Inchworm, de Cristina Jurado

Inchworm, de Cristina Jurado

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

LeoAutorasOct

Día 14: «Inchworm», de Cristina Jurado

«Something like ‘Ashes to Ashes’ wouldn’t have happened if it hadn’t have been for ‘Inchworm.’ There’s a child’s nursery rhyme element in it, and there’s something so sad and mournful and poignant about it. It kept bringing me back to the feelings of those pure thoughts of sadness that you have as a child, and how they’re so identifiable even when you’re an adult.»[1]

«David Bowie: Interview», en la revista Performing Songwriter, 2003

 

 

 

La madre, una nave globular. Cordones umbilicales que alimentan, evacúan, hidratan, calientan y monitorizan. Un hijo en el seno materno de un embarazo ectópico, pasajero de un útero de fibra exótica, viajando por las entrañas del universo, a una de esas velocidades teorizadas por científicos sin dinero para investigar, que substituyen la falta de medios con imaginación.

Está colgado a una pared que puede ser el suelo, o quizás el techo, porque no hay arriba ni abajo, izquierda o derecha, centro o extremos. La gravedad cero es una manta que lo arropa, una sensación familiar y tranquilizadora que mantiene su cerebro a flote. Siente fluidos entrar y salir de su cuerpo, oye un ruido, como el de una tetera que borbotea, y recuerda unas tazas de porcelana inglesa con rosas pintadas a mano y bordes dorados sobre un mantel de flores marrones y naranjas. Fuera hace frío y llueve, pero dentro el ambiente era cálido y acogedor, y Peggy retira la tetera del fuego y vierte el agua humeante en las tazas. Hay un plato de galletas de jengibre, y mientras su madre añade leche a las tazas, él tomaba una y la mordisquea a la espera de que el té se enfríe un poco. También hay un hermano mayor y un padre en alguna parte, pero no en este recuerdo.

La nave cuida de él, le aporta los nutrientes que necesita, realiza ajustes en su cuerpo. Él siente dilataciones y contracciones pero no puede localizarlas en ninguna parte concreta de su anatomía. Ahora mismo se sentaría a tomar una taza de té en la cocina de Bromley. Si se esfuerza, hasta puede sentir el jengibre en la boca, el mismo de las galletas que tanto le gustaban. Pero no hace falta porque, al poco de pensarlo, siente el sabor rascándole la lengua. Y se relame.

«Gracias Peggy».

Todavía no le sale llamarla «madre».

Cada vez que piensa en Houston le entra la risa y las paredes se ríen con él, proyectando en todas direcciones el eco de la carcajada. ¡Cuánto desearían aquellos cabrones que estuviera retransmitiendo lo que ve! En Control deben haberlo dado por muerto y en el informe se referirán a él como «fallecido en acto de servicio». Pero él está vivo, sintiéndose mejor que nunca, y puede reírse de ellos desde su privilegiada matriz.

Abrió la escotilla y se lanzó a las estrellas. Tuvo cojones para hacerlo.

Nunca hubiera muerto en directo, como Houston quería, su agonía retransmitida a todos los televisores del planeta rompiendo la barrera de los datos de audiencia. «Si algo va mal», le dijeron, «mantente dentro del plano para que podamos grabarlo». Con fines estrictamente científicos, no se cansaban de repetirle, pero el cohete estaba repleto de productos que él tenía que enseñar a cámara en momentos precisos: la camiseta de los Miami Gators en el momento en que llegase a la órbita nominal programada; los refrescos de Landa al menos tres veces al día; el reloj Cosmos cada vez que Houston entablaba una conversación, o la gorra de AirAmericana en cuanto la maniobra de despegue hubiera concluido. Apuesta cualquier cosa a que habrían utilizado su muerte para vender pólizas de seguro, automóviles o champán de nombre francés. Se imagina al agregado del Departamento de Defensa frotándose las manos con el nuevo drama nacional, y a los ejecutivos de la cadena GNN, que poseía en exclusiva los derechos de emisión, haciendo proyecciones de los ingresos en publicidad.

