Economía sumergida, de Irene Morales García

Economía sumergida, de Irene Morales García

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 16

Foto de Cristian Palmer para Unsplash

Petra llevaba toda su vida fastidiada por llamarse Petra.

Quizá porque todas sus amigas se llamaban Carmen, o porque el chico que le gustaba no acababa de pronunciar bien su nombre, o quizá porque habían llamado a su hermana mayor Azucena y tenía la ligera sospecha de que su madre se había currado el nombre de su hermana, pero no el suyo. «No sé, lo eligió tu padre», decía siempre.

La bicicleta temblaba entre sus muslos y contuvo el deseo infantil de abrir la boca para escuchar cómo su voz tiritaba bajo los botes de los más que gastados adoquines. Tuvo que tomar un par de desvíos, porque era día de mercado medieval y sus vecinos ya empezaban a salir a la calle vestidos con horribles trajes de terciopelo verde y granate. El cetrero le guiñó un ojo, como cada año:

—¿Vas a por las sirenas, Petra? —le gritó.

—¡Sí!

—¡Mantenlas alejadas de mis búhos este año!

 Como si ella pudiese controlar a las sirenas. Petra simplemente les hacía gracia porque su nombre era lo único que sabían pronunciar. Aunque intuía que debía ser por algo más, porque nunca la habían intentado ahogar, tampoco.

El pueblo de El Tiemblo, en lo más profundo de Ávila, siempre había sabido que había sirenas en el embalse, y tenían leyendas sobre ellas. La que más le gustaba era aquella que decía que Franco las había recogido del mar y las había acorralado en su océano particular, donde iba a verlas cada fin de semana. La siguiente era que la corriente las había arrastrado desde el Duero, pero cualquiera que conociese la zona sabría que aquello era imposible. Lo único que los tembleños tenían claro es que antes no había habido sirenas, y ahora sí.

Su bici derrapaba por las cuestas de arena que se retorcían hasta el Charco del Cura, levantando polvo de hadas que le dejaban el pelo del color de la paja y la nariz insensible. No importaba los años que pasasen, el Ayuntamiento jamás invertiría dinero para arreglar aquel camino pedregoso, pero tan conocido. Petra a veces pensaba que podría bajarlo con los ojos cerrados.

Un chirrido la recibió cuando torció la última curva y el embalse apareció ante ella. Principios de septiembre y todo era dorado, menos el destello plateado de los brazos de las sirenas. Petra pedaleó con sus últimas fuerzas, sonriendo, y ellas se arrastraron fuera de la helada agua del Charco del Cura, mostrándole la mercancía que venderían más tarde en el mercado:

—Aah… son preciosos —exclamó, recogiendo un par de colgantes hechos con sus propias escamas y espinas—. Esta es tuya, ¿verdad, Almudena?

La primera de las sirenas asintió, orgullosa, y alargó el brazo para que Petra observase el hueco blando y blanco donde las escamas habían sido arrancadas. La chica frunció el ceño:

—Siempre dejándolo todo para el último día, eh…

—¡Petra! —replicó la sirena, ofendida—. ¡Petra…!

Solo sabían decir su nombre, pero podía sentir las excusas de Almudena, e hizo un gesto brusco con el dedo para mandarle callar. Ella se cruzó de brazos, dolida, y le dio la espalda. Las puntas de su espina dorsal cortaban su espalda húmeda como una herida, dándole más aspecto de pez abisal que de figura de ensueño.

Almudena, Manuela y María habían aparecido cinco años atrás, y habían pillado a Petra en medio de su pedaleo mañanero. Parecían humanas, pero de la misma forma en la que un zorro puede parecerse a un perro. O, más bien, como si un niño hubiese intentado dibujar a un ser humano y se le hubiese olvidado lo que estaba dibujando a medio camino. Su piel era brillante y metálica, como la de cualquier pez de río, y su pelo eran mechones de algas pardas, enganchadas en cada escama levantada, en cada espina de su cuerpo. Tenían los dientes más afilados que Petra había visto jamás y sus ojos nunca, nunca pestañeaban.

Ah, a Petra la incomodaba mucho mirarles la cola.

En ese momento, su móvil comenzó a vibrar y solo miró la pantalla durante un segundo antes de contestar:

—Ya estoy con ellas.

