Una deuda elemental, de Eleazar Herrera

Una deuda elemental, de Eleazar Herrera

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 14

Foto de Jack Robinson para Unsplash

Aquella, estaba segura, era la última vez que confiaba en un alquimista.
«¡Y yo qué sabía!», me habría gritado si supiera que estoy contando su historia, pero en aquel momento Cristal se miraba al espejo, horrorizada con su nuevo aspecto. Aquella mañana había caminado hasta el pueblo con la esperanza de ser la primera en llegar a la Cueva de Rubedo, que no era sino un nombre algo excéntrico para una peluquería en medio del bosque. Se decía que el peluquero tuvo un pasado entre la vida y la muerte y que prefirió dejarlo antes de que los cambios de humor le llevaran a quedarse para siempre en el lado incorpóreo. La rumorología es como la niebla: te deja agotado y nunca estás seguro de si lo que estás viendo es real. Pero quizá el cotilleo es lo único que la gente de castillo tiene en común con sus súbditos.

Llegó la segunda. Era lunes. No es como si fuera determinante, pero la desgracia tiende a juntarse con su igual. Cristal esperó pacientemente en el exterior de la Cueva, una gran abertura en la raíz de un árbol milenario. Fuera, Rubedo había dispensado algunas sillas y una cesta con pergaminos sensacionalistas. La joven no les prestó atención; paseó por los alrededores sin desviarse demasiado hasta que el primer cliente, un anciano calvo, abandonó la peluquería. Cristal reconoció que el emplazamiento no podía ser más hermoso: el aire traía la fragancia de las amapolas mezclado con la humedad de los árboles, el verde brillaba con la incandescencia típica de un encantamiento; aquel lugar era tan real como ajeno a la magia. O eso pensaba.
El interior de la Cueva de Rubedo compartía rasgos con el paisaje. Los asientos y los lavabos estaban tallados en madera. El agua llegaba a través de una red de mangueras que recorría la pared como una madriguera de pequeñas serpientes. La decoración era austera: del techo colgaba una campánula grande y blanca, cuya luz confería un tono plácido a la estancia, y había tres, cuatro, ¿cinco? cojines rojos repartidos por los taburetes y el sofá, que no era sino un brazo de árbol con espacio para dos personas.
El propio Rubedo le dio la bienvenida al entrar. Hizo un par de aspavientos con los dedos, señalando su melena raída, y dijo:
—Querida, menos mal que has llegado la segunda. Solo tendremos que matar al viejo Chen para asegurarnos de que nadie te ha visto con esos pelos.
Rubedo era un hombre con muchas virtudes. La empatía no era una de ellas. Aun así, Cristal se abandonó a las manos mágicas del peluquero, quien en más de una ocasión afirmó que era un estilista, un artista del cabello, la reencarnación misma del buen gusto. Con tales precedentes, Cristal pensó que brillaría en la defensa de su tesis. Se había pasado los últimos cinco años de su vida estableciendo relaciones directas entre el tipo de inteligencia de las personas y la clase de magia que desarrollaban. Las conclusiones eran prometedoras. No podía esperar al crepúsculo para mostrar su estudio.
Pero esperaría.
Cristal se adentró en la duermevela que provocan los masajes de cuero cabelludo y soñó que se convertía en Doctora de Magia Moderna. Mientras tanto, Rubedo le cortó las puntas y preparó un tinte en un cuenco que nacía, también, de un tronco desprendido. Ahora podría detenerme a explicar con detalle que Rubedo usó cresta de dragón en vez de pasta negra y los efectos de todas las propiedades erróneas que acabaron en el cabello de Cristal, pero no tengo demasiado tiempo. Diré, en resumidas cuentas, que el peluquero mezcló el pasado con el presente… y estropeó el futuro.
A su favor confieso que esa fue la primera vez que cometió un error. En su contra, que no soporta las críticas.
No supo del resultado final hasta que el tinte hizo efecto. La aburrida melena de Cristal creció hasta el suelo y se adhirió, dura, a la espalda, recorriendo en línea recta la columna vertebral. La piel se escamó en varias zonas de sus extremidades como eccemas, las uñas se alargaron, afiladas, los ojos se convirtieron en motas ambarinas. Su cuerpo quedó a medio camino entre dragón y humana. Cuando Cristal se miró en el espejo, saltó sobresaltada por el asiento y cayó sobre su propio trasero. Ninguno se dio cuenta, pero al levantarse dejó parte del suelo hecho trizas.
