Matadero, de Nieves Mories

Matadero, de Nieves Mories

Este año también, dentro del marco de la iniciativa Leo Autoras Octubre #LeoAutorasOct, pretendemos dar visibilidad a escritoras en nuestro blog. Para ello, tenemos la intención de publicar un relato al día durante todo el mes. Que lo disfruten.

#LeoAutorasOct

Día 7: «Matadero», de Nieves Mories

Había una puerta, eso era todo.

Metálica. Sin brillo. Pulida hasta matar cualquier reflejo, fuera este de luz o de sombra. El picaporte pulcro, las bisagras invisibles. Una puerta y nada más.

Detrás, el vacío de donde había salido. Ningún lugar al que regresar. Ningún lugar, en realidad. Solo la puerta.

Agarró la manilla; sus dedos eran largos y delgados, con las uñas pintadas de rojo limadas a ras de las yemas. «Esas son mis manos», se dijo y acarició el metal suave antes de abrir. También se atrevió a rozar la puerta con la mano libre. Igual de sedosa. Agradable, incluso.

«¿Debería conocer este lugar?», se preguntó. «¿Debería conocer estas manos?». La respuesta era no, por supuesto. Igual que no sabía cómo ni cuándo había llegado hasta allí. Aún menos el porqué.

Abrió, no sin antes echar un vistazo a lo que había bajo su barbilla: un cuerpo de mujer, desnudo. Los pechos un poco caídos, el vello púbico afeitado casi por completo. Las uñas de los pies pintadas de rojo. No sintió más que apatía; en realidad, atravesar el umbral de esa puerta era su único objetivo, su único interés, aunque vago. Más bien suponía un acto inevitable y lógico, nada sobre lo que tuviera algún tipo de control.

Así que entró.

Paneles de plástico flexible y grueso colgaban desde el techo hasta el suelo. Metálico. Sin reflejo. Nada brillaba allí, bajo la luz dispersa de un foco invisible que ni siquiera proyectaba sombras.

Paneles y más paneles. Al principio limpios, nuevos. Poco a poco, manchas oscuras aparecían en ellos: pequeñas salpicaduras resecas en los primeros, cada vez en mayor proporción y tamaño. Gotas y señales de aspersión y, más tarde, grandes lamparones burdeos con coágulos pegados. Caminaba entre charcos de sangre, dejando huellas rojas al pasar de uno a otro. Sus manos, pringosas, también marcaban su rastro al apartar las cortinas que no parecían llevar a ninguna parte. Y no le importó.

«¿Debería temer este lugar? ¿Debería estar asustada por la sangre y los plásticos? ¿Deberían inquietarme los ganchos vacíos que cuelgan del techo?».

Deberían, por supuesto.

Nadie pasa por un bosque de cortinas sangrantes si no es por obligación. Nadie camina impasible bajo grandes ganchos herrumbrosos sin sentir un escalofrío. Nadie excepto ella. Por un momento pensó en un emparrado en verano, en pasear bajo la sombra de los racimos de las uvas maduras mientras la brisa mece su pelo; una escena agradable y familiar. Una gota roja cayó dentro de su ojo y parpadeó, incómoda, saliendo del ensueño.

No era zumo, pero escocía igualmente.

Pronto, muy pronto, la pizca de sangre se convirtió en llovizna. Pero, antes de verse empapada de arriba abajo, llegó.

Se acabaron los plásticos, no así los ganchos, aunque eran menos y pendían hasta más abajo. Cada uno de ellos sostenía un cuerpo tan desnudo como el suyo. Desaparecían por la espalda, se abrían paso a través del esternón.

«Estoy en el matadero», se dijo. Sabía que no se equivocaba. De hecho, era su única certeza.

El matadero.

No hacía falta ser muy lista para saberlo, claro, pero, teniendo en cuenta que no había podido reconocer su propio cuerpo, era todo un logro. También era consciente de que ese conocimiento no había surgido de forma espontánea: se lo habían lanzado los plásticos, los ganchos, los cuerpos, la gran mesa alargada que bien podría ser la puerta en posición horizontal. Los azulejos blancos y relucientes que alicataban las paredes, sobre los que alguien, con pintura escarlata, había escrito: «Dios es un lujo que no podemos permitirnos». Quizá no era pintura, después de todo.

No, no lo era. Nada era pintura en el matadero.

