Se reparan enseres, de María Angulo Ardoy

Se reparan enseres, de María Angulo Ardoy

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 07

Llegué a Beas del Segura, Jaén, una tarde de mediados de julio siguiendo una carta enviada a La Otra Cara de la Verdad, la revista sobre fenómenos paranormales para la cual trabajaba desde haría tres años. No me entusiasmaba el trabajo, pero pagaba las facturas y en 2017, comer de mi trabajo como periodista o algo similar parecía una utopía.
Me tomé el encargo como un castigo de mi redactor jefe por desmontar un supuesto avistamiento alienígena en mi artículo previo. Un pueblo de Jaén en el peor verano de cuantos recordaba; un pueblo lejos de las autovías, en la sierra de las Villas, para ir a hablar con un ama de casa pueblerina sobre un pedrusco sin interés, por cuanto sabía.

Mi primer prejuicio, esto es, lo insufrible de Jaén en verano, se vio pronto desmontado. No se trataba, no vayan a pensar, de un clima cantábrico en el sur. Pero al menos, cuando llegué, a eso de las diez de la noche y después de haberme perdido por esos montes más horas de las necesarias por un fallo de mi GPS, corría una brisa agradable. Dejémoslo en una brisa. Dejémoslo en que no era Madrid en julio.
Busqué mi pensión, dejé mis trastos en la habitación y bajé a cenar en el primer bar abierto. Ahí sí, confirmando mis prejuicios, siendo un pueblo de Jaén, no faltaban bares ni, en ellos, tapas. Me pedí una caña y me pusieron al lado una carne guisada con patatas. Miré a mi alrededor. Aquel bar concreto parecía sacado de los peores bares de abuelo de mi infancia en un barrio periférico de una gran ciudad en los ochenta. Mesas y sillas de un contrachapado desconchado que conoció mejores tiempos. Suelo de terrazo desgastado por el arrastrar de las patas metálicas y los frecuentes lavados con lejías y otros desengrasantes capaces de arrancar la costra aceitosa del suelo. Un olor a aceite refrito capaz de dejar sin hambre a estómagos menos vacíos y más exquisitos. En una mesa, dos hombres de edad avanzada con un chato de vino cada uno. En la otra, cuatro señores de diferentes edades, tal vez jugando su partida de cartas. Un camarero calvo, de camisa originariamente blanca, restregándose las manos grasientas en el delantal sucio atado bajo una tripa prominente. Los siete, en silencio, me miraban.
El primero en salir de su mutismo fue el camarero. Sacó el mando de la tele de debajo de la barra y, apuntando al aparato, lo encendió. Una ovación recorrió las dos mesas al aparecer en pantalla el partido de aquella tarde, ya no recuerdo entre qué equipos. Los feligreses emitieron una serie de frases genéricas antes de pasar a los “¡Uy!”, “¡Ay!”, “¡Sí, sí SÍ!”, “¡No, NO, NO!”, “¡Goool!” y otros monosílabos propios del ritual. En realidad tampoco recuerdo si se llegó a marcar algún gol antes del fin de mi segunda caña, acompañada de una montañita de alguna cosa rebozada, y de salir de aquel antro.
Paseé un rato por el paseo hacia el arroyo Valparaíso, disfrutando la brisa nocturna. Una pareja de enamorados cuchicheaba en un banco, bajo unas columnas neoclásicas sin techo que sostener. Un matrimonio rodeado por un enjambre de niños a la carrera caminaba en dirección contraria. Cuatro adolescentes se sentaban en una escalinata, hablando animadamente.

—Que no, tío, te juro que no. La evidencia demuestra que el Universo es uniforme en todas las direcciones —creí escuchar a uno de aquellos chicos de aspecto macarra. Al acercarme para comprobarlo, las voces bajaron el volumen.
—¡Anda ya! —contestó una chica al cabo de unos segundos— ¡Te crees cualquier cosa de las pelis!
Me alejé con esa tranquilidad de quien comprueba saber en qué mundo vive y regresé a mi pensión a eso de las doce con la intención de dormir mis buenas siete horitas antes de comenzar mi día y salir en busca de la autora de la carta. En la habitación, repasé el texto.
Estimado redactor jefe de “La Otra Cara de la Verdad”,
Me mudé a Beas del Segura, Jaén, hará seis meses por motivos familiares. En un principio parece un pueblo común de esta zona, dedicado a cultivar olivos. Sin embargo, he notado ciertas cosas desconcertantes desde mi llegada en la gente de Beas. No son gente de la tierra, ya me entiende.
Para no extenderme, mi aspiradora, comprada en Sevilla antes de venirme, se rompió en Semana Santa y la llevé a la tienda de reparaciones local, que me habían recomendado mucho. Yo la habría cambiado por una nueva, pero era una electrodoméstico de gama alta y pensé que, qué demonios, igual se podía hacer algo.
Desde la reparación, mi aspiradora hace cosas extrañas. En el filtro aparecen cosas extrañas y desaparecen otras. Se lo comenté a un par de vecinas y no se sorprendieron lo más mínimo. ¿Puede creerlo? Luego dijeron que serían cosas mías, pero les vi la cara y les parecía lo más normal del mundo.
El caso es que, cansada de ser tomada por loca por mi marido y las vecinas, envié una de las extrañas piedras a analizar con un amigo de la Universidad de Sevilla. No le dije de dónde había salido. Le conté que la había comprado en mercadillo y quería comprobar si era el mineral que me habían dicho o me habían timado.
Mi amigo contestó hace un mes, emocionado. Al parecer se trata de un meteorito y contiene al menos un metal extremadamente raro en la Tierra. Me preguntó si podía quedárselo para la colección de su Facultad y le dije que sí. Yo tengo otros cuatro o cinco iguales. Me envió el informe adjunto, para demostrar lo que le digo.
¿Qué hacía un meteorito poco común, y no uno sino seis, en el depósito de mi aspiradora? ¿Cómo llegaron hasta allí si en casa no veo sino tierra y polvo? ¿Dónde han ido a parar, por su parte, un par de coleteros que cayeron detrás del sofá y no he vuelto a encontrar?
Por otros detalles que he observado pero prefiero no comentar, por no alargar la carta, sospecho que hay más rarezas en este lugar y los pueblerinos saben más de lo que cuentan.
Toda suya,
Alba del Rocío Márquez del Prado.

