Merve, de Elisa Puerto Aubel

Merve, de Elisa Puerto Aubel

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 05

Foto de Aleyna Rentz para Unsplash

Los habitantes de la diminuta península eran trabajadores leales. Todos fumaban tabaco y muy pocos bebían alcohol. Los que bebían lo hacían de noche en sus casas. Las oraciones resonaban entre los olivos cada cinco horas, día y noche, año tras año.

La única ciudad cercana decidió invertir en infraestructuras y un buen día la zona se puso de moda. Durante los meses de verano, los pueblos de la península fueron de pronto sorprendidos por la visita de gente de la capital, y hasta de algún extranjero. Por eso Merve animó a su hijo menor, aún soltero, a dejar la fábrica durante lo que empezaron a llamar la temporada alta y aprovechar el legado de su difunto padre, una casa de cemento de tres pisos, para alquilar cuartos a forasteros. Al hijo le pareció buena idea. Adecentó la casa, dejó que Merve la limpiase durante el mes de mayo y en cuanto colgó el cartel en la carretera aparecieron clientes. La mayoría de inquilinos eran parejas, por lo general de ciudad, que buscaban playas desiertas y buen pescado. La casa estaba alejada de las playas; por eso prometía silencio, vistas a un jardín y un precio de ganga. Esto atraía puntualmente a gente de dinero, que consideraba que un puñado de olivos y un huerto ecológico era un lujo mayor. El hijo de Merve decidió no subir precios porque estaban en periodo de prueba.

Durante los dos primeros veranos de alquiler, Merve limpió los cuartos cada quince días. Su hijo le impedía hacer más. Pero Merve encontraba excusas para pasar por la casa. Desarrolló un gusto por el perfeccionismo higiénico y regalar los tomates sobrantes del huerto a los inquilinos. En una ocasión, una pareja de clientes le propuso a Merve que se sentara con ellos en el patio para tomar té, y solo entonces se dieron cuenta de lo divertida y hermosa que era aquella diminuta mujer, con arrugas profundas que surcaban sus mejillas como rayos de sol. Merve no había salido de la península más que de vacaciones, a la provincia de al lado. Para ella la capital era un concepto: una idea que se dibujaba en la pantalla del televisor cuando miraba las noticias. El resto del mundo era un abismo de ruidos y costumbres inverosímiles en el que Merve nunca pensó indagar. Por eso, cuando se acercó el tercer verano y su hijo le anunció que le había salido un trabajo de cinco meses en hostelería en la ciudad, su expresión se iluminó. Le hizo ver a su hijo que ella podía encargarse de la casa y los alquileres: lo anotaría todo en un cuaderno y lo llamaría en cuanto tuviese una duda. El hijo se negó, pero tras pensarlo unos días decidió que valía la pena intentarlo. Él se encargaría de las reservas por Internet desde la ciudad. Si funcionaba, ese verano ganarían dos sueldos.

Merve preparó la casa al detalle: la alegró con objetos que rescató del desván, perfumó los rincones, abasteció los baños con jabón artesanal de la zona. La primera pareja apareció la segunda semana de junio y Merve se deleitó en acogerlos con la mayor hospitalidad, encontrando el punto justo entre calidez y discreción. Con el arranque de la temporada y la sucesión de parejas de toda clase, Merve no tardó en sentir que aquella era su casa. Ahí pasaba el día y parte de la noche, atenta a cualquier necesidad de la vivienda. Tomando en cuenta que había vivido en el mismo sitio durante cuarenta y un años, para ella era como estar de visita en otro país. Se levantaba en su casa con el rezo de las cinco para no desatender su propia vivienda; antes de salir, se ponía ropa adecuada para las tareas de limpieza sin dejar de aparentar educación. Y mientras en la casa alquilada se ocupaba del jardín, fregaba o ponía lavadoras, gozaba oyendo las conversaciones que se daban entre los inquilinos. A veces se tomaba un descanso para fumarse un cigarro apoyada en la pared y escuchar las charlas en el patio o en las ventanas. Hasta escuchó hablar un idioma distinto durante todo un fin de semana, sin atreverse nunca a preguntar cuál era esa lengua. Siempre silenciosa, a lo largo de los meses de junio y julio Merve descubrió cómo gestionan los celos las parejas modernas, los malos hábitos alimenticios de la gente de ciudad, los títulos de los últimos best-sellers literarios, las costumbres higiénicas de las mujeres jóvenes al menstruar, los iPad, la cantidad de productos existentes para el cuidado de la piel, el número de mensajes que puede recibir un solo móvil, los periódicos alternativos que se atreven a parodiar a los políticos, las chanclas de diseño y los ajedreces portátiles.