Señaló al monstruo que le devolvía el reflejo. Temblaba.
—¿Qué… quién…? —Se giró hacia Rubedo, que estaba boquiabierto, extasiado, desconcertado—. ¿Qué me has hecho?
El peluquero no contestó; se abalanzó sobre la repisa y examinó el bote que había usado en el tinte. En efecto, la etiqueta indicaba que aquello era cresta de dragón, ingrediente fundamental para la dragoversión, y no uno de sus potingues cambiacolor. Aquello solo podía traducirse en problemas. Problemas para Rubedo, que podía ver arruinado su negocio si no lograba anular la transformación, y problemas para Cristal, quien de ningún, ¡de ningún modo! podía defender su tesis con el rostro de un dragón al que le faltaba un hervor.
Por fin, el peluquero se atrevió a hablar.
—No entiendo qué es lo que ha pasado. La cresta de dragón no debería estar aquí. Soy muy ordenado, te lo garantizo. Debe de haber algún error.
Cristal torció el gesto, las cejas fruncidas hasta sepultar sus ojos.
—El error está claro. Busca una solución.
Rubedo se rascó las manos frenéticamente.
—No hay forma. La dragoversión no puede pararse.
—¡Esta noche iba a convertirme en Doctora! —bramó. Su voz fluctuaba entre graves—. No puedo ir así. No puedo… No puedes dejarme ir así. Eres alquimista. Algún remedio habrá, ¿no?
Él negó, consternado. Parecía una estatua.
—La alquimia no tiene procesos inversos. O sea, sí los tiene, pero una vez cambias algo, ese algo toma propiedades nuevas porque es un objeto nuevo y entonces no puedes decirle simplemente que vuelva a un estado anterior cuando apenas se está formando —explicó atropelladamente. Nadie habría dado un duro por él como profesor—. Sé que parece una tontería…
—Es una tontería. Si estoy a medio transformar, debería ser más fácil volver a ser humana, ¿no? —insistió Cristal, que pasó de la rabia al sudor frío propio del que asume su realidad—. Tienes que ayudarme.
—La alquimia… la alquimia no es un juego. Por eso los Elementales se aseguraron de que siempre hubiera consecuencias.
—¿Voy a quedarme así para siempre?
Rubedo paseó por su cueva con una mano en el mentón. Hubo una pausa. Cristal intentó pellizcarse para comprobar que aquello era real, pero ni siquiera pudo: las escamas eran impenetrables. Sintió ganas de llorar.
—Hay una forma —dijo de pronto el alquimista— de contrarrestar la dragoversión. Primero he de explicarte que el fin último de la dragoversión es transformarse en un dragón, aunque ya lo habrás supuesto. El proceso varía según las personas, pero no se detendrá hasta que tu cuerpo abandone la forma humana. Irás adquiriendo más fuerza y tamaño y no tendrás rival. Debes saber también que cuanto más tiempo pase, más difícil será que vuelvas a tu forma original. Pasada la primera luna llena desde la transformación completa, será imposible.
»Los Elementales prohibieron revertir los efectos de las conversiones, pero a los alquimistas nos encantan las puertas traseras. Un hombre ideó una némesis para retornar al primer cuerpo: ser vencido en combate. Esto es, debes encontrar un enemigo capaz de superarte. Preferiblemente antes de que te conviertas en dragona, pero si no, antes de la primera luna llena desde que no te reconozcas en el espejo.
Cristal asimiló la información con mayor rapidez de la que debería. Quizá porque el tiempo apremiaba, porque seguía siendo humana y necesitaba aquel cuerpo para seguir siendo quien era. Asintió repetidas veces.
—¿Dónde lo encontraré?
La expresión de Rubedo se dulcificó.
—No lo sé, jovencita. La cordillera es un buen lugar para empezar, pero el rival que necesitas puede estar en cualquier sitio. —Se aproximó a ella y entrelazaron sus manos—. Lo siento, de verdad de la buena. Cuando todo esto se solucione, vuelve a que te enseñe mi habitación. Verás que soy limpio y ordenado. No sé qué ha sucedido, pero es imposible que sea culpa mía. Ahora ve.
Cristal frunció el ceño otra vez en silencio. Aceptó las disculpas («¡qué remedio!», pensó) y se marchó. Cuando la Cueva de Rubedo ya se escondía tras la espesura, el alquimista salió a despedirla agitando la mano.
—¡La próxima vez te haré un descuento! ¡Mucha suerte, jovencita, mucha suerte!

