TRADICIONES, de Virginia Buedo

TRADICIONES, de Virginia Buedo

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

#LeoAutorasOct

Día 5: «Tradiciones», de Virginia Buedo

 

Zunduri estiró los brazos y aguantó estoicamente mientras la acicalaban.

Trató de no mirar al resto de jóvenes de la tribu, tan desnudos como ella, cada uno con una madre o un padre asignados para aquel día. A Zunduri le había tocado Shia, que tenía las manos nerviosas y solía ser un tanto brusca. Lo había notado mientras le apretaba las rastas.

—¿Estás nerviosa? —preguntó la mujer mientras le colocaba abalorios.

—Un poco —musitó Zunduri. No se abría mucho con Shia porque, de todas las madres de la tribu, era con la que menos relación tenía. Por el rabillo del ojo observó a su favorita, mamá Ké, con su piel como el tizón, su sonrisa dulce y sus manos suaves como algodones. ¿Por qué no le podía haber tocado para ese día Ké? Con ella sí se habría atrevido a expresar su incertidumbre.

Un tirón del cuello cabelludo le hizo volver a la realidad.

—Pues no lo estés —contestó Shia con brusquedad. Recogió las últimas rastas y utilizó horquillas y ceras para hacer el moño alto. La observó con ojo crítico y luego asintió, con cierta satisfacción—. Escuchas al chamán, bebes el Agua Mística y ya está.

Cogió el cuenco de tinte púrpura y empezó a decorar su rostro con las marcas de los no iniciados. Luego siguió con los detalles naranjas que simbolizaban su camino hacia el fuego. Chasqueó la lengua con frustración.

—Niña, estás sudando. Así no hay quien pinte.

—Tengo calor —susurró Zunduri. En parte era cierto, pero sabía que sus sudores venían sobre todo de los nervios.

—A ver esos refrigeradores.

Con gestos impacientes, Shia le quitó la gargantilla del cuello y estudió su interior. Los pequeños paquetitos de productos químicos destinados a bajar la temperatura corporal de la muchacha estaban calientes. La madre asignada chasqueó la lengua otra vez.

—Esto es una sopa. Espera, voy a buscarte otros.

Shia se marchó y Zunduri observó su espalda musculosa desaparecer del Hogar de los Jóvenes. A su alrededor, la algarabía continuaba. De pequeña, le había encantado criarse en la tribu: todos eran hermanos, dormían juntos, compartían los juguetes, la ropa, los mismos padres y madres, todo. Pero ahora tenía diecisiete años y se sentía pudorosa y agobiada por la multitud. Le encantaría poder estar sola un minuto o dos para poder masticar sus miedos e inseguridades, aquellos que no podía compartir con los demás porque no los entenderían. La mayoría de sus hermanos de tribu habían soñado con ese día desde que eran lo bastante mayores para entender lo que suponía. La única que sufría insomnio y ansiedad conforme la fecha se acercaba era ella.

Shia volvió cargando con refrigeradores frescos.

—A ver si podemos acabar de una vez —masculló en tono de reproche, como si Zunduri estuviera sudando a propósito.

Cambió el paquetito caliente por otro gélido en su gargantilla y volvió a colocársela. A su pesar, Zunduri suspiró con placer al recibir aquel beso frío en el cuello. Shia fue quitando las abrazaderas de sus brazos y antebrazos para ponerle refrigeradores nuevos, y luego siguió por los que rodeaban sus muslos y sus tobillos. El frescor la templó un poco y esbozó a su pesar una sonrisa de alivio.

Shia la observaba con mala cara. Zunduri se puso a la defensiva.

—¿Qué? Los necesito. Tú ya no sientes el calor, pero es horrible.

Ni Shia ni ninguna otra madre o padre llevaba los refrigeradores, solo los benjamines. Ya no les hacía falta: podían sobrevivir sin problemas al calor ardiente de Línea Abrasiva sin ellos.

