BUKOWSKI SE AVERGONZARÍA DE VOSOTROS

BUKOWSKI SE AVERGONZARÍA DE VOSOTROS

Asisto asombrada, aunque no sorprendida, al vídeo de una charla sobre libertad de expresión en la que se repiten los mismos argumentos que se podrían escuchar en la barra de un bar cualquiera o en la mesa de una cena familiar; «Ya no se puede decir nada», «Ahora todo es censura», «La gente se ofende por cualquier cosa», «Es la dictadura de lo políticamente correcto», etc. Y para tan sesuda disertación, se echa mano de un género literario concreto, el realismo sucio, como máximo exponente de la transgresión, todo ello bien aderezado con diferentes manipulaciones tales como mezclar crítica (a la cual tiene derecho todo lector) con censura (la que ejerce el poder real sobre quienes escriben y su obra), para que parezca que todo es lo mismo. Conste que a medida que el vídeo avanza, tengo cada vez más claro que lo que ha llevado a este despropósito no es más que la simple y llana ignorancia.

Vayamos por partes.

Para un debate serio sobre libertad de expresión, lo primero que habría que hacer es definirla de manera adecuada y establecer cuáles son sus límites; casualmente, hace tan solo unos días la escritora Alicia Pérez Gil publicó en su blog esta entrada en la que aborda el tema y reflexiona sobre algunas cuestiones acerca de la relación entre la libertad de expresión y la creación artística. Porque sí, resulta que la libertad de expresión tiene límites legales, recogidos nada menos que en el artículo 20 de la Constitución y delimitados en el Código Penal. Así pues, si la libertad de expresión viene recogida en nuestro marco jurídico como un derecho fundamental, su ejercicio (incluidos sus límites) debe estar regulado y salvaguardado en todos los ámbitos de la actividad humana; en el arte, también. A menos que creamos que el arte es una especie de entidad sagrada que está por encima del bien y del mal, claro. Estos límites legales son bastante claros cuando se refieren a injurias y calumnias, pero se vuelven mucho más difusos al entrar en el terreno de la apología; al fin y al cabo, el significado, la forma y el canal de comunicación de una obra artística no tienen una interpretación única y objetiva, y aquí entra en juego la propia interpretación del juez y el carácter más o menos represivo del código penal de turno. Más allá de la penalización de la apología en los casos en los que esta sea una incitación directa a cometer un delito, recogida en el artículo 18.1 del Código Penal, las opiniones dentro del mundo del Derecho son variadas; el exjuez Elpidio José Silva dice al respecto que:

«El artista responde por un delito o va más allá de la libertad de expresión cuando ves claramente que el interés no está en la obra sino en hacer daño. Cuando se está utilizando una obra de teatro para un interés que va mucho más allá del estético de la propia obra. Este criterio puede ser a veces sutil pero otras es muy burdo, busca generar un daño, una provocación o fortalecer un movimiento criminal […] Cuando hay dolo hay delito».

Así mismo, Celso Rodríguez, portavoz de la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), opina que:

«Cuando se humilla hasta límites extremos e intolerables, se traspasan las fronteras de lo permisible y sí puede haber delito».

Y Ofelia Tejerina, directora jurídica de la Asociación de Internautas y abogada, expresa a su vez:

«La libertad de expresión tiene límites, pero hay que aprender a distinguir lo que es mal gusto de lo que es delito. El problema es que la gente no los conoce, no puedes decir que tienes libertad para todo porque eres artista».

Pero claro, ¿hasta qué punto se puede determinar cuándo el interés de un artista es el daño? ¿Quién decide cuándo una humillación es intolerable? ¿Cómo se sabe cuál es la frontera entre el mal gusto y el delito? Peligroso terreno es este en el que se entran a juzgar intenciones y sentimientos en lugar de hechos, y más con un Código Penal vigente que todavía incluye conceptos medievales como el delito de ofensa a los sentimientos religiosos o los delitos contra la Corona, y más todavía con una Ley de Seguridad Ciudadana (la popularmente conocida como «Ley Mordaza») por la cual han surgido numerosas quejas en diferentes sectores, Europa incluida. A nadie se le escapa que unas leyes como estas pueden ser los instrumentos de control de un Estado sobre su población y que, en ese contexto, son a menudo los artistas los que buscan la manera de burlar ese control y expresarse, aun a riesgo de ponerse en situación de peligro. Esto es un verdadero problema para la creación artística (y para los ciudadanos de a pie, por supuesto) y un debate serio sobre la relación entre la libertad de expresión y el arte debería recoger estos aspectos y no frivolizar con el término «censura», refiriéndose a ella como la presión que ejercen los receptores de las obras artísticas sobre los creadores.