Sin quererlo, Merve también descubrió hasta qué punto el sexo está presente en la vida de algunos. No es que no lo supiera: simplemente nunca lo había pensado. Siempre creyó que una vez al día era suficiente. Y eso que a Merve jamás le había chocado nada relacionado con el sexo: lo había practicado durante cuarenta y un años con su marido, con quien había hecho lo que se dice de todo, como cualquier matrimonio de la zona. La costa del mar Egeo siempre fue liberal y todos sabían que en la capital muchos jóvenes ya no esperaban a estar casados para hacer volteretas de toda índole en la cama. A Merve le importaba un pimiento lo que hacía la gente de puertas para dentro. Dios está en todas partes y Él es quien debe juzgar estas cosas. En la casa alquilada, Merve empezó a contar las veces que dos amantes eran capaces de abandonarse el uno al otro en la cama que ella misma había hecho pocas horas antes. Cuando escuchaba gemidos o golpes de cabecero ella seguía con su tarea con una mueca jovial con la que naturalizar lo embarazoso de la situación.

***

A finales de aquel mes de julio llegaron a la vez una pareja aburguesada y otra pareja de unos treinta años de media. Al principio, Merve tuvo dudas sobre ésta última: ponían la música un poco alta para su gusto y la muchacha se paseaba por la aldea en bañador, cubierta con un simple pareo. Pero la verdad era que la joven tenía una sonrisa encantadora, y el chico era atento y educado. Merve notó enseguida que dejaban la cama hecha y que quitaban sus pelos en la ducha; todas sus dudas se disiparon.

La primera vez que Merve los escuchó fornicar fue una tarde de calor soporífero en que las cigarras no dejaban descansar. Merve palpaba sus tomates a pleno sol, dispuesta a regalarlos en dos bolsas, cuando oyó el estruendo metálico de los muelles de la cama del segundo piso chirriar bajo golpes violentos. Con los golpes empezó un crescendo de jadeos grotescos que en seguida derivaron en gritos febriles, como alaridos de bestia enferma cada vez más agudos. Tardó en asociar esos ruidos a lo que debía estar pasando en uno de los cuartos: aquello era excesivo. A punto estuvo de incorporarse y correr al segundo piso para socorrer a quien gritara o evitar que se rompiese la cama. Pero se quedó quieta. Frunció lentamente el ceño y se levantó para desaparecer del huerto sin hacerse notar. Dejó la casa y caminó en el aire sofocante del camino, donde se encontró con dos hombres que miraban preocupados hacia la casa alquilada. Le preguntaron a Merve qué pasaba, qué era eso, si había que llamar al médico. Ella alzó los hombros y siguió caminando.

Llegó a la casa vacía de su hijo, que quedaba más cerca que la suya. Allí se sirvió un té y se encendió un cigarro. Entonces soltó una carcajada de asombro: lo que acababa de escuchar era una exageración, algo formidable, ¡un show de circo! Merve se preguntó si lo que la preocupaba era que los vecinos hubiesen escuchado a sus inquilinos fornicar sin que ella hiciese nada al respecto. El peso de la mirada de un vecino es una constante en la vida de aldea y Merve no soportaba que la gente metiese sus narices en los asuntos ajenos. Ella nunca había molestado a nadie, y quien se atreviese a juzgarla era imbécil. Es más, ojalá los de la esquina hubieran oído aquel griterío y tuvieran agallas para reprocharle algo a ella, que se mataba a limpiar una casa para que su hijo ahorrase de una vez. No, no le importaban los vecinos. Sobre todo, porque sabía que respetarían la lujuria de las parejas que viniesen de fuera (porque venían de fuera). Merve se encendió otro cigarrillo con el que terminarse el té. La sensación de incomodidad iba creciendo en su estómago. Tuvo ganas de reírse, ahí sola, sentada en la cocina de su hijo soltero. ¡Ella, Merve la tolerante! ¡Con sus años y sintiendo malestar por haber escuchado a una pareja en la cama! Miró dentro del salón. Siempre le había gustado más esa casa que la suya: era más luminosa y se alcanzaba a oír el mar. Miró los dibujos del humo de su cigarro. Luego bajó la cabeza. Se miró las manos arrugadas, duras de años de trabajo. Y entonces, como si una calada la empachase de lucidez, entendió lo que le causaba inquietud. La incomodidad se evaporó de su estómago. La reemplazó una sensación de vacío. Merve apagó el cigarro y suspiró mirando por la ventana. Luego se levantó y fregó los tres cacharros en la cocina. Pensó en descansar un poco con el ventilador del salón prendido, pero prefirió limpiar el plato de ducha y el retrete, y después, las ventanas.