*

Cristal dejó atrás su pueblo y se dirigió a Helarium, la ciudad más cercana a las faldas de la cordillera. Antes de partir, metió varias mudas en una mochila, sus pergaminos de magia y algo de comida para el viaje. También dejó dos cartas: una en su puerta y otra en la de su vecina, explicando que debía partir sin demora. Estuvo tentada de inventarse una excusa, pero si el jurado descubría la mentira quizá no querría volver a reunirse con ella.
La suerte de estar doctorando a Magia Moderna era que controlaba conceptos diversos. Así, poco le costó usar el Adiestramiento para surcar los cielos encima de un enorme buitre que encontró hurgando cerca del cementerio. Tardó poco más de unas horas en pisar Helarium. El buitre echó a volar hasta la cima más baja del monte más bajo que conformaba la cordillera. Cristal escaló a pie, aprovechando para comer y pensar en lo que haría una vez arriba. Se imaginó llegando al poblado (si es que había tal cosa en realidad) con andar intimidante, las escamas reluciendo al contacto con el sol, una mirada fiera capaz de abrasar hasta la roca más dura… Pero lo único capaz de romper esquemas era su imaginación. Cristal era una mujer de ciudad, no un berserker con ansias de matar. Todavía se sentía minúscula.
El primer combate marcó un antes y un después.
Sucedió de la manera más casual que había de enfrentarse en la montaña. Cristal debía de irradiar una suerte de determinación que levantó las miradas de los bárbaros, ataviados con pieles y machetes en mano. Algunos eran humanos; otros, monstruos. «Muchos guerreros comparten alma con ciertos animales para obtener su fuerza», reflexionó ella cuando fue imposible desviar sus ojos de los pectorales perfectamente delineados del que fue su primer rival. Parecía ajeno a su propia desnudez. La abundancia de vello castaño, las orejas sobresaliendo por su cabeza, las uñas negras y una cola corta y redondeada delataba que compartía rasgos con un oso pardo. Doblaba a sus vecinos tanto en altura como en envergadura. Cristal supo sin preguntar que él era la persona más fuerte del lugar.
Lucharon. Sin más preámbulos que un cruce de miradas. Cristal probó a no moverse en cuanto el oso-hombre se abalanzó sobre ella. Igual el efecto revertía por sí solo. Pero el primer golpe de su mejilla contra el suelo, donde más tarde aparecería un moratón, activó en ella una violencia desconocida. Se levantó de un salto, los puños cerrados, toda ella irradiando calor. Su rival volvió a embestir, pero Cristal lo detuvo inclinando el cuerpo hacia delante; de un cabezazo lo hizo retroceder y antes de que pudiera reaccionar le asestó un corte mortal en el cuello. Manó sangre abundante. Los ojos del bárbaro se salían de sus órbitas, nunca pensó que aquella mañana sería la última. Cristal no había terminado, sin embargo: la furia incontrolable que sentía le llevó a pegarle y a clavarle las uñas hasta mucho después de que dejara de respirar. Pronto estuvo rodeada de un charco de sangre roja, espesa, que hedía a hierro.
La rabia se desvaneció paulatinamente. Cristal cayó al suelo de rodillas, chocando contra la realidad. Miró a su alrededor. La gente de las montañas la estudiaba desde lejos. Estaban asustados. Los guerreros no solían combatir hasta la muerte, morir no formaba parte de su entrenamiento. Y ella… Cristal bajó la vista hacia sus manos. ¿Qué había pasado? Sus ojos se posaron en el cadáver magullado. Sin poder evitarlo, vomitó y se sumió en la oscuridad.
Despertó en el mismo lugar. Arreciaba una lluvia fría que le sacó de su ensoñación. Se sorprendió al encontrar el buitre apoyado en el techo bajo de una de las casas, con expresión indescriptible. Si había vuelto, aunque liberado, no pensaba echarlo. Cristal se levantó despacio, muy despacio, desviando la mirada para evitar enfrentarse a su primer asesinato. Su piel por entero se había recubierto de escamas rojas y anaranjadas. Al palparse la cara, descubrió que sus facciones humanas habían desaparecido por completo. La dragoversión, entonces, estaba dándose prisa. «¿Aún puedo pensar?», se preguntó mientras limpiaba la sangre reseca en un charco de lluvia. «Sí, eso parece». A ojos del lector este hecho puede parecer inútil, pero para Cristal, cuya mente había sido arrinconada por otra voluntad aún más poderosa, equivalía a un rayo de cordura.
