Fuerza laboral, de Teresa P. Mira de Echeverría

Fuerza laboral, de Teresa P. Mira de Echeverría

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 13

Desde el fondo del vaso, el espejo le ladró con fuerza.
El olor era acuoso y algo esmerilado, casi como vidrio caliente y ambarino. Una miel iracunda.
Miró detenidamente el contenido y se perdió en las volutas del líquido.
Sus ojos eran drenados hacia el fondo, más allá, mucho más allá de él mismo.

Cerró con fuerza los labios.
Le fue imposible no beberlo.
Un sonido estridente se abrió paso hacia su esófago. Dentelladas puras, heridas de oro calcinante escurriéndose sin piedad hacia su estómago.
Era un dolor incandescente, fuera del alcance de sus ya desguarnecidas fauces, de los inexistentes colmillos que deseaban desgarrar lo que no nunca tendría sustancia.
Era el choque de miles de sí mismos en un solo punto. Y el punto no tenía límites. Y su ira tampoco.
Arrojó el vaso contra el piso. Entonces el perro, por fin libre, le ladró a todo lo que había a su alrededor. Al universo entero.
Pero los vidrios rotos seguían cumpliendo con su función especular y a él no le gustaba la imagen que le devolvían: la de un perro de alcohol y LSD ladrando sin sentido alguno.
El oro llegó a sus entrañas y allí se arrebujó, enroscado, vigilante. Sus dientes, calientes y terribles, se lanzaron torrente sanguíneo arriba y, en poco tiempo, alcanzaron sus neuronas.
Entonces los perros se durmieron, los ladridos callaron, el espejo adquirió un brillo cegador y un silencio pastoso y lúgubre tapó con una manaza de hierro su cansado cerebro.
Mucho más tarde, los colores desfilaron impertérritos ante su mente y el silencio se volatilizó, sublimándose en un gas sofocante y amargo. Hasta que, sin poder evitarlo más, Alfonso Durero gritó con todas sus fuerzas.


Quinto día de desintoxicación forzosa.
Dejar de ser un perro era muy difícil.
Y Alfonso Durero había nacido perro: un verdadero, puro y perfecto canis lupus familiaris.
Decían que era un golden retriever, pero bien podría haber sido un afgano o un chihuahua; Durero nunca había llegado a desarrollar sus características físicas más allá del quinto día de gestación.
Al sexto día lo arrancaron de la probeta, lo colocaron en un manipulador de genes standard clase vectral (un x432 marca Ergátis; un modelo antiguo pero efectivo) y lo humanizaron.
Dos meses después, Alfonso Durero nació como un hombre. O como un perro-hombre.
A los efectos físicos externos era un ser humano con todas las de la ley (excepto el derecho a voto, claro está). Por supuesto, tenía la sangre algo alterada y su estructura psicológica había sido formidablemente reconstruida.
Ya en el parvulario se burlaban de él llamándolo «Fido», y eso que no tenía orejas largas ni nariz oscura y prominente. Era un simple niñito rubio, de ojos marrones y tez algo agrisada.
Aun así no podía evitar ser sociable. Era parte de su instinto.
A los dos años, cuando ya era todo un adolescente, le presentaron al resto de la camada. Sus hermanos.
El choque fue demoledor. Ante él movían la cola dos alegres cachorros de pelaje amarillo azafranado, mientras que sobre una mesa relucían cinco probetas congeladas.
Durero miró a los perros con repugnancia, casi tanta como la que expresaba al verse a sí mismo en el espejo. Dio media vuelta, salió de aquel galpón que alguna vez había servido para refinar fidritinina y que luego se había convertido al más lucrativo negocio de hacer perros-hombres, y ya no volvió más ni allí ni al criadero.
Al principio no se llamaba Alfonso Durero. Al principio solo era «Alfie». Ese era el nombre con el que lo llamaban los laboratoristas que, con las manos engrasadas, solían estrujarle los cabellos como a un caniche o silbarle entre dientes para llamar su atención y darle un trozo del sándwich de jamón barato que estaban comiendo.
Pero, en realidad, siempre había sido Alfonso Durero. Así lo habían empadronado en el registro civil (la Ley de humanizados lo requería de tal modo). No obstante, no fue sino hasta que escapó del laboratorio que lo supo.
Aún podía recordar cómo había aprendido su verdadero nombre la noche que fue arrestado por primera vez. por vagabundeo. Y su sorpresa al enterarse de que no era «Alfie», sino que tenía un nombre y un apellido.
Entonces lo enviaron al criadero y allí se encargaron de inscribirlo en el parvulario.
Tenía solo tres meses de edad, pero no desentonaba con sus compañeros humanos de cinco años.
Durante las primeras semanas en el criadero, se sentó en el suelo, ladró, se rascó las pulgas y orinó en los marcos de las puertas. Pero no era muy eficaz en nada de eso y además los ayos lo trataban como a un hombrecito.
La tercera semana durmió en su cama. Al mes ya comía con cubiertos.
Era extraño cómo la desintoxicación siempre evocaba esos recuerdos de su cortísima infancia.
Ahora, con siete años de vida y cuarenta de apariencia, Alfonso Durero enfrentaba su decimoquinta desintoxicación.
Y cuando el dolor de su alma arreciaba, aullaba en voz muy baja, quedamente, en un lamento que no era ni humano ni canino.