—Tu abuela dice que las saludes de su parte.

—Mi abuela dice que hola.

—¡Petra! —canturrearon a la vez las criaturas.

—Estoy llegando yo también —dijo entonces su padre, y al volverse vio el antiguo Ford Fiesta bajando por la cuesta de arena—. ¡Te veo!

—¿Para qué me has llamado si estabas tan cerca?

—Bueno, Petra, ya sabes que no me gusta estar solo con ellas.

La chica alzó las cejas en un gesto irónico, mientras veía a lo lejos cómo su padre colgaba el móvil y giraba el volante para acercarse a la orilla del embalse. Las sirenas lo saludaron con varios Petra, pero ahora sus sonrisas eran retorcidas y mucho, mucho más animales de lo que habían sido apenas un minuto antes.

—¿Qué os he dicho de mirar a mi padre así?

María fue la primera en perder la sonrisa, avergonzada, pero Almudena se arrastró un poco más sobre la tierra de la orilla, la mano extendida con una pequeña pulsera de espinas en la palma y la boca tan abierta que Petra pensó que podría tragárselo entero. Manuela solo esperaba su turno, un montoncito de piedras húmedas en las manos.

Una a una, las sirenas le fueron dando sus regalos, suspirando. Petra se mantenía cerca, vigilando que a ninguna se le escapase ningún mordisco, y cuando terminaron se volvieron hacia ella, ahora sí, desenterrando sus tesoros y dejándolos en sus brazos.

Este año había muchos más. Su padre y ella examinaron de cerca los collares, pulseras y pendientes que las sirenas habían montado durante el año, y apartaron a un lado los que más escamas contenían. Brillantes, transparentes, duras. Diamantes.

En solo cinco años, El Tiemblo se había convertido en el mayor exportador de diamantes de España y nadie, salvo sus no más de 4000 vecinos, sabía cómo. Había empezado como un secreto, luego también como un secreto, pero a voces, y finalmente como aquello que todo el mundo sabía pero que nadie decía.

¿Quieres un nuevo jardín? Tu silencio.

¿Un nuevo parque? Tu silencio.

¿Un enorme y lujoso y bilingüe colegio en mitad de la Sierra de Madrid, donde tu hijo pueda aprender equitación envuelto en naturaleza pero con la más moderna de las tecnologías? Tu silencio.

Pagaban su diezmo al gobierno, claro, quien con tal de quedarse su parte poco preguntaba de dónde salían las piedras preciosas.

—Bueno, ¿quién quiere estrenar el mercado?

Almudena alzó la mano palmeada con un chillido y Manuela se dejó caer sonoramente contra la tierra, dramáticamente derrotada en rapidez y entusiasmo. María volvió al agua, sin perder ni un minuto más de su tiempo en la superficie. Era la menos social de las tres y se dedicaba solo a esperar el premio a cambio de sus escamas.

Entre su padre y ella la arrastraron al maletero del Ford Fiesta y Almudena se quedó allí, sentada en su fondo como si fuese el más alto de los tronos y peinando sus cabellos chorreantes. La cola sobresalía, traslúcida, del maletero y Petra podía ver las espinas y venas bajo los diamantes que tenía por escamas. Cada vez que se movía crujía, pero si su mano tocaba su carne se hundiría en ella como si fuese gelatina y Almudena chillaría.

—Este año no te vas a comer ninguna lechuza, ¿verdad?

—¡Petra!

—Asiente o niega con la cabeza, Almu, que no me fío.

Ella le miró con sus grandes ojos redondos, plateados, y muy lentamente negó con la cabeza:

—Peeeeeetra —y era lo más parecido a un suspiro de hastío que había salido nunca de entre sus dientes abisales.

—Pórtate bien —probó su padre, con una gran sonrisa.

Pero Almudena le siseó con crudeza, abriendo la boca para enseñarle los largos colmillos. Apestaba a pescado. Petra suspiró ante el paso atrás de su padre y recogió la bicicleta que había dejado tirada en el suelo, sin molestarse siquiera en ponerle caballete.

***

El día transcurrió con pasmosa tranquilidad.

