CINCUENTA

CINCUENTA

Hoy cumplo cincuenta años. Medio siglo, nada menos. He vivido ya más de la mitad de mi vida y, si tengo suerte, espero que me queden como unos veinte años más por delante. Y digo «si tengo suerte» porque los setenta siempre me ha parecido una edad estupenda para dejar este mundo. Para dejarlo yo, quiero decir. El caso es que cumplo cincuenta y me parece un buen momento para echar la vista atrás y ver en qué punto me encuentro. Podría haberlo hecho el año pasado, o el año que viene, no soy yo especialmente fetichista con los números redondos, pero lo cierto es que el cambio de década acarrea muchos significados. La mayoría de ellos, sociales.

Hay una cosa evidente y es que la explicación de lo que una es (sí, este artículo está escrito en genérico femenino; si crees que no vas a poder soportarlo, es el momento de dejar de leer) está siempre en lo que ha sido. En la historia que ha construido desde el pasado, en el conjunto de decisiones que ha tomado. Yo, ahora mismo, me percibo como una chiquilla encerrada en un cuerpo que pronto empezará a desmoronarse; aunque, por fortuna, no es la misma chiquilla que en realidad fui. Si alguien cree que hay algún mérito en permanecer inmutable con el paso del tiempo, está muy equivocado; evolucionamos, o al menos deberíamos hacerlo. Hay cosas buenas que dejamos por el camino, es cierto, pero a cambio recogemos nuevos frutos, aquellos que sembramos y cosechamos a medida que abrimos camino, ese camino que no existe hasta que nosotras lo pisamos. Si es que nos hemos preocupado por tener un suelo fértil, claro.

Hoy cumplo cincuenta años, miro hacia atrás y compruebo que sí, que he vivido. He peleado siempre contra las cosas que creía injustas; he desafiado normas sociales que me parecían absurdas; he podido aprender ciencia, estudiando lo que desde muy joven tenía claro que quería conocer, gracias a un sistema de becas sin el cual no habría podido salir de mi casa, y gracias al apoyo de un amigo también; he conocido el amor, he sufrido y he hecho sufrir por él, he tenido relaciones de las que no me siento orgullosa y otras que me han hecho mejor persona; he conocido al amor (amores) de mi vida y lo (los) he perdido, no una sino dos veces… porque sí, se puede tener más de un amor de tu vida en una sola vida, ya que que cada uno de ellos ha valido una vida entera y justifica el haber estado en ella; he tenido una hija cuya sola presencia mejora el mundo, no solo el mío, sino el mundo en general; he conseguido un trabajo en el que soy feliz y que me realiza como persona; he trasladado al papel mundos imaginarios y he conseguido que a alguna gente le interesen; y, sobre todo, he intentado cambiar siempre lo que no me gustaba en la vida, a veces con dolor, otras veces con mucho dolor, pero creo que siempre con valentía. Somos el producto de lo que hemos sido y de lo que hemos aprendido. Si es que conseguimos aprender algo.

Creo que he sido feminista desde siempre. Me recuerdo a mí misma, desde pequeña, preguntándome por qué las mujeres y los hombres hacían cosas tan diferentes (no conocía entonces el término «género»). ¿Por qué había zapatos diferentes, es que no eran todos los pies iguales? ¿Cinturones diferentes? ¿Camisetas iguales pero de distinto color para niña y niño? ¿Por qué a las niñas se les perforaban los lóbulos de las orejas para colocarles pedazos de metal y a los niños no? ¿Por qué los juguetes de las niñas tenían que ver con cosas de casa y las de los niños con cosas de acción y peleas? ¿Por qué había versiones femeninas de productos en cuya utilización no intervenían en absoluto las características sexuales? ¿Y por qué cuando estas versiones salían al mercado, resplandecían con un brillo rosa insoportable? Ese tema me tenía muy asombrada, no entendía nada, y a medida que crecía y se marcaban más las diferencias, menos entendía y más me enfadaba. Había ahí una enorme injusticia, porque en todo esto siempre salían ganando los mismos, y yo la había detectado. Pero resolví mal la cuestión y caí en una tremenda misoginia. Yo era niña, me había tocado serlo en la lotería de la vida, pero lo que quería ser de verdad era niño; no en el sentido literal, lo que quería era poder hacer las cosas que hacían los niños, que se me mirara y se me considerase como a uno de ellos, porque las cosas de niños eran las importantes, las que molaban, las que te preparaban para ser alguien en la vida. Los niños tenían poder, las niñas eran ridículas y molestaban, se conformaban con ser personajes secundarios mientras ellos actuaban, ocupaban los espacios y las ignoraban. Y yo no quería ser eso.