Ni los manchones de las cortinas plásticas ni la tinta de esa frase. Menos aún lo que cubría el mandil del hombre que surgió de esa marea opaca y ensangrentada. Los cuchillos que portaba, afilando uno contra el otro en silencio, permanecían sorprendentemente limpios. Brillantes. Destellaban con cada movimiento silencioso, uno contra el otro, una y otra vez.

El hombre era moreno, fornido. Pantalones, botas y guantes de goma eran lo único con lo que se tapaba; quitando el mandil sucio, por supuesto. Imaginó tras él uno de esos carteles con una res dibujada, llena de líneas de puntos que indicaban los nombres de las piezas en las que la podías convertir. Un recortable con el que entretener a niños macabros con tijeras afiladas. El manual de despiece de la vaca para carniceros novatos y clientes curiosos. Carrillada, pescuezo, aguja, espaldilla, cadera, brazuelo… y el solomillo, la pieza más preciada.

Se llevó la mano a los riñones y subió un poco. «De aquí sale, esto es mi solomillo. Aquí el lomo alto. Y aquí el costillar».

—¿Pintarás las líneas con un rotulador para saber por dónde cortar?

El hombre levantó por fin la vista de los cuchillos, como si hasta ese momento no hubiera reparado en su presencia. Elevó una ceja y sonrió con la mitad de la boca. Observó su cuerpo de arriba abajo, como el pedazo de carne que sentía que era, y completó la mueca.

—Lamento decirte que no hay mucho que aprovechar ahí.

Sí que se sintió mal. Desilusionada. Quizá unos filetes de tapilla o de redondo… pensaba que tendría un buen culo, a saber por qué, si no se lo había visto ni lo recordaba. Pero la decepción no duró mucho: tan pronto como vino se fue. No era capaz de retener una emoción, un pensamiento. Solo impulsos, flashes de imágenes o evocaciones, pero nada más. Estaba vacía.

Solo era un trozo de carne en el matadero. Uno sin mucha sustancia.

—¿Vas a matarme?

Él la observaba entre divertido y cansado. Incluso se atrevió a pensar que ligeramente desencantado. Esperaba otra cosa. A una persona que no era ella.

—Todos preguntamos lo mismo, ¿verdad?

—Casi todos. Pero nunca confié en que este trabajo fuera entretenido. El aburrimiento viene con el oficio.

Le sorprendió su voz. Era profunda, reverberaba contra las paredes desnudas, gloriosa como la de un sacerdote en su púlpito, capaz de invocar rayos y truenos, y sin embargo sonaba amable. Confortante.

Un dardo tranquilizante directo a la sien antes de comenzar el despiece del ganado.

—¿Vas a matarme?

—¿Tengo pinta de ir a matarte? ¿Crees que has venido aquí a morir?

Se burlaba de ella, sin duda. Bajó los ojos, avergonzada (todo lo avergonzada que podía sentirse, que no era mucho) y negó con la cabeza.

—¿Y por qué no voy a matarte, querida?

—Porque ya estoy muerta.

No lo supo hasta que lo pronunció en voz alta. Y una vez dicho se sintió bien. Era lógico y correcto. Incluso liberador. Estaba muerta, poco más que decir al respecto.

—Me alegro de que te lo tomes así. Es un engorro cuando aún queda algo y todo es grimoso, con gritos y llantos. No soporto los lamentos. Prefiero cuando estáis tranquilos y lo encajáis con deportividad. Cero problemas, cero numeritos. Y, por favor, no empieces ahora con el rollo de si soy Dios o algo por el estilo. Esa cantinela me saca de quicio. Y tengo mucho sitio libre para los que me sacan de quicio.

Extendió los brazos, como un jefe de pista anunciando su espectáculo. Los cuchillos en ristre mostrando todos los ganchos desocupados, chispeantes, como estrellas fugaces e hipnóticas.

—Entonces… ¿qué es este sitio? ¿Qué hago aquí?

—Ya lo sabes, querida, ya lo sabes. Y también sabes lo que viene ahora, ¿verdad?

Dio unos golpecitos en la mesa con la punta de los cuchillos. Parecía a punto de arrancarse a tocar un solo de batería usándolos de baquetas. Quiso que lo hiciera. Tener un poco más de tiempo para prepararse. Para coger aliento, aunque no lo necesitara. Para respirar hondo y contar hasta diez.

Le dolió el pecho por el esfuerzo de inhalar. Los músculos, los pulmones, todo estaba agarrotado y contraído por el periodo de inactividad. Notó un crujido en el plexo solar y su pecho se quebró hacia fuera, formando un montículo que apretó con fuerza hasta hacerlo desaparecer.

