La tarta de gominolas, de Mª Concepción Regueiro Digón

La tarta de gominolas, de Mª Concepción Regueiro Digón

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 10

Foto de rawpixel para Unsplash

Decidido: haría la tarta de gominolas en vez de comprarla como había pensado en un primer momento. Disponía de un par de recetas muy sencillas de realizar y seguramente el resultado sería muchísimo más satisfactorio para Bertito, tanto por la ilusión de verse agasajado con algo específicamente hecho para él como por el mayor montón de chucherías de su gusto en la tan singular supergolosina. Podía imaginárselo cogiendo a puñados todas aquellas bolitas y cintas multicolores y la sonrisa más placentera adornó su rostro en el camino de vuelta a su casa.

Disponía de toda la tarde, gracias a que la abuela, divertida cómplice, se había comprometido a ocuparse del crío durante unas horas, y también de abundante material, suficiente incluso para un par de tartas de buen tamaño, pero era la primera vez que se enfrentaba a semejante reto repostero y prefería regirse por el axioma de las preferencias del exceso frente a escasez, con la tranquilidad añadida de usar ingredientes seguros (para eso había recorrido a la carrera todas las tiendas de dulces de la ciudad hasta encontrar la base comestible donde encajar las golosinas sin el peligro del porespán habitual en esas preparaciones). Además, en el trabajo se habían comprometido a telefonear única y exclusivamente en caso de extrema urgencia y confiaba en ese aspecto en la elegante discreción de Gracián.

Colocó todo sobre la mesa del salón, con la meticulosidad habitual con que se enfrentaba a las tareas cotidianas. Allí también pondría los regalos de cumpleaños y más tarde sería usada por el catering contratado para agasajar a invitados infantiles y adultos. Tenía además la ventaja de que, dejando la puerta abierta, Bertito vería la sorpresa nada más llegase.

Tal y como decían las instrucciones, marcó la silueta ovalada sobre el soporte y empezó a recortar. Iba muy bien, pero el sonido del móvil le hizo torcer la trayectoria del cutter, aunque afortunadamente hacia el exterior. La sola idea de poder destrozar el trabajo a las primeras de cambio le causó un profundo malhumor y por eso su «¿diga?» sonó tan desabrido.

—Perdone, ya sé que se había cogido la tarde libre, pero creo que esto es urgente —murmuró asustado Gracián.

—Está bien, ¿de qué se trata? —aceptó.

—Los han traído y usted había insistido mucho en que llamásemos cuando pasase. Están en las salas 1, 2 y 3.

—Perfecto. Ha hecho bien en llamarme —reconoció—. Espere un momento, voy a enchufarme y les iré dando las órdenes. Lo llamo en un minuto.

Preparó la tablet en la misma mesa con la intención de continuar haciendo la tarta al tiempo que seguía el procedimiento y determinaba los pasos a seguir. También colocó el manos libres y, tras acabar de recortar la base, observó la pantalla divida en cuatro partes de las que tres mostraban las salas en uso. Eran una chica y dos chicos, asustados y agotados, pero no se dejaba engañar, había que emplearse a fondo. Conectó de nuevo con Gracián.

—Muy bien, empezaremos por la 1, ¿a quién tienen ahí?

—Es el que se conoce como Set —informó Gracián con un ruidillo de papeles al hojearse.

—Bueno, que entre primero Pérez y que lo vaya poniendo al día.

—Muy bien.

Fue haciendo el dibujo de la base. Bertito había quedado fascinado una semana antes con el circo, así que ese sería el motivo central de la tarta. Un payaso en primer plano y unas foquitas jugando con pelotas que haría con las gominolas de colores compradas prácticamente a kilos. Así, y tras limitar con nubes y barras de regaliz la superficie al estilo del toldo de una carpa, empezó a colocar las bolitas echando una ojeada de vez en cuando a la pantalla. En la sala 1, Pérez apaleaba a un chaval que solicitaba entre lloros que parase, con una cruel eficacia que le llevaba a economizar esfuerzos, golpeando solo en sus centros de dolor y desde ángulos en los que el agredido no podía intuir la destrucción del puño o de la patada que le llegaba, mientras en las otras dos los detenidos se revolvían inquietos en sus sillas. Asintió con satisfacción y continuó colocando las bolitas rojas que harían la nariz del payaso, pues había preferido comenzar por lo más sencillo. El aviso de Gracián paralizó su mano en el mismo instante en que precisamente iba a finalizar esa parte de la cara.

—Dice que firmará la confesión.

—Vale, ¿y qué hay de las pintadas del Mercado Central? —preguntó al tiempo que empezaba a buscar por las bolsas las gominolas blancas que conformarían la cara del payaso y parte de las pelotas de las foquitas.

—Jura que no sabe nada de eso.