—¿Quieres volar? —le dijo al buitre. Su voz había bajado varios tonos, y a veces no era más que un gruñido bien articulado—. No voy a adiestrarte. Igual puedes ayudarme.
El buitre no se movió. Cristal lo tomó como una negativa, así que dio media vuelta, cojeando, y deshizo sus pasos hasta los suburbios de Helarium. No quería molestar más a los bárbaros de las montañas, ni tampoco a los ciudadanos; la única opción era mantenerse a una distancia prudencial de ambos.
Los suburbios se agolpaban como casas hechas de barro, hojas, acero, restos de basura y madera en torno a la Justaalla exterior de Helarium. Cristal solo permanecería allí esa noche, o ese día, o las horas que le fueran convenientes. Había perdido el sentido del tiempo y del espacio y necesitaba comer algo. Se estableció en un rincón inhabitado, utilizando la Magia Elemental para levantar cuatro paredes de tierra en torno a ella y hacer un fuego discreto que pudiera calentar su cuerpo. Después sacó una hogaza de pan, dejó que las llamas la tostaran, y la mordisqueó con ansiedad. Oyó el aleteo del buitre al posarse en una rama.
«He matado a un hombre. Inocente o no, a mí no me corresponde juzgarlo. ¿Qué… clase de…? ¿Qué ocurrió? Debería llevar un diario, contar cómo se vive una transformación. Si la naturaleza de los dragones es esta, normal que todo el mundo les tenga miedo. Esta no soy… yo…». Su cabeza hilaba pensamientos sin darse cuenta. El horror no la abandonó ni en sueños, donde revivió una y otra vez la sangre cayendo a borbotones, la rabia cegadora, el miedo y la satisfacción. Porque ahí estaba. Le había gustado. Había disfrutado con cada golpe. Y no podía soportarlo.
Cuando despertó, el buitre seguía allí. Juntos comenzaron un viaje que duró menos de lo que parecía; recorrieron gran parte del Continente de Morten buscando tugurios de peleas ilegales en las ciudades metropolitanas y guerreros espirituales en comarcas indómitas. La sangre se sucedió en todas ellas como una marca imborrable. La mente de Cristal se anulaba ante la intuición dragona y su cuerpo se convertía en una extensión de la muerte. Si suena poético es porque estoy usando las palabras equivocadas. La realidad fue que la silueta de Cristal se hizo añicos, sustituida por la vasta envergadura del dragón en que se había convertido.
El último combate antes de que la dragoversión se completara fue a la orilla del lago Maara, que en Lengua Elemental significaba «del inicio». Era el lugar más apropiado para despedirse de su humanidad.
Cristal y el buitre habían viajado hasta allí con la esperanza de encontrar a un tal Justa. El viento traía y llevaba rumores acerca de su fuerza extraordinaria, pero su paradero era desconocido, si bien algunos lugareños coincidían en que solía pasar por Maara. La razón, así como su verdadero aspecto, eran un misterio. Cristal con gusto habría investigado antes de lanzarse en su búsqueda, pero faltaban tres días para la luna llena y aquel día, con toda seguridad, sería el último en su forma… humana. Si es que aún era tal.
La claridad del lago le devolvió una imagen de sí misma. Rojo, amarillo, naranja. Desde la frente hasta el trasero sobresalían cuernos diminutos que acababan en puntas afiladas. Aún no le había crecido cola, pero sí las uñas de sus cuatro extremidades, retorcidas hacia dentro y tan largas como meñiques. No quedaba rastro de su feminidad, a excepción de la curva de la cadera, cada vez más recta, que partía su cuerpo en dos mitades. Cristal estaba desnuda; desprenderse de la ropa fue una consecuencia natural desde que dejó de reconocerse al espejo y perdió el sentido de la vergüenza. Los vestigios de humanidad residían en su mente, a la que se aferraba como un clavo ardiendo. A menudo se preguntaba si todavía podía pensar, y después se respondía. A sabiendas de que el mero acto de pensar la constituía como humana. A sabiendas de que la conciencia era la mejor prueba que tendría. Un pacto consigo misma.
El buitre se alejó en cuanto Cristal divisó una casita de madera. La halló acogedora, con una chimenea en el techo, luz cálida tras las ventanas y cortinas moradas. Otorgaba un punto de color al paisaje anodino. Se aproximó a la puerta, inspiró hondo y llamó al timbre. Sonó una canción infantil. Al cabo de un rato apareció una anciana con una redecilla repleta de rulos en la cabeza. La sonrió.
