Lo que queda atrás, de Sara Mascaraque

Lo que queda atrás, de Sara Mascaraque

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

 

#LeoAutorasOct

Día 6: «Lo que se queda atrás», de Sara Mascaraque

Los tiburones mecánicos se han comido tu brazo de un mordisco. Tu corazón también, pero eso es una metáfora que floreció en los brazos de tu coronel y no sangra tanto. No mancha tanto. La sangre no sale bien de la tela del uniforme. No sale bien de ningún tipo de tela, aprendiste con doce años en el pasillo de tu casa, las bragas en las manos y la sonrisa de tu madre como dulce respuesta. Y de repente estás ahí con la tela entre los dedos y el llanto en los ojos y tu madre acercándose. No tiene pintalabios, porque nunca lo llevaba, y su sonrisa se retuerce y se emponzoña hasta convertirse en la repugnante mueca del tiburón, filas y filas de dientes serrados de acero inoxidable que se cierran en torno a tu brazo. El pasillo de tu casa se estira y se amplía y ya no estás en tu casa sino en el campo de la muerte. Los soldados vociferan y no encuentras a tu coronel. Le has perdido de vista. No deberías de haberlo hecho. Estaba herida. ¿Lo estaba? No lo recuerdas y no tienes el lujo de pararte a pensar porque todo ocurre tan rápido que no hay segundos para ti. Se te escurre el tiempo entre los dedos como la sangre se desliza por la tierra. Los tiburones se acercan y te dejas la voz ordenando una retirada imposible. En ese momento no sabes que es imposible. Sientes cómo el miedo te asciende por la garganta en forma de arcadas al mismo tiempo que disparan, tan cerca de ti que te chillan los oídos. La boca del tiburón te muerde y te desgarra la carne y te sientes gritar y gritar y

Coronel, dónde estás.

Te despiertas.

De forma violenta.

Abres los ojos y la boca y coges aire, todo el aire del mundo. Todo el que te cabe en los pulmones, por lo menos, hasta que te duelen y te tiran y no sientes nada que no sea esa bocanada infinita de aire haciéndote explotar el pecho. Unos dedos fuertes te aferran el hombro y no lo sabías, pero estabas erguida y ahora estás tumbada gracias al empujón firme de esos dedos. Tus ojos enfocan un rostro extraño y desconocido, alargado, con facciones agudas y escamas o algo parecido en torno a sus ojos. ¿Qué? Su piel es roja roja roja y se te pierde la mirada a medida que escuchas un pitido intenso aullarte en los oídos como aquella bala perdida. La piel roja te lleva a los campos de amapolas de tu infancia y a la risa de tu hermano al soplar los dientes de león. Dientes. Dientes de tiburón en la carne, desgarrando y partiendo. Flotas cuando la piel roja te lleva lejos de ahí, y de repente estás en las playas de arena roja del oeste donde tuviste tu primer beso y tu primer corazón roto. Piensas en las fauces del tiburón, pero no en torno a tu brazo sino en torno a tu cuerpo. Todo tu cuerpo se retuerce en las filas de dientes de metal, enormes y afilados. Te parten las costillas y llegan a tus pulmones, a tu corazón; lo devoran. Con el pecho vacío ves a tu coronel y extiendes los dedos y lo alcanzas, lo alcanzas, pero la piel roja te lleva lejos. Te lleva a las dunas del desierto donde hiciste tu entrenamiento básico bajo el sol rojo y ardiente. Rojo. Te lleva a aquel campo de muerte y al disparo que casi te parte los oídos y a los gritos de tus soldados y a tu coronel perdida y a ese tiburón, viejo enemigo de tu carne.

Coronel, lo siento.

En esta ocasión tu despertar es más gentil. Abres los ojos y los cierras porque sientes la luz cegarte con su intensidad. Parpadeas, tratando de habituarte a ella, y escuchas entonces un pitido intermitente, casi suave. Te acostumbras al ruido al cabo de un par de segundos y también a la luz. Comienzas a recordar que el lecho en el que te encuentras es una camilla y que esa piel roja es la piel de tu médico. Giras un poco el rostro y ahí está. Te mira con ojos pacientes y la luz se refleja en las escamas escarlatas. Abres los labios para llamarla, para decir su nombre. Te gusta su nombre, aunque te cueste la vida pronunciarlo. Es un nombre bonito.

—Nos habías dejado unos segundos —dice, y su acento también es bonito. Te habías olvidado de eso. De la forma que tiene de pronunciar algunas vocales, abiertas como una flor en primavera. Cierras la boca poco a poco al escucharla—. Pero ya has vuelto.