La madre volvió a observarla con reproche, pero no dijo nada. Volvió a ocuparse de pintar su rostro con líneas púrpuras y naranjas y, cuando consideró que el trabajo era aceptable, cogió la ropa ritual. Ahí Zunduri había tenido suerte en el reparto y le había tocado papá Oyaya, que era un manitas y le había cosido dos piezas espectaculares tintadas a mano. La parte de arriba era una shahira de color coral que rodeaba su pecho, le subía por los hombros y tenía dos flecos de tela vaporosa que parecían alas y que caían por su espalda. Entre los senos, cosido con gran maestría, tenía un refrigerador que mantenía su piel sensible fresca. Para debajo había escogido un memba con dos cortas perneras que cubrían los refrigeradores de los muslos y añadían dos, también cosidos con disimulo, en las ingles. La falda con vuelo se abría en el lado derecho y en el lado izquierdo le llegaba casi hasta la rodilla. Oyaya había añadido al conjunto un cinturón de planchas de Dunmetal™ que escondían ingeniosamente en su interior más refrigeradores, para proteger su vientre expuesto del calor abrasador. Había sido considerado con el pudor y los calores de Zunduri y ella no podría estar más contenta. Shia, en cambio, refunfuñó al notar el frío que emitía cada prenda.

—¿Quién ha hecho esto?

Zunduri dudó, pero tampoco quería romper las normas y sabía que aquel día Shia era su madre asignada. No debía mentir.

—Papá Oyaya.

—Siempre es Oyaya —musitó Shia, molesta—. Os mima demasiado. ¿Le pediste tú que te tapara tanto?

Zunduri se encogió de hombros.

—¡Y todos estos refrigeradores! —siguió con su perorata—. ¿Qué somos ahora? ¿Blanditos de La Franja?

La chica siguió sin decir nada. Sabía que era mejor.

Su madre la agarró de la barbilla para que la mirara.

—No te confundas, niña. Somos la tribu Dabkaina. Somos puro fuego. Esto —la agarró con fiereza del brazo, donde la abrazadera ocultaba su refrigerador— es una solución temporal. Si quieres ir tapadita y fresquita, vete al puñetero Norte Blanco.

A Zunduri se le llenaron los ojos de lágrimas por el dolor y la humillación. Se quitó de encima la garra de Shia con un gesto brusco. Su madre asignada la miró con dureza.

—Vete de aquí, niña. Ya no puedo hacer más para que parezcas una dabkai.

—Me faltan las sandalias —protestó con un hilo de voz Zunduri.

Shia esbozó una sonrisa torcida.

—Yo no llevo. ¿Ves? —Se señaló los pies desnudos—. ¿Qué pasa? ¿El suelo quema demasiado para la niñita bonita? ¿Es eso? ¿Te da miedo un poquito de calor en tus delicados pies?

Zunduri apretó los puños y parpadeó para que las lágrimas no cayeran y le arruinaran la pintura ritual. Se estaba planteando seriamente salir descalza, despellejarse los pies en el suelo ardiente solo para no tener que pedirle ayuda a aquella bruja. Sintió una mano en el hombro.

—¿Ocurre algo? —preguntó Ké, con su sonrisa amable.

Shia se cruzó de brazos.

—No. La niña ya está lista. Que se vaya. Tengo muchas cosas que hacer.

—Me faltan las sandalias. —La voz de Zunduri era casi una súplica.

Ké agitó su miríada de trenzas negras.

—Oh, Shia, querida, qué despiste. No te preocupes, vete a hacer tus cosas, ya termino yo con Zunduri.

Shia abrió la boca para protestar, pero se contentó con fulminar a la muchacha con la mirada y a salir pisando con fuerza del Hogar de los Jóvenes. Ké suspiró y se arrodilló para ponerle las sandalias de piel con suela de Dunmetal™.

—No deberías contrariar a Shia. Hoy es tu madre asignada.

—Que sea mi madre no significa que me tenga que caer bien —musitó ella—. Además, ella es la mayor, yo solo soy una cría. ¿No tendría ella que dejar de provocarme?

Ké suspiró mientras ataba las sandalias a sus tobillos.

—A su manera, os quiere. Le da miedo que no seáis capaces de soportar el calor. Prefiere no encariñarse hasta que bebáis del Agua Mística.

—Hielo Infinito —corrigió Zunduri sin pensar.

Ké sonrió con tristeza.

—Hielo Infinito para los demás —replicó con dulzura—. Para nosotros, Agua Mística. Por esas cosas mucha gente en la tribu pensaba que la tierra no iba a elegirte.

Zunduri tragó saliva.

—¿Así que yo tengo que ganarme su afecto pero ellos tienen derecho al mío?

La mujer se incorporó con dificultad y la abrazó. Sus labios susurraron:

—Si te sirve de consuelo —musitó—, yo te querré siempre, hagas lo que hagas y decidas lo que decidas.

Zunduri le devolvió el abrazo con fuerza. «Así debería ser siempre», pensó. «Así debería ser una familia».