Así que me convertí en un niño.

Estaba casi siempre con niños, llegaba a casa con las rodillas destrozadas, sucia de jugar al fútbol o de caerme del monopatín, rechazaba todo lo que tenía un mínimo toque femenino y me preocupaba de dejar muy claro que no me identificaba con ello en absoluto, me comportaba de manera ruda como los niños y me reía de los que lloraban o mostraban debilidad, porque eran «nenazas». Tenía que ser tan dura como el más duro de ellos. Y aun así, nunca llegué a conseguir que me considerasen del todo como «uno de los suyos». Tengo una escena grabada en la memoria, yo era aún tan pequeña que no sabía mucho de las diferencias fisiológicas entre mujeres y hombres; era una tarde calurosa en la que mis amigos sudaban tanto que empezaron a sacarse las camisetas, cuando yo intenté hacer lo mismo no me dejaron (eran un poco mayores que yo) y, sin darme explicaciones, empezaron a reírse entre ellos. No entendí nada, pero supe que había cosas que ellos podían hacer y yo no, a pesar de todo. Seguí esforzándome por ser un chico a medida que crecía hasta que, un buen día (un mal día para mí), desperté con una sorpresa; los pechos me empezaban a crecer. Me levanté y noté que tras mi ajustada camiseta naranja con jugadores de baloncesto, se notaban unos bultos que el día anterior no estaban. Así, de un día para otro. Recuerdo como si fuera ayer la desolación, la desesperación de las lágrimas que vertí ese día y los empujones que di hacia dentro a mis incipientes pechos para conseguir que desaparecieran, que frenaran su imparable crecimiento. Me estaba convirtiendo en lo peor en que se puede convertir un niño; en una niña. Y no podía hacer nada contra ello.

Ese fue el punto de inflexión; a partir de ahí, las diferencias físicas se hicieron más evidentes y, por lo tanto, el ideal masculino en el que quería convertirme se fue también alejando. Pero ya que tenía que ser una chica, me esforzaría en hacer ver que no era «una como las demás». Yo era de las que molaban. De las que entienden a los hombres y no se preocupan por cosas como la ropita (así, sí, en diminutivo). Tenía en este punto la misoginia tan interiorizada que, siendo yo adolescente, cuando mi hermana embarazada me preguntó si quería ser la madrina de la criatura, le contesté que solo si era niño. De pocas cosas a lo largo de mi vida me avergüenzo tanto como de esa. No quería ser la madrina de una niña porque no quería tener nada que ver con lacitos rosas, con muñecas, con cocinitas. Al final fue un niño, y soy su madrina, pero muchas veces le pido perdón a esa niña que pudo haber nacido. Y a todas las niñas del mundo que son rechazadas por serlo antes incluso de llegar al mundo.