Petra se recostó contra el respaldo de la silla en su puesto del mercado, viendo pasar a la gente. Muchos tembleños se acercaban a saludar a Almudena, contentos de verla, y dedicaban varios minutos de su tiempo a decir lo preciosos que eran sus colgantes y tiaras. La sirena sonreía, babeando a veces, y Petra pasaba un paño húmedo cada media hora exacta por sus aristas.

Las sirenas no eran idiotas. Eran perfectamente conscientes de que, tras el mercado medieval, su padre y ella desmontarían las joyas y las venderían por partes. Pero lo primero que había notado había sido que eran monstruos orgullosos, débiles ante la adulación (incluso ante la adulación terriblemente fingida) y se alimentaban de palabras bonitas tanto como de su presa natural: los humanos.

Aunque, con el auge de las tecnologías, los humanos eran cada vez más y más escasos en ríos y lagunas; y las sirenas se veían obligadas hacer algo tan fuera de su naturaleza como lo era vender su propia piel a cambio de comida.

Petra gruñó:

—¿Es que no has visto el cartel? Lo pone claro.

El hombre bajó su iPhone, confuso, y sus ojos se posaron por fin en el enorme cartel en el que se leía, con una letra más que legible, «NO FOTOS». Pero, ah, Petra ya no sabía cuántas veces había visto esa falsa mirada de disculpa en gente como él. Sobre todo de aquellos con pase VIP al cuello, identificándolo como reportero de alguna televisión nacional. No quería periodistas cerca de sus sirenas. Eran cosa del pueblo.

—Ah, perdón —rio el hombre, y Almudena se inclinó hacia él, curiosa—. Es que… está tan bien hecha…

—Somos profesionales —contestó Petra, imitando su tono jocoso—. Estudio Caracterización en Madrid… Si le gusta, quizá podría sacarme en su programa. Y coger mi currículum. Y contratarme también, claro. Me llamo Petra Fernández, déjeme coger mi…

—Oh, la verdad es que tengo algo de prisa —mintió vilmente el reportero—. ¿Qué tal si me paso luego, cuando ya lo tengas a mano, Petra?

—¡Claro! —le dio tiempo a decir mientras el hombre se escabullía entre los puestos. Luego se le escapó una carcajada y la sirena intentó imitarle sin éxito—. Nada para espantarlos como estar demasiado contenta de verlos, ¿eh?

Almudena volvió a intentar reír, pero un largo rastro de saliva resbaló de entre sus colmillos, y Petra tuvo que  limpiarla con el trapo.

***

Almudena jugueteaba con los botones de su chaqueta vaquera, clavando sus uñas como agujas en el borde entre metal y tela. Petra consiguió reunir energías para darle un leve bofetón en la mano. La sirena se quejó, un chirrido agudo que reflejaba su (de pronto) desesperado aburrimiento.

—¿Quieres que nos vayamos ya? —preguntó la chica, mirando más allá de su propio puesto y viendo cómo ya algunos «mercaderes» comenzaban a recoger los suyos.

No habían vendido absolutamente nada, y era normal. Petra y su familia no colocaban el puesto para sacar beneficio, sino como una declaración de intenciones. Para recordar al resto de tembleños quiénes eran los que habían convertido el pueblo en un resort de lujo al compartir su hallazgo con el resto. Para recordarles que aquella criatura era real. Y, aunque fuera del agua no suponía peligro alguno, los vecinos de El Tiemblo compartían la misma pesadilla durante las semanas siguientes al mercado medieval anual.

Que se ahogaban en diamantes y las sirenas reían en sus oídos.

Nadie hablaba del sueño.

Como nadie hablaba cuando comenzaron a recoger, Almudena ayudando a su manera, poniéndose todos los collares en su espinado cuello hasta parecer más una ofrenda que una sirena. El cetrero al otro lado de la calle adoquinada le volvió a guiñar el ojo, todos sus búhos a salvo.

—¿Quieres que avise a tu padre para que vaya viniendo? —le vociferó el chaval mientras se quitaba los brazaletes de cuero que habían completado su disfraz—. ¡Lo acabo de ver en el bar hace unos minutos!

