• INT. NOCHE. Estamos bajo la titilante luz de sarro de unos neones que sueñan con ovejas eléctricas; en la tensa calma chicha de un local de esos que huelen, incluso en fotos, a desesperación, a sueños rotos y a licores con nombres de marinero; en el claroscuro neo-noir de un agujero sin fondo de cualquier megaciudad futurista. La imagen tiene la fuerza de una escena detenida en el instante previo a una revelación. La composición está inclinada, deliberadamente desequilibrada, como si el propio mundo hubiera perdido su eje. La diagonal genera una sensación de inestabilidad constante. El espectador entra en un bar oscuro que podría encontrarse en cualquier ciudad decadente del mañana, o en los restos de una ciudad que ya ha olvidado su nombre. Las paredes están cubiertas de pantallas envejecidas, monitores de distintos tamaños que arrojan una luz enfermiza sobre la estancia. Los colores dominantes son verdes radioactivos, magentas eléctricos, violetas gastados y azules espectrales. No iluminan, contaminan el aire. Cada pantalla parece emitir una enfermedad luminosa que se adhiere a los rostros y a las superficies. A la izquierda, destaca una gran pantalla verde atravesada por un agujero. El cristal se ha resquebrajado en una constelación de fracturas que irradian desde el impacto. No se sabe si fue una bala, un puñetazo o una explosión de rabia, pero el daño permanece allí como una cicatriz abierta. En primer plano aparece un hombre sentado en la barra. Viste una gabardina oscura, pesada, arrugada por años de desgaste. Tiene el rostro endurecido por la experiencia. Las arrugas no parecen fruto de la edad, sino de las derrotas. Mira por encima del hombro hacia el observador con una expresión compleja: desconfianza, cansancio, sospecha y quizá una pizca de resignación. Es una mirada que parece preguntar: «¿Quién eres y qué vienes a quitarme?». La luz rosada de las pantallas acaricia un lado de su rostro mientras las sombras devoran el otro. Su mano sostiene un vaso de licor. Sobre la barra descansan otros, medio vacíos, o medio llenos, según a quién le preguntes, y una botella. No hay celebración en esa bebida; hay refugio. La barra parece el último puerto para quienes ya no esperan regresar a casa. Más atrás, el camarero, restregando la suciedad de la barra con un guiñapo descolorido que fantasea con ser gamuza, se medio gira ante nuestra presencia, pero su pose más bien parece de reflexión, de contención, como si escondiese cosas en el almacén que no fueran del todo legales ni estuvieran del todo vivas. Está parcialmente oculto por la iluminación verdosa, convertido casi en una silueta. El conjunto está lleno de pequeños detalles tecnológicos: monitores, cables que descienden por las paredes como raíces negras, paneles luminosos y señales electrónicas. Sin embargo, nada parece nuevo. Todo está usado, desgastado, remendado. Es un futuro viejo. Un futuro que ha sobrevivido demasiado tiempo. La técnica del maestro Juan Alberto Hernández contribuye enormemente a la atmósfera. Los contornos son suaves, casi nebulosos, como si la escena estuviera siendo observada a través de humo, alcohol o recuerdos. Las pinceladas vibran en los bordes de los objetos, otorgando una sensación onírica y ligeramente inquietante. La realidad parece deshacerse en colores. El futuro es ahora, motherfuckers.
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