Seguí durante mucho tiempo inmersa en esa misoginia, invisible por completo para mí. Siempre he sido heterosexual o, al menos hasta ahora, nunca me ha atraído sexualmente una mujer, así que tenía que vivir con la contradicción de ser una mujer normativa y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que suponía pertenecer a ese grupo. Sabía de la existencia del movimiento feminista y compartía la igualdad como objetivo, pero respaldaba muchos de los argumentos, tristemente aún vigentes, en contra de lo que aquellas mujeres proclamaban; la discriminación positiva era discriminación al fin y al cabo, las cuotas eran medios absurdos de forzar la presencia de mujeres en lugares que por mérito no les correspondían, las maltratadas eras débiles porque con alejarse de sus maltratadores ya solucionaban el problema… en fin, ya sabéis de lo que hablo. Para mí, el camino a la igualdad era otro; abandonar todo lo femenino y hacernos hombres. Hombres de mentira, claro, pero hombres al fin y al cabo. «Si quieres ser igual que un hombre, compórtate como él y deja de llorar». Lo estoy diciendo y me está doliendo, pero en aquel momento aquello era para mí una verdad absoluta. El canon de lo masculino como excelencia. Nada menos.

Mi rechazo hacia lo femenino marcó durante muchos años mi visión del mundo, hasta que empecé a leer a feministas, un poco por curiosidad y un poco por encontrar respuesta a la rabia que sentía dentro; solo entonces me di cuenta del horror que estaba respaldando. Solo entonces me di cuenta de que vivía en un mundo que menospreciaba e invisibilizaba a la mitad de la población; más de la mitad, si tenemos en cuenta al colectivo LGTBI, a las personas racializadas y a todos los grupos minoritarios que no son normativos. Me di cuenta de cómo todo el tinglado está montado para que creamos que lo bueno, lo universal, lo que merece la pena, es lo masculino. Y de cómo se nos sumerge en ese mundo desde el momento mismo en que nacemos. Hay gente que no supera esa inmersión, que no tiene el valor de sacar la cabeza de esa mierda y reconocer el tejido social en el que la han sumido. Son como peces que no saben que existe algo más que el agua y que cuando sacan la cabeza boquean y vuelven asustadas al lugar seguro. Solo que nosotras no somos peces y no existe un lugar seguro. Existe un lugar en el que vivir cómodas, si aceptamos las reglas del juego, y un lugar de lucha, si escogemos enfrentar lo que nos rodea. Pero ninguno de los dos es seguro. Y yo, ahora mismo, tengo claro cuál es el mío.

No se trata de una iluminación, de «ver la luz» ni de ser mejor que las demás. Es un trabajo personal que requiere una fuerza de voluntad enorme para poner en cuestión cosas que antes asumías casi como dogmas. Y está al alcance de todo el mundo. Lo fácil es no cuestionarse nada, porque así no habrá nada que cambiar y podremos seguir instaladas en un mundo cuyas reglas ya hemos asumido. Pero lo fácil nunca ha sido lo mío.