—¡Sí, por favor! —contestó Petra, antes de que un chiquillo saliese disparado en dirección a la calle principal del pueblo, donde se arremolinaban los tres (sí, solo tres) bares de El Tiemblo. Pronto empezaría el espectáculo de magia que hacían cada año en la plaza de toros y, para entonces, Petra quería haber devuelto ya a Almudena al embalse. Aquel año había muchos, muchos más turistas que en años anteriores, y no le gustaba la forma en la que miraban a la sirena.

Había un límite en el tiempo que podías engañar a los madrileños. Normalmente era hasta cuando se daban cuenta de que no podían andar por en medio de la calle porque, por muy pequeño que fuese el pueblo y por mucha falta de semáforos, allí también tenían coches.

El cetrero (el hijo del Matas, Javier) la ayudó a llevar a Almudena hasta el maletero ya preparado de su padre y la sirena se dejó observar, la sonrisa afilada bien abierta. Javier alzó la vista hacia Petra, pero cuando le habló, su voz era un susurro:

—El hijo de la Pili me ha dicho que ha visto a un periodista bajando por el camino al Charco del Cura, el que pasa por detrás del convento.

Petra suspiró. Almudena jugueteaba con las bolsas nevera, pero no creía que las fuesen a necesitar aquel año. Si a la Pili no le había fallado la vista (y no era común que eso pasase), era posible que por una vez en mucho tiempo las sirenas fuesen a cobrarse sus diamantes en carne fresca.

***

Pedaleaba con calma.

No había farolas más allá del último tramo de asfalto, y las que aún veían a lo lejos eran de luz naranja, lo que le daba a la noche aspecto de cuento. La rueda delantera se le colaba en cada recoveco de tierra del camino y la hacía rebotar cada vez que se encontraba con una piedra, pero no necesitaba más guía que las luces del pueblo reflejándose en el agua quieta del embalse.

Lo gracioso del Charco del Cura era que conectaba con el río Alberche, lo que hacía que sus sirenas pudiesen ir y volver a voluntad, recorriendo el resto del año la Meseta castellanoleonesa en busca de nuevas presas (o de nuevos tratos, sospechaba Petra). La enorme presa cortaba el valle como una maldición, y las luces del Ford Fiesta de su padre restallaban contra el camino empinado unos metros por delante de ella. Almudena lo miraba desde el maletero con sus ojos redondos, la boca nunca cerrada en una mueca expectante.

—No pasa nada, Almudena —le dijo, pedaleando con fuerza para quedar más cerca de ella—. Estarán bien.

No parecía muy convencida, y era normal. Durante los días de mercado las sirenas aprovechaban para tostarse al sol, sabiéndose seguras en aquel recoveco de Ávila, y Petra ya las había pillado más de una vez desprevenidas, charlando en su idioma de chirridos y chasquidos. Y en tierra eran terriblemente lentas, terriblemente frágiles. De hecho, no tenías mucho que temer mientras no te acercases a sus puntiagudos dientes abisales, o mientras no te arrastrasen hacia el agua.

Su padre apagó las luces justo antes de torcer la última curva que abría la tosca playa del embalse, frenando con cautela. Petra podía ver al fondo el pequeño parque infantil que habían construido junto a la orilla, y el quiosco con barbacoa que no había logrado sobrevivir a la crisis. No los veía, pero podría describir cada grafiti en sus paredes de madera.

En la costa, chirridos y el haz de luz de una linterna.

—Joder —susurró su padre, saliendo del coche—. Por qué no meter las narices en sus propios asuntos.

Petra ya no podía contar con los dedos de las manos las veces que había suspirado aquel día. Había sabido que aquel momento llegaría, tarde o temprano, y quizá el haber sido ella quien las había encontrado le daba una perspectiva algo egoísta de la situación. O, más bien, una perspectiva fría y calculadora, realista. Aquello no podía salir a la luz, y punto. Su padre podría ser un gran apoyo para ella en cualquier otro asunto, pero en tema sirenas era ella la que tomaba las decisiones, aunque apenas levantase más de metro y medio del suelo y no cumpliese los veintidós hasta diciembre.

Pero una tenía que hacer lo que tenía que hacer.

—Coge a Almudena —ordenó, volviendo al maletero y haciéndose con unas pesadas tijeras jardineras que había en el interior de las bolsas nevera—. Sígueme, pero en silencio. Yo me encargo.