Los ha jodido, pero no siente ninguna pena. De todas formas, el que está vagando por los intestinos del espacio, lejos de Bromley, es él. Los de Houston, con todos sus agregados, ejecutivos, directores, doctores e ingenieros, están ahora en sus casas, retozando con sus esposas unos, peleando con ellas otros, ignorándolas los más.

No está seguro, no puede estarlo, pero cree que nunca más verá a Marianne. Es una certeza de esas que uno colecciona a lo largo de su vida, que se sienten y no se piensan, como que el sol sale cada día por el este y se pone por el oeste. Marianne y el arco de su espalda desnuda cuando la acariciaba en la cama. Marianne probándose vestidos y mirándose al espejo sin saber cuál elegir. Marianne fumando en la ventana, vestida con una camiseta vieja, la lluvia lamiendo los cristales detrás de ella.

Aquí no se escucha nada, como en una sala insonorizada de un estudio de grabación, pero él no sabe cómo se le ocurren estas cosas porque en su vida ha pisado una.

Él es un astronauta accidental, un piloto británico que hacía pruebas de aviones supersónicos, más por diversión que por vocación, pero al que tentaron con una carrera al otro lado del Atlántico. Uno que se dejó seducir por las nubes americanas que son más blancas, como los dientes de sus ciudadanos, y sus cielos más azules y sus coches más grandes, lo mismo que los egos de los conductores. Uno que firmó para acumular dólares y deudas, para comprarse una vida prefabricada y escapar de una Inglaterra que estaba congelada.

El silencio es tan profundo que chirría. Oye el flujo de su sangre invadiendo cada uno de los capilares que lo atraviesan y le vienen a la mente los motores  de los aviones que pilotaba cuando aún no tenía entradas en la frente. Se ríe de nuevo y toda la nave lo imita.

La risa de la nave es profunda, cavernosa, no metálica como se esperaría de una estructura que viaja por el espacio. Entonces se da cuenta de que no se trata de un cohete como en el que se embarcó hace unos días. Probablemente no sea una nave en el sentido entendido en la Tierra y se le eriza el cabello al pensarlo, pero algo debe de haber pasado a su flujo sanguíneo porque el miedo no tiene tiempo de instalarse y una serenidad acogedora arropa cada una de sus células. Aquello que sea lo que le están suministrando es potente y efectivo.

Ni siquiera reacciona cuando la imagen de los pilotos de la misión anterior, Murphy y Cooper, inmóviles y con los ojos vidriosos, se le aparece como una Polaroid, los tonos mohosos masticando sus siluetas, consumiendo el oxígeno tan rápido que no tuvieron oportunidad de enfundarse de nuevo los trajes. Aquella imagen filtrada por alguien de Houston a la prensa sirvió de portada a revistas y periódicos, y creó un movimiento de donaciones populares para financiar una misión que recuperara los cuerpos. Muchas marcas comerciales se unieron al proyecto.

Le dijeron: «Jones, tenemos una misión para ti. Es algo tan sencillo que estarás de vuelta antes de que te des cuenta de que te has marchado. Necesitamos recuperar los cuerpos de Murphy y Cooper y, de paso, vamos a aprovechar para poner en órbita un satélite. Serás famoso. Serás un héroe. Las generaciones venideras te recordarán con admiración. Darán tu nombre a calles y plazas, puede que hasta a un aeropuerto. Los niños querrán parecerse a ti; los padres te podrán como modelo».

La paga era buena y los riesgos, bajos. Habían descubierto cómo se había originado la fuga del tanque de oxígeno, se lo explicaron mil veces. No tenía nada que temer, le aseguraron, aunque la misión se organizó con premura para aprovechar los sentimientos implantados en la población.

Todo sucedió muy rápido, demasiado rápido.

Las válvulas del tanque de oxígeno volvieron a fallar.