Tal es el problema de la literatura con la represión de los estados, que hasta existe una asociación de escritores, PEN Club Internacional, que incluye como uno de sus fines la defensa de los escritores, periodistas y profesionales dedicados a las escritura que están en peligro de asedio, encarcelamiento o asesinato en base al ejercicio de su libertad de expresión. Esta asociación cuenta con delegaciones en varios países e incluso regiones, coordinadas todas ellas entre sí, que conforman una red de auxilio y ejercen una presión sobre los estados que censuran (de la real, de la que viene desde arriba) a los autores y autoras por razones ideológicas. Acudí hace un par de años a una exposición promovida por una de estas delegaciones en la que se explicaba la persecución sufrida por nueve autores y autoras a lo largo del mundo, historias todas ellas terribles de lucha y también de esperanza, como la de Liu Xiaobo, escritor chino encarcelado once años por participar en la elaboración de un manifiesto, o Susana Chávez, poetisa mexicana asesinada y descuartizada por su activismo para esclarecer los feminicidios acontecidos en Ciudad Juárez. Salí de allí con la convicción renovada sobre el poder de la palabra y la necesidad de utilizarla para cuestionar al poder y también para desafiarlo.

Por eso me indigna tanto toda esta corriente de creadores que se quejan de censura porque reciben críticas no favorables, o porque hay gente que señala componentes sociales que no les gustan en sus obras. Porque se les está faltando al respeto a quienes han sufrido y sufren de verdad la censura en sus carnes.

Pero volvamos al realismo sucio. Una cosa os voy a decir sobre este género; es uno de mis favoritos. Por motivos formales, ya que comparto el gusto por la escritura mínima, sin florituras ni adornos, y también porque se centra en mostrar la crudeza de la realidad, en un ejercicio de desprendimiento de toda vestidura, tras el cual queda expuesto al sol el esqueleto mismo de lo que somos. Sin belleza, sin cuidado, sin compasión. Con un lenguaje crudo, a veces malsonante, siempre directo a la yugular. Y es aquí donde creo que se equivocan los defensores del «crítica = censura». Los escritores del realismo sucio no son especialmente transgresores ni son especialmente libres por escribir lo que escriben. Más que nada, porque el realismo sucio es más una manera de contar las cosas que un tema de contenidos. Sus personajes suelen ser seres vencidos, abandonados a sus particulares vicios, que nos cuentan sus trucos para sobrellevar una vida que ha perdido todo el sentido. Y aunque desde el realismo sucio se pueden contar muchas otras historias, lo cierto es que los escritores más emblemáticos de este género suelen mimetizarse con sus personajes y responder al perfil del enfant terrible (sí, el enfant terrible siempre es un hombre, algún día escribiré sobre esto) y son esquivos, provocadores, ajenos a las normas. El prototipo del macho alfa que, aun en la derrota, desprende un halo de carisma y escupe su indiferencia a la sociedad. No en vano, la figura del escritor maldito y atormentado es un clásico en el mundo de la literatura que a mucha gente le resulta cautivador.

¿Y qué tiene esto que ver con la libertad de expresión? Pues poco o nada. Provocar es muy fácil; transgredir, bastante menos. Quien crea que el realismo sucio es el summum de la libertad de expresión, es que no tiene mucha idea ni de lo que es el realismo sucio ni de lo que es la libertad de expresión, aunque esa asociación de ideas resulta muy significativa, porque utiliza el mismo mecanismo que los niños usan cuando asocian el humor al «caca, culo, pedo, pis», solo que ellos son niños. La grandeza del realismo sucio no es la provocación, que está al alcance de cualquiera, sino la capacidad de traspasar las capas de civilización con las que nos vestimos todos los días, para llegar a la parte descarnada y animal que todavía habita en nuestro interior; a ella apelan esos textos plagados de personajes agotados, desencantados, incapaces de seguir fingiendo. El realismo sucio es la historia de la extenuación humana y el desprecio hacia la domesticación. Por eso sus textos están plagados de irreverencia, de escatología, de violencia tanto física como verbal. Y es esto, la forma y no el fondo, lo que cautiva, intuyo, a estos nuevos guardianes de la libertad de expresión.

