Mangas Verdes, de Miriam Beizana Vigo

Mangas Verdes, de Miriam Beizana Vigo

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 12

Foto de Alexandra Mirgheș para Unsplash

Empezaba a hacer frío por primera vez después de un verano caluroso, pero yo me había olvidado la chaqueta.

                  Recordaba agosto como un algo inmaterial. No eran días que habían sucedido, era otra cosa. Y pensaba en esto mientras acariciaba el cristal del coche, con tímidas gotas de lluvia de septiembre, tan insolente y tan temprana. Y el vaho que se formaba en el interior hacía que mi dedo dejara un rastro tras de sí. Recordé así que todas las cosas dejaban un rastro tras de sí (invisible, semivisible o visible del todo). Mi reflejo era semivisible podría decir. Mi encrespado cabello con mechones castaños y negros, también luciendo alguna que otra cana solapada en esa selva de pelo sin tratar correctamente. Pero me servía para cubrirme el rostro como una cortina, aunque deseaba que desapareciera de mi cráneo porque pesaba y me molestaba. Una vez, por motivo de esto, me lo había arrancado. Las heridas de mi cuero cabelludo tardaron una eternidad en curar.

                  La piel levantada que rodeaba mis uñas se me antojó apetecible y empecé a mordisquearla, notando placer en el agudo dolor que sentía al hacerlo. Mientras me mecía el meneo suave del coche viejo de mi padre, que conducía en silencio escuchando las interferencias de la radio. Íbamos solos, esta vez sí. Y no hablábamos porque para qué. Porque hablar por hablar era gastar saliva, envenenar palabras, compartir sonidos que ninguno de los dos deseábamos compartir. Ahí iba yo, retorcida en el asiento de atrás del coche, derrotada, con mi incontenible sobrepeso atesorado en mi cuerpo, mi jersey negro lleno de bolas del uso, mis labios cuarteados, mis manos amarillentas, mi falta de salud. Esa era yo otra vez, más yo que nunca en este estado. Recuperada o, más bien, un caso perdido. La hija mayor de los Castro, padres, abuelos, bisabuelos. La primogénita joven, la que salió defectuosa, la rara, la loca, la enamoradiza, la perdida, la que ha perdido la razón de vivir.

                  Veintiocho años hacía que había nacido. Fatídico momento, qué agotador. La primera hija de un matrimonio demasiado joven e inexperto, qué locura tortuosa. Y una hija que no trajo un pan bajo el brazo, sino un sexo poco recomendable para un padre de familia de albañiles falta de mano de obra. Confinada en aquel piso gris, tan grande y tan extraño, lleno de habitaciones y de ventanas, en un pueblo cerca de una playa a la que no fui hasta que mis hermanos nacieron. Los gemelos. Dos años más tarde que yo, pero más adelantados en todo lo demás.

                  Qué exhausta me encontraba y aquel jodido coche no dejaba de avanzar. Si cerraba los ojos pensaba que me gustaría desaparecer y perder esa conciencia, el hastío, el hambre de mi estómago insoportable y las ganas de fumar que me quemaban en la garganta.

¿Dónde has estado todo este tiempo, querida Emilia?

En el psiquiátrico, vida que me preguntas, otra vez allí. En esa cárcel hospitalaria, el único lugar donde alguien me entiende.

                  Mi padre lloraría de saber hacerlo, pero no lo había visto llorar en mi vida. Tal vez era un psicópata, pero lo que sí creía es que era una contradicción en sí mismo. Trabajador a medias, en un mundo no hecho a su antojo, jamás hizo nada dentro de la ley. Fuera de Hacienda, fuera de seguros sociales, fuera de todo. Pero intentó traer pan a casa, aunque lo de asegurarse un futuro ya, si eso, lo dejamos para otro momento. Todo le daba igual. Tanto escupía, tanto insultaba, tanto vejaba, como pedía un beso y un abrazo y te decía que una hija es una hija, de la misma sangre, y contra eso nada podía luchar.

                  Miraba su calvicie a través del hueco del asiento. No se había afeitado esa mañana, pero canturreaba en voz baja. Tenía los labios carnosos que, al despegarlos, sonaban viscosos y salivares. Siempre me había llamado mucho la atención ese sonido, también el de las contracciones que a veces sentía en mi mandíbula cuando la apretaba, como pequeñas explosiones dentro de mi sesera. Además, los sonidos desde dentro y desde fuera se escuchaban de manera diferente.

                  Volví al dedo sobre la ventana. No quería ir a ningún sitio pero para allá iba.

Emilia. Emilia. A dónde vas ahora, Emilia.

A dónde te dejas llevar, perdida, perdedora.

Que no vas a ninguna parte por ti sola, porque te dejarías jugar con el infalible arte del mundo real, tan cruel para contigo, para con todas en realidad. Siempre te fue mal porque el primer paso ya fue equivocado. Tú no te levantaste con el pie izquierdo, Emilia. Tú eres el pie izquierdo.

