Carne picada, de Ana Roux

Carne picada, de Ana Roux

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 22: «Carne Picada», de Ana Roux

Desde que llegó el apocalipsis, era imposible encontrar una tienda abierta a una hora decente. Que la carne putrefacta no se adaptaba bien a una jornada laboral estable fue una de las primeras cosas que habíamos aprendido. Era normal ver brazos colgando de las trapas de los quioscos porque a sus dueños se les cayeron cuando intentaban abrirla. O un supermercado cerrado porque los empleados se habían tropezado unos con otros a la puerta un día que fueron a fichar y ya no se habían podido volver a levantar de allí.

A veces creo que el único negocio que siguió en pie fue el de mi madre.

«Si sobreviví veinte años bajo el mismo techo que el cabrón de tu padre, van a venir ahora unos virus de mierda a achantarme. Que esperen sentados», dijo el día que las noticias comenzaron a retransmitir el contagio masivo, cuando ya se había confirmado que la plaga era una verdadera enfermedad y no un experimento vudú que salió mal, como habían salido algunos tertulianos a proclamar al principio.

Yo la miré de reojo, sin abrir la boca, aunque no estaba muy segura de cómo Jacinta Lechón —carnicera a punto de jubilarse, vecina de Talavera de la Reina— iba a contener la pandemia donde todos los gobiernos habían fracasado, a pesar de todos los muros que quisieron construir en los barrios afectados, y luego alrededor de las fronteras. Quizá creía que nuestro bloque de ocho pisos sin ascensor y con patio interior cubierto por uralita era diferente.

El caso es que —fuera por los poderes que confiere la naturaleza a las madres por ser madres o la obstinación de quien un día le había devuelto la bofetada a su maltratador después de años de palizas— la Carnicería Lechón seguía abriendo todos los días a las nueve en punto de la mañana y cerrando a las siete y media de la tarde. Ni un minuto antes ni un minuto después. Con una pausa de una hora a mediodía para comer.

Yo dejé de tener que ir a clase el día que los críos de segundo de infantil salieron con sus batas azules en estampida y se dedicaron a atacar en masa a todos los profesores que pasaron por delante. Barrieron los pasillos como una horda de pequeños diablillos saltando de clase en clase como si fueran casillas de la oca, dejando tras de sí un reguero de sangre y vísceras a medio arrancar. Todavía no sabíamos como aprovechar toda la carne humana, por aquel entonces. Y mentiría si dijera que yo no le pegué un mordisquito vengativo en la pierna a la profesora que me había suspendido inglés durante dos trimestres seguidos; pero eso no se lo conté a mi madre.

Aunque quedarme sin profesores y deberes no iba a convencerla de que me merecía quedarme tirada en el sofá sin hacer otra cosa que pudrirme con la pantalla del móvil delante. Pocas cosas habían sobrevivido al colapso de la civilización, pero el flujo de memes y el sarcasmo de las redes demostraron ser inmortales. Aunque nada de eso impresionó a mi madre ni consiguió ablandarla. Si no podía estudiar en clase lo haría en casa.

«Nunca sabemos lo que nos puede deparar el apocalipsis, puede que los zombies del futuro necesiten también carreras», me dijo, ignorando todos mis argumentos en contra primero, y luego mis protestas.

Al final acabamos discutiendo tan fuerte que solo me gané un pescozón que me arrancó media oreja y tener que trabajar durante dos meses en la carnicería como castigo por levantarle la voz. El portazo que pegué después lo subió a tres.

Así que ahí estaba, con un delantal lleno de churretones y una redecilla sobre el poco pelo que me quedaba sobre la cabeza, intentando esquivar mi reflejo en el espejo inclinado que recubría el techo para que los clientes pudieran ver bien el género cuando entraban. Nunca me había gustado mucho mi aspecto, pero es que en ese momento me daba pena hasta a mí misma. La carne podrida no alimentaba todo lo que debería y seguía estando tan escuchimizada como cuando estaba viva del todo. Hasta me tenía que subir a un taburete para llegar a la parte de arriba del cristal del mostrador. Además, era difícil sujetar las patillas de las gafas cuando te falta un trozo de lóbulo —¿por qué en las películas nunca salía ningún zombie miope? Aunque en el cine tampoco salía ninguna invasión alienígena o catástrofe que no fuera en la periferia de Wisconsin y ahí estábamos, a ochenta kilómetros de Toledo— y ni siquiera mi nariz ganchuda ayudaba demasiado a que aguantasen el equilibrio sobre el puente.