—No me lo creo, pruebe con un par de chispazos, a ver qué tal —determinó, separando las bolitas de sabor a cola que más tarde le harían falta para los animalitos. Estos iban a ser lo más complicado, así que prefirió desconectar la pantalla un poco mientras preparaban la picana para poderse concentrar en el diseño. Aunque disfrutaba viendo pasar a los detenidos de la incredulidad al pánico más puro en el lapso en que preparaban frente a ellos todo el aparataje eléctrico, ese día disponía de un tiempo escaso y no podía perder la concentración con lo que estaba haciendo, y era una pena, pues no dejaba de resultarle divertido ese quebrantamiento de la voluntad más tenaz ante el simple zumbido de la corriente al cargar el aparato y que venía a ratificarle en su teoría concreta de que todos los que pasaban por aquellas salas eran unos niñatos que merecían una buena lección de firmeza, pero esa fase concreta de la tarta parecía requerir los cinco sentidos y uno o dos más, así que no podía distraerse con nada.

Encendió de nuevo la pantalla cuando las siluetas de los pinnípedos ya eran distinguibles y solo quedaba rellenarlas, una tarea que permitía una menor atención. Ahora el detenido se retorcía entre espasmos aún antes de que Pérez llegase a aplicarle el aguijón con la corriente en cualquier parte de su cuerpo desnudo y lleno de quemaduras y hematomas, distinguibles en su gravedad incluso a través de una imagen en blanco y negro de definición tan basta.

—Sigue jurando que él no tiene nada que ver con lo del Mercado Central, que es otra célula la responsable.

—Pues sigan hasta que tenga.

—Pero… Según el comisario Gaviria, es poco probable que estos estén relacionados con lo de esas pintadas, ¿vale la pena…?

Iba a recriminarle con la mayor severidad su actitud cuando vio cómo el chaval apodado como «el tercer hijo de Adán y Eva» caía desvanecido entre violentas convulsiones, sin despertar ni ante los sopapos enérgicos de Pérez.

—Se ha desmayado y no despierta —informó Gracián.

—Pues seguiremos con él más tarde. Pasemos ahora a la sala 2, ¿a quién tienen ahí?

—Es el que se hace llamar Salomón.

Se fijó en el que usaba el nombre del rey bíblico en aquellos malditos escritos: era, claramente, el que más asustado estaba. Podía distinguirse incluso el vergonzoso cerco de la orina en sus pantalones y su continuo temblor dejaba un rastro de pixeles en la pantalla. Le causaban un gran desagrado los que reaccionaban así y ese día no era una excepción, en oposición a la inmensa satisfacción que estaba experimentando en ese preciso instante al ver rematada la primera foca. Había conseguido un animalito perfectamente reconocible. Incluso parecía adivinársele una mirada divertida. Determinó que era mejor dejar macerar en su terror a aquel insulso número 2 y pasar a la sala número 3. Era la chica, también aterrorizada, aunque con una pose de dignidad con la que intentaba enfrentarse a su situación extrema. Gracián le explicó que era la que se hacía llamar Lilith en los panfletos y con la que parecía tener una relación más estrecha el tal Salomón.

—Estupendo, pues que se entere de lo que le pasa a su novia si no colabora. Conéctenle el altavoz —ordenó, iniciando la segunda foca— y que vayan entrando los chicos.

Silbó una cancioncilla infantil mientras colocaba la nueva tanda de gominolas de cola. En la sala 3, los tres agentes procedían a la violación de la chica casi con aburrimiento, como si la atrocidad se hubiera convertido en una rutina más de su jornada laboral. La joven empezó vociferando insultos a quienes la sujetaban, para pasar a gritos del más puro terror al sentirse reventada sin la menor piedad y acabando finalmente con unos gemidos animales clamando por su madre y Bernardo (supuso que se refería al de la sala 2) y suplicando que no la lastimaran más, ante los que aquellos hombres se emplearon con un mayor sadismo pero sin abandonar el hastío propio de desarrollar una tarea reiterativa. El apodado como «el de las decisiones sabias» gritaba también, golpeando y pateando las paredes mientras rogaba que la dejaran en paz, que él haría todo lo que le ordenasen.

Sonrió con satisfacción, tanto por el rumbo que iban tomando los acontecimientos como por el fantástico aspecto que tenía por fin la segunda foquita, mejor incluso que el de la primera. Era la parte más complicada y la había concluido de forma excelente.

—Que acaba de telefonear Gaviria y que dice que estos no tienen mayor relevancia, que son unos simples juntaletras inofensivos. Que los del Mercado Central son otro grupo sin ninguna relación con estos que ya han sido desactivados, que tienen las pruebas y que ya se las llevaron al juez —vino a interrumpir Gracián y sintió por primera vez una intensa oleada de desprecio hacia su subordinado.

—Claro, y por eso los vamos a dejar marchar tan tranquilos con una simple multa y sin darles su merecido, ¿es eso lo que me sugiere? ¿Van a venir a decirme cómo hacer mi trabajo o qué? —protestó y, por el enfado, colocó mal las gominolas de cereza que tenían que formar parte de un balón, dejándolo con un aspecto más propio de un globo desinflado.