Con la puesta de sol regresó a la casa alquilada. Caminó sudando a la luz del ocaso. A su llegada agradeció el frescor del porche. La pareja de jóvenes había salido. La otra pareja había regresado y se disponía a hacer una barbacoa en la zona común. Se saludaron amables. Merve entró a la casa y evitó hacer ruido al subir a la segunda planta. Abrió con cautela la habitación del escándalo y, sin entrar al cuarto, lo miró desde la puerta. La cama estaba deshecha y había prendas en el suelo. Merve observó aquella estancia como quien observa con detalle su propia tumba. Confundida, cerró la puerta y bajó al aire de la noche. Se fumó un cigarro sentada en una silla de plástico mirando al huerto, mecida por la oración de las ocho, que se elevó sobre los tejados de la aldea.

A la mañana siguiente, Merve se topó de bruces con la pareja de jóvenes que regresaba a la casa. Estaban cubiertos de sal y de arena, olían a alcohol y la sonrisa de la muchacha era más hermosa que nunca. Merve les deseó los buenos días. A lo largo de la mañana habló por teléfono con su hijo, que le preguntó qué le pasaba. Merve contestó que estaba pensando en su difunto padre y el hijo no volvió a preguntar. Más tarde, la pareja escandalosa le pidió fuego a Merve y le propuso sentarse un rato con ellos en el patio. Ella les regaló una sonrisa deliciosa y explicó que tenía mucho que hacer. Más tarde, Merve creyó oír de nuevo a la pareja armar su particular escándalo. Pensó que eran imaginaciones suyas, hasta que el alboroto se escuchó con claridad (los mismos golpes, los aullidos aberrantes) y Merve salió al camino para ver algún coche pasar. Al caer la noche, lo había dejado todo listo para el día siguiente. Llamó a su hijo y le dijo que no se encontraba bien. Él prometió ir a verla al día siguiente y la instó a darse un día de descanso. Eso hizo.
Despertó sola en casa de su hijo sin ganas de comer nada. Se sentó en la mesa de la cocina y bebió té. Se tumbó en el sofá. Puso la televisión de fondo, pero no la miró. Bebió más té, y con el rezo de la tarde se acercó a la ventana. Escuchó las cigarras bajo la oración y estalló en llanto. Lloró durante casi una hora como no recordaba haber llorado nunca, hasta que sus ojos hinchados vieron la hora y se levantó para lavarse la cara.

Su hijo la encontró fregando los cacharros. Merve aseguró que se sentía mejor. Se dejó mimar por el hijo, que le preparó la cena y la obligó a sentarse con él en el sofá para ver la película de la noche. Esto la reconfortó. El hijo le pidió que se quedara en su casa mientras él estaba fuera, por estar más cerca de la casa en alquiler.