El proceso es sencillo; siendo tan sucio como es el género, no resulta nada difícil encontrar en esos textos personajes, situaciones y contextos cargados de prejuicios de todo tipo. Machismo, homofobia y todo lo que tenga a bien (o no) reflejar en ellos el autor, campan a sus anchas entre esas páginas, a veces de manera indirecta y otras veces como elemento principal de la trama. Lo que, curiosamente, les parece mal a estos nuevos guardianes, es que se señale que en esos textos hay machismo, homofobia o el sursum corda. Es decir, que se señale lo que está. En realidad, a la mayoría de los autores del género se la trae al pairo; es lo que tiene ser un escritor maldito, que te importa poco lo que diga de ti o de tu obra la gente. Pero a estos otros sí les importa, y mucho, hasta el punto de montar mesas para clamar por la casi extinta libertad de expresión y la tan moderna nueva censura y obviar la censura real, la que te puede llevar a la cárcel o acabar con tu vida (o, lo que es peor, soltar que sí, que el Estado “también” puede ejercer censura, y seguir hablando de lo mucho que se ofende la gente). Claro que ellos jamás sufrirán censura real porque jamás se enfrentarán al poder. ¿Y sabéis por qué? Porque ellos ya están arriba. Están en la cima del privilegio y no se acostumbran a que se les pueda criticar desde abajo. Añoran los tiempos en los que nadie protestaba por los estereotipos que plagaban la literatura, por los chistes sobre violaciones de niñas, por los mensajes machistas en los anuncios. Creen que nadie se ofendía antes y que ahora, muy al contrario, estamos ante una generación «flojita» a la que todo le ofende (no en vano, utilizan la expresión «ofendiditos» para referirse a ellos y ellas). Jamás verán que antes la gente también se ofendía, se molestaba y le dolían las continuas puyas hacia los colectivos a los que pertenecían, pero simplemente, no tenían voz. Ahora sí la tienen, en las redes sociales, y ejercen con ella su legítimo derecho a la libertad de expresión. Porque no nos engañemos, estos nuevos guardianes no defienden la libertad de expresión, defienden SU libertad de expresión; la de los demás, la que les molesta, no es libertad de expresión, es censura, porque ellos lo dicen. Porque la pérdida de privilegio, el sentirse cuestionado desde el trono, no se ve como un derecho del otro, sino como una opresión sobre uno mismo.

La censura, como todas las opresiones, siempre es vertical y va desde arriba hacia abajo; la censura de abajo hacia arriba no existe, por mucho que se empeñen, y tampoco la horizontal, por el simple hecho de que para ejercerla es necesario tener un poder real sobre el supuesto censurado o su obra. En este país hay casos de censura, claro que sí, y más desde que entró en vigor la Ley Mordaza; la hubo hace años, cuando se secuestró una revista por culpa de su portada y la hay hoy en día, cuando se secuestra un libro o se procesa a cantantes, youtubers y humoristas por el contenido de sus obras. Pero las críticas de los lectores hacia una novela no pasan de ser, como mucho, presión social o, a veces, boicot a esa obra, pero… ¿Acaso no tiene derecho el consumidor de arte a opinar y criticar una obra en los aspectos que mejor le parezca? ¿No tiene derecho a dejar de consumir un producto si este le decepciona o cree que es dañino por el motivo que sea? ¿Pierden legitimidad las críticas y las decisiones si es mucha gente la que las ejerce al mismo tiempo? ¿No tienen derecho acaso estas personas a ponerse de acuerdo para quejarse de manera colectiva? ¿O es tal vez que se le está intentando quitar todos esos derechos a los colectivos históricamente oprimidos porque su voz molesta?