                  —No me llames así. Llámame Lia. Odio mi nombre.

                  —¿Lia? Al menos que sea Emi, ¿no? Lo de Lia no tiene sentido. ¿Qué coño te crees que eres? ¿Que eres especial?

                  —¿Especial? En eso se refugia en su mundo, ¿no lo veis? Que se cree alguien y no es nadie.

                  —A ver, «Lia», ¿quién coño eres?

                  Emi-Lia. Que vistes como un tío, Emi-Lia. Que te repudiamos, Emi-Lia, porque no te entendemos, Emi-Lia. Pero tienes que ser más fuerte, mujer. Mujer. En seguida te pones a llorar. ¿Lo has oído, «Lia»? ¿Lo has oído? Sí, ese. Ese hueco.

                  Pero ahora papá iba en silencio. Y me parecía la muestra de amor más grande que podía darme. Ese silencio, precioso, respetuoso. No decir nada para no herir, para no cagarla. Si no se sabían dominar las palabras, lo mejor era dejarlas ahí. Era difícil aprender eso, pero de aprenderlo todo funcionaría mejor: yo misma, mi familia, mis amigos, mis amores.

                  Había roto mi reloj, el de pulsera y el otro. Tampoco tenía móvil porque no era recomendable. Me incorporé con esfuerzo para ver el reloj de la guantera. 23:23. Era imposible. Prácticamente estaba amaneciendo.

                  Luego me dormí. Tuve pesadillas. No eran pesadillas aterradoras ni traumáticas, más bien sueños que me mantenían despierta en medio de mi descanso y me ahogaban de nervios, de estrés y dolor. Me desperté llena de sudor y taquicárdica, y todo seguía igual. Pero no tan igual. Porque empecé a ver postes eléctricos, unidos entre sí por gruesos cables negros. Porque la carretera era un poco más estrecha y porque empecé a ver antenas y tejados dispersos de casitas del lugar. Seguimos avanzando, pero ya más despacio. Supe que habíamos llegado al pueblo. Era ya, por lo tanto, una realidad.

                  Pero papá condujo un poco más. Porque la casa estaba a las afueras. A las afueras de las afueras. En calma y tranquila, también aislada y sola. De noche daba miedo, de día el silencio me llenaba de pena. Hacía mucho tiempo que no volvía allí, donde me había criado, donde había llegado a ser lo que era ahora. Una mujer de veintiocho años inútil, inservible y desvalijada. Herida, dolorida, inválida e incoherente. ¿Cuándo había ocurrido? ¿El qué? ¿El no ser? Solo estás enferma, Lia. Solo es eso.

                  Nos detuvimos al cabo de algunos kilómetros tortuosos. Suspiró, pero no apagó el motor. Para asegurarse de que esa despedida no era demasiado larga. Bajó del coche diciendo algo entre dientes, entre esos labios tan carnosos y salivares, y se dirigió a abrirme la puerta. Mi dedo, todavía apoyado en el cristal, cayó muerto, al vacío. Perdido.

                  —Vamos, fin del viaje. Dando voltas sempre dun lado a outro. De Coruña a Santiago, de Santiago a Coruña. Do loqueiro ao cú do mundo, cagoendios, el día que alguien haga algo por mí. Toda la vida igual, toda la vida con el lastre. Todo eu, na miña chepa, na miña chepa. O burro de carga.

                  Yo ya no escuchaba cuando mi padre hablaba, lleno de rabia, con poco amor. Lo entendía porque la vida tampoco lo había tratado bien, y para saber gestionar el dolor había que tener una pizca de inteligencia. De todas formas podía con ello, era adulta, era mayor. Pero me temblaron las rodillas al bajar y pisar el terreno verdoso. Me temblaron más todavía al ver la casa.

                  Papá sacó mi maleta de la parte de atrás mientras yo me abrazaba el cuerpo, aturdida.

                  —Hala, toma —me dijo, tendiéndome la maleta y las llaves oxidadas del caserío—. El sábado vendrá teu irmá.

                  —E ti vas poder vir?

                  —Non sei, mihijiña. Non sei. A ver el trabajo que tengo y todo eso, entiendes. Que yo ahora estoy solo. Y tengo que mirar por la abuela que si yo no miro por ella…

                  —Xa, xa o sei.

                  —Bueno, deixote logo. E pórtate ben.

—Papá.

                  —Qué.

                  —¿Qué hago si viene la bruja?

                  Estaba abatido, pero reía igual, como si la vida para él fuera un mal chiste. Quise decirle algo más, tal vez pedirle perdón porque me miraba con rencor.  Pero no dije nada. Y él se fue, sin girarse para despedirse, mirándome como la loca que era.

                  A nadie de mi familia le gustaba pasar tiempo en ese pueblo.

                  Hola, Mangas Verdes. Cuánto tiempo.

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