le repito que…

—No nos moveremos de aquí, se lo prometo —la interrumpió la anciana—. Y será mejor que se de prisa, su grupo se le escapa.

Era cierto. El resto de los ancianos habían seguido caminando sin ella y no podía dejarlos demasiado tiempo solos sin supervisión. La guía sabía que lo que estaba a punto de hacer era un error, pero no podía agarrar a la pareja por las orejas y obligarles a seguirla. Acabó cediendo con un asentimiento y les dio la espalda antes de que llegara a arrepentirse. La caminata por los túneles no duraría demasiado, de todas formas, y en seguida estarían de vuelta para recogerlos como si nada hubiese pasado.

«Dios, qué ganas de llegar al puto restaurante».

Svig se aseguró de que la mujer desaparecía por el camino entre las rocas antes de volverse hacia Raghast.

—¿Unas gotas de sangre?

El anciano, que todavía respiraba trabajosamente, asintió.

—Con eso bastará —respondió—. Como siempre.

La anciana sacó una navaja del bolso y la abrió.

***

Raghast tenía los ojos en blanco y no veía nada que no fuera la telaraña que los mundos y las estaciones tejían unos con otros en la fina capa que los separaba unos de otros. El portal había aceptado las ofrendas de sangre, pero ahora tenía que conseguir abrirlo en el momento y en el lugar al que querían ir. Era un proceso delicado y peligroso, y la sangrienta batalla que se estaba librando a su alrededor no le ayudaba nada a concentrarse.

Svig mantenía a los monstruos a raya lo mejor que podía. Eso significaba que, a pesar del cansancio y su pierna herida, su hacha silbaba en el aire con la rapidez de un halcón cayendo en picado sobre su presa, desgarrando la carne de todo aquel que se encontrara a su paso. La bárbara gruñía en cada envite, liberando toda su furia para mantener un perímetro seguro alrededor del mago. Pero las hordas oscuras seguían empujando.

—¿Raghast?

El mago escuchó la voz de su amada en la lejanía, perdido en una ventisca entre mundos. Su magia era poderosa, pero estaba demasiado débil como para poder contener aquella espiral. Debía escoger un camino, el que fuera, y sacarlos a amos de allí. No tenía tiempo para trazar más líneas en el mapa que había intentado componer. Tendría que confiar en su instinto o él quedaría atrapado en aquel limbo entre portales y Svig sucumbiría ante las bestias que los amenazaban.

—Es la hora.

La bárbara retrocedió hasta él, decapitando a uno de los monstruos que había aprovechado el momento para lanzarse contra ella, y cogió su mano.

***

Habían perdido la cuenta de las veces que habían estado frente a esa misma agua y, aun así, volver a descender por la gruta siempre les ponía un nudo en el estómago. Raghast y Svig unieron sus manos, haciendo que las palmas de ambos escocieran por los cortes que se habían hecho el uno al otro, mientras la sangre resbalaba como ofrenda al portal.

La bárbara levantó los ojos hacia el mago.

—¿Estás seguro?

Él asintió.

—Esta vez sí —respondió—. Es la puerta que nos llevará de vuelta a casa.

—No lo digo por eso —Svig alzó la mano libre para acariciarle el rostro, arrugado y exhausto—. No sabemos que sucedió allí cuando nos marchamos. Puede que los Oscuros se hicieran con el control, que la Orden haya desaparecido, que todo este arrasado…

Raghast la interrumpió.

—Me dijiste que querías morir en casa, pasara lo que pasase —dijo mientras ella asentía—. Y yo quiero hacerlo a tu lado.

Las aguas del manantial comenzaron a girar y a iluminarse, tal y como habían hecho por las decenas de mundos y de tiempos por los que habían peregrinado a lo largo de los años, exiliados de su tierra y en busca de una forma de llegar de nuevo a ella. Habían tardado décadas en trazar la ruta de vuelta, consultando a sabios de todas las razas que encontraron, huyendo de los que los consideraban demonios, escondiendo su verdadera identidad. Pero en aquel momento la tenían allí delante, al alcance de la mano. Los dos sintieron vértigo.

—Todavía puedo intentar enviarnos a un tiempo anterior —dijo el mago—. No es tarde para impedir que comience si quiera la guerra.

Pero Svig sacudió la cabeza.

—Dijimos que no, Raghast —replicó—. Que esa línea ya se había desdibujado.

—Solo es un rastro cubierto por la nieve —dijo el mago—. Puede volver a trazarse.

La bárbara alzó una ceja.

—¿Exactamente igual que estaba?

El silencio del mago fue respuesta suficiente. No podían retroceder sin la amenaza de cambiarlo todo y, por mucho que hubieran luchado por librar a su mundo de la amenaza, ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar la presencia del otro en él. Era imposible asegurar que sus actos no cambiarían tanto el rumbo de la existencia en el pasado como para que ambos nunca llegaran a nacer y encontrarse tal y como lo habían hecho en la vida que habían vivido hasta ese momento. Aunque conllevase tener la responsabilidad de la muerte de millares manchando sus conciencias, eran demasiado egoístas como para hacer ese sacrificio.

Raghast respiró hondo y comenzó a dejarse caer en el trance.

—¿Preparada? —musitó con voz ronca.

Svig le apretó todavía más la mano, abarcándola por completo con su palma.

—Vámonos a casa.

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