Oyó cómo su padre resoplaba al recoger el peso de la sirena en sus brazos, pero no se molestó en mirar atrás. Al contrario que con su bicicleta, las plantas de sus pies no estaban tan acostumbradas a ese camino, así que avanzó a paso lento. Al menos hasta que se dio cuenta de que estaba haciendo el mismo ruido intentando pasar desapercibida que si simplemente caminase hacia él.

Así que eso hizo, guardándose las tijeras en el bolsillo trasero de sus vaqueros y recortando distancia entre el periodista y ella. El hombre había arrastrado a Manuela hasta la mitad de la orilla, lejos del agua, y el muy idiota sostenía la linterna entre sus labios mientras una mano se hundía en su costado, inmovilizándola contra la tierra. La otra sostenía unas gruesas pinzas, y supo lo que estaba haciendo con ellas mucho antes de verle sostener una escama diamantina y tirar de ella con fuerza.

Manuela coleteaba, chillando su nombre con voz raspada. María se arrastraba fuera del agua, intentando alcanzarla, de una forma que de tan lenta era patética. Cuando la vio aparecer chirrió, y el hombre se giró hacia ella con un sobresalto:

—¿Petra?

La chica sonrió, inclinándose hasta apoyar las palmas de sus manos en sus rodillas y fingiendo que miraba con curiosidad por encima del hombro del periodista hacia el montoncito de diamantes escamados junto a sus zapatos de punta. La cola de María era un revuelto de sangre y gelatina plateada, el hueco sin escamas muy parecido a un túnel escarbado en roca sanguinolenta.

—Hola —contestó—. ¿Qué haces?

Silencio. Recogió la linterna con su mano libre.

—Lo sabes muy bien, niña. Déjame llevarme un buen puñado y no sacaré a la luz de dónde estáis cogiendo todo el dinero.

Petra rio, tan cristalina y transparente como los diamantes a sus pies:

—¿Quién te creería?

—Tengo fotos. Y diamantes —casi rugió el hombre, alzándose para quedar frente a frente con ella.

Ella alzó una ceja, condescendiente. Pudo ver cómo el periodista (en la placa colgada en su cuello ponía Antonio Torres) miraba tras ella, a los pasos pesados de su padre cargando con Almudena, y la tensión en sus anchos hombros fue casi inmediata. Un gran error por parte de Antonio, darle la espalda a dos sirenas y subestimar a Petra.

—Quién te creería —repitió, voz grave y espesa, marcando cada una de las palabras. Antonio bajó de nuevo la vista hacia ella, con una mueca irónica en sus rasgos marcados—. Las sirenas solo vienen una vez al año, y si hace falta buscaremos una nueva costa para hacer nuestro intercambio. Para cuando quien te crea venga a investigar la veracidad de tus fotos, se encontrará con nada.

Antonio le apuntó a los ojos con la linterna, cegándola, y Petra giró levemente el rostro, pero no retrocedió. Era importante que el reportero viese el fallo en su plan. Era lo más importante, porque a Petra no la acababa de convencer eso de convertirse en una asesina, incluso aunque supiese que el pueblo la cubriría como unas alas protectoras.

—Eso ya lo veremos —contestó Antonio Torres con una enorme risotada, retrocediendo un paso y topándose con el cuerpo herido de Manuela. Le dio un pequeño toque con el pie y ella gimió, y Petra lo comenzó a ver todo rojo. Notaba el chapoteo y los quejidos de Almudena al dejarla su padre en el agua, también cómo el periodista miraba de reojo al otro hombre—. Creo que con esto tendré suficiente para callarme la noticia durante un añito. ¿Tú qué crees?

Torres se agachó para recoger sus diamantes.

—Yo creo que no.

Ah, qué bien.

Fue Manuela quien clavó las uñas en la nuca del periodista, haciéndolo perder el equilibrio y caer sobre ella. La sirena gimió ante el peso sobre su cola herida, pero no perdió tiempo antes de hundir sus afilados dientes abisales en la carne que tenía a su alcance. El grito de Antonio fue desagradable, y se le metió por debajo de las uñas como un escalofrío ardiente. Intentó levantarse, escapar, pero no contaba con que Petra tuviese sus propios colmillos. Con la serenidad de quien sabe que está haciendo lo correcto, Petra empuñó las tijeras jardineras de su pantalón y las clavó con fuerza bajo su costado. Había esperado más resistencia, pero se quedó allí, desconcertada, viendo cómo Antonio Torres se retorcía entre gritos de terror y charcos rojos.

