• Ilustración de cubierta que abre una escena en mitad de alguna parte, suspendida en un momento natural que recuerda a cuando la tierra aún soñaba con su propia oscuridad. Todo en ella está sumergido en una gama de violetas, púrpuras, lilas y negros azulados, como si el color hubiese sido extraído del interior de una amatista fracturada o del corazón húmedo de una madrugada solemne. En el centro de la composición emerge un racimo de hongos que actúa como el eje silencioso de toda la escena. No son simples cuerpos fructíferos: parece una congregación, una familia mineral nacida de la penumbra. Los sombreros, redondeados y perlados, son acariciados por una luz tenue que los hace parecer de porcelana, mientras los tallos, largos y delgados, ascienden con la delicadeza de dedos que buscaran la superficie. Algunos crecen erguidos; otros se inclinan apenas, como si escucharan un secreto que circula bajo el suelo.Pero la verdadera protagonista noes esa colonia visible, sino aquello que la sostiene. El micelio, convertido aquí en una red de raíces blancas, serpentea bajo los hongos formando una maraña de fibras que recuerda simultáneamente a un sistema nervioso, a venas iluminadas y a una constelación enterrada. No parece materia vegetal, sino luz solidificada. Cada filamento se enlaza con el siguiente hasta construir una arquitectura orgánica que transmite la sensación de que toda la imagen está conectada por una inteligencia silenciosa. Sobre esta profundidad púrpura flotan decenas de puntos blancos, dispersos con aparente azar. Son pequeñas explosiones de luz que pueden interpretarse como esporas suspendidas en el aire, polvo cósmico, nieve o estrellas diminutas. Su presencia convierte el espacio en algo ambiguo: ya no sabemos si contemplamos el suelo de un bosque húmedo o una galaxia microscópica. La escena oscila constantemente entre lo infinitamente pequeño y lo inmensamente grande. Cuando nos retiramos un poco, vemos, además, que toda esta escena podría estar aconteciendo en la caja torácica abierta de un ser humano, que sostiene los pliegues de su carne abierta con unas manos que casi otorgan al todo la sensación de premura del desnudarse de un amante impaciente.
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    Micelio

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