Por la mañana, en la casa alquilada, Merve terminó de llenar las bolsas de tomates en el huerto, pasó la escoba en el patio y salió a ver cómo estaba la vecina de enfrente, que mencionó haber oído gritos. De vuelta a la casa saludó a la pareja de jóvenes. La chica abrazó a Merve para agradecerle los tomates. Los jóvenes prepararon una ensalada, de la que dejaron un plato en el pasillo de la entrada para ella, y pasaron la tarde tomando cerveza en el patio. Escucharon música que la sumió en un estado plácido y que, pensó, le sentaba muy bien a la casa. Al caer la noche, la pareja subió a su cuarto con una botella de raki. Merve los escuchó tontear en la escalera y agradeció que la pareja de burgueses siguiera cenando fuera: estaba a punto de volver a pasar, solo era cuestión de tiempo. Merve se sentó en el porche mirando hacia la calle. Se encendió un cigarro en la penumbra con el cuello estirado como un perro guardián. Cuando empezaron los golpes de cama (estudiados, como martillazos metódicos) con su hipérbole de gritos, Merve encendió la radio y buscó una emisora decente. Cubrió el escándalo lo mejor que pudo, fumando con gesto lánguido para los vecinos. Un par de horas después la pareja burguesa regresó a la casa a dormir. Merve decidió pasar la manguera en el patio antes de marchar y, desde la ventana del segundo, abierta de par en par, un chillido escalofriante la paralizó, al tiempo que escuchaba verdaderos rugidos acompañando una vez más los martillazos. Sintiéndose en evidencia ahí, en medio del patio, soltó la manguera y fue sin ruido hasta el porche, donde cerró el grifo y se arrimó a la pared, que vacilaba con cada golpe de cama, cada vez más rítmico y más duro. Merve se tapó los oídos con el último bramido que retumbó en la casa y entonces, por fortuna, los golpes cesaron y ella, sudada, se marchó.

Al día siguiente, de nuevo en la casa alquilada, Merve vio de lejos a la vecina cruzar el camino en su dirección. Se metió en el huerto por el sendero de atrás, donde se agachó entre las tomateras. Oyó a la vecina llamarla desde el porche y a la pareja burguesa bajar las escaleras para ir al encuentro de la mujer. En ese momento empezó la oración en el altavoz de la torre de la mezquita del pueblo. Con el rezo de fondo, Merve escuchó las voces de la pareja hablando con la vecina: adivinó frases sueltas que versaban sobre el «escándalo» y el «jolgorio inadmisible». Siempre agachada, Merve quitó malas hierbas.
La pareja de burgueses acortó su estancia: ultimaron los detalles del pago por teléfono, porque Merve no se dejó ver en todo el día, y se marcharon esa misma tarde.

Con el rezo del ocaso, la pareja de jóvenes, ya los únicos clientes de la casa, se sentó en la zona común para mirar los olivos. Le ofrecieron una silla y una lata de cerveza a Merve, que reaccionó sentándose. Probó la cerveza fría, se fijó en los olivos y le ofreció un cigarro a la muchacha. Esta le regaló nuevamente su divina sonrisa. Ellos hablaron de política. Luego Merve les contó de las costumbres de la zona y de los distintos métodos de pesca. Cuando le ofrecieron la segunda cerveza se disculpó y dejó a los dos jóvenes sentados en el silencio del patio. Desde el porche miró cómo sus dos siluetas se dibujaban en la puesta de sol y decidió dejarlos solos en la casa.

Mientras calentaba unas albóndigas en la cocina de su hijo, Merve imaginó a los dos jóvenes en su patio, mirándose como actores de televisión, con la sonrisa celestial de la chica iluminando la cara de él. Intentó recordar qué se sentía cuando un chico te escrutaba de tan cerca. Se figuró a dos humanos escudriñarse mutuamente como macacos y pensó que una tenía que sentirse muy especial siendo examinada de aquel modo. Y se preguntó si esa pareja se amaba. Quizá no hiciera falta amarse para devorarse con furia. Quizá solo fuera deseo; un deseo en el que hoy en día se permitía indagar. O quizá fuera un amor intenso que derivaba naturalmente en pasión, en piruetas olímpicas, en ese torbellino del que tanto se habla en las películas. Si dos personas podían elegirse entre, pongamos, cien personas, es que esas dos personas se habían elegido de verdad. ¿Pero qué significaba de verdad? ¿Y hasta cuándo duraba un de verdad? Y si solo era sexo, ¿cuánto duraba una relación de piruetas? Entonces sonó el teléfono. Era su hijo, ultrajado porque la vecina de la esquina estaba a punto de presentar una queja contra las actividades que se daban en la casa de alquiler. Sonaba fuera de sí, convencido de que un cliente había insultado a su madre. Merve se encendió un cigarro, olvidando sus albóndigas. Decretó que la vecina era una cretina metomentodo y que no tenía derecho a juzgar a sus inquilinos. Tras un silencio, el hijo contestó que lo primero era seguir con el negocio sin problemas. La vecina se quejaba de una pareja en particular y ella tenía que encontrar el modo de echarlos. Merve soltó un grito: eso era injusto. El hijo quedó callado. Las albóndigas empezaron a quemarse y Merve aplastó su cigarro en el cenicero. El hijo sentenció que los vecinos importaban más que unos clientes; el negocio funcionaba y había que evitar líos. Le pidió que se encargara mañana mismo del asunto para no obligarlo a él a ir hasta allí para echar a esa gente. Merve replicó que esa gente eran dos jóvenes que podían dejar un comentario negativo en Internet. El hijo contestó que eso podía ser hasta beneficioso para la casa: nadie apoya a los golfos. Merve colgó en las narices de su hijo y apagó el fogón.