 

 

Al caer la tarde, los dabkai salieron del Hogar de los Jóvenes. El sol se ocultaba detrás del extremo más occidental de la cadena montañosa de Las Murallas. Al sur se intuía contra el cielo la sierra, más escarpada, de Los Colmillos. Y allí, en el valle cercado entre las dos, extendiéndose de este a oeste, estaba Línea Abrasiva: el centro mismo del planeta, donde el calor llegaba todo el año con fuerza y se acumulaba, cercado por las montañas. El único lugar del mundo que se mantenía a una temperatura constante de más de 50 grados centígrados.

Padres y madres de la tribu les repartieron mantos rituales. No eran para cubrirse, claro; aunque el sol ya no golpeara con toda su fuerza, la tierra reseca seguía emanando calor residual, suficiente para que los pulmones de Zunduri ardieran con cada bocanada. Agradeció en silencio todos los refrigeradores extra de papá Oyaya.

Empezaron a andar. Tardarían cerca de hora y media en aquella atmósfera calenturienta en llegar hasta el hogar del chamán. Los padres y madres llevaban odres de agua con refrigeradores para dar de beber a los jóvenes durante el trayecto. La mayoría bebió solo una vez. Zunduri bebió cinco.

Cuando llegaron, ya había grupos de jóvenes de otras tribus allí. Se mantenían apartados unos de otros, apretujados con otros cuerpos morenos que vestían sus colores tradicionales. Los dabkai también se quedaron como un rebaño unido, esperando a que llegara la tribu sazatria, la que vivía en el extremo este del valle, que siempre era la última por venir de tan lejos. Cuando estuvieron todos, los adultos, como una coreografía, comenzaron a ordenarlos en filas impecables siguiendo un patrón que solo ellos parecían entender. Zunduri se limitó a extender la manta donde le dijeron y a colocarse encima de rodillas, con la espalda muy tiesa y mirando al frente. Aunque la noche traía una reducción del calor, el sudor volvía a correrle por la piel.

Cuando todos estuvieron acomodados, alguien sopló un yidaki que, con su vibración grave, dio comienzo a la ceremonia.

 

 

El chamán iba desnudo.

Zunduri enrojeció a su pesar, sin poder apartar la mirada de sus testículos arrugados y colgantes. Sabía por qué iba desnudo: para sentar un precedente, para enseñar a los jóvenes que no precisaba de ningún refrigerador para sobrevivir en Línea Abrasiva. El shekere que colgaba de su cayado resonaba con cada movimiento. Su voz cascada parecía llenar el aire caliente y lleno de polvo cuando proclamó:

—¡Bienvenidos, hijos de Línea Abrasiva! Ya tenéis edad de uniros como miembros de pleno derecho a las tribus. Habéis vivido el calor, la roca y el polvo de la tierra y habéis sobrevivido. La tierra os ha elegido. Ahora, vosotros debéis elegirla.

»Hace siglos —siguió declamando— nuestra tierra sufría. El resto del mundo despreciaba a nuestro pueblo. Teníamos riquezas, sí, pero el calor nos quitaba el agua. Las zonas frías del planeta nos daban unas gotas para refrescar nuestra sed, migajas mientras nos expoliaban, esclavizaban y masacraban. Pero sobrevivimos. Seguimos aquí porque amábamos nuestras tradiciones y nuestro hogar. Las deidades, conmovidas, lanzaron su soplo y el agua cambió. Se convirtió en hielo mortal que nunca se deshacía. Los mares se congelaron, las plantas se solidificaron, las personas se tornaban en estatuas de cristal. Los pueblos que reinaban conocieron la sed y el frío. Unos pocos resisten en el Norte Blanco. En Línea Abrasiva reconocemos y respetamos su apego al hogar y a las tradiciones y esperamos que sus dioses sean, un día, tan generosos con ellos como los nuestros fueron con nosotros. Los más débiles, buscando siempre la comodidad, se apiñaron en un trozo de tierra que aún guardaba agua subterránea, que se había salvado del soplo de las deidades, y allí intentaron seguir como si nada hubiera cambiado, en su Franja.

Era la versión mágica de la historia, claro. Zunduri había aprendido la científica en la escuela. Hacía cerca de cinco siglos, alguien había creado una forma de crear agua polimórfica que se congelaba a los 45 grados. Aquel proceso de supercongelación cambiaba la forma de los átomos de las gotas de agua con las que entraba en contacto, un proceso en cascada que, eso sí era cierto, había cambiado radicalmente sus vidas. Todos los seres vivos pasaban sed intentando encontrar agua que no se hubiera contaminado de aquel proceso, pues entrar en contacto con ese hielo congelaba el agua de su interior, matándolos en el acto. El único lugar del planeta lo bastante caliente como para que el Hielo Infinito se derritiera era allí, en ese valle caluroso entre dos cadenas montañosas.