A la mañana siguiente, desayuné en una pastelería cercana. En la barra, un par de clientas discutían con la pastelera sobre la receta de unos piononos. Mientras desayunaba, me entretuve a comprobar si los piononos de Beas eran algún postre típico, descubriendo cómo hacía ya años un pastelero granaíno los trajo de Santa Fe y eran un calco de los originales. Decepcionado por no poder sacar siquiera un mísero artículo gastronómico de aquel viaje, pagué y pregunté por la dirección de Doña Alba.
Después de sudar la gota gorda a lo largo de varias calles estrechas y empinadas de casas alargadas construidas contra la falda de la montaña, llegué a su domicilio, donde, para mi sorpresa, me abrió una mujer de unos 30 años en lugar de la vieja matrona aficionada a los programas de ocultismo de mi imaginación. Era atractiva, no muy llamativa, se peinaba con cierto gusto y se vestía con sencillez.
—Borja Freire, de “La otra Cara de la Verdad” —Tendí mi mano y ensayé mi mejor sonrisa de póker, recordándome mentalmente fingir un genuino interés por cuanto la buena mujer tuviese a bien contarme.
—Pase, pase. Lo estaba esperando —me invitó ella, llevándome a una salita con el mobiliario justo e imprescindible, en su mayoría, en apariencia, reciclado de diferentes lugares y con apenas dos cuadros de paisajes descoloridos en las paredes. Las estanterías estaban vacías y sólo la mesa de comedor, con el ordenador portátil y una pila de revistas, parecía habitada—. No es muy agradable, pero tampoco quiero acomodarme demasiado. Con suerte en año y medio mi marido conseguirá el traslado y podremos acercarnos más a casa.
—¿Su marido?
—Es el interventor. Le dieron plaza en Beas en las oposiciones. Por eso nos vinimos.
Asentí como si me hubiese revelado una pieza crucial de información, en mi papel de atento oyente de aquella pantomima. No me era conveniente alargar mucho la conversación y la decoración de un salón alquilado era un tema trivial como para dedicarle más de un “Ajá” y una mirada comprensiva.
—Señora Marquez, si no le importa, ¿dónde podríamos…?
—Sí, sí. Siéntese en el sofá. Es feo pero cómodo. Un segundín y traigo los cafés. ¿Cómo le gusta?
Pocos minutos después, sentados ante sendas tazas de café y una bandeja de pasteles con los inevitables piononos, por fin comencé a grabar la entrevista. El relato de Alba Rocío Marquez del Prado, tal como consta en mi grabadora, venía a ser:
Mi marido y yo nos vinimos en enero, cuando él se incorporó a su plaza. Estábamos contentos. Nos había tocado Andalucía y no era un pueblo demasiado pequeño. Para un primer destino no era malo.
Alquilamos la casa. Como era algo temporal, hicimos pocos cambios. Mi marido comenzó a trabajar en seguida. Trabaja mucho y por las tardes, estudia para cuando saquen

las plazas de promoción interna, así que hace poca vida en el pueblo. Yo, sin embargo, como socióloga de carrera, en seguida me interesé por saber de la vida de las gentes de la zona.
Al principio y en un contacto superficial, las conversaciones de este pueblo parecen las mismas de cualquier rincón de España. La ropa es similar, las calles parecidas. El silencio súbito cuando a veces entraba en una tienda me parecía el natural recelo ante el extranjero.
Cuando presté más atención, sin embargo, observé cómo las conversaciones más inocentes acababan convirtiéndose con cierta frecuencia en discusiones de física y matemáticas. Pensé que podría tratarse de tan sólo un grupo pequeño de personas muy estudiosas y probé a explorar diferentes lugares y grupos. De algún modo, un porcentaje sorprendente de gente de Beas parece incapaz de terminar una conversación sin derivar hacia la física.
Esta peculiaridad, que podría parecer encantadora y anecdótica, tan sólo me llamó la atención hasta el incidente de la aspiradora. Se rompió poco antes de Semana Santa y una vecina me recomendó la tienda de reparaciones Aybar. Como los comercios iban a estar cerrados y era una buena aspiradora, decidí probar.
La tienda la lleva a día de hoy un nieto de la dueña original, pero la señora Herminia Aybar estaba allí sentada y, cuando entregué la aspiradora, la buena mujer preguntó si quería una reparación “normal o especial”. Creí que la mujer chocheaba. Su hijo se puso colorado. Pero ella insistió y yo contesté que especial, por supuesto. Ella me dijo que estaba de suerte, porque las reparaciones especiales sólo se pueden hacer en vacaciones. Y yo me fui tomándolo por el delirio de una anciana demente.
Recogí la aspiradora tres días después. Funcionaba a la perfección, incluso mejor que nueva. Un día, al aspirar bajo el sofá, noté cómo se bloqueaba el tubo y lo retiré justo a tiempo de ver desaparecer dentro un coletero rojo perdido.
Paré la aspiradora, retiré el depósito y vacié el contenido en una bolsa en busca del coletero. Al no verlo, dudé si se habría quedado en un filtro o en el tubo. Lo desmonté todo sin dar siquiera con un resto rojizo y, si la aspiradora lo hubiese roto, habría restos, ¿no? Cuando volví a revisar el contenido con más calma, encontré la primera piedra. (En este punto, Doña Alba me mostró una piedra irregular negra con vetas plateadas y verdosas, de unos 4 centímetros de diámetro)
Como ve, no hay manera humana… Es un decir, ya sabe. No hay manera de que esta piedra hubiese podido pasar por el tubo. Pensé que se trataría de algo puesto en el tambor al repararla, tal vez para depurar el aire o algo. ¡Un carbón activo de esos, vaya! Y la volví a dejar en el tambor.
Dos semanas después, eran tres las piedras. Esa vez las retiré. A la semana ya había otra. Se lo dije a la vecina, la que me recomendó a los Aybar, y ella sonrió. ¡Sonrió! Y me dijo que esas cosas pasan, que quién sabe a día de hoy cómo funcionan todos los cachivaches que usamos. ¿Se lo puede creer?