Os voy a decir una cosa sobre la presión social; a veces puede ser un mecanismo de evolución cultural. Cada vez que veo que alguien añora el pasado porque «entonces sí que había libertad y ahora ya no se puede decir nada», me alegro. Y me alegro porque lo que realmente quiere decir es que ya no se pueden decir las gañanadas que se decían antes sin que alguien te lo recrimine. Eso significa que somos más sensibles al dolor ajeno, que ya no nos hacen gracia (o nos hacen menos gracia) los chistes que estigmatizan a las personas, que no queremos seguir tragando con el cuento de siempre que coloca en la cumbre social a los de siempre, esos que curiosamente nunca son  objeto de chistes colectivos ni son estereotipados de manera permanente. Esos que no están acostumbrados a que les llamen la atención porque hasta ahora eran los reyes del mambo. Por eso reaccionan como reaccionan, porque no se pueden creer lo que está pasando. «¡Oh, Dios mío, gente diciéndome que hay misoginia en mis textos!» No han entendido nada. Cualquiera puede reflejar misoginia en sus textos, habiendo tenido o no intención de hacerlo (y no hablo de que un personaje lo sea, sino de la estructura misma de la obra). El problema, creo yo, surge cuando se dan cuenta de que esa misoginia no ha sido puesta allí a propósito, sino que ha salido de manera automática, y entonces se sienten juzgados. Porque claro, si reflejas en un texto algo de lo que no eres consciente, es porque lo tienes interiorizado. Así que niegas la mayor; «Eso no es misoginia, lo que pasa es que tú tienes la piel muy fina. Eres un ofendidito de la vida»; o «Es que no has entendido la obra»; o «Sí, es misoginia, pero es que el mundo es misógino». Todo con tal de no enfrentarse a las dos únicas opciones que me parecen coherentes; «Sí, es misoginia, y creo que así está bien porque soy misógino» o «¿Seguro que es misoginia? Vale, voy a pensarlo un rato». Que también puede ser que no lo sea (aunque si el número de personas que te lo dice es elevado, la probabilidad juega en tu contra), pero al menos habrás reflexionado. No suelen ser ninguna de estas dos las reacciones, porque a nadie le gusta sentirse juzgado y no hay juicio más duro que el de enfrentarse a uno mismo.

Y es entonces cuando se ven a sí mismos como los salvadores de la libertad de expresión; de la suya, claro, y de la de los suyos, porque según parece, los demás no deben gozar de ese derecho. ¿Y sabéis qué es lo más triste? Que algunos hasta se atreven a poner como ejemplo el realismo sucio. Bukowski, uno de los principales representantes del género y cuya obra es, según sus palabras, autobiográfica en gran medida, fue también un gran misógino y un hombre que vivió entregado a una vida plagada de drogas y de rechazo a eso que llamamos «normalidad». Pero él sabía lo que era, nunca renegó de ello. Creo que ante vosotros, nuevos guardianes que pretendéis escudaros en su obra, simplemente habría torcido el gesto en una sonrisa socarrona, le habría dado un sorbo a su bourbon y se habría encendido otro pitillo. Luego se habría dado la vuelta y se habría puesto a escribir cualquier cosa, si tenía el día, olvidándose al momento de que estabais ahí. Porque, ¿sabéis lo que de verdad creo? Que Bukowski se avergonzaría de vosotros.

Comments (2)

  • Javier Castañeda Reply

    Cinco minutos escuché de esa charla. Ya se veía que no iba a dar mucho de sí. Gran artículo Nieves. Muy interesante. Y remarco lo de que hay que tener cuidado con el uso de las palabras, porque su mal uso hace que se banalice su significado. Y desde luego gente que realmente ha sufrido censura no se merece wue se la ponga al mismo nivel que estos ofendidotes.

    1 diciembre, 2018 at 4:02 pm
  • Albert Parra Reply

    Totalmente de acuerdo con tu artículo, Nieves. La crítica no es censura, es crítica, y hay que saber tolerarla y analizarla, nos guste o no. La censura va de arriba hacia abajo -como bein dices- y hay que combatirla defendiendo un derecho tan universal como la libertad de expresión. En España este derecho está siendo atacado desde el poder con demasiada frecuencia últimamente, por desgracia, hay que defenderlo y reivindicarlo, en el arte y en los medios de comunicación.
    Me gusta mucho la gente que dice/escribe muy claro lo que piensa, lo que siente. Me gusta mucho el realismo sucio, me divertí con lecturas de Bukoski (El cartero, Hollywood…), también con algunas novelas de Emilio Bueso.
    Gran artículo.

    4 diciembre, 2018 at 7:56 pm

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.