—Línea Abrasiva fue el lugar bendecido por las deidades, pues ese hielo se convertía en agua en nuestra tierra. El calor nos protege. Nosotros nunca pasamos sed porque el hielo se doblega a las deidades y se convierte en agua mansa y refrescante. Nuestros cuerpos se nutren de ella porque contamos con los besos ardientes del sol en la piel, que nunca nos deja congelarnos. Nunca nos faltan cultivos ni ganado. Somos el pueblo más rico del mundo.

»Y vosotros habéis sido elegidos. Habéis sobrevivido al calor como hizo nuestro pueblo antes de obtener el favor de las deidades. Os ofrecemos un presente, jóvenes. El Agua Mística cambiará vuestro cuerpo para siempre. Dejaréis de necesitar esos refrigeradores y viviréis con comodidad en el fuego. Uníos a vuestra gente. Uníos a las deidades. Uníos a Línea Abrasiva.

El sonido del shekere se apagó.

 

 

Zunduri se había apartado del resto de jóvenes que parloteaban. Ahora sí, las tribus se mezclaban. Todos compartían aquella noche un destino: beber el Agua Mística, cambiar el punto de congelación de sus cuerpos a los 45 grados. Aquel regalo envenenado.

Porque, Zunduri lo sabía, beberla significaba no salir nunca de aquella tira de tierra. Había un mundo ahí fuera, pero nunca podrían salir a él porque, fuera del calor acumulado de Línea Abrasiva, sus cuerpos se cristalizarían.

—¿Qué piensas?

Ké se había acercado a ella. En la noche cerrada, solo se veía el brillo de sus ojos y sus dientes blancos.

—Pienso… —Zunduri intentó ordenar sus ideas— pienso en aquello a lo que renunciamos al beber el Agua Mística.

La madre no dijo nada; solo la escuchaba. La muchacha siguió hablando a toda velocidad.

—Hay un mundo ahí fuera. Siempre nos dicen que es horrible y lleno de penurias, y tal vez sea así, pero ¿y si no? ¿Y si está lleno de maravillas? Durante siglos se nos pintaba a nosotros como salvajes, ¿y si estamos cometiendo el mismo error y pintamos una imagen funesta de un mundo hermoso? ¿Y quién puede saber si nos cuentan la verdad, si nadie puede salir de Línea Abrasiva después de beber el agua sin morir? Si bebo, nunca podré saberlo. Me quedaré aquí para siempre, preguntándome si no hay algo ahí fuera que merezca la pena ver.

Ké la abrazó. El corazón de Zunduri dio un vuelco: había algo urgente y casi desesperado en su forma de estrecharla contra su cuerpo.

—Vete —susurró en su oído.

—¿Qué?

—Vete. Lo he sabido desde siempre, lo hemos sabido todos. La tierra te ha elegido, pero tú no la has elegido. O, mejor dicho, has elegido toda la tierra, sea fría o cálida. Has elegido el mundo entero como tu hogar, este valle no es suficiente para ti. Quedarte no te satisfará. Lo único que puedes hacer es irte.

—Pero… —Los ojos de Zunduri se llenaron de lágrimas— nunca podré volver. Salir de la tierra elegida por las deidades es sacrilegio. No volveré a verte.

Ké se separó y la miró. Lloraba y sonreía mientras le acariciaba la mejilla.

—Crecer es separarte de tu madre. Con que nunca me olvides, ni tus raíces, me conformo. Solo quiero que encuentres la felicidad que no has encontrado aquí.

Plegó la manta ritual con habilidad y se la puso entre las manos. Luego le dio un beso en la frente.

—¿Zunduri? ¡Zunduri! —La voz de Shia se oía cada vez más cerca. Era su turno para beber del agua. Ahora o nunca.

Ké la miró una última vez con intensidad, como si quisiera memorizar sus rasgos. Zunduri se esforzó en esbozar una sonrisa para regalársela. Luego echó a correr.

Sus sandalias golpeaban el suelo polvoriento. Los pulmones le ardían por el esfuerzo y por la atmósfera abrasadora. Oyó gritos de alarma, pero ya estaban lejos. En su mano seguía sujetando en un nudo la manta ceremonial. A su espalda, aquellas alas de vaporosa tela flotaban mientras corría. Zunduri se sintió volar.

