Las madres de Madián, de Ana Tapia

Las madres de Madián, de Ana Tapia

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

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Día 28: «Las madres de Madián», de Ana Tapia

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Violación (explícita)

[plegar]

Después de la batalla, con el ejército rival sometido, Moisés, señor de todos los israelitas, dio una orden precisa: ejecutar a todos los hombres y a todas las mujeres madianitas, excepto a las niñas que fueran vírgenes. Los soldados trataron de acatar su orden, pero tenían delante a un montón de mujeres de todas las edades, y no se decidían a proceder al degüello.

Las de Madián esperaban su turno en un hangar vacío, temblorosas y encogidas sobre sí mismas, como un rebaño atroz. Algunas —las más intrépidas— se habían puesto de pie para proteger a sus hijas, que se abrazaban a ellas con desesperación. Los soldados trajeron a unas viejas para que decidieran cuáles de aquellas chicas no habían conocido varón, y después se las llevaban por la fuerza para encerrarlas en otro hangar diferente, a la espera de que fueran subastadas.

Las madres enloquecieron de terror y de furia. Empezaron a escupir a los pies de los soldados, a lanzarles puñados de arena y a implorar la cólera de Baal. Eso enfureció a Moisés. Cuando supo que las madres de las vírgenes aún seguían vivas, destrozó su propio bastón de mando contra las pareces de su casa. Yahvé lo había dejado bien claro: las impías debían dejar este mundo.

El profeta salió de su pequeño palacio de adobe y caminó descalzo, pisando con fuerza el polvo de su tierra prometida. Se daba tirones en la barba cada vez que pensaba en la desobediencia de los capitanes del ejército. Pasó junto a un soldado que contemplaba impávido la agonía de un rival madianita y lo abofeteó. No había que hacer sufrir inútilmente a sus enemigos. Tan solo eliminarlos, pues su presencia estropeaba el plan divino.

A primera hora de la tarde los soldados israelitas cumplieron, por fin, la orden. Entonces hubo una sinfonía de gritos agudos en el hangar, un baile de dagas y un estruendo de cráneos: las mujeres eran fáciles de matar, como reses en estado de estupor. Habían mirado a sus verdugos con ojos de agua estancada. Las más ancianas se tumbaron en posición fetal, esperando el golpe de la maza.

Los aullidos femeninos llegaron a oídos de Séfora, esposa de Moisés, que aguardaba en el palacio. Le estremeció aquel concierto infame y recordó que una vez ella también fue madianita, antes de casarse con aquel profeta. Séfora maldijo a su esposo. Escribió su nombre en la arena caliente con el dedo, y luego lo pisoteó con furia, como si quisiera borrarlo de la faz de la Tierra. Después sobornó a uno de los capitanes y a caballo en dirección a Egipto.

Moisés ni se dio cuenta de la huida de su esposa. En ese momento estaba rezando a pleno pulmón, imbuido de un frenesí profético. Cuando terminó, se dio cuenta de que llevaba la túnica manchada con sangre de sus enemigos y pasó un buen rato restregándose con una esponja de esparto. Aquella era sangre impura, cuyos dueños habían adorado a ese demonio que era Baal.

Las niñas vírgenes, mientras tanto, corrían despavoridas, buscando los límites de la aldea. Los soldados las persiguieron. Algunas —las más pequeñas—, salieron del hangar emborrachadas de miedo y luego ya no fueron capaces de seguir avanzando. Se quedaron clavadas en el sitio donde las habían dejado, observando con ojos de pez muerto cómo la tropa se llevaba los cuerpos deslavazados de sus madres. Los apilaban en carretas y luego las enterraban en una fosa improvisada, de prisa, deseando también ellos acabar aquella tarea ingrata.

Una vez enterradas sus madres, las niñas se quedaron completamente solas. Los oficiales del ejército las organizaron en lotes y las subastaron como botín de guerra. Algunos guerreros, sucios aún de barro, empezaron a babear por el ansia; cuando les asignaban a una de aquellas adolescentes, eran incapaces de esperar, y allí mismo, detrás de un árbol, las violaban, tapándoles la boca para que no gritasen.

Una de las jóvenes, que fue penetrada por tres hermanos mellizos, murió asfixiada, y entonces Moisés volvió a entrar en cólera. Mandó azotar a los tres hermanos viciosos hasta que la piel se les abrió como una fruta madura. ¡Así, no! Hay que mantenerlas con vida. Preñarlas con nuestra santa simiente. Serán nuestras concubinas. Las futuras madres de una prole victoriosa.

Aquella noche Moisés, ya más calmado, ofició una ceremonia de agradecimiento a Yahvé. Comieron dátiles, pan y queso. Bebieron vino. También alimentaron a las niñas de Madián, e incluso, conmovidos por sus llantos silenciosos, les permitieron dormir juntas en el hangar, para darse consuelo las unas a las otras.

Las niñas no durmieron. Gastaron su última noche antes de la esclavitud rezándole a Baal con un ímpetu salvaje. Baal, señor de la lluvia y el trueno, debía rescatarlas de aquella tortura. Te ofrecemos la sangre de nuestro desgarro, señor de la vida, Baal, hijo de Eloah, hueste del día. Ayúdanos.