Lo hablé con otra vecina, muy interesada por las piedras hasta que mencioné la tienda. Fue hablar de Reparaciones Aybar, se puso blanca y me dijo lo mismito, vaya. Mi marido lo achacó a mi aburrimiento y me recomendó retomar mi tesis. Y no quiso volver a hablar del tema. Al final, envié un mensaje a mi amigo el geólogo, en la Universidad de Sevilla, y le mandé la piedra contándole la milonga esa del mercadillo de minerales. No quería ser tomada por loca más veces.
Y mire. ¡Mire!
En este punto, me mostró en el ordenador un informe de la composición de una roca, confirmando que se trataba de un probable meteorito y analizando su composición, así como la carta del geólogo comentando lo poco frecuente de uno de los minerales detectados. Le comenté a Doña Alba que resultaba imposible saber si ese informe correspondía a las mismas piedras mostradas o si esas piedras las había obtenido en algún mercadillo.
En ese momento, la mujer se levantó, salió de la habitación, regresó con su aspirador e insistió en mostrarme el depósito y los tubos y filtros, perfectamente limpios. Antes de dejarme marchar, lo encendió, limpió bajo el sofá haciéndome levantar los pies y lo detuvo. Abrió de nuevo el depósito y me mostró en su interior una piedra, esta de 5 centímetros, en su interior.
Le pedí, por favor, que me dejase conservar la piedra y una copia del informe del geólogo para poder contrastar los datos y ella se mostró ansiosa por colaborar.
—No me cree, ¿verdad? Nadie me cree. Pero paséese por el pueblo. Escuche las conversaciones.
—Lo he hecho —contesté, molesto y sin intentar ya simular interés—. Cené anoche en un bar y esta mañana he desayunado en una pastelería.
—¡Pero déles más de unos minutos, hombre! Espérese, en silencio, y escuche. Hágame caso.
Conseguí salir de la casa cerca de la una y decidí aprovechar el consejo de Doña Alba para ir a por una cervecita que, después de las horas en aquella casa sin aire acondicionado, se me antojaba imprescindible. Esta vez elegí un bar moderno, por la climatización, dispuesto a seguir acodado en mi mesa hasta la hora de la siesta.
El lugar cumplía todo lo esperable de una casa de comidas a medio día en sábado, con la chiquillería correteando, los padres persiguiéndolos desesperados cuando no ignorándolos y respondiendo con un encogimiento de hombros a cualquier cliente molesto por el comportamiento de sus churumbeles, los abuelos de la familia beatíficamente sentados en espera de su comida, los adolescentes revisando sus móviles con cara de hastío y los camareros haciendo fintas para esquivar a la clientela de culo inquieto. Influenciado por la conversación con Doña Alba, me esforcé al menos cinco minutos en prestar atención a la conversación de fondo sin detectar nada extraño.

Pedí mi comida, dispuesto a finalizar el ritual alimenticio, recoger mis cosas de la pensión y salir pitando de vuelta a Madrid con la esperanza de regresar a tiempo de ir a cierto concierto muy prometedor de aquella noche.
—Pero chico, ¿no ves que para lanzar la pelota por encima de los demás jugadores habría tenido que imprimir tal ángulo a la parábola de desplazamiento de la bola que se habría salido fuera del campo? —comentó una voz cascada en la mesa contigua.
Intenté mirar con disimulo, como quien observa a un animal salvaje sin querer espantarlo. Entre el murmullo general, escuché algunos comentarios sobre ángulos y fuerzas con números concretos y unidades de medida arcanas, de esas alguna vez oídas en clases de secundaria y jamás memorizadas. Alguien debió dibujar un esquema.
—¡Abuelo! ¿Ya estás dando la murga con tus físicas y tus puñetas otra vez? —interrumpió la discusión otra voz masculina—. ¿No ves que a nadie le van ni le vienen esas manías tuyas? Tengamos la comida en paz y dejemos la física a los físicos y el fútbol a los futbolistas, anda.
La conversación giró pronto a temas prosaicos: las notas de tal o cual chaval, la novia nueva de tal o cual divorciado de la familia, si se le habían estropeado los melocotones a la prima o si ese año la aceituna iba a darse bien o mal por la escasez de lluvia. Esperé con paciencia y, cuando el hombre de la parábola futbolística se levantó al baño, lo seguí con discreción y esperé lavándome las manos en el aseo a su salida.
—Buenas —lo saludé cuando al fin se aproximó a su ritual de higiene—. ¡Menudo veranito está haciendo, ¿eh?
—¡Y que lo diga! ¡No recuerdo una racha de veranos así en mis más de 80 años!
—Antes no he podido evitar escucharlo —Me sequé las manos en gesto descuidado, como si no llevasen más de 10 minutos bajo el grifo abierto—. Muy interesante lo que dijo sobre el recorrido de la pelota en el partido de fútbol.
—¿Por la parte que toca a la física o al fútbol?
—Supongo que ambas tienen su interés, pero me ha sorprendido escucharle analizar así la jugada.
—Vicios que tiene uno desde chico, ya sabe —le quitó hierro él—. La mala influencia del maestro de cuando iba a la escuela.
—Me gustaría saber más de ese maestro y su afición a la física. ¿Le importaría si más tarde le hago una entrevista? —El anciano me miró con cara de desconfianza—. ¡Oh! ¡Disculpe! Borja Freire, periodista de “La Otra Cara de la Verdad”.
—No sé… Igual debería consultárselo a mi hija antes de…
—Estoy trabajando en un artículo sobre el interés de la gente de a pie en las ciencias —mentí—, y me sería de gran ayuda.