No había sido capaz de expulsar el aire acumulado.

El hombre se encogió de hombros, divertido.

—Desventajas de estar muerta. La parte buena es que no duele recolocarlo, ¿no crees?

Asintió, descompuesta. Habría caído desplomada en el sitio por la impresión, si aún siguiera con vida.

—Bien. Me ha encantado hablar contigo y ver cómo has estado a punto de partirte en dos, pero me temo que mi tiempo es valioso. Acabemos. Ya sabes lo que hay que hacer, querida.

No tenía ni idea, pero aceptó el cuchillo que él le ofrecía y entonces lo vio claro. Y por fin, desde que había llegado a ese lugar, sintió algo violento y rojo, una arcada de pánico desde lo más hondo de sus tripas. Esas que no sabía siquiera si estaban en su sitio.

—Donde quieras. Ya ves que no me molesta la sangre.

Donde quisiera. Tenía todo un matadero para elegir. Si había un lugar adecuado para acometer su tarea, desde luego que era ese.

No. En realidad, era el único sitio para hacerlo. Había sido creado con ese propósito. Nada más se podía hacer allí, salvo esperar su turno y aceptar la sentencia.

Echó un vistazo alrededor. A las cortinas de plástico, a la sangre. A los cuerpos colgados y a la mesa, que reconoció como quirúrgica más que propia de un matarife. El entorno la confundió y no pudo identificarla como lo que realmente era: una mesa de autopsias. Muy higiénico todo.

Muy adecuado.

Con toda probabilidad, ese macabro escenario sería lo último que viera.

Se sentó, encogiendo las nalgas, preparada para el frío del metal en su cuerpo desnudo, algo que no sintió. Tenía el mismo tacto sedoso y agradable que la puerta que había dejado atrás y que no encontraría por mucho que retrocediera en su busca.

Sin embargo, la punta del cuchillo contra la piel que cubría su esternón estaba helada. El hombre, suavemente, movió sus manos para corregir la trayectoria.

—Si lo clavas ahí, solo atravesarás el esófago y, como mucho, el cardias. Eso no me interesa. Pero si a ti te apetece rebuscar… Aunque mejor no. No tengo todo el día, querida. Tengo la agenda repleta. Por favor, no vuelvas a coger aire. Ve acostumbrándote a la idea de estar muerta y todo será mucho más fácil.

Aguantó las ganas de inspirar y cerró los ojos al hundir el cuchillo, que se deslizó con facilidad. Algo se había roto. El esternón, las costillas. No había seguido las instrucciones para conseguir una entrada limpia y certera. Una vez recuperada del shock inicial cortó arriba y abajo. Deseó conservar la capacidad de llorar y gritar, a pesar de la ausencia de dolor.

Él tuvo que frenarla; agarrar sus manos con fuerza y sacar el cuchillo brillante por la sangre fresca. Por su sangre.

—Ahora busca. Busca y dámelo.

Obedeció.

Y cuando tuvo su propio corazón en la mano, chilló.

Parecía tan vivo… Conservaba su calor, el olor ferroso y el tacto suave. Goteaba, fresco como un melocotón maduro después de morderlo un día de verano. No le gustó que el hombre se lo robara. Era suyo.

Su corazón, en una báscula salida de a saber dónde.

—¿Cuánto crees que pesa, querida? Demasiado, ¿verdad? Creo que tú y yo vamos a quedarnos juntos durante una temporada muy, muy larga…

Le sonrió por última vez. Y no encontró ni una pizca de la amabilidad de antes en su rostro.

 

***

 

Cuando todo lo necesario estuvo recogido y limpio (no mucho, apenas la mesa y uno de los cuchillos), se desperezó, hastiado. Su trabajo era tan, tan aburrido… Cada vez era menos frecuente que alguno atravesara la siguiente puerta. O que tuviera la voluntad suficiente como para escapar a la frontera. Qué extraordinario el día en que uno de esos seres aparecía por allí y conseguía burlarlo…

Pero hoy no había sido uno de ellos. Qué le vamos a hacer.

—¡Siguiente!

Había una puerta, eso era todo.

Metálica. Sin brillo. Pulida hasta matar cualquier reflejo, fuera este de luz o de sombra. El picaporte pulcro, las bisagras invisibles. Una puerta y nada más.

Detrás de ella, ningún lugar al que regresar.

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