Al menos el trabajo era fácil. Mi madre se encargaba de abrir la tienda y barrer el suelo mientras yo esperaba al camión de los proveedores en la puerta de atrás. Antes teníamos varias granjas que nos surtían de ternera, cordero, conejo y no sé qué bichos más, pero el apocalipsis lo había vuelto todo mucho más sencillo y monótono. En nuestros arcones solo había una cosa: carne humana. Lomo, pechuga, manos, higadillos… todo lo que se podía despiezar se podía comer. Todo lo que se podía comer se podía vender. Y lo que no, lo convertíamos en carne picada; y entonces también nos lo compraban.

La gente se llevaba casi cualquier cosa de la carnicería, en realidad. Hasta las señoras de moño y carrito con ruedas más bregadas en el mercado parecían estudiantes recién independizadas cuando entraban por la puerta. Todavía hacía falta tiempo para acostumbrarnos a las nuevas texturas, a comer crudo a bocados o al regusto ácido de carne corrompida. Y no, no sabía a pollo.

Los clientes se quedaban mirando las piezas como si fueran de color verde y vinieran del espacio, levantando lentamente el brazo hasta señalar alguna que les hubiera llamado la atención, balbuceando una pregunta con la lengua de trapo que se nos había quedado a todos con la transformación, esperando que yo supiera contestar. A nadie le importaba que me inventara las respuestas, algunas veces hasta rozar el absurdo. Solo querían que alguien les dijera que, incluso durante el fin de la humanidad, las cosas seguían siendo normales.

Ese día le estaba picando una pieza a un señor barbudo, con cuidado para que ningún dedo mío acabase entre la amalgama de carne que salía entre los rodillos de la máquina, cuando un crujido sacudió el aparato y a mí me puso los pelos de punta.

—Mierda.

Algún huesecillo se debía de haber quedado sin quitar cuando limpié la pierna que nos llegó por la mañana y debía de haberse enganchado en el mecanismo. Solo esperaba que no fuesen unos sesamoideos de esos supernumerarios que aparecían junto a la rótula de vez en cuando; los muy cabrones se metían hasta el fondo y estropeaban tanto las cuchillas que había que cambiarlas por completo.

De todas formas, la última vez que se estropeó la picadora había armado tal jaleo intentando arreglarla que mi madre me había prohibido ponerle un dedo encima al mecanismo; así que le pedí al señor que esperara un momento mientras iba a buscar a alguien competente —no con esas palabras— y corrí la cortina hecha de cadenetas para meterme en la trastienda.

Si no hubiera tenido los reflejos lentos de un zombie, me hubiera dado tiempo a gritar como una loca antes de que me amordazaran.

Me arrastraron hasta una silla y me obligaron a sentarme. Casi se me salen los ojos de puro pánico —literalmente, que no tengo ni los músculos ni los tendones para echar cohetes— y solo conseguí volver a respirar cuando oí la voz de mi madre.

—Calla, Paulita. Qué poco discreta eres, vas a montar un escándalo.

«¿YO?», quise gritar, pero aquel calcetín que apestaba a pie sudado me impedía mover la boca para nada que no fuera hinchar los carrillos. «¿ME ESTÁS ECHANDO LA CULPA A MÍ?».

Esa se la iba a guardar toda la vida. Toda la muerte en vida, la vida en muerte o lo que fuera que teníamos. Porque no era precisamente yo la que estaba tan tranquila en mitad de la sala y rodeada de personas. Humanos. Vivitos y sonrosados. Sin una mancha verde a la vista. Con todos los miembros en su sitio.

No es que fuera ilegal tenerlos de mascota —tampoco quedaba muchos órganos legislativos en pie que pudieran imponer nada a esas alturas—, pero tampoco había ninguna ley que fuera a impedir que cualquiera saltara a su yugular en cuanto captara su olor por la calle. El hambre era el hambre y, a la larga, una marea de seres podridos era imposible de esquivar. Si los encontraban, estarían condenados, y nosotras con ellos si nos interponíamos en el camino de la turba.

Y, aun así, mi madre los había metido allí sin ninguna intención de comérselos o venderlos. No lograba entenderlo. Los miré con curiosidad, como si estuviera al otro lado de la valla de un zoo. Fue la primera vez que me di cuenta de lo lenta que me había vuelto porque, después de apenas unos meses viviendo entre zombies, las personas normales parecían moverse a cámara rápida.