 

 

La nave reacciona anticipándose a sus necesidades y reparando, estabilizando, optimizando. Hay mucho trabajo por hacer, él lo sabe, porque perdió la consciencia y probablemente algunas otras cosas más cuando el oxígeno del traje se acabó, las alarmas de los sensores mordiéndole los oídos. Vio el cohete adosado a la estación espacial, el sarcófago de Murphy y Cooper, un punto brillante a lo lejos con la Tierra de fondo. Orbitaban sobre el océano Pacífico. Sabía que el sopor lo invadiría y que nunca despertaría de aquel sueño negro, por lo que se dio la vuelta y puso rumbo en dirección opuesta al planeta. Y se quedó dormido, embozado por millones de luces titilantes que lo vigilaban desde todos los ángulos, una impresionante manta de estrellas.

No puede acordarse de cuánto tiempo permaneció en aquel estado.

Lo siguiente que recuerda es una habitación de paredes tan blancas que resultan irreales. Las cumbres alpinas de los folletos de viajes no son de este color, ni tampoco los cúmulos de nubes, tan limpios, emborronando el techo del desierto. No tiene el casco pero no puede saber si aún lleva el traje. Le duele todo el cuerpo.

La sensación de estar colgado, incluso antes de abrir los ojos y comprobar que hay varios tubos conectados a su cuerpo, es lo siguiente que percibe.

Es Jonás en el vientre de la ballena, está inmovilizado; la nave se ocupa de él. No le hace falta pedir nada porque, a poco de pensarlo, los ajustes necesarios se realizan. Y el dolor pasa.

Piensa en su hermano, ¿cómo se llamaba? Larry… Perry… ¡Terry! Se llamaba Terry y la música de Little Richard reverbera en el espacio que ocupan él y sus tubos y que puede ser una sala, una habitación, un atrio, un teatro o todos a la vez.

De la misma manera que no verá más a Marianne, está seguro de que Terry va a aparecer en cualquier momento con un tocadiscos bajo el brazo y varios discos de Miles Davis. Sí, no le extrañaría nada verlo allí, a pesar de que lleva varios años muerto.

Terry también tuvo cojones y saltó.

El bueno de Terry, que lo llevaba a los conciertos y le pasaba cigarrillos a espaldas de su madre. El mismo al que su padre despreciaba porque era hijo de un antiguo novio de su madre y al que su abuela maltrataba por la vergüenza que suponía para la familia. Tan solo la locura lo trató bien.

A Terry le hubiera gustado ver el despegue de Cabo Cañaveral y se habría doblado de risa al contemplar su imagen abriendo la escotilla y saliendo afuera, dejando el módulo vacío y despresurizado.

Hubiese sido el único en aplaudir.

Hubiese sido el único en  comprenderlo.

Deseaba que estuviera allí, con él. Hablando de chicas y de jazz y de las últimas bandas que se habían formado en el vecindario.

—¿Nos puede oír Peggy?

Ahí está. Sentado en una de las butacas del salón de casa, echando la cabeza hacia atrás y fumando como si aquel fuera el único cigarrillo que quedara en el universo. El tocadiscos descansa sobre sus piernas y reproduce música de Fats Domino.

—Peggy está en todas partes, responde a su hermano—. Estamos dentro de ella.

Terry lo mira tras una larga calada.

—Al menos no anda por aquí tu viejo. Ni la bruja de la abuela. Dios, cómo los detesto… Chaval, ¿qué te ha pasado? Tienes una pinta horrorosa.

—Me alegro de verte, Terry. No sabes cuánto me alegro.

Su hermano sigue fumando en silencio. Ahora, el «Tutti Frutti» de Little Richard suena furioso. Las paredes bailan y producen sonidos como los de decenas de ollas exprés liberando vapor.

—Saltaste, chaval.

—Salté. ¿Lo viste?

—¡Si hubieras visto las caras de los de Control! Todo Houston tenía la boca abierta. Nunca oí a nadie maldecirte con tantas ganas.

Cuando Terry se ríe es como volver a Bromley sabiendo que el té los espera en la cocina.

