HAS VENIDO A VERME MORIR

HAS VENIDO A VERME MORIR

Relato incluído en la segunda edición de «36», de Nieves Delgado. 

 

[PERIODISTA]: ¿Nos puedes contar un poco cómo fue el origen de la empresa? En qué momento decidiste montarla, cuál fue la chispa que prendió en tu cabeza.

[GABRIEL]: La chispa. Sí, supongo que se le puede llamar así, la chispa adecuada. En realidad tiene que ver con algo que me pasó siendo niño, pero creo que es demasiado largo para contarlo en esta entrevista.

[PERIODISTA]: Tenemos tiempo. Y estoy segura de que a la gente le encantará saber cómo se gestó la corporación de comercio de IAs más emblemática del mundo.

[GABRIEL]: De acuerdo. Tú lo has querido, luego no te quejes.

(Risas)

[PERIODISTA]: No me quejaré.

[GABRIEL]: Tendría yo como unos diez u once años, no recuerdo exactamente. Sí sé que el verano acababa de terminar y había empezado de nuevo el colegio, porque aunque el calor ya no era tan pegajoso, nos costaba mucho aguantar toda la mañana en clase. De hecho, nos costaba estar en cualquier sitio que no fuera a nuestra bola. No sé si me entiendes.

(Risas)

[PERIODISTA]: Perfectamente.

[GABRIEL]: El caso es que una tarde estaba con tres amigos más a la orilla del río. Eran uno o dos años mayores que yo y empezaban a tontear con el tabaco y las cosas de mayores. En teoría tendríamos que estar entrenando, pero la tarde era tan buena que decidimos ir a dar una vuelta y acabamos en el río. Ellos lo hacían de vez en cuando, yo era la primera vez que me saltaba un entrenamiento y no me sentía demasiado a gusto. Era el típico niño bueno que siempre obedecía. Uno de ellos sacó un paquete de tabaco del bolsillo y cogió un pitillo. Recuerdo con total precisión el gesto, la manera de agarrar el cigarro y colocarlo en la boca de medio lado, como si fuera uno de esos héroes rebeldes de las películas antiguas. Es curioso cómo funciona la memoria, ¿no? Graba a fuego cosas insignificantes pero permite olvidar emociones intensas. O al menos, las distorsiona.

[PERIODISTA]: Supongo que nos protege. Eso es lo que se dice al menos de los traumas.

[GABRIEL]: Sí, lo cual no deja de ser llamativo; somos una especie incapaz de sostener nuestras propias emociones. Bueno, a lo que iba; ahí estaba mi amigo, fumando el pitillo en caladas profundas, sostenido este entre el dedo índice y el pulgar, y con una pierna doblada y apoyada en el tronco del árbol sobre el que se había dejado caer. Todo un cowboy de colegio. Y ahí estábamos los demás, mirándolo con cara de embobados, hasta que nos ofreció tabaco a nosotros. Yo lo rechacé, no solo porque me sintiera culpable por estar haciendo pellas, que me sentía, sino también porque el tabaco me parecía repulsivo en sí mismo. Así que me limité a observar cómo simulaban ser adultos con sus risas nerviosas y sus caladas profundas. En eso consiste la infancia, ¿no? En querer escapar de ella.

(Risas)

[GABRIEL]: Llevábamos como veinte minutos en el río cuando uno de mis amigos, del cual no voy a decir el nombre pero al que saludo desde aquí por si me está escuchando, nos alertó de que alguien se acercaba. Estábamos en una zona protegida de miradas ajenas por arbustos altos, pero no veas la velocidad con la que desaparecieron los pitillos de las manos. Hasta creo recordar que alguno empezó a dar palmetazos al aire para intentar disipar el humo. Te puedes imaginar la escena.

(Risas)

[PERIODISTA]: Claro. Lo típico de dejar el río limpio para que no huela a tabaco.

(Risas)

[GABRIEL]: Eso es. Lo guardamos todo y nos escondimos, más todavía, para vigilar en la dirección que nos había señalado el improvisado vigilante. A los pocos segundos se acercó una figura envuelta en una especie de capa marrón que no llegó a adentrarse en nuestro escondite. Pasó de largo y se alejó despacio, de una manera que, al menos a mí, me resultó extraña. Era como si no mirase por dónde pisaba, como si, de hecho, ni siquiera caminase realmente, sino que estuviera levitando unos milímetros por encima del suelo. No sé precisarlo con palabras, pero supe que aquello no era un vecino del pueblo buscando setas por el campo.

[PERIODISTA]: Da un poco de mal rollo, ¿no?

[GABRIEL]: En realidad, no. Solo era diferente, como cuando miras a alguien, te enamoras perdidamente y empiezas a ver algo especial en todos y cada uno de sus gestos. O eso dicen que pasa, a mí me lo contó un amigo.