Tuve una vez un amigo (y aquí el pasado es el tiempo verbal preciso) que me dijo que ser feminista de sofá es muy fácil. ¿Y sabéis una cosa? No lo es. Alzar la voz en las redes sociales no es nada sencillo. Si eres mujer y hablas de feminismo, vas a tener detrás a unos cuantos señores que te van a insultar y a intentar desprestigiar en cada una de tus publicaciones. Si tienes suerte y consigues que tu voz se oiga, entonces el nivel de acoso aumentará y puedes llegar incluso a sufrir amenazas de muerte y violación (al mismo tiempo que te aseguran que nadie querría tocarte ni con un palo, sí). Hay tuiteras de las que se han llegado a publicar datos personales, fotos y direcciones, o les han suplantado el perfil para hablar en su nombre. Sigo a unas cuantas con admiración y temor por ellas. Y si además escribes, si escribes y osas pronunciarte en público sobre feminismo (o cualquier otro tema que le resulte incómodo al sistema imperante), entonces además perderás lectoras. No es que eso sea grave, en absoluto; las lectoras tienen derecho a elegir sus lecturas en base al criterio que les dé la gana. Pero las perderás. Y perderás lectoras, sobre todo, si decides trasladar a tus textos de manera consciente un esfuerzo activo por acabar con los estereotipos, porque entonces habrá quien dirá que tus obras tienen demasiadas mujeres, o demasiados gais, que su comportamiento no es creíble, que estás menospreciando a los hombres. Y te dirán que eso no es ciencia ficción, ni fantasía, que eso es una manera de «meter ideología» en la literatura, como si lo que se escribe desde el marco normativo careciese de ella. Te acusarán de querer forzar el arte, ese ente sagrado e intocable que perdura en un plano superior al de las simples humanas. Y te dirán que no es cierto que la literatura, el cine, los videojuegos, la cultura en general, modelen a la sociedad tanto como son reflejo de ella. Que hay que saber distinguir entre ficción y realidad (ellas, que son incapaces de analizar la realidad en la que viven) y que si la demonización de los juegos de rol, que si las canciones de heavy metal, que si los cómics violentos…. Todo con tal de eludir la responsabilidad sobre lo que se escribe y de ignorar la influencia social que todo ese conjunto de historias con un mismo esquema tiene sobre lo que somos y cómo nos comportamos. Algún día hablaré de todo esto y del curioso concepto que algunas tienen sobre el término «censura». Pero no hoy, que se me va de extensión el texto. En cualquier caso, perderás lectoras, pero piensa una cosa; seguramente las ganes por otro lado y, en todo caso, ellas tampoco eran tu público objetivo.

Cincuenta años, eso es lo que cumplo. Ya he entrado en esa edad en la que las mujeres nos hacemos invisibles para los hombres. Muchas mujeres respiran aliviadas al llegar a ella y asumen la doble invisibilización (por ser mujer y por ser mayor) como un descanso. Puede que sea así, a mí me sigue pareciendo triste. Pienso en la representación que se hace en el arte de las mujeres maduras y siento que debería ser cosa del pasado. Basta ya de que casi todos los papeles en el cine (y casi ninguno protagonista) sean, o bien de madres y abuelas, o bien de mujeres amargadas. Basta ya de descripciones literarias tipo «había llegado a los cincuenta siendo sexualmente activa»; ¿y por qué no iba a serlo? ¿Por qué hay que aclararlo? ¿Alguien cuestiona la actividad sexual de un hombre de cincuenta? Basta ya de ligar la sexualidad femenina con la capacidad reproductiva, con la mirada masculina de deseo hacia un ideal femenino y muy artificial de belleza, y basta ya, sobre todo, de ignorar a las mujeres maduras como entes activos en los relatos de ficción. Hay excepciones, por supuesto; uno de mis libros favoritos es «Restos de población», de Elizabeth Moon, en el que la protagonista absoluta es una anciana que, a pesar de su evidente debilidad, resulta ser un personaje fuerte y resolutivo. Pero son excepciones. Queremos (quiero) más historias de estas. Queremos historias en las que las mujeres no dejen de ser útiles al terminar su edad reproductiva. Porque queremos ser personas más allá del deseo sexual de los hombres o de si traemos o no niñas al mundo. Y queremos vernos representadas.

También, desde mis cincuenta años (oye, pues me está gustando decirlo), no quiero dejar de comentar algo que veo que llega con fuerza a nuestra sociedad y, por tanto, a la literatura; el lenguaje inclusivo. Las mujeres empezamos (por fin) a decir que no a las cosas que no nos gustan, y no nos gusta que no se nos nombre. Sé que es un tema complicado, que no hay una solución fácil, y yo misma no he adoptado todavía una posición clara al respecto. Pero me gusta ver los intentos. Escribid en inclusivo, aunque sea mal, aunque no podáis hacerlo en vuestros textos porque no serían publicados; pero hacedlo. Haced ver que hay un problema ahí y así, tal vez, las filólogas, que son las que tienen que hacerlo, se pongan a estudiar el tema y se decidan a hacer propuestas viables. Recordad que el uso es lo que hace la norma y que el uso sí está en nuestras manos. He escrito este texto en genérico femenino y, por lo tanto, en castellano incorrecto, para que los señores tengan que hacer el esfuerzo de verse incluidos en expresiones que no los nombran. La empatía siempre es la solución, siempre. La empatía y la educación. Además, el género fantástico siempre ha sido el campo de cultivo perfecto para hacer experimentos. Así que vamos a por ello.