Dejó las albóndigas donde estaban y decidió ducharse. En el cuarto de baño, coronado por after shave y desodorante para hombre, por primera vez en años Merve se expuso desnuda ante el espejo. Encorvada, intentó sencillamente estar ahí, como si estuviera vestida. Se fue acostumbrando a aquella vista, que finalmente no le resultó tan ridícula. Hizo el recuento de las estrías y cicatrices, y su cuerpo (ese que tanto descuidaba, que había pasado por tres embarazos, parido dos veces y trabajado sin descanso, ese que aguantaba el tabaco y que aún bailaba en las bodas) le pareció amable. Se preguntó si el aceite de argán que le había regalado a su hijo ya estaría rancio. Lo sacó del cajón. Lo olió, hizo una mueca. Se metió en la ducha y se hidrató la piel, las uñas, el pelo. Se sintió bien. Apagó las luces de la casa. Escogió la cama de su hijo, más fresca que el sofá, donde se tumbó despacio. Entre aquellas sábanas ajenas, con la deliciosa sensación de hidratación en su piel, Merve se quitó el camisón y no tardó en dormirse.

Al despertar desnuda con la oración de las cinco, se escandalizó de sí misma. Se puso el camisón antes de salir de la cama reprochándose haberse quitado la ropa en el cuarto de su hijo. Mientras tomaba el té pensó que hacía calor, un calor insoportable, y ¿acaso no podía una dormir como le daba la gana? Dormir en un cuarto es un acto privado. ¿Qué le importaba a los vecinos? ¡Ni que se paseara en cueros por las calles! ¡Ni que ella fuera partícipe de los bramidos de la parejita! ¿Desde cuándo dormir bien era un pecado? Merve se preguntó entonces cómo dormía la vecina. Sonrió al imaginarla sofocada, aplastada por el gordo de su marido, buscando respirar el aire acondicionado desde su sábana y rezando a Dios para aguantar su penuria. La imaginó sin poder más levantándose a beber agua en la cocina, reluciente de sudor bajo su camisón grueso, y entonces la vecina se echaría un chal adicional a los hombros para asomarse al aire bochornoso de la ventana y conjeturar sobre los inquilinos de la casa de enfrente, rebufando, apestando bajo el peso de las telas, y se recogería el pelo pegajoso y unas enormes gotas de sudor resbalarían desde su frente hasta sus labios, entre sus piernas, entre los dedos de sus pies, y a su paso dejaría marcas de sudor en el suelo mientras ella hablaría sola sobre esa gente ruin que no respeta nada. Merve se rio a sus anchas hasta que miró al techo con mirada traviesa y se disculpó ante Dios, a sabiendas de que Él también debía de considerar que la vecina era una imbécil.