En un tren.
«¿Qué puede hacer un perro-hombre en un viaje? ¡Asomar la cabeza por la ventanilla y dejar que el viento le seque la lengua!».
El comentario no le hizo mella.
El camarero escupió en su whiskey, para luego apoyarlo en la pequeña mesa del vagón comedor con tal furia y asco que parte de su contenido cayó sobre la manga derecha del saco de Durero.
Y Durero, con la mirada fría y el ánimo de morder, lamió concienzudamente la tela sin despegar su vista del rostro del camarero.
No, claro que aquel hombre no era un zoo-racista. Probablemente fuera un simple trabajador que veía amenazado su empleo por la aparición de algún animal humanizado más económico y más eficiente que él en su tarea… tal vez una garza.
Pero eso no impedía que Alfonso sintiera furia y que esta se aguara en sus ojos enrojecidos.
El hombre de camisa blanca, chaleco negro desgastado y corbata de moño de igual color, lanzó una injuria, se llevó una butaca por delante al retroceder y entró apurado a la cocina.
Durero ya sabía que, en pocos segundos, el camarero regresaría para traerle la chuleta que había ordenado. Y era seguro que estaría casi cruda y que en realidad sería un corte de carne que incluyese un ostentoso hueso adherido a él. Así que, suspirando profundamente, recordó las mismas trilladas y repetitivas burlas de su infancia, bebió lo que quedaba de alcohol con un ademán brusco y salió del vagón comedor antes de que fuese necesario que sus colmillos tuvieran que lavar su honor una vez más.


Retorno al trabajo.
«¡Eh, Alfonso! ¡Hasta que volviste!».
Durero alzó una mano sin siquiera mirar a su compañero de tareas. Se sentó desganadamente tras el volante del mastodonte de cuarenta toneladas que conducía doce horas al día, seis días a la semana, doce meses al año. Luego, encendió el motor.
La grúa bufó, rechinó y gruñó con el mismo hastío que su conductor. Entonces, finalmente avanzó a través de la planicie desierta.
El calor no ayudaba en nada; volatilizaba sus ánimos al punto de enfurecerlo. Y cuando eso sucedía, todo mundo se alejaba de Alfonso Durero… porque, nadie en su sano juicio quiere pelear con un perro rabioso.
No obstante, cuando alguien tenía una tarea arriesgada en los barrancos o debía descender al foso o se necesitaba un copiloto para hacer subir por la cuesta al Gran Mac, todos acudían a él… porque bien es sabido que no hay en este mundo un ser más fiel ni más leal que un buen perro entrenado.
Los ojos de Alfonso se concentraban en el horizonte. De cuando en cuando miraba el cielo, pero eso era algo que no hacía con mucha frecuencia. Él prefería henchir los pulmones y beberse todos los aromas, todas y cada una de las miles de sutiles combinaciones que el desierto le proponía. Con el olfato alerta, Alfonso era capaz de enfrentarlo todo, incluso su existencia.
Un olor acre llamó su atención y un instinto antiguo le reveló el porqué: búfalos humanizados.
En la excavadora número seis, a lo largo del surco mayor, allí donde la tarea era más pesada, Jonás Van Eyck debía estar trabajando muy duro y lo seguiría haciendo durante muchas más horas que él.
En ese momento, el recuerdo de una vieja frase le arrancó una sonrisa agria, congelada de sarcasmo: sí, finalmente los seres humanos habían hallado la solución a sus problemas laborales y productivos. Al fin se les había vuelto muy sencillo el encontrar a alguien sumiso, fiel, con la suficiente inteligencia y maniobrabilidad como para ser un obrero y el suficiente instinto como para gozar de su labor sin quejarse. Alguien sin las torturas psicológicas y espirituales de un ser humano (siempre anhelante de su libertad y sus derechos). Alguien que no se drogara para olvidar la futilidad de su vida. Alguien que no sufriera con las mofas de los humanos, porque era obvio que no podía poseer sentido del humor ni del honor ni del dolor moral. Alguien por el que no sentir más remordimiento que el que se sentía por una res…
Alguien capaz de trabajar por ellos como un perro.

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