Normales. De repente esa palabra chirriaba en mi cerebro. ¿Qué podía llamar normal en aquella situación? Ahora que todos —o casi todos— éramos trozos de carne a medio podrir, ¿no éramos nosotros los normales y los humanos los engendros? Sacudí la cabeza. Demasiados pensamientos metafísicos para mi cerebro licuado. Lo único que podía procesar en aquel momento era que el chico que me estaba sujetando por la espalda olía deliciosamente bien y me moría de ganas de clavarle los dientes en el cuello.

—Paula, compórtate —me riñó mi madre como si me estuviera leyendo la mente.

Eso frenó un poco a mi instinto depredador y me hizo reaccionar lo suficiente como para pararme a observar de verdad a la manada que tenía alrededor. Eran cinco, desde una anciana que apenas se mantenía en pie a un niño que se chupaba el pulgar en un rincón. Yo también quería morderle un dedo, aunque fuera el meñique, pero deseché ese pensamiento. Todos me miraban como si yo fuera un monstruo, y eso me hizo sentir un agujero en el estómago. No era culpa mía que hubiera bajado de escalón en la cadena alimentaria, yo no pedí que nadie me infectara.

Aun así, intenté mostrarme calmada para que al menos me quitaran la mordaza de la boca, que me empezaba a ahogar. Pareció funcionar, porque el chico que me agarraba, después de consultarlo con mi madre con una mirada, aflojó la presión y me sacó el calcetín de la boca. Una pequeña victoria para mí.

—Don Luciano lleva un rato esperando, mamá. Le dije que iba a preguntarte como arreglar la picadora y, como no aparezcamos alguna, los de la cola se van a acabar mosqueando.

Sentí un cosquilleo de satisfacción por poder echarle algo en cara y que ella tuviera que darme la razón. Mi madre se levantó, llevándose un dedo a los labios para pedir silencio, y salió de la trastienda para terminar de despachar a la gente que quedaba. El silencio que siguió fue uno de los más incómodos de mi vida y no-vida juntas.

—Así que os escondéis aquí, ¿eh?

Estaba a punto de bromear acerca de la ironía de que fueran a elegir precisamente una carnicería para hacerlo cuando vi la aprensión con la que miraban de reojo los arcones que guardábamos en el refrigerador, marcados con un letrero rojo enorme que decía «CARNE HUMANA». Estaban viendo su futuro. O quizá el destino del que habían huido. Por primera vez empecé a preguntarme de dónde habían salido en realidad.

Al principio, los pocos humanos no infectados se defendieron de nosotros como pudieron, pero no tardamos en darles caza. No quedó ningún refugio sin asaltar y saquear. La mayoría fueron devorados en medio del frenesí de hambre que trajo la pandemia, pero en cuanto la sed de sangre más acuciante se calmó, tuvimos que empezar a hacer previsiones de futuro. Si seguíamos masacrando así a nuestra única fuente de comida, el nuevo mundo zombie no sobreviviría demasiado. Ya probamos a comer carne de animal durante una temporada y mejor no recordar cómo acabó la cosa. Igual que lo de comernos unos a otros. Para bien o para mal, los zombies solo podíamos sobrevivir a base de humanos, y lo que habíamos aprendido en miles de años de civilización no iba a borrarse solo por un poco de putrefacción e instinto salvaje. ¿Para qué cazar cuando se puede coger un número en una cola para comprar? Así nacieron las nuevas granjas que nos surtían.

¿Habrían escapado esos humanos de una de ellas? Y, tanto si era así como si eran unos supervivientes tocados por la suerte que habían escapado de la cacería hasta entonces, ¿cuál era su plan? ¿Hacia dónde iban? ¿Por qué mi madre los tenía guardados en la trastienda mientras vendía a sus primos descuartizados en la parte delantera del local? ¿O es que pensaba cebarlos hasta que estuvieran rechonchos y luego ponerlos en oferta?

Otra vez, demasiadas preguntas. Pero mi madre volvió a aparecer antes de que pudiera formular ninguna de ellas.

—Ya está. He despachado a toda la cola que quedaba, he puesto el cartel de cerrado y echado la llave. Nadie nos molestará.