El hombrecillo dudó aún un momento antes de preguntarme dónde me hospedaba y comprometerse a pensárselo. Regresé al comedor, pagué mi comida y me retiré a mi hostal dispuesto a echar una siesta y confiando en recibir visita.
Don Andrés, que así se llamaba el buen hombre, apareció a eso de las cinco, dejando a toda su familia acostada. Me condujo a una heladería cercana y pidió un blanco y negro.
—¿Un helado?
—No se lo diga a mi hija, ande —solicitó, lamiendo la cuchara después de remover el helado y el granizado—. ¡Está de un pesado con la diabetes! Como si yo fuese a vivir eternamente si no como dulces. Y algún capricho de cuando en cuando me habré ganado a estas alturas de la vida, ¿no?
—¡Y yo pensando que los señores de pueblo bebían carajillos y vino de pitarra!
—Lo del vino también me lo han quitado. Y el café. Y más cosas. ¡Pero los helados de esta mujer son un pecado! Y si se ha de caer en uno, mejor hacerlo a lo grande.
Sonriendo, saqué mi grabadora y pedí un café con hielo mientras miraba con envidia aquel copón de hielo y helado desaparecer cucharada a cucharada, sorbo a sorbo ante mis ojos.
—Cuénteme, Don Andrés, ¿cómo es que sabe usted tanto de física?
—La culpa fue de Don Luis, el maestro que hubo por acá después de la Guerra. Ya sabe, para castigar a muchos maestros republicanos, los mandaban a pueblos lejos de su casa, y así nos cayeron aquí dos joyas.
—¿Era profesor de física?
—¡Uy, qué va! ¡Si no había ni instituto por estos pueblos, entonces! De primaria. Era maestro del colegio. Pero le gustaban las ciencias y nos traía noticias de los últimos descubrimientos y nos enseñaba cómo funcionaba el mundo. Ya sabe: uno usa toda la vida una carretilla y no se para a pensar por qué hay que hacer más fuerza cuesta arriba que cuesta abajo y en tierra que en suelo liso. Pero Don Luis le hacía pensar a uno. Se te quedaban sus lecciones dando vueltas en la cabeza y al llegar a casa te pasabas la tarde calculando la fuerza necesaria para subir un cubo de agua o para subir el mismo cubo con la polea del pozo; o cómo funcionaba el motor de un coche; o comprobando si los muros eran verticales o el suelo estaba inclinado.
—Pero no sería tan importante. Quiero decir: igual su generación entera estudió con ese profesor, pero muchos dejarían pronto los estudios, a algunos no les interesaría y luego vendrían otros profesores.
—¡Claro que vinieron otros profesores! Verá, ocurre que Don Luis se casó con una joven del pueblo y, cuando ahorraron un dinero, pusieron una tienda de ultramarinos y reparaciones de radios. Al principio, sólo radios —Andrés dio un largo sorbo a los restos de

helado del fondo de su vaso—. Don Luis enseñaba en el colegio, Doña Ascensión llevaba la tienda y, por las tardes, él se pasaba allí las horas muertas hablando con quien entrase.
“Las reparaciones no daban para mucho y entonces la tienda vendía golosinas, tebeos, novelas de a duro de esas retornables… ¿Las conoce? No, claro, usted es demasiado joven. Pero para los que gustábamos de novelas de aventuras, era el único sitio del pueblo donde se podía conseguir algo al dinero que podíamos ganar ayudando en la recogida. Muchos nos pasábamos las horas muertas allí, escuchando a Don Luis, hablando sobre ondas de radio, novelas de aventuras y los cachivaches que poco a poco iban llegando de la ciudad.
“La tienda fue creciendo y los hijos de Don Luis se ocupaban de las reparaciones mientras Doña Ascensión llevaba la tienda. Él se jubiló y echaba allí también las horas. Los niños crecimos, pero seguíamos pasando horas y horas hablando con Don Luis de cómo funcionaba desde una batidora a un cohete. A veces pasábamos las tardes estudiando la física detrás del mundo imaginario de una novela.
—¿Y esa afición les ha durado toda la vida?
—Verá, el hijo de Don Luis… Qué decepción fue para el pobre… Decidió dejar la tienda, no intentarlo con la enseñanza y renegó de las matemáticas y la física teóricas… El pobre Don Luis lo disimulaba, pero le partió el corazón. Si al menos hubiese decidido ser agricultor… Pero le gustaba el dinero. Así que se marchó a estudiar a Granada y se hizo contable. Y pocos años después, se llevó a su familia con él.
“¿Le importa si pido otro? —Don Andrés se levantó y pidió sin esperar mi respuesta—. ¡Duran tan poco los helados! Se les va la mitad en el derretido
Ya en la mesa, con una copa de helados de turrón, café y nata delante, se tomó sus buenos cinco minutos para regodearse en su nuevo postre antes de continuar.
—Me hablaba del hijo de Don Luis —lo invité a continuar.
—Don Luis hijo, el contable, y su familia, sí. Seguían viniendo los veranos, pero Luis hijo ni entraba a la tienda, que se quedó su hermana, Herminia. A la tienda seguíamos yendo muchos antiguos alumnos, incluso después de fallecer Don Luis, porque Herminia, aunque menos hábil explicando, era buena con la ingeniería y nos resolvía dudas. Sus hijos le ponían oficio, pero no interés. Y de los hijos del hermano, de Luis hijo, uno de los chicos acabó de abogado, el otro a veces mostraba interés por los cachivaches y enseres de la tienda de reparaciones, pero era más de coches. Pero la chica… ¡Ah, la chica! Rosita era especial. Era la nieta de Don Luis y se le veía en el brillo de los ojos cuando le ponían delante un cacharro o una fórmula.
“Antes de irse del pueblo, pasaba horas en la tienda con su abuelo y su tía. Reparó su primera radio a los 8 años. A los 10, un verano que se vino desde Granada, ya conseguía que pillásemos emisoras de Francia o incluso de América. No le parecerá gran cosa, pero todavía estábamos en la dictadura y la chiquilla aquella se podría haber metido en un lío si no fuese porque estábamos tan emocionados y por el cariño a Don Luis y su familia.