(Carcajada)

[GABRIEL]: El caso es que la figura se detuvo después de recorrer unos cincuenta metros desde donde estábamos nosotros. Se mantuvo en pie unos segundos, como si oliera o escuchara algo, y luego se sentó en el suelo. Permaneció así otros largos segundos y luego retiró hacia atrás la capucha o lo que fuera que le tapaba la cabeza. Era una mujer. No distinguíamos mucho más a esa distancia, pero era una mujer de pelo castaño y su figura, allí sentada en el campo, con la capa marrón envolviéndola y acariciando la hierba a su alrededor, era imponente. Así estuvo, quieta por completo y con la cara baja, la mirada clavada en algún punto a pocos centímetros de sus pies. Recuerdo que la observábamos como hipnotizados, esperando que se moviera o hiciera algún gesto. Pero nada, pasaron cinco y diez minutos y todo seguía igual. Mis amigos se empezaban a relajar de nuevo y hacían pequeñas bromas entre ellos, pero aún no se habían decidido a encender un cigarro de nuevo. Hasta que la mujer se movió y nos dio un susto de muerte, alguno hasta dio un pequeño salto hacia atrás. Ella levantó la cabeza, alzó la mirada hacia el cielo y nos mostró un cuello largo y delicado que sostenía una cabeza de proporciones perfectas. Algo brilló bajo su mandíbula y enseguida nos dimos cuenta de lo que era; la banda blanca que rodeaba las cabezas de las IAs. Estábamos viendo a una de las IAs de primera generación.

[PERIODISTA]: Las IAs del CIDIA.

[GABRIEL]: Sí, claro. Las únicas que ha habido antes de la actual generación. Sin ellas, CorpIA nunca hubiera existido. No sé si te acuerdas, pero había muy pocas y eran muy extrañas. La gente decía que eran una maravilla de la tecnología, pero en realidad estaban cagados. Y nosotros también. Cuando aquella IA levantó la cabeza y vimos lo que era, mis amigos decidieron de repente que tenían prisa. Tanta pose y tanto pitillo, para luego cagarse de miedo ante una máquina. Yo no podía irme todavía porque no habría nadie en casa hasta una hora después y no tenía llaves, así que me quedé mirando, fascinado por completo, mientras mis amigos huían al galope. Me acerqué un poco para ver mejor, y luego un poco más, hasta que me senté prácticamente delante de aquel ser magnífico que parecía proceder de otro planeta. La mirada al cielo, la mandíbula simétrica, la banda reluciente bajo ella. Así estuve no sé cuánto tiempo, hasta que la luz comenzó a flojear. Se levantó una brisa ligera que refrescó el ambiente y que apartó un poco la capa de la IA, dejando al descubierto un seno perfecto, un hombro y un brazo esculpidos, una estructura ósea poderosa. Creo que en aquel momento tuve la primera erección verdadera de mi vida. De verdad, aquello fue… yo diría que casi espiritual, erección incluida. Me acerqué para taparla, no sé explicar el porqué, pero aquello no me parecía bien. Era como exponer al aire libre una obra de arte. No pude llegar a tocarla porque entonces ella se movió de nuevo. Bajó la cabeza y me miró directamente a los ojos. «¿Has venido a ver cómo muero?», me preguntó. Yo no tenía ni idea de lo que hablaba, así que le dije que no. ¿Cómo iba yo a saber que se estaba muriendo? «No importa», respondió ella; «¿cómo te llamas?» Le contesté con un sonoro «Gabriel Sandler», acostumbrado como estaba a escuchar mi nombre en clase, y ella mostró una de las sonrisas más esplendidas que he visto en mi vida. «Que tengas una buena vida, Gabriel Sandler»; eso fue lo que me dijo. Solo eso, pero es una de las frases que he llevado siempre conmigo a todas partes. Después, rodeó sus piernas con los brazos y puso la cabeza, ladeada, sobre las rodillas. Ya no volvió a moverse nunca más. Antes de irme le coloqué bien lo que ahora sabía que era una manta; le tapé el hombro, que seguía al descubierto, y también la cabeza, en un acto de respeto y solemnidad del que ahora, como adulto, me asombro. Y me fui de allí, consciente de haber recibido un regalo al alcance de muy poca gente.

[PERIODISTA]: ¡Uaaauuh! Suena casi como una historia de amor.

[GABRIEL]: Sí, supongo que en realidad fue algo de eso.

[PERIODISTA]: Y cuando creciste decidiste crear una empresa de IAs para intentar replicar a esa primera.

(Carcajada)

[GABRIEL]: Por supuesto que no. Las IAs de CorpIA están diseñadas para realizar unas funciones concretas, un servicio a la comunidad con unas normas precisas. No tienen la mística ni el misterio de las IAs de primera generación. Las hemos domesticado, por decirlo de alguna manera. Eso es lo mejor y lo único que podíamos haber hecho tal y como salieron las cosas, pero… sí, creo que nos hemos dejado algo por el camino.

[PERIODISTA]: Eso suena a nostalgia. Y a admiración.

[GABRIEL]: Puede. En cualquier caso, ¿qué nos impide amar y admirar aquello que tememos? Hay una fuerza retenida ahí, una energía oculta que alimenta una parte de nosotros que no queremos reconocer, pero que está siempre presente.

[PERIODISTA]: Y CorpIA nos lo ofrece en bandeja, ¿no es eso?

(Sonrisa)

[GABRIEL]: Bueno, al menos lo intenta.

Comment (1)

  • Stiby Reply

    Gracias por el regalo, habría lamentado perdérmelo por tener la 1° edición del libro 🙂

    Me ha gustado mucho.

    2 noviembre, 2017 at 6:25 pm

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