 

 

Kamari estaba cansado, pero contento. Había encontrado una pequeña bolsa de agua subterránea que no estaba contaminada por el Hielo Infinito y volvía al asentamiento de Cruce del Sur con una muestra. Ojalá fuera potable. La bolsa no era muy grande, pero podría durar unos meses, y eso ya era un triunfo.

Llegó al fin a la carretera, que siempre se mantenía deshelada, para facilitar el transporte. Kamari suspiró, aliviado. Siempre se relajaba cuando salía de la zona helada; mientras caminaba por el Hielo Infinito tenía que llevar muchísimo cuidado con no dejar ni un centímetro de piel en contacto con él, porque se cristalizaría al instante.

Se sorprendió al distinguir una figura que venía desde el sur, recortada contra la silueta ondulada y continua de La Muralla. Frunció el ceño. Que él supiera, nadie se aventuraba tan al sur. A partir de los cuarenta grados se hacía insostenible ir tan cubierto para no tocar el Hielo Infinito. Solo aquellos locos que vivían más allá de las montañas, que bebían Hielo Infinito licuado, vivían tan allá.

La figura ya estaba más cerca. Llevaba el pelo apelmazado en mechones gruesos que parecían serpientes y cubría su cuerpo con un manto de colores chillones. Por debajo solo se veían sus pies oscuros, calzados con sandalias.

¿Estaba loca? ¿Cómo se le ocurría caminar por el exterior con un calzado abierto? Una mota de Hielo Infinito podría haberla rozado. Kamari corrió hacia ella.

—¡Chica! ¿Qué haces aquí fuera?

La muchacha temblaba, pero sonreía.

—Tomar el fresco.

Kamari la observó con estupefacción. Le puso la mano en el hombro.

—Anda, deja que te lleve al pueblo, a ver si con un té caliente recuperas el juicio.

 

 

—Qué loca —sonrió Maveri, reclinándose contra ella—. ¿Te fuiste corriendo? ¿Así, sin más?

—Así, sin más —confirmó Zunduri. Su piel desnuda relucía por el sudor como obsidiana pulida—. Llegué a La Muralla, encontré un paso que se podía atravesar y continué hacia el norte. Me encontró un buscador de agua que volvía al pueblo y me llevó hasta allí.

—¿Y después? —preguntó Maveri. Su cabellera pelirroja le hizo cosquillas en la barbilla.

—Después viajé —contestó con sencillez—. Reconozco que solo estuve unos días por el Norte Blanco, porque el frío extremo era un contraste demasiado fuerte para alguien que se había criado en Línea Abrasiva, pero he querido ver todo lo posible. Se lo prometí a mamá Ké.

—¿La echas de menos?

Zunduri se encogió de hombros.

—Un poco. Intento honrar su generosidad y no olvidarla, ni a ella ni a mis raíces.

—Yo diría que lo estás haciendo bastante bien. —Maveri soltó una risita; luego buscó su pezón oscuro entre los pliegues de la sábana y le dio un mordisquito juguetón—. Profesora Zunduri.

—Aún no soy profesora. Y menos mal, porque entonces lo que hago contigo estaría muy mal. —Los dedos de Zunduri acariciaron el vientre pálido de Maveri y viajaron hacia abajo—. De momento ayudo en algunas investigaciones y, a cambio, la Universidad de La Franja me beca toda la carrera de Antropología y el doctorado. Después sí, daré clase para que el mundo entero conozca mi pueblo. Sin trampa ni cartón; demasiado hemos perdido por el misticismo y el quedarnos separados, sin conocernos, cada uno en su parcela y mirando con recelo a sus vecinos como si fueran enemigos o monstruitos.

Maveri jadeaba suavemente al notar sus caricias en el vello púbico. Estiró el cuello para darle un beso.

—Deberías irte —susurró Zunduri contra sus labios enrojecidos—. Mala profesora sería si incitara a una alumna a saltarse clases.

—Aún no eres profesora —replicó ella, empujándola para tumbarla y empezar a lamerle el cuello.

Tumbada bocarriba en su lecho, con aquella boca húmeda buscando su oreja, Zunduri clavó la mirada en el manto que adornaba el techo de su cuarto: aquel sobre el que había reposado escuchando al chamán, el que la había cubierto mientras huía de Línea Abrasiva. El que Ké le había puesto entre las manos.

«Tenías razón, mamá», le contó en su mente. «No elegí Línea Abrasiva. Elegí el mundo entero».

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