—No entiendo qué tiene que ver esto con la peculiar afición de la gente del pueblo por la física.
—Bueno, pues ahí está el tema. Rosita, igual que algunos chavales del pueblo antes, decidió estudiar física. La niña era especial…
—Ya lo ha comentado— le recordé, impaciente y temiéndome que la historia se alargase hasta acabar con las existencias de helados de todo Beas, a juzgar por la velocidad que llevaba el señor Andrés con la segunda copa.
—El caso es que, para cuando acababa el bachillerato, ya era capaz de reparar y mejorar casi todos los enseres que le llegaban a su tía. En verano, uno llevaba sus cacharros, no porque estuviesen rotos, sino para conseguir una aspiradora capaz de dejar una tapicería como nueva, o incluso de moverse sola; o una lavadora-secadora.
—¿Sabe que esos aparatos existen?
—Pero entonces no existían. No aquí, por lo menos —Aseguró el anciano, levantando su copa vacía y golpeándola con la cuchara a modo de reclamo para la dependienta—. Y hablar de física con Rosita en verano era incluso más interesante. Cuando entró a la Universidad, empezó a hablarnos sobre astronomía, sobre la estructura del Universo, sobre la carrera espacial y la Teoría de la Relatividad… Uno no podía dejar de escucharla.
—¿Y sólo un viejo profesor ya fallecido y una estudiante de física consiguieron convertir la física en el tema de conversación de sobremesa del pueblo?
—Bueno, no todo el pueblo. Algunos sí nos reunimos con frecuencia para hablar de estos temas, pero la mayoría no le ven a gracia —La camarera depositó sobre la mesa otra copa idéntica a la desaparecida—. Pero sí, Don Luis, Doña Herminia y Rosita consiguieron interesarnos a muchos.
—No me lo creo —Me recosté en mi silla con los brazos cruzados y mi mejor mirada escéptica, intentando forzar la conversación sobre los famosos electrodomésticos.
—Bueno, piense en las mejoras que Rosita conseguía en los cachivaches. Cuando te explicaba cómo conseguirlo, hasta te atrevías a intentar arreglar tu batidora para hacer un robot de cocina.
—Los robots de cocina también son normales a día de hoy —insistí, inclinándome hacia Don Andrés e intentando parecer amenazante.
Tal vez fuese por ver peligrar su próximo helado, tal vez por orgullo de patria chica ofendido; en todo caso, vi cambiar su mirada antes de seguir hablando, ahora con tono confidencial.
—Verá, esas cosas… “normales”, diríamos, fueron sólo el principio. Rosita Aybar es capaz de mucho más.
—¿Como por ejemplo?

—Como… No, no se lo puedo contar.
—¿Sabe qué? No me creo ni una frase de su historia. Apostaría a que usted mismo fue profesor de joven y por eso sabe de física. A que don Luis y su familia ni existieron y mucho menos la tienda que me cuenta…
—¡Pero la tienda existe! Si va ahora, en julio, encontrará allí a doña Herminia y a Rosita trabajando —aseguró Andrés—. Bueno, Herminia ya no mucho. Pasa las tardes allí porque le divierte, pero se le empieza a ir la cabeza.
—¿Y por qué iba a visitar una tienda de reparación de electrodomésticos normal y corriente? —dije, fingiendo levantarme mientras el anciano miraba el fondo de su copa, de nuevo vacía.
—Porque no es normal ni corriente —murmuró él—. Porque los enseres de esa tienda hacen… cosas.
—Todos los electrodomésticos hacen cosas, don Andrés. Es la magia de la modernidad —dije, fingiendo pagar la cuenta.
—Estos hacen cosas raras.
—¿Cómo romperse?
—¡Como traer cosas de lejos! —gritó el buen anciano, enfadado— ¡De lejos o de hace mucho!
La dependienta de la tienda apenas llegó a tiempo de hacerle un gesto de silencio que percibí por el rabillo del ojo. Pedí otro helado al anciano, este para llevar, y lo acompañé al paseo del río para contarme el resto mientras andábamos.
La calle estaba vacía, normal con el calor de aquella hora, pero caí en la cuenta de no haber visto a ningún jornalero saliendo al trabajo de mañana y así se lo hice ver a Don Andrés, contando con dar con otro hilo del que tirar.
—¡Pero no me sea burro de ciudad, hombre! —me dijo don Andrés—. ¿No ve que es verano y la aceituna se recoge en diciembre? Ahora, como mucho, quien tiene huerta se va a trabajar sus frutales.
—Entiendo. Don Andrés, ¿qué tal si nos dejamos de rodeos y me cuenta de una vez qué hace tan especial esa tienda y a sus dueños?
—No sé si debería… Es un secreto, ya sabe…
—¿Un secreto de todo el pueblo?
—No todos.
—¡Vamos, Don Andrés! —insistí con mi mejor mirada culpabilizadora—. Que no nací ayer.