Por un momento pensé que iba a sacar el hacha y comenzar la carnicería —nunca mejor dicho— allí mismo; pero la masacre se quedó solo en mi imaginación. En vez de eso, mi madre cogió una de las sillas plegables que teníamos guardadas detrás de un armario y se sentó frente a mí. No me gustó nada como me miró. Creí entrever una sombra de miedo en sus ojos.

—Tenemos que hablar.

No nos dio tiempo a ninguna de las dos a decir nada más, porque uno de los humanos saltó del rincón en el que se había refugiado y se puso a gritar como un loco, agitando las manos sobre su cabeza.

—¿Hablar? ¡Hablar, dice! Nos prometieron que nos llevarían a un lugar seguro y no solo nos traen a un matadero, sino que encima resulta que nuestro contacto está metida en el ajo de los asesinatos. ¡Y hasta su hija es una de… de… ellos!

Mi madre se giró hacia el hombre con el ceño fruncido.

—Manuel, le ruego que se calme.

Pero él no estaba dispuesto a callar tan fácilmente. Yo puse los ojos en blanco. «Pavo, cállate».

—¡Calmarme, dice! Lo que no sé es cómo usted duerme tranquila con esa cosa bajo el mismo techo. Bastante me sorprende ya que no se la haya comido a trocitos.

¿Comerme a quién? Tardé casi un minuto en darme cuenta de lo que estaba insinuando, pero, en cuanto aquella revelación caló en lo más profundo, me invadió una oleada de pánico. Miré a mi madre con horror. Casi me puse a chillar de nuevo.

Todavía no entiendo cómo no pude darme cuenta antes. La había visto volverse tan pálida, perdía el pelo como yo, comíamos juntas cada día del mismo plato… Y, aun así, de repente me fijé en el rubor de sus mejillas al darse cuenta de que la había descubierto, causada por un río de sangre que debería haberla abandonado hacía tiempo. Sus ojeras ya no parecían tan profundas como antes, y las manchas pardas que salpicaban su piel tenían más aspecto de haber aparecido por una capa de maquillaje aplicada con años de práctica que de forma natural. Me sentí traicionada. Pero, sobre todo, muy asustada.

Mi madre era humana. Comida. Carne picada. Y me miraba con cara de profunda tristeza.

—¿Vas a comerme?

Aquella pregunta dolió más que una bofetada.

—¡Claro que no!

Aunque, en cuanto respondí, me asaltaron las dudas. Sabía de sobra que no siempre era capaz de controlarme cuando el hambre acuciaba. Y, ahora que sabía la verdad, ya no podría volver a mirarla con los mismos ojos. Si en algún momento se acababa la comida y ella era lo que tenía más cerca… ¿sería capaz de mantener el control? ¿Podría vencer a los instintos con lo que me quedaba de… humanidad?

Un carraspeo interrumpió mi momento dramático de introspección. Si hubiera sido una película, habría parado hasta la banda sonora.

—Todo esto es muy bonito, pero nosotros tenemos que salir de aquí —dijo una mujer mientras cogía al niño en brazos para ponerlo en el regazo y sacaba un seno de la camisa para darle de mamar; todo sin dejar de mirarme con suspicacia.

Mi madre tardó un segundo en apartar la mirada de mí para centrarse en sus refugiados.

—Y lo haréis, pero tenemos que esperar a que sea más tarde. A mediodía no habrá casi gente por la calle, os sacaremos entonces.

Antes dije que había vivido el momento más incómodo de mi vida, pero era mentira. Las dos horas que siguieron lo superaron con creces. Y si no, que pruebe cualquiera a pasarse media mañana rodeada de gente que huele mejor que las croquetas de su abuela, babeando sin remedio, pero sin poder hacer nada más que tragar saliva y callar. Al menos gané todas las partidas de la brisca, aunque con la sensación de que me dieron ventaja por si acaso, para no hacerme enfadar. Tampoco protesté. Enfurruñada como estaba con el mundo, era lo menos que podían hacer.

Las dos de la tarde llegaron al ritmo de un caracol arrastrando las agujas, pero al fin se colocaron en el ángulo correcto. Mi madre hizo un gesto y todos nos levantamos enseguida hacia el garaje, donde guardábamos la furgoneta en la que hacer los repartos. Teníamos un trato con la gasolinera en el que cambiábamos el depósito lleno por las mejores piezas. No tenía ni idea de cómo seguía en pie el mercado del petróleo, pero supongo que los zombies de Oriente Medio seguirían con sus negocios igual que nosotros. La verdad es que me daba igual con tal de que ese cacharro nos ayudara a librarnos de los polizones que habían aparecido de la nada. Ya no sabía quién tenía más ganas de que aquellos humanos salieran de nuestras vidas, si ellos o yo misma.