Sus ojos, iridiscentes y opalinos, se dirigen hacia la pantalla que pita intermitentemente y tú misma te giras para mirar los números de colores que la inundan. Cifras rojas, como su piel, azules y verdes que motean el ordenador y sabes que son tus constantes aunque te parezcan tan extrañas. Parece satisfecha con las cifras mientras saca del bolsillo de su túnica los audífonos inalámbricos y se los coloca en los oídos. Su piel es tan roja que tienes que hacer un esfuerzo por no volver al campo de amapolas, a las playas de arena, al desierto de tu entrenamiento y al ciclo vicioso que no lleva a ninguna parte. Antes de que puedas sumergirte en él, te dice que te endereces y parece que su acento te acaricie la piel mientras la obedeces. Obedecer es tu segunda naturaleza después del respirar, que es precisamente lo que pretende auscultar tu médico. El fonendoscopio está frío al tacto y te estremeces un poco al sentirlo en la espalda, pero lo siguiente que notas es los dedos fuertes de ella en tu brazo, con una suavidad que te hace sentir mejor al instante.

—Respira bien profundo.

Bajas la cabeza y coges aire y sabes que no debes hablar, pero ya estás escupiendo las palabras antes de poder controlarte, una a una, de forma hasta cuidadosa. Como contabas las moras en verano.

—Me duele el brazo.

No tiene sentido porque no tienes brazo y lo sabes. Lo devoró el tiburón, lo masticó con sus dientes de acero y se lo tragó como un agujero negro de los que tanto habéis huido. No pudiste huir del de su estómago y te dejó sin brazo. El corazón te late en los oídos, aunque no lo sientes como tuyo porque el tuyo se quedó en ese campo de muerte, junto a ella.

—¿El hombro? —pregunta tu médico, y sientes que el fonendoscopio retrocede mientras te mira con sus ojos pacientes y eternos. No. El hombro, no. El brazo. Lo has dicho en voz alta, aunque no muy clara, y no tienes ganas de repetirlo porque te hace sentir mal soldado. Por fortuna, ella no te presiona para que lo digas de nuevo y se quita los audífonos de los oídos—. Está bien. No pasa nada, es normal.

Y su voz es suave como terciopelo al decirlo y te hace sentir mejor. Un poco más tranquila, un poco menos inútil. Quizás tiene razón.

Te sientes mal soldado porque perdiste a tu coronel en la batalla de los campos. Te sientes mal soldado porque ordenaste una retirada cuando era demasiado tarde. Te sientes mal soldado porque no volviste entera, porque dejaste atrás trozos de ti y nunca serás la misma. Te sientes mal soldado porque el tiburón mecánico de alguien al otro lado tiene tu brazo. Te sientes mal soldado porque volviste cuando otros muchos se quedaron.

—Tu ortobrazo debería llegar en unos días. —Casi te has acostumbrado a su acento, pero sigue siendo una ráfaga de aire fresco en la atmósfera enrarecida de la sala. Hay otras camillas, tapadas por cortinas de pálido morado. Otra gente. Otros soldados, seguramente. La guerra deja a todos atrás, estén enteros o no. Tu mirada se pierde por las telas que protegen a otros pacientes de miradas indiscretas como la tuya. Sientes que la doctora intenta recuperar tu atención y no tienes corazón para decirle que es inútil, como tú—. Entonces podremos operarte para colocar los implantes.

Lo dice con voz optimista y quieres zarandearla para decirle que estáis en una sala demasiado grande para una sonrisa tan pequeña. Ese optimismo no sirve para alimentarlos a todos. No sirve para alimentarte a ti.

—¿Mi coronel…? —preguntas, con la voz ronca e ida. Un fantasma de la voz con la que ordenaste la retirada.

La pausa que hace ella te lo dice todo. Parpadeas, porque los buenos soldados no lloran, pero te queman contra los ojos las lágrimas que no has derramado. Mantienes la mirada en tu regazo, en la mano recogida en él, en la ausencia de tu otra mano, engullida y devorada para siempre. Tu coronel tenía la sonrisa más bonita de toda la galaxia. Las estrellas parecían recogerse entre sus labios para brillar con la fuerza de mil soles moribundos. Piensas en ello y te refugias en esa sonrisa durante los largos segundos en los que la doctora busca una respuesta.

—En cuanto se sepa algo, serás la primera en saberlo.

—Está bien.

Pero no está bien. Lo sabes tú y lo sabe ella. Los tiburones mecánicos se han comido tu brazo de un mordisco y seguramente se la han comido a ella de otro y, con eso, han devorado tu corazón. Tus superiores han vertido tus restos en esa camilla y se han olvidado de la pieza más importante de todas. Estás vacía sin ella. Un soldado vacío y sin brazo, eso es lo que eres, aunque la doctora intente traerte de vuelta con sonrisas pequeñas y contactos dulces. No está bien y lo sabes porque los tiburones mecánicos han caminado mano a mano con la guerra y te han engullido pieza a pieza. Y esto es lo que se queda atrás.

 

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