—Bueno, bastantes del pueblo, sí. Pero debe prometer no contarlo.
No esperaba una gran noticia, la verdad, y me resultaba fácil comprometerme a no contar nada. En el mejor de los casos, pensé, tendría las fantasías de un ama de casa aburrida y un viejo demente para vender como historia y las amas de casa y los ancianos dementes no venden periódicos. Prometí guardar el secreto.
—Verá, esos cacharros… —continuó el señor Andrés, ahogando su culpabilidad en el helado—, traen objetos de muy lejos.
—¿Cómo de lejos?
—Bueno, por ejemplo, la batidora de mi mujer, después de arreglarla, le ponía curry a todo. Y por aquí no se estilaba entonces el curry, no sé si me entiende.
—Vamos, que su mujer empezó a cambiar los condimentos. Eso no es misterioso, Don Andrés.
—Una vecina aseguraba que en su lavadora apareció ropa extraña —comentó el anciano en voz baja—. Ya sabe que en las lavadoras suelen desaparecer cosas pequeñas: un calcetín, una goma del pelo… Pero a ella le apareció un traje de princesa medieval. Enterito.
—Su vecina se compró un disfraz y se inventó una historia fantasiosa, vamos.
—¡No, no, no! Es de verdad un traje de princesa y Encarna nunca miente. También están los fragmentos de piedra lunar de la pulidora de José Pascual…
—¿Cómo saben que es piedra lunar? —insistí, fingiendo escepticismo a pesar de conocer la historia de los meteoritos de doña Alba—. ¿Acaso la han llevado a analizar?
—Pues sí. Un sobrino suyo que estudiaba geología las analizó y dijo que eran piedra lunar. ¡Pero no es lo único! —exclamó al ver mi cara de decepción al hablarme del sobrino—. En mi frigorífico, por ejemplo, apareció una carne rara… Creemos que es de mamut, ¿se lo puede creer? Estaba congeladísima y sabía diferente de cualquier otra carne…
—Don Andrés, todo esto pueden ser fantasías de gente demasiado predispuesta a creerse cualquier cosa. ¿Piedras lunares? ¿Trajes medievales? ¿Carne de mamut?
—Si no me cree, puede preguntar a los vecinos que le he dicho. O mejor, puede ir mañana a la tienda. Abren a eso de las diez —contestó el anciano con aire digno antes de despedirse.
No tenía malditas las ganas de quedarme un día más de los necesarios en el pueblo. Por otra parte, la semana del Orgullo Gay, la entrada a Madrid estaría imposible. Quedarme un día más a costa del periódico no parecía mala idea.
Aquella noche cené un bocadillo en la tasca del día anterior y me fui a la cama pronto con la intención de ver en cascada una serie prometedora en el ordenador. Escribí a mi jefe hablándole del supuesto meteorito, aún por confirmar, de Doña Alba y de “algunos otros episodios, más propios de las fantasías de un viejo demente con demasiada imaginación que

de una noticia real”, y explicándole como, para asegurarme y hacer una buena labor periodística antes de dar por falsa la historia, me quedaría un día más. Releído, me pareció evidente para cualquiera con dos dedos de frente que me quedaba para tomarme un día más de descanso a costa de la empresa. Así que envié un wassap con el texto: “Me han recomendado que hable mañana con un par de personas más. Ya te contaré”.
A la mañana siguiente perdí una par de horas por la mañana en pasear, desayunar con calma, leer la prensa del día y sorprenderme al escuchar de refilón, en la pastelería, algún comentario sobre la base física de la Ley de Murphy y por qué la tostada cae más a menudo por el lado de la mantequilla. De no haber sido por las historias de Alba y Andrés, lo habría tomado por una conversación inocente de “en algún sitio he leído que…”.
Paseé paseo arriba y abajo hasta llegar a los límites de Beas, acabando en el Valparaíso en un extremo y en los campos de olivos, tan vacíos como Andrés me había avisado, en el otro. Sí me crucé con dos o tres señores azada a cuesta subiendo las cuestas hacia el monte o bajando con bolsas de frutas y verduras.
—Tómese uno, paisano —me ofreció un amable hombre de mejillas sonrosadas, sentado en un murete de piedra, tendiéndome un melocotón recién pelado—. ¡Lleva usté una cara de desfallecío que ni en el Camposanto!
—Muchas gracias —Cogí la fruta, recién pelada, de su mano y pegué un mordisco. La pulpa empalagosa se me deshizo en la boca mientras la fruta me chorreaba por la mano. Iba a necesitar una servilleta en seguida, pensé—. Buenísimo. Oiga, paisano —agregué, imitando el habla local—, me han recomendado una tienda de reparaciones para llevar mi… maquinilla de afeitar, que se rompió ayer. Aybar, creo. ¿Sabe usted si son buenos?
—Mucho. Pero se debe andar con tiento al pedirles cosas, no vayan a cambiarle la maquinilla por un teléfono.
—¿Ocurre a menudo, que confundan pedidos?
—Nunca, que yo sepa. Confunden a los cacharros, que de repente se crecen y se vienen con aires de grandeza.
No pude evitar reírme. Me despedí del campesino y corrí al bar más cercano para lavarme los restos de melocotón de la mano. No debería haber sido tan imprudente, pensé. A saber qué puede llevar un melocotón recién cogido de un campo de un particular.
A las diez y media me dirigí a “Reparaciones Aybar”. En el escaparate todavía se exhibía, como una reliquia de tiempos pretéritos, un cartel amarillento escrito a mano sobre cartón con el texto: “Se reparan todo tipo de enseres mecánicos de cocina y trabajo”.
Abrí la puerta de cristal y una campanita tintineó a mi entrada a un local estrecho, de paredes cubiertas de estanterías hasta el techo con los más diversos aparatos eléctricos dispuestos sin aparente coherencia; aquí una batidora, al lado una radio, después una máquina registradora…