Fue la partida de Tetris más extraña que había visto. Cargamos el furgón de la carnicería con los humanos vivos camuflados entre cajas de humanos muertos, dejándoles espacio para respirar, pero de tal manera que si alguien abría el portón no sospechara nada; aunque también había que asegurarse de que a nadie se le fuera a caer un arcón en la cabeza en un frenazo, cosa que parecía ser un drama para todos menos para mí.

Después de varios intentos y una amenaza de quedarme sin pierna por culpa de una caja que no aguantó el equilibrio, conseguimos asegurar la caja y cerrar la puerta. La furgoneta estaba lista para salir al ruedo. Yo me fui directa al asiento del copiloto, pero, antes de que pudiera alcanzar la manilla, mi madre me silbó y arrojó las llaves desde el otro lado para que las cazara al vuelo. Casi se me caen al suelo del susto.

—Mamá, que no tengo carnet.

—¿Y quién te lo va a pedir? Anda, que sé que tu padre te enseñó hace años.

Me encogí, avergonzada sin saber muy bien por qué.

—Pero solo en el parking del centro comercial.

—Tampoco vamos muy lejos.

No seguí discutiendo. La mujer a la que más quería en el mundo llevaba sin llorar desde que la noche que me agarró y huimos de la que había sido nuestra casa durante años solo con una maleta a cuestas, así que bastó con ver cómo le brillaban los ojos para que cerrara la boca.

Arranqué el motor, metí marcha atrás al segundo intento y nos pusimos en marcha.

Mi madre tenía razón, por supuesto. Nadie iba a pedirnos explicaciones por ver a una adolescente conducir una furgoneta con un letrero rojo en el que ponía «Carnicería Lechón» en el dorso. El ejército y la policía fueron los primeros en intentar parar la epidemia, así que también fueron pioneros en sucumbir a la masacre. Después de eso muchos colgaron el uniforme para siempre, y los que quedaban tenía la sensación de que se lo habían dejado puesto ya solo por costumbre. Los zombies éramos una raza perezosa por naturaleza y reacia a los cambios. Si algo estaba ahí y no molestaba, ¿para qué cambiarlo?

Quizá por eso seguíamos respetando las señales de tráfico, pensé mientras frenaba a trompicones frente a un stop. Las que quedaban en pie, al menos. Era curioso que cuando la amenaza de las multas pendía sobre su cabeza la gente sintiera la adrenalina del rebelde por desafiarlas, pero cuando ya no quedaba nadie para vigilarnos, nos habíamos convertidos en unos obsesos de lo establecido. La semana anterior, sin ir más lejos, había visto a una turba linchar a un hombre en mitad de una rotonda solo por acelerar en un semáforo en ámbar.

Seguí conduciendo, intentando aparentar que todo iba a bien, aunque era difícil mientras tenía que estirar el pie hasta ponerme de puntillas para pisar a fondo el embrague. Mi madre me iba indicando el camino, sin GPS ni nada, aunque en cada cruce que pasábamos me daba la sensación de que nos estaba llevando por el camino más complicado para que me perdiera y no supiera a dónde íbamos. Tampoco era difícil, mi orientación sin un puntito azul que me fuera dando direcciones siempre había tirado a nula.

Atravesamos un barrio tras otro hasta que las casas se volvieron más iguales y las calles peor asfaltadas. Para cuando llegamos al polígono, estaba de los nervios. Ya debía de ser la hora en que volvíamos a abrir la carnicería después de la hora de comer. ¿Y si alguien iba a comprar y no había nadie para atenderle? ¿Y si sospechaban? ¿Había un delito a la Patria Zombie o algo así por privar a la comunidad de comida y ayudarla a fugarse? ¿Y si simplemente empezaban a buscarnos por preocupación de buenos vecinos y por el camino acababan descubriendo el secreto de mi madre?

—Ya estamos cerca —me prometió, agarrándome con fuerza de la mano, siempre leyéndome la mente.

—Aún no me has dicho a dónde vamos.