Merve llegó nerviosa a la casa alquilada. Se entretuvo limpiando. Cuando apareció la pareja de jóvenes les explicó que se había dado una emergencia familiar y que tenían que cerrar la casa unos días. Estas cosas pasan en un pueblo. Los jóvenes aceptaron la devolución, desearon que la urgencia se solucionara sin problemas y en media hora habían hecho la maleta. Merve se aseguró de que tuvieran a donde ir y les aconsejó una pensión desconocida en el último pueblo de la península, donde ella recordaba haber soñado con pasar unos días hacía tiempo. Cuando la joven la abrazó una vez más (Merve se había preguntado si la abrazaría al despedirse), sus ojos se llenaron de lágrimas, como si diciéndole adiós a esa chica desconocida se despidiera de la única amiga que había tenido nunca. Disimuló. Le deseó suerte a la joven pareja de amantes voraces. Ellos se fueron y, sin más, Merve subió al cuarto vacío a revisar los muelles de la cama. Se quedó sentada en el colchón y sintió que la sonrisa divina de la joven podía verse reflejada en los espejos. El calor de la cama aún daba una idea del amor que esa pareja compartía. Decidió que no le daría ese cuarto a cualquiera.

Durante las semanas siguientes, Merve evitó a su hijo y le retiró la palabra a la vecina. Por lo demás, la temporada alta siguió con normalidad. La casa alquilada se convirtió en el terreno de Merve, que defendió con dedicación. Muchos clientes pedían alargar su estancia, cosa imposible, porque se sucedían las reservas. Merve interactuó con los inquilinos más agradables y tomó la costumbre de fumarse un cigarro a cada fin de jornada, sentada frente al huerto en la silla de plástico, con el rezo del ocaso.
Con el mes de septiembre volvió la brisa. Las temperaturas por fin bajaron. El agua del mar adquirió un tono mustio y el precio del té volvió a ser accesible. Y ella decidió continuar en la casa hasta primeros de octubre. Disfrutó aquel mes de tardes doradas en que solo aparecieron seis clientes. Siguió reinando en la vivienda de alquiler, que dispuso más a sus anchas. Su hijo le propuso instalar ahí el televisor para esos días tediosos y Merve se negó. Aquella casa era su barco al resto de provincias, donde solo cabía una radio. Una tele lo habría estropeado todo. Para Merve el mundo había empezado a ser otra cosa, menos plástica, y se imaginaba las calles de la capital como una aldea titánica de cemento donde la gente hacía lo mismo que en su pueblo, pero con mayor libertad, perdida en esos mares de personas que no saben quién es una. Esa idea la reconfortaba.

Cuando una mañana la vecina visitó a Merve para hacer las paces, ella la invitó a un té. Le advirtió que no debía juzgar más lo que hicieran sus clientes y que si algo le molestaba debía hablarlo directamente con ella. Cuando la vecina se despidió para preparar la comida, Merve le preguntó cómo había combatido el calor de esos meses.

El hijo de Merve volvió a la aldea y retomó su trabajo en la fábrica. Madre e hijo celebraron los ingresos del estío brindando con raki y Merve anunció que pensaba poner su casa en venta para quedarse a vivir en la casa alquilada. Ella podía instalarse en la planta baja; esa casa era enorme y alguien tenía que cuidarla, con o sin clientes. El hijo contestó que lo sopesaría.

Sin esperar respuesta del hijo, empezó a llevar sus cosas a la casa alquilada. Aprovechó para tirar recuerdos que no necesitaba. Metió las fotos de su marido en un cajón y dispuso la radio entre su nuevo dormitorio y la cocina.


A mediados de octubre, Merve llegó a la casa con una pequeña estufa, decidida a pasar ahí su primera noche. Hizo su nueva cama, encendió la tetera y salió a regar el huerto. Miró los olivos y pensó que de ahora en adelante eran suyos. Se hizo un té, se puso un chal y llevó su silla de plástico al patio interior, donde se sentó para fumarse un cigarrillo mirando la puesta de sol. Como tantas otras tardes, espantó el recuerdo de su marido y prefirió imaginar a otros hombres, otros tiempos, otros horizontes que desconocía.

Y aquella tarde, en el silencio del patio en el ocaso, el cuerpo de Merve fue despertando. Atónita, decidió quedarse ahí, quieta, y esforzarse por abrazar la sensación. Cerró los ojos y siguió figurándose situaciones y gentes que no existían, transformando recuerdos en imaginaciones propias, y de golpe, de manera inadvertida, justo antes de que empezara a sonar el rezo que anunciara la noche, Merve vivió su primer orgasmo, ahí sentada y sola.

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