Una anciana afable tras el mostrador, con el pelo blanco recogido en un moño y una sonrisa apacible en el rostro, abrió los ojos al escuchar la campanita de la puerta de entrada.
—Buenos días, joven —se dirigió a mí—. ¿Qué desea? En este momento mi hijo ha salido…
—Verá, estaba de paso en el pueblo y se me ha roto el… ordenador—mentí de nuevo, arrepintiéndome al instante de no haber mantenido mi primera historia—. Y me han hablado de este sitio.
—Está de suerte. No solemos arreglar ordenadores, pero igual mi sobrina puede. Ella está solo en verano. Y, dígame, ¿quiere reparación normal o especial?
—Especial… supongo —propuse, recordando la historia de Doña Alba y con cierto miedo por mi pobre ordenador —. ¿En qué consistiría la reparación especial?
—¡Ah! ¿Quién sabe? ¡Es una sorpresa! —respondió ella con aire misterioso—. Será mejor que se lo explique mi sobrina. ¡Rosita! ¡Rosita! Un señor quiere verte.
De la trastienda apareció una mujer de alrededor de cincuenta años, pelo castaño corto, vaqueros y camiseta blanca manchada. Tía y sobrina tenían un vago aire familiar: la cara ovalada y los ojos marrones, la nariz fina y larga, los pómulos altos. Sin embargo, cuanto en la anciana Herminia era apacible, en Rosita resultaba enérgico y ágil.
—Rosa Aybar— La menuda mujer me tendió la mano tras limpiársela en el pantalón—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Borja Freire, de La Otra Cara de la Verdad —Una fugaz mirada de desconfianza cruzó el rostro de Rosa—. Algunos de sus vecinos me han contando maravillas de su negocio.
—El negocio de mi tía. Yo sólo hecho un cable los veranos.
—Por lo que he oído, con resultados impresionantes.
—Se trata de una tienda de reparaciones —replicó ella, modesta—. Los resultados son, a lo sumo, prácticos.
—Se cuentan historias de aspiradoras que materializan meteoritos, carne de mamut en los frigoríficos, ropas medievales…
—¿Me cree responsable de lo que cada cual guarde en su casa?
—Según cuentan, esos objetos han aparecido espontáneamente después de alguna de
sus reparaciones —insistí—. De las realizadas en verano por usted. Las especiales.
—Un exceso de imaginación de los vecinos. Y de mi tía, aquí presente, me temo —Con un gesto, fingió restarle importancia a la historia y se sirvió un vaso de agua de una nevera tras el mostrador—. ¿Quiere? —me ofreció. Negué con la cabeza—. ¿Carne de mamut en un frigorífico? ¡Vamos! Probablemente se olvidaron unos filetes demasiado tiempo y luego quisieron ver lo que no había. O alguien buscó una escusa absurda para justificar su olvido.

—Yo no dije que fuese un frigorífico —observé.
—¡Oh! Pero Andrés Frías suele decirlo. He escuchado la historia unas cuantas veces. ¿Verdad, tía?
—Es de mis favoritas —respondió la anciana, sonriente—. También está muy bien la de la cafetera en la que apareció mistela después de una semana. A algunos los va a comer la mugre.
—¿Cuántos dulces le costó conseguir la historia de Andrés? —Rosa dejó el vaso en el mostrador con un ruido sordo.
—Cuatro helados.
—¡Cuatro helados! —exclamó Herminia.
—A veces me sorprende que ese hombre siga vivo —añadió Rosa—. Un día no le encontrarán sangre en el azúcar.
No tenía especial cariño a aquella historia y prefería creerme la versión de una ilusión colectiva provocada por el calor, la demencia de Andrés, el aburrimiento de Alba del Rocío o el deseo de vivir en un lugar más emocionante que un pueblo en la sierra de Jaén. Sin embargo un maldito orgullo profesional me incitó a seguir escarbando en un relato que no creía por el simple hecho de encontrar a alguien negándolo.
—Entonces, ¿desmiente totalmente la historia de esos electrodomésticos haciendo aparecer y desaparecer objetos?
—A ver, piénselo un poco, ¿cómo va a hacer un frigorífico o una cafetera aparecer o desaparecer algo? —Rosa se sentó en un taburete al otro lado de la barra—. ¿Acaso crean y destruyen materia? ¿Materializan las cosas de la nada? ¿O tal vez las traen del pasado o las desplazan?
—¡Como si un frigorífico pudiese desplazar nada! —exclamó la anciana tía—. ¡Para eso necesitaría generar movimiento! Aceleración.
Y ahí estaba. La presa apenas entrevista, el hueso husmeado. Ahí estaba la raíz de mi historia. Y no me iba a marchar sin ella, así fuese absurda e increíble.
—Entonces, digamos, una aspiradora, ¿sí podría?
—¡Cristalino! —aseguró Herminia.
—¡No! —gritó su sobrina, casi al mismo tiempo—. ¡No diga sandeces! ¡Claro que una aspiradora no crea ni destruye nada!
—¿No, Doña Herminia? —insistí.
—¡Por supuesto que no! —confirmó la anciana—. Sólo desplaza cosas. —¿Cosas?