En los días sucesivos, las niñas tomaron la costumbre de reunirse antes del alba para rezar de aquella manera. Antes de que la luz rompiera el horizonte, se escurrían a tientas de los brazos sudorosos de sus nuevos amos, de la vigilancia cómplice de sus esposas, y atravesaban la aldea con un sigilo animal, hasta encontrarse las unas a las otras. De forma tácita, dejaron de reunirse en el hangar y se desplazaron a los alrededores de la fosa donde habían enterrado a sus madres. Allí, se desnudaban y se tocaban, mirándose con una lujuria triste. Sabían que a Baal debía invocársele así, en aquel teatro gozoso, liberadas por unos instantes del yugo de la esclavitud.

Y Baal, contra todo pronóstico, ayudó a las niñas. Lo hizo de un modo insólito, eso sí. Una madrugada, de repente, la tierra empezó a removerse, y los cuerpos de sus madres, de sus tías y primas salieron a la luz. Se pusieron de pie, levantándose con un crujido lastimoso y audaz. Lo miraban todo con ojos erráticos, porque aún no habían comprendido que seguían muertas, y que solo la misión de la venganza las mantenía erguidas de aquella forma ridícula, con el cabello pegado a los cráneos podridos y la ropa hecha jirones. Algunas llevaban un pecho al aire, una tibia rota. He aquí su ejército de muertas, dijeron los labios suaves de una de las niñas. Luego señaló a una de las resucitadas y añadió: ¡madre, madre querida!

Y las madres muertas se encaminaron hacia la aldea, seguidas por sus hijas vivas, que no sabían si alegrarse o llorar con aquella procesión agusanada, y se mantenían a cierta distancia por temor a que ellas quisieran, de repente, abrazarlas.

Al pasar junto a la guarnición, aquellos cadáveres todavía hermosos se lanzaron contra la tropa e iniciaron un festín de mordiscos y golpes. Les robaron las espadas y, con una fuerza más allá de lo humano, los ensartaron a todos con ellas. Después siguieron hasta el corazón de la aldea, donde aniquilaron a todo hombre que se encontrara dormido o despierto. Los mataron con una voracidad precisa, abandonado los cuerpos como trapos, mientras las niñas madianitas, contagiadas de la sed de venganza, aplaudían y pisoteaban a sus amos con odio.

Al final, llegaron al palacio de Moisés. El protegido de Yahvé las miraba como se mira al Diablo. Ellas le dijeron: póstrate y pide perdón. Él no las escuchaba; no podía. Tal era su inquina hacia aquellos engendros de carne colgante. Y como vio llegar la muerte, levantó el puño y dijo: por el Altísimo os digo que nadie se acordará jamás de esto. Mi pueblo renacerá para escribir la historia desde el comienzo. Vosotras sois perras, y las perras no tienen derecho a la memoria.

Antes de que terminara la frase, le atravesaron el pecho con una lanza. Luego se olvidaron de él y se dieron una última vuelta por la aldea. Ahora que habían acabado con todos los varones, las muertas sintieron un cansancio infinito. Pero había una última cuestión: qué hacer con las mujeres israelitas. Durante el asalto, se habían escondido todas en el templo. Las encontraron allí, cabizbajas y llorosas, abrazándose las rodillas. Las rodearon y levantaron las espadas. Las israelitas miraron aquellos cuerpos podridos y chillaron de terror. Entonces llegaron corriendo las niñas de Madián y se interpusieron entre sus madres muertas y las israelitas, suplicando que las perdonaran.

Las vengadoras estaban confusas. Ellas dejaron que los hombres os hicieran daño, protestaban con tono acusatorio. Las niñas insistían en la súplica. Estaban saturadas de sangre. Una de ellas, líder recién estrenada, dijo: dejadlas vivir, y ellas cuidarán de nosotras.

El pequeño ejército de madres dudaba. Una de ellas —le faltaba un ojo—, se volvió hacia las niñas y les dijo: ahora lleváis la semilla del enemigo en vuestros vientres: ¿qué será de vosotras?

Hubo una ola de gemidos cadavéricos. Algunas de las madres muertas miraron hacia el suelo, avergonzadas, y entonces las niñas madianitas sintieron miedo, porque el amor que veían en los ojos de sus madres era un amor cargado de vísceras, que bien podía transmutarse en odio. Las más mayores se tocaron el vientre, y un anhelo de vida les arrancó lágrimas de los ojos. Alguien gritó: ¡Ni Baal, ni Yahvé!, y todas se volvieron para ver quién era. Pero nadie reconoció haberlo dicho.

El sol se alzó por encima del horizonte y calentó la tierra. Las madres muertas, de repente, tiraron al suelo las espadas, con un gesto abatido. Estaban cansadas. Ya habían hecho suficiente. Se dieron la vuelta y sus rostros nauseabundos brillaron con la luz unos instantes. Volved a tapar la fosa, pidieron. Luego se tumbaron en aquel agujero y cerraron los ojos. Sus hijas se arrodillaron y empezaron a arrojar puñados de arena. Alguien rompió a llorar a gritos, y las demás la imitaron. Más tarde tomaron de la aldea devastada todo lo necesario y abandonaron aquella tierra maldita, buscando las montañas. Las más pequeñas miraban de vez en cuando hacia atrás, temerosas de que sus madres volviesen a despertar para seguirlas.

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