Ella arrugó los labios antes de decidirse a contestar.

—Es un punto de encuentro seguro. Solo tenemos que aparcar y soltar la mercancía, nada más. Igual que hicieron en la carnicería. Alguien llamó a la puerta y yo los metí dentro hasta que llegó la hora de hacer el siguiente reparto.

—¿Y después qué?

—Alguien los recogerá. A mí no me han contado nada más, por seguridad. Igual que no sé quién los llevó hasta la carnicería. Una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, así que cuanto menos sepamos los unos de los otros, mejor.

Esa respuesta no consiguió tranquilizarme ni un poco. Aquello me sonaba demasiado a una película de espías, y con estar viviendo una apocalíptica ya me era suficiente. Mezclar géneros era como mezclar sabores: podía salir muy bien o muy mal. Como las patatas fritas con helado. O el chocolate con chorizo.

Quizá fue porque estaba despistada, tensa por conducir por primera vez fuera de las rayas blancas de aparcamiento o simplemente la deidad zombie que me castigaba, pero un segundo bastó para que se desencadenara el desastre. Ni siquiera fue un bandazo, simplemente un pequeño giro del volante que no vi y, de repente, las ruedas invadieron el arcén antes de que pudiera volver a recuperar el control en un volantazo. Tampoco hubiera pasado nada si la calzada hubiera estado limpia, pero, apocalipsis o no, los botellones en el polígono seguían apareciendo todas las semanas, y los restos se acumulaban en la cuneta sin que nadie se molestara en recogerlos. Aquel trozo de cristal podría haberse caído en cualquier otro sitio, pero tuvo que aparecer justo debajo del neumático al describir la curva. El estallido resonó como una bomba que sacudió el vehículo. Grité, hundiendo el pie en el freno como si me fuera la vida en ello.

—Joder. Joder. ¡JODER!

Mi madre ni siquiera se molestó en reñirme por el lenguaje. Se había quedado más pálida que la versión zombie que fingía ser. No soportaba verla así. Tenía que arreglarlo.

Me bajé de la cabina de un salto y di la vuelta al morro de la furgoneta a la carrera para evaluar los daños. No necesité agacharme para ver que la rueda tenía un boquete del tamaño de una pelota de tenis. O quizá no tanto, pero mi mente ya estaba en modo drama y pánico. Sobre todo, porque no tenía ni idea de cómo reponerla. Las lecciones de aparcamiento no daban para más que acelerar, frenar y cambiar de marcha.

—¿Te puedo ayudar?

Si mi corazón hubiera seguido latiendo, se hubiera parado allí mismo de un infarto. Me giré muy despacio, cruzando los dedos para que aquella voz hubiera sido solo producto de mi imaginación. Pero no, allí estaba delante de mí una chica de carne podrida y hueso agujereado.

—No es nada —respondí como pude sin atragantarme con mi propia lengua—. Lo arreglo enseguida.

—¿Seguro? —levantó una ceja—. Pareces muy pequeña.

En cualquier otro momento habría sacado pecho y un poco de mal genio ante esa respuesta, pero entonces solo quería salir de allí como fuera. ¿Podía matarla y huir de allí tras esconder el cadáver? Nunca había probado con un zombie, solo con humanos, pero había visto como algunos de mis congéneres se despedazaban entre ellos discutiendo por un trozo de carne; por eso habíamos comprado los táseres para la tienda, que guardábamos bajo el mostrador por si acaso había que calmar a alguien con una descarga. ¿Sería capaz de mentirle y fingir que no pasaba nada? Era la opción más sensata, sin duda, pero en ese momento estaba gastando todas mis energías para no mearme encima.

Por suerte, mi madre acudió al rescate —como siempre— y su cabeza apareció tras bajar el cristal de la ventanilla.

—¿Podrías echarnos una mano, cariño? —pidió con su mejor sonrisa—. Que casi nos matamos y nos hemos cargado una rueda.

Pude ver la transformación en directo y a cámara lenta. La chica estaba a punto de decir que sí, que encantada, cuando sus fosas nasales se abrieron más de lo normal al captar un olor en el aire. Sus pupilas se dilataron y todos sus músculos se tensaron.

Se giró hacia mí.

—¿No lo hueles?

Si alguna vez iba a tener un momento estrella en mi inexistente carrera como actriz, fue ese.

—¡Oh! —exclamé exageradamente—. ¿Te refieres a ese olor? Sí, viene de la furgoneta.