—Meteoritos, calcetines… cosas.
—Señor Freire, ¿qué tal si continuamos la conversación en el taller? —ofreció la sobrina—. Así podrá ver lo inocentes que son nuestros trabajos…
Acepté la invitación, consciente de tenerla contra las cuerdas. La anciana había comenzado a confesar. El frigorífico o la cafetera no eran casos reales. La aspiradora, por otra parte, sí podría haber hecho aparecer un meteorito real. Deseando a un tiempo confirmar y descartar aquel relato, seguí a Rosa Aybar a su taller.
—Señor Freire, como comprenderá, mi tía está empezando a perder la memoria…
—Señora Aybar, ¿no dicen que los borrachos y los niños nunca mienten? Algunos ancianos son más sinceros que los niños —Paseé la mano sobre una prensadora de aceitunas mecanizada, pensando si tendría alguna sorpresa oculta o no—. Una de sus vecinas hizo analizar las piedras misteriosas de su aspiradora en la Universidad de Sevilla. Se trata de un tipo raro de meteorito.
—¿Y me cree responsable? Tendría alguna colección de meteoritos en una estantería, se rompería alguno y al limpiar, ha encontrado fragmentos de su propia piedra.
—Sígame el juego. Supongamos por un momento que esa aspiradora, justo después de ser reparada por usted, comienza a hacer desaparecer lazos y gomas del pelo y trae a cambio meteoritos de un sistema solar muy lejano. Sólo en teoría, como experta en física, ¿lo ve posible?
—Sólo en teoría, supongamos que reparando un simple electrodoméstico pudiésemos hacer acelerar su motor hasta hacerlo girar a velocidades cercanas a la velocidad de la luz… —respondió ella—. Suena ridículo, ¿verdad? Velocidades cercanas a la velocidad de la luz para una aspiradora.
—O una lavadora.
—O una lavadora. Supongamos que consiguiésemos imprimir al tambor o a algunos de los objetos en su interior semejante velocidad. Entonces, y sólo entonces, tal vez la percepción temporal de, digamos, un objeto en ese electrodoméstico, sería diferente de la nuestra, fuera, sobre la superficie de la Tierra. ¿Me sigue?
—Cristalino —mentí.
—Bien, en ese caso, y sólo en ese caso, al moverse a una velocidad cercana a la de la luz, el objeto podría desplazarse a, digamos, dentro de tres o cuatro días, cuando la rotación de la Tierra la hubiese desplazado. Por tanto, el objeto se encontraría fuera del electrodoméstico y, con la velocidad imprimida, tal vez, sólo tal vez, sería capaz de viajar en el espacio hasta otro lugar. Supongamos, digamos que ese es el mecanismo de desaparición de calcetines en las lavadoras desde el principio de los tiempos. El motivo por el que el reloj de las lavadoras modernas mide siempre mal el tiempo. Por el que cuando uno programa un lavado de una hora, tarda unas veces 45 minutos y otras hora y media.

—Pero eso no explicaría la aparición de objetos extraños en el electrodoméstico — observé, acercándome a una gigantesca secadora industrial.
—No, ¿verdad?
—A menos… —murmuré, encendiendo de forma distraída la secadora sin cerrar.
—¿A menos? —Rosa se puso lívida. Apagó la secadora tratando de parecer distraída y yo volví a encenderla casi de inmediato.
—A menos que uno de esos calcetines, por ejemplo, golpease otro objeto en su desplazamiento, acelerándolo a la misma velocidad, y se intercambiasen.
—Haría falta mucha precisión… —Ella intentó acercarse a la secadora. Me apoyé sobre el lateral en el que estaban los mandos, impidiéndole el paso.
—O muchos objetos golpeados y desplazados, hasta que uno regresase al punto de origen.
—Un punto de origen que ya se habría desplazado en el espacio —observó ella, lívida, mientras el motor rugía a mi espalda.
—Sí, claro. Requeriría mucha puntería. Pero si, digamos, el electrodoméstico abriese un portal espacio-temporal…
—Ve usted demasiada ciencia-ficción, señor Freire —Intentó pulsar el botón de parada, sobre mi hombro. Le sujeté el brazo y ella dio unos pasos atrás—. No es posible viajar en el tiempo.
—Habla usted de objetos que se mueven con diferentes “tiempos”.
—Relatividad —Rosa se alejó mientras el motor rugía. Se aferró a una reja de la ventana—. Un reloj en la estratosfera percibe el tiempo de modo más lento que uno sobre la superficie terrestre. Pero el punto desde el que empiezan a medir el tiempo es el mismo para ambos y no vuelven atrás.
—Entonces, supongamos que sus electrodomésticos desplazan objetos…
—Si así fuese. Le diría que apague esa secadora —elevó la voz por encima del ruido del motor, agarrándose con las dos manos a la reja.
—¡Pero sólo es una suposición! —grité en respuesta. —¡Ahora, señor Freire! ¡Apáguela ya! ¡Por lo que más quiera! —¿Por qué todo lo que me ha contado es cierto?
—¡Sí, por Dios! ¡Pero apag…!
No llegué a escuchar el resto antes de perder el conocimiento. Tardé mucho en despertarme y, según he sabido, tuve una suerte inmensa.

En el siglo XXVI, en el sistema TRAPPIST-1, se considera como creador de los sistemas de traslación espacial actuales al Doctor en Física Aplicada Ernest Webber, en el año 2150. La doctora Rosa Aybar y sus estudios sobre la aceleración de objetos a velocidades cercanas a la de la luz para obtener el mismo resultado ha sido sepultada en el olvido académico. Sólo yo recuerdo su secreto, grabado en las entrevistas y la información recogida en mi móvil cuando fui trasladado a la colonia Vías de Trappist.
Aquella secadora debería haberme propulsado a algún lugar indeterminado del espacio donde habría fallecido de asfixia. Por puro azar aparecí aquí y, dada la gravedad del planeta y la velocidad relativa de su tiempo, cuanto tardé en llegar fue suficiente para que las máquinas de traslación de Webber, mucho más precisas y rápidas, hubiesen establecido ya una pequeña colonia en el planeta con una atmósfera artificial. Apenas necesité unos meses de atención especializada para recuperarme.
Como me explicó Rosa Aybar en su día, no es posible viajar atrás en el tiempo. No puedo regresar a mi época y, ¿qué sentido tendría volver a un planeta Tierra irreconocible y mucho más cálido y contaminado del que dejé? Mi hogar, fuese cual fuese, ya no existe.
Tras resignarme a pasar el resto de mi vida en Vías de Trappist, una aislada aldea espacial, y dada la escasa utilidad de un reportero en una comunidad de menos de 500 personas, me enfrento a la necesidad de un reciclaje profesional.
Entre mis archivos he encontrado cierta investigación superficial sobre pastelería realizada a mi llegada a Beas. A nadie se le ocurrió enviar reposteros a una colonia espacial; no deben contarse entre esas profesiones básicas e imprescindibles para la supervivencia. Si bien los materiales disponibles son básicos y escasos, con los cereales y la caña de azúcar adaptados para el cultivo en este planeta y ciertos materiales protéicos sintéticos de consistencia similar a la leche y el huevo, tal vez pueda poner la primera pastelería de piononos extraterrestre. Ahora sólo necesito convencer al alcalde de la utilidad de mi proyecto empresarial.

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