Tiene que ser esta noche, de Blanca Rodríguez

Tiene que ser esta noche, de Blanca Rodríguez

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 18

Foto de Anton Scherbakov para Unsplash

La silueta de su figura, alta y delgada, se mueve a contraluz tras las cortinas, apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana mientras se prepara para marcharse a trabajar al hospital. He pasado tantas horas esperando, observando, fantaseando. Imaginando sus grandes ojos oscuros mirándome con terror, implorando por su vida. Su boca, siempre tan roja, abierta, buscando inútilmente la súplica y el aire mientras le aprieto cada vez más el delicado cuello, dejándole en la piel las marcas amoratadas de los dedos. Esa piel tan pálida, translúcida y blanca como el mármol, no lechosa como la de las pelirrojas llenas de pecas que tanto detesto. No, ella es perfecta en su hermosura fría y lánguida, y tiene que ser mía. Más allá de la amistad o el amor. Mía en la muerte.

Desde que me topé con ella a la salida del hospital, tan tarde que ya casi era temprano, supe que la haría mía. Me atrajo su pelo, tan largo, liso y negro; pero fue un cierto aire de angustia e inquietud, incluso de miedo, en su mirada y sus movimientos lo que me impulsó a seguirla hasta su casa. Caminaba muy deprisa. Quise creer que era yo, mi presencia, el sonido de mis pasos lo que la hacía apresurarse. Cuando cruzó la puerta de entrada casi corría. Las luces de la casa se encendieron a su paso, una tras otra y enseguida su silueta se recortó tras cada ventana, a medida que le cerraba los postigos al amanecer, que ya despuntaba. Me quedé un rato mirando a la última ventana que había cerrado, imaginando como se desnudaba para meterse en la cama, poco a poco. Se quitaría las prendas una a una y las dejaría caer al suelo en un rincón. Su cara se relajaría, al creerse segura detrás de la puerta, las ventanas, los cerrojos. Y entonces entraría yo. Y la agarraría por el largo pelo negro. Y la arrojaría sobre la cama. Y le besaría los labios, tan rojos. Y le mordería. Los labios, el cuello, los pechos, marcándole con los dientes la blancura de la piel. Y sería mía.

Va a ser esta noche.

Las luces del interior de la casa se apagan una noche más, pero la del porche queda encendida, esperando a que regrese en su coche poco antes del amanecer, como lo he hecho yo tantas madrugadas. Pero hoy no regresará. Hoy será para mí.

Noche tras noche la he seguido en el coche de casa al hospital, del hospital a casa. Siempre en el turno de noche. Siempre sola. Y día tras día la he seguido en el pensamiento, dominado por las fantasías, encendiéndome de deseo y anticipación. En la calle, en el trabajo, en el supermercado, en el coche, en casa. En mi habitación. Y el yo de mis fantasías es más fuerte que yo mismo. El yo de mis fantasías se baja del coche y corre hacia el porche iluminado, justo a tiempo para empujar la puerta cuando está a punto de cerrarla. O la aborda en el aparcamiento, amparado por las sombras. Y la empuja, y la tira al suelo y la hace suya. Pero nunca es bastante, nunca es suya enteramente y cada fantasía satisface menos que la anterior. Y entonces ella grita en mi mente y vuelve la excitación. Pero al día siguiente ya no es bastante. Y entonces llora y suplica. Pero nunca es suficiente. Y la agarra con fuerza y le pega. Y la aplasta con sus rodillas contra el suelo. Y la sujeta con fuerza por el cuello. Y ella se revuelve y patalea, pero es inútil. Y yo, ese yo más fuerte, más salvaje, aprieta y aprieta hasta que ella deja de moverse. Y entonces es tan hermosa como la primera vez que la vi, con los ojos, grandes y negros, llenos de angustia y miedo. Y entonces es mía. Mía.

Tiene que ser ahora. Va a ser ahora.

El aparcamiento trasero del hospital está desierto. Respiro con tal agitación que me parece que se me escucha desde el otro extremo de la ciudad. Ella camina despacio, rebuscando algo en el fondo del bolso. Ni mira por dónde anda. No ve que va directa hacia mí. Se acabaron las fantasías.

Mi voz es un murmullo, casi un balbuceo, cuando le salgo al paso y le pregunto dónde está la entrada de urgencias. El resplandor rojizo del cartel que señaliza el banco de sangre se refleja en sus mejillas cuando se vuelve para indicarme. Me lanzo sobre ella y la empujo con fuerza contra la puerta de una salida de emergencias cerrada. Nadie nos ve. Nadie nos oye. Los ojos se le llenan de sorpresa. No entiende lo que está pasando. «Tranquilo», me dice. Levanto el brazo y lo descargo con tal fuerza que se cae al suelo y se queda allí, sentada con las piernas abiertas, como una muñeca. Me mira con una mezcla de ansiedad y estupor, pero no veo miedo y eso me molesta. «¡No, por favor! ¡No sabes lo que haces!», su voz transmite urgencia y súplica, pero miedo no y eso me molesta. Mucho. Doy un paso hacia ella y recula, todavía en el suelo, tratando de ponerse de pie, tratando de escapar. Caigo sobre ella: una mano al cuello, otra entre las piernas. «¡Por favor, por favor, no me obligues! ¡Déjame, aún puedes marcharte, no se lo diré a nadie!». De nuevo la súplica, casi la desesperación. Pero el miedo no. Es insoportable. El corazón se me quiere salir por la garganta. Noto las venas del cuello hinchándoseme de ira y frustración. «¡Por favor, no me obligues!». Saco la mano de su bragueta y la levanto en el aire, crispada en un puño. Voy a enseñarle lo que es el miedo. «Llevaba tanto tiempo sin hacerlo…». No entiendo lo que dice. Le ha cambiado la voz. Ya no hay súplica, ni urgencia, ni desesperación. Solo resignación y una frialdad extraordinaria y sobrecogedora. El brazo se me congela a medio camino hacia su pómulo. Con una fuerza insospechada se desembaraza de mí y se me echa encima lenta pero inexorablemente, clavándome esos ojos, negros como pozos. El estupor no me deja moverme, no necesita ni agarrarme. «No me dejas alternativa», dice mientras se aparta con indolencia el pelo de la cara con una mano tan pálida como su rostro. «No me dejas alternativa». A la luz mortecina y cárdena del fluorescente del banco de sangre veo sus ojos, tan grandes; y su pelo, tan negro; y su piel, tan pálida; y su boca, tan roja; y sus colmillos, tan blancos, mientras se abalanza sobre mí.

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