—Ya estaba maldito.

Terry le contesta antes de desaparecer.

—Tú nunca lo estuviste.

 

 

Tiene gracia: «estar colgado» ha dejado de ser una metáfora. Supone que alucina bajo los efectos de lo que le está metiendo ¿la nave? ¿Peggy?

¿Hay alguien ahí?

Aparte de a Terry, no ha visto a nadie más, ni alienígenas de pelo naranja, ni doctores chiflados, ni un payaso triste. Siente membranas regenerándose, órganos que dejan de estar asistidos y que comienzan a funcionar de manera independiente, y piensa que no estaba preparado para lo que vino después del salto. Uno salta, se precipita al vacío, se acerca la pistola a la sien, se pasa la cuerda alrededor del cuello, abre la llave del gas, se interna en el agua y sabe qué va a pasar. Pero no está listo para lo que llega «después» porque no se ha concebido un «después».

No sabe adónde va.

No conoce quién o quiénes lo han recogido.

No puede entender que Terry se haya ido.

Se siente como una oruga en una flor metálica de un jardín infinito, insignificante y minúscula. El primer hombre en llegar al cinturón de Kuiper, quién sabe si en adentrarse en la nube de Oort, y que va a incursionar en regiones sólo imaginadas por los científicos. También sabe que la nave se ha mantenido en movimiento constante y que se aleja del sol, aunque desconoce cómo lo sabe. Peggy se lo ha hecho entender de alguna manera, implantando los pensamientos en su cerebro de la misma manera que le inocula sustancias para restaurar sus células.

Todo aquello sabe a magia.

Es un astronauta colgado de un pared, dentro de una nave omnisciente que se aleja del sol.

Es una nave, que es una criatura cósmica, que es una anomalía del espacio-tiempo, que es una alucinación de una estrella de rock yonqui, que es el vídeo musical de un mimo vestido de Pierrot, que es el sueño de un anciano con la cara vendada y dos botones por ojos, que es la huida mental de un niño al que el mejor amigo de su padre está violando en la cocina de Bromley y que sueña que es un astronauta colgado de una pared, en una nave que se aleja del sol.

 

Dos y dos son cuatro,

cuatro y cuatro son ocho,

ocho y ocho son dieciséis,

dieciséis y dieciséis son treinta y dos.

 

Oruga, oruga, que mide las caléndulas,

Tú y tu aritmética, seguro llegaréis lejos.

Oruga, oruga, que mide las caléndulas,

creo que tendrías que dejar de hacerlo para admirar cuán hermosas son.

 

Tendrías que dejar de hacerlo para admirar cuán hermosas son.

Tendrías que dejar de hacerlo para admirar cuán hermosas son.[2]

 

 

[1] (El vídeo de la canción «Ashes to Ashes» me persigue desde que lo vi por primera vez, con ocho años. Me fascinaba y me daba miedo por igual. Hay una imagen que se repite dos veces durante el vídeo (en 2:17 y 3:23): es la de David Bowie colgado en una pared, en una especie de sistema de soporte vital, con un montón de tubos que salen de su traje. Cuando investigué, encontré que Bowie se había basado para la tonada final en una canción infantil que interpretaba el actor Danny Kaye en Hans Christian Andersen (1952), una de sus películas favoritas. Este relato es una exploración de mi obsesión con la canción de Bowie.

 

[2] «Inchworm», canción escrita por Frank Loesser para la película Hans Christian Andersen (1952) e interpretada en la misma por el actor Danny Kaye. https://www.youtube.com/watch?v=fXi3bjKowJU

Two and two are four.

four and four are eight,

eight and eight are sixteen,

sixteen and sixteen are thirty-two.

 

Inchworm, inchworm, measuring the marigolds,

you and your arithmetic, you’ll probably go far.

Inchworm, inchworm, measuring the marigolds,

seems to me you’d stop and see how beautiful they are.

 

Seems to me you’d stop and see how beautiful they are.

Seems to me you’d stop and see how beautiful they are…

 

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