Nadie nace feminista. Nadie ve que vive en un sistema que le ha sido ideológicamente impuesto, hasta que empieza a verlo. Yo tardé muchos años, demasiados, en empezar a darme cuenta, y he tenido que hacer un trabajo duro para reconciliarme con la joven que fui y perdonarla. Aunque también es cierto que aquella joven propició que hoy sea la persona que soy. Miro a mi hija, veo el mundo en el que le ha tocado vivir, y siento que pocas cosas han cambiado, que no he podido evitarle el pasar por las mismas mierdas que tuve que pasar yo como mujer, que nadie puede evitárselo a sus propias hijas. Ni a sus hijos, a esos niños a los que se les inculca una masculinidad atroz y deformada y se los señala cada vez que se salen de esa norma. Pero luego miro a la gente joven y veo que también hay muchas chicas y chicos que están en el mismo punto que yo, que se han ahorrado todos esos años de misoginia, y veo que hay esperanza. Observo todo esto desde mis cincuenta años recién estrenados y, aunque sé que no voy a vivir para verlo, me doy cuenta de que el cambio ya está en marcha. Por eso he centrado este post en el feminismo, porque creo que define bastante bien el punto en el que estoy. Sé que ni mi hija ni las hijas de mi hija, de tenerlas, vivirán en un mundo igualitario, aunque espero también que no haya marcha atrás en esta lucha. Ojalá alguien dentro de unos años lea esto y le parezca ridículo por evidente. Ojalá.

Y ahora, me vais a perdonar, pero estoy de cumpleaños. Voy a ver qué tal me sienta la nueva década y a prepararme para todo lo que está por venir, que sin duda será mucho.

Ya sabéis, nos vemos en los bares.

Comments (4)

  • José Cascales Reply

    Nieves en estado puro 😊

    5 agosto, 2018 at 10:14 am
  • Rosag Zara Reply

    Felicidades Nieves, por esos cincuenta años y por la clarividencia de lo que cuentas. Tienes razón, a partir de una edad las mujeres desaparecemos o eso pretende esta sociedad, rara vez los hombres te ven, sobre todo si hay jovencitas cerca. Pero eso es difícil que te pase a tí porque llamarías la atención por otras razones que nada tienen que ver con la edad. Estás en lo mejor de tu vida con relación a los años, pero todos serán estupendos, aún cuando tengas 70 0 76, incluso más porque cada etapa tiene su pasión y solo hay que encontrarla y mantenerla. Un abrazo.

    5 agosto, 2018 at 7:18 pm
  • Amparo Belmonte Reply

    Brillante artículo que deja asomar a una gran mujer hecha a sí misma. Yo también he cumplido cincuenta, (me quito alguno…) y me siento identificada con tus palabras pues todo me ha costado mucho trabajo en la vida. Muchas felicidades y bienvenida a todo lo que nos queda aún por vivir y crear en nuestros escritos.

    10 agosto, 2018 at 7:10 pm
  • Stiby Reply

    Qué maravilla, Nieves. Lo primero de todo felicidades y lo segundo decir que me he sentido identificada con muchas de las cosas que relatas (sí, también con la misoginia). Creo que es muy positivo mirar atrás y darse cuenta de todo lo que hemos cambiado, de que no estamos atascadas como colectivo ni individualmente, porque aporta la perspectiva de saber que se pueden cambiar las cosas.

    Muchísimas felicidades y a pasar de maravilla esta nueva década!

    31 agosto, 2018 at 6:50 am

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