—No, pero… —susurró Gracián atemorizado. El audio de la sala 3 registró las palabras desfallecidas de la detenida entre las acometidas que la estaban literalmente destrozando: «mi niño, mi pobre niño».

—¿De qué habla esa puta? —preguntó aún con el malhumor dominándole voz y movimientos.

—Su expediente dice que es la madre de un crío de cinco años que está con sus abuelos —informó vacilante su subordinado.

—Ya —asintió sin ganas quitando las bolitas rojas para volverlas a colocar—. Sigan, no paren con esa zorra hasta que se entere de verdad, y dígale que no volverá a ver a su hijo gracias a sus gamberradas, hágaselo saber. —Gracián susurró en el oído de la mujer la amenaza y ella dio un grito desesperado, mayor que todos lo que había emitido en aquella interminable sesión de torturas, como si le hubiesen arrancado el corazón—. Y aplíquense ya con ese nenazas de la 2, que parece que se va a ir de rositas. Y que su novia lo escuche también, que vea con qué mamonazo se acuesta.

La picana y la violación se alternaron en aquellos dos cuartos de pantalla al tiempo que la tarta iba cobrando por fin su forma completa. Siguió tarareando más alegremente la canción favorita de su hijo al comprobar cómo todo iba saliendo según lo previsto, tanto en uno como en otro sitio. La colocación de las bolitas de chocolate que venían a simular los iris del payaso remataba la escena imaginada tal y como quería. Solo le faltaba concluirla con las enormes gominolas de fresa que simularían unos globos como los que habían comprado en el circo. Era el detalle que menos le convencía, por cuanto estarían sujetas por unos palillos largos de pinchos morunos y Bertito era un verdadero imán para los pinchazos y las cortaduras, pero eran el detalle que concluía de forma espectacular el regalo. Se trataba de estar especialmente alerta cuando el niño los fuese a coger y tirarlos de inmediato a la basura antes de que se pusiera a jugar con ellos.

—Los tres están inconscientes, ¿qué hacemos? —preguntó Gracián. En las tres salas solo se veían unos guiñapos humanos tirados en distintas posiciones desmadejadas que hacían difícil imaginar que solo unas horas antes eran unos muchachos sanos y llenos de entusiasmo en su lucha.

—Es igual, llévenselos a las celdas y mañana a primera hora seguiremos. Aún les queda mucho que aprender a esos impresentables y vamos a encargarnos de que se enteren. Esto solo ha sido un aperitivo —determinó—. Ya está a punto de llegar mi hijo y todavía tengo unas cuantas cosas por acabar.

—De acuerdo, pero ¿qué hacemos con la chica? Sangra mucho por ahí abajo.

No pudo evitar un resoplido despectivo hacia su subordinado, tanto por su falta de iniciativa como por su mojigatería verbal.

—Échele un cubo de agua por encima y métala en el agujero como a los demás, hombre. Yo ahora debo desconectar. Mañana hablaremos —se despidió, con el malévolo deseo de que sus últimas palabras se interpretasen con un doble sentido amenazador.

—De acuerdo, hasta mañana —se despidió a su vez Gracián desconectando el monitor y dejando su pantalla en negro. No parecía haberse inquietado por su tono. «No importa, mañana te inquietarás de verdad», pensó mientras retiraba de la mesa la tablet y luego colocaba la tarta y algunos regalos completando el escenario.

Solo tuvo que esperar un par de minutos. El pasillo enseguida trajo el sonido ascendente de unos pasitos que corrían a comprobar qué le había tocado en suerte por el simple hecho de cumplir ese día concreto cuatro despreocupados añitos.

—Felicidades, hijo —le dio la bienvenida señalando ostensiblemente la tarta y los paquetes como habría hecho el maestro de ceremonias del circo y el niño dio un gritito de satisfacción y se centró con entusiasmo en aquella obra exclusiva de repostería, admirando las focas y el payaso de una manera casi reverencial, aunque bien sabía que antes de cinco minutos no quedaría ni una sola de aquellas golosinas.

«Habrá que tener cuidado de que no coja un empacho», pensó al tiempo que lo abrazaba y, sobre todo, evitaba caerse por el entusiasmo con que el crío se le había abalanzado para darle las gracias. El trabajo había valido la pena, sin lugar a dudas, y en esos momentos se sentía la criatura más feliz del universo.

Comment (1)

  • Francisco Gracian Reply

    aaaaaaaaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡
    Una pasada, increíble, te hace imaginar cada parte, cada forma, los sonidos, pero lo que más me gusto es que usara mi nombre en ese relato, ignoro si mi nombre es común en España, pero en México jamás me he encontrado o leído a alguien con mi nombre “Gracian”
    Pero me he quedado con una duda, ¡enorme duda! ¿Hay más? ¿Existe alguna continuación o relato previo a esto?

    11 octubre, 2018 at 6:38 pm

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