Parpadeó varias veces, confusa.

—¿Lleváis humanos?

Todas las alarmas de mi cerebro se encendieron, pero mi yo interior las consiguió apagar en medio del pánico mientras yo me encogía de hombros con mi mejor sonrisa.

—Qué va, solo carne picada.

De nuevo, mi madre vio la oportunidad perfecta para salvarnos.

—Y si nos cambias la rueda te podemos dar un poco para agradecértelo.

Ni un mecánico de la Fórmula 1 habría podido ser más rápido que esa chica. En menos de lo que tardé en cerrar la boca y tragar saliva, la furgoneta tenía un neumático nuevo y nuestra salvadora estaba tirada en el suelo devorando el contenido de un paquete que mi madre le había lanzado por la ventanilla. Otra vez tenía que reconocerlo, la mujer sabía cómo moverse en el mundo. Nunca se me habría ocurrido hasta entonces tener preparados sobornos envueltos en papel de plata.

No recuerdo si nos llegamos a despedir o no, pero sí sé que arranqué la furgoneta y pisé el acelerador en primera como si no hubiera mañana. Conduje alrededor de una docena de naves industriales casi de pie en el asiento, por el centro de los dos carriles, temiendo que pudiéramos volver a reventar una rueda de nuevo y que alguien más quisiera a ayudarnos. ¿Dónde había quedado el egoísmo?

Cuando mi madre me dio un toque en el hombro para indicarme que parara en un callejón, casi me da un infarto.

—Quita el seguro de las puertas. Da las luces largas dos veces y luego apaga el motor. No mires por el retrovisor.

Obedecí, aunque no sabía muy bien qué esperar. Lo mío nunca habían sido las películas de espías ni narcotraficantes. Nos quedamos en silencio unos minutos interminables, mirando a la pared de hormigón que teníamos enfrente, lo único que se alcanzaba a ver al otro lado del parabrisas. Suponía que tarde o temprano alguien vendría a buscar la mercancía y quitárnosla al fin de las manos, pero no sabía cuánto se podía demorar eso. Además, había una idea que había aparecido de repente en mi cerebro y que me quemó la lengua hasta que me atreví a hablar.

—Deberías irte con ellos, mamá.

Dolía solo de decirlo, y más aún cuando ella se giró hacia mí como si la hubiera abofeteado.

—¿Qué estás diciendo?

—No sé dónde pretenden ir ni cómo van a escapar, pero sea donde sea parece un lugar más seguro que la carnicería; y si lo es para ellos también lo es para ti. —Tragué el nudo de saliva como pude—. No sé por qué todavía eres humana, si nadie te mordió o es que eres inmune o cualquier cosa… Pero mientras lo sigas siendo alguien aparecerá tarde o temprano que no se pueda aguantar y te quiera comer.

«Y ese alguien a lo mejor soy yo». Se me encogieron las tripas solo de pensarlo.

Mi madre cogió aire y me acarició el pelo.

—No voy a irme a ningún sitio. No va a pasar nada.

La parte de mí que seguía siendo una niña inocente quería creerla, pero la cínica iba ganando cada vez más terreno.

—Pero…

Un golpe en la parte de atrás de la furgoneta me sobresaltó. Alguien había descorrido la puerta y se oían pasos que saltaban y corrían para salir de allí lo más rápido posible. Después de unos segundos, dos fogonazos de luz me deslumbraron desde el retrovisor y nos llegó el sonido de un coche alejándose a toda prisa.

Mi madre se inclinó para besarme en la frente.

—Demasiado tarde, cariño. Me quedo donde estoy.

Yo balbuceé una respuesta sin sentido, enfadada con ella por no hacerme caso. Frustrada conmigo misma por no haber aceptado. Y, sobre todo, aliviada porque todavía estuviera conmigo.

Puse la mano sobre la llave del contacto.

—Al menos prométeme que vas a tener cuidado.

Ella asintió.

—Me pondré doble capa de ojeras cada mañana si hace falta.

Quería hacerme reír, aunque yo estaba demasiado sumida en el torbellino de mis emociones como para fingir nada más que una sonrisa. Arranqué el coche. Mientras daba marcha atrás y giraba el volante para volver a casa, me di cuenta de que por primera vez en mi vida tenía una cosa clara: no iba a dejar que nadie convirtiera a mi madre en carne picada.

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