Literatura para construirse, por Cristina Jurado

Literatura para construirse, por Cristina Jurado

 

Cuando pienso en mi adolescencia y juventud no puedo dejar de evocar los libros que me acompañaron durante muchas tardes y, sobre todo, noches. Os hablo de los años ’80: Internet estaba aún muy lejos, las «redes sociales» se limitaban a llamar por teléfono a alguna compañera de clase y quedar para merendar e ir al cine, y solo teníamos dos canales de TV. Bueno, estaba la radio, que sonaba sin cesar con las canciones de moda. ¡Cuánto rezábamos para que el presentador dejase de hablar y poder grabar casetes baratos con nuestros grupos favoritos! Si querías entretenerte, tenías que recurrir a jugar, escuchar la radio o a leer.

Digamos que yo era poco de jugar porque me di cuenta desde muy pequeña de que los libros me ofrecían una independencia y autonomía que fuera de ellos me estaba negada: si quería ver la TV tenía que negociar con mi familia; para salir con amigas tenía que convencerlas; si quería jugar con alguien… bueno, tenía que encontrarlo. Sin embargo, en cualquier momento podía tomar un libro, abrirlo y vivir aventuras increíbles. No necesitaba a nadie. Y eso me hacía muy feliz: no depender de los demás para divertirme me parecía poderoso.

Cuando pienso en los libros que leí de los 9 a los 16 años, porque es la franja de tiempo de la que me acuerdo, creo que los puedo encuadrar en varios tipos:

 

Libros con protagonistas femeninas: He leído y releído Torres de Malory de Enyd Blyton decenas de veces. No es que pudiera identificarme fácilmente con las niñas inglesas que frecuentaban el internado que tenía pinta de ser una institución de un mal rollo de tamaño astronómico (nunca entendí por qué hacían tantos picnics y comían sándwich de pollo con jengibre, y menos lo del uniforme naranja); pero sí podía hacerlo respecto a las amistades que se formaban y a la dinámica de las relaciones entre las adolescentes: la competitividad y la envidia, cómo no, pero también la camaradería entre mujeres -que es la sororidad-, la compasión y la resolución.

Con esto, quiero decir que no siempre leía libros de protagonistas chicas porque el cuerpo (y la mente) me pidieran identificarme con ellas, sino porque podía reconocer situaciones, estados y, sobre todo, deseos que son universales en todas y todos.

Quizás por eso me gustaba tanto Mujercitas de Louisa May Alcott. Dejando a un lado los corsés morales de la época, el hogar de las hermanas March era bastante progresista y ellas tuvieron más oportunidades para decidir su futuro, a pesar de las dificultades económicas y la presión social. Y está Jo. ¿Cómo no enamorarse de Jo? Volveré a ella más adelante.

No puedo dejar de mencionar a Paulina, de Ana María Matute, una niña que se va a vivir al pueblo con sus abuelos, que se siente olvidada por sus padres, pero que experimenta un cambio de perspectiva cuando conoce a un niño ciego.

Tampoco puedo olvidarme de Momo de Michael Ende, uno de los libros más bellos que he leído, en el que nadie le impone reglas a una niña de origen desconocido, que vive por su cuenta y que es capaz, gracias a su ingenio y capacidad empática, de derrotar a los enemigos de la humanidad. ¡Ay, el poder de la empatía!

 

Libros sobre supervivencia: Por razones en las que sería muy largo y tedioso