Manuela seguía mordiendo y comiendo.

María y Almudena también chillaban, pero ellas de envidia, y reclamaban su premio desde la orilla, arrastrándose hacia ellos con las manitas afiladas extendidas. Su padre solo miraba, ajeno a todo, y fue rápido en obedecer cuando Petra le hizo un gesto brusco para que se acercase.

—Ayúdame a cogerlo.

—Petra…

¡Petra! —coreaban las sirenas.

—Cállate, papá —gruñó, intentando no mirar al revoltijo de hueso y músculo en el brazo del reportero. Se removía entre espasmos, los ojos mirando con rapidez, buscando una salida, gritando sin parar. A Petra comenzaba a dolerle la cabeza del escándalo, y se preguntó si todo aquello era normal. No las sirenas, claro. El sentir tan… poco con un futuro cadáver en las manos.

Fue difícil llevarlo hasta la orilla, porque el tío usaba todas sus últimas fuerzas en escapar, pero Petra no tenía duda alguna que las seis criaturas allí presentes sabían que aquellos iban a ser sus últimos gritos. Tres de ellas estaban hambrientas, emocionadas y enfadadas, y Petra no las culpaba. Se imaginaba que era como haberse encontrado a alguien arrancándole las uñas a su hermana Azuzena.

Torres chapoteó unos segundos antes de que ellas lo alcanzasen.

Su padre volvió a por Manuela.

Y, en unos segundos más, Torres solo era un cúmulo de burbujitas negras en la superficie del Charco del Cura.

Manuela miraba con avaricia el rastro de burbujas donde habían desaparecido sus hermanas, pero se giró hacia Petra, pidiendo permiso con su sonrisa afilada. La chica alargó las manos para cogerle de los mofletes gelatinosos y blandos, acunando su rostro en ellas:

—No comas con ansia, estás herida. Y racionad las partes, es un hombre grande.

La sirena asintió, ansiosa por dejarse ir, y Petra, una vez más, suspiró.

—¿Quieres que busque a alguien para curarte eso u os encargáis vosotras?

Manuela se señaló con un dedo fino y tembloroso. La chica sonrió cálidamente y su padre rio tras ellas, lavándose las manos a orillas del embalse.

—¿Quién quiere ir al mercado mañana? —canturreó ella con cariño.

La sirena alzó la mano a la velocidad de la luz, con una gran sonrisa abisal.

Petra rio.

Comments (2)

  • Elisa Reply

    Me ha parecido una lectura preciosa, como leer un cuento macabro y contemporáneo. La visión de las sirenas ha sido un soplo de aire fresco, y símiles como “de la misma forma en la que un zorro puede parecerse a un perro” me hacen meterme más en la historia. Sé que esto último puede parecer un comentario más aleatorio, pero como que le da más vida al relato, puedo imaginarme a la perfección lo que se está contando. Se nota el cariño que se le ha puesto, porque nada es apresurado, se para las veces que sean necesarias en los momentos cruciales para describir el mundo que hay alrededor. Que esté ubicado en España, más concretamente en un pueblo abulense, y no en un mundo de fantasía, no sé, como que le añade más encanto, pero entiendo que esto es personal, porque la tónica más sanguinolenta del relato a mí es que me flipa. Si tengo que ponerle una pega, es que con todo el entorno que se ha currado, cuenta poco, entonces me quedo con esas ganas de saber más y de un potencial para una historia muy buena que se queda demasiado encapsulado. Ojalá haya alguna posibilidad de leer una historia larga de esto, porque seguro que lo borda.
    ¡Un saludo! Deseando leer más.

    16 octubre, 2018 at 1:34 pm
  • María Reply

    Me ha encantado. Yo conozco ese pueblo y lo he pasado genial.

    Me gusta su estilo. Seguiré los pasos de la escritora.

    16 octubre, 2018 at 2:16 pm

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