—¿Qué deseas, jovencita?
«¿Cómo sabe…? ¿Puede ver quién soy en realidad?»
¿Quién era Cristal en realidad?
—Justa —gruñó ella. Al instante se arrepintió, sacudiendo la cabeza—. Buenas noches. Estoy buscando al guerrero Justa. Dicen que es el más fuerte de este lado del mundo. Y yo… necesito… pelear contra él.
—Has llegado al sitio correcto. ¿Cómo has dicho que te llamas, querida?
¿Cómo se llamaba? ¿Cuánto tiempo había pasado y cuánto había olvidado?
—Cristal. Me llamo Cristal.
La anciana asintió.
—Estás a punto de terminar la dragoversión. No podrías ocultarlo ni en sueños, no te preocupes. ¿Quieres pasar a tomar un poco de sopa caliente?
—No, yo… No. Solo quiero pelear. Dentro de poco será luna llena.
—No creo que Justa vaya a recibirte hoy, así que de nada te sirve estar fuera. El lago sube por la noche. Podría arrastrarte si no te das cuenta.
—No quepo en tu casa.
La anciana se internó un momento y volvió con un cuenco de sopa gigante y una silla para acompañarla mientras cenaba. Cristal mantuvo el plato entre las manos durante un rato. El calor le reconfortaba. Sin querer, empezó a hablar.
—Estaba a punto de doctorarme en Magia Moderna. Mi tesis es… era revolucionaria. Intenté establecer…
Se lo contó todo: el proyecto, el viaje, su amistad con el buitre, los efectos de la naturaleza dragón en su espíritu. Deseaba terminar con ello de una manera u otra. Cuando calló, la luna sonreía en lo alto.
—Querida, ¿te has parado a pensar alguna vez en cómo revertir la dragoversión?
Cristal la miró, confundida.
—El alquimista me dijo que debía buscar un rival capaz de superarme.
—¿En combate?
—Sí. ¿No lo sé? —El silencio de la noche extinguió la pregunta—. Espere. ¿Va a decirme algo así como que he tenido la respuesta delante todo el tiempo y que la única persona capaz de superarme soy yo misma? ¿Es eso? ¿Que el mayor enemigo que tenemos somos nosotros? ¿Filosofía barata a estas alturas?
La anciana arrugó los labios.
—Por supuesto que no. La lógica de los Elementales no se rige por esas tonterías.
Cristal suspiró, dejando el cuenco a un lado de la puerta, y se levantó. Estaba exhausta.
—Esperaré aquí a Justa. Quiero meditar un poco. Muchas gracias por la cena, señora. De verdad.
Un segundo después, se quedó sola con sus pensamientos. A veces escuchaba los graznidos del buitre, o quizá fuera solo en su imaginación, pero gracias a ellos logró dormir unas horas antes del alba. Se desperezó con una sensación extraña en la espalda. Temiendo lo inevitable, corrió hacia la orilla; un traspié le hizo darse de bruces contra el agua. Se miró por encima del hombro, aterida, y observó las alas membranosas que nacían de sus omóplatos. Las sentía. Podía moverlas si quisiera, pero no se atrevió.
«Esto tiene que acabar hoy».
—Justa. ¡Justa! —bramó. El eco transportó el rugido desesperado—. ¡Quiero luchar! Luchar o morir. Por favor —añadió en voz baja.
No sabía qué esperar: hombre, mujer, criatura como ella. Lucharía contra un espíritu si hacía falta. Pero lo único que se movió en el amanecer fue la puerta de la casita que se entornó para dejar paso a la anciana. Se apoyaba en un cayado de madera rebosante de magia.
—Usted es… ¿Justa?
Desde la puerta emergió otra señora que se colocó al lado de ella. Eran dos gotas de agua. En su sonrisa percibió que era la verdadera anciana.
—Son gemelas. Por un momento temí que fuera…
El bastón de Justa emitió un brillo cegador que lanzó varios metros atrás a Cristal. Sus ojos se posaron intermitentemente en la (¿bruja?) Justa y su hermana gemela como buscando explicaciones. Al no obtenerlas, dejó de luchar contra el pálpito del dragón. Abarcó la tierra con sus brazos y cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no era Cristal. Una parte de sí misma volvió a quedarse en la esquina mientras la esencia del dragón se agrandaba en cuestión de segundos, dotándola de fuerza y rapidez sobrehumanas.
Justa tampoco era humana.
Cristal rugió, batiendo las alas. Las pupilas verticales de sus ojos se estrecharon en cuanto la luz se disipó y trató de embestir a la bruja, sin suerte: Justa golpeó el cayado contra el suelo y levantó un escudo de tierra. Se sucedieron una serie de toques, como una ensayada coreografía de claqué. Una gran ola proveniente del lago ensombreció el paisaje. Cristal se giró con rapidez, rodó hacia un lado y trazó un corte cruzado en cuanto el agua se cernió sobre ella. Un anillo de humo la envolvió mientras rasgaba la ola. El agua se desplomó con suavidad sobre la orilla. Cristal permaneció inmóvil un segundo: sus músculos en tensión, aún con la vista fija en el lago, las uñas desprendiendo fuegos fatuos de un rojo intenso. Lentamente se volvió hacia Justa.
—Esto… tiene… que acabar… ¡hoy…!
Se aproximó a ella. Justa le lanzó toda clase de ataques. Cristal vio, despacio, cómo un rayo de tormenta salía disparado desde el bastón hasta ella; lo esquivó ladeando la cabeza, resquebrajó solo protegiéndose con los brazos montones de piedras que dirigió después. Ningún hechizo elemental puede penetrar la piel de dragón. Cristal llegó a la altura de Justa. Le sacaba tres cabezas, así que bajó la barbilla para mirarla a los ojos.
La anciana correspondió con otra mirada, sin más. Indiferente. Sobrenatural.
Cristal alzó las garras envueltas en fuego.
Se convertiría en dragón. Le sería imposible buscar a alguien más fuerte que Justa en tan poco tiempo. «Nunca podré volver a ser la misma. Nunca». Justa tenía el último movimiento a su favor: sabía que Cristal atacaría y, quizá, solo quizá, podía contrarrestarla.
Cristal descendió para asestarle un golpe mortal. Justa colocó el cayado entre las dos, que se partió con un ruido sordo. El eco rasgó la quietud del lago Maar’a.
—¡No! —chilló de pronto su hermana, que había presenciado el combate desde la puerta—. ¿Qué has hecho? ¡Justa!
La dragón-mujer no entendió hasta que la bruja cerró los ojos y cayó muerta. La anciana se arrodilló a su vera.
—¿Por qué has tenido que matarla?
—No era tan fuerte como pensaba. —Había hablado el dragón, no ella.
—¿Es que no sabes a quién te has enfrentado? ¿Dónde está la jovencita con la que hablé ayer? ¡Aún puedes anular la dragoversion! ¿A quién te has enfrentado? ¡Contesta!
La dragón-mujer encendió sus garras una vez más, pero la conciencia de Cristal le impidió que ejecutara un ataque más, gritando:
—¡No lo sé!
—¿No lo sabes? ¡Acabas de matar a un Elemental! ¡El mundo… tal y como lo conoces… desaparecerá!
Cristal ahogó un grito. La revelación le dio fuerzas para someter la esencia del dragón en su mente, que empezó a debilitarse. Las palabras de Rubedo retumbaron en sus oídos: «debes encontrar un rival capaz de superarte». No necesariamente en combate físico; también podía ser dialéctico. La anciana se lo había recordado también. ¿Cómo había estado tan ciega? Había asesinado a un Elemental sin saber lo que acarrearía, pero más allá de ello, la dragoversion podía haberse revertido acudiendo a un sabio. No, acudiendo a cualquier persona. Cristal sabía mucho de Magias Modernas y poco de lo demás. Le habría bastado con hacer un examen de geografía, por ejemplo. «La naturaleza del dragón me dio a entender que tenía que resolverlo a través de la fuerza física. Idiota, idiota…».
Pero no habría cuento si hubiera acertado a la primera, claro.
Cristal se derrumbó, sintiendo que le abandonaba la furia incontrolable. Su aspecto no mutó de inmediato, pues los efectos que revierten primero son los que castigan al corazón.
La anciana rompió a llorar. Acariciaba el cuerpo inerte de su hermana. La joven intuyó una revelación con respecto a ambas, pero todavía estaba demasiado débil para procesarla, y antes siquiera de que pudiera disculparse por unas consecuencias que no llegaba a atisbar, se hundió por segunda vez en la oscuridad.
—La alquimia es la llave del mundo —dijo la anciana, mirando hacia arriba—. Un error equivale a varias décadas de incertidumbre. Tus heridas sanarán, Cristal, pero las secuelas quedarán en todos nosotros. Díselo al alquimista que ha provocado todo esto. Dile que tiene una nueva misión.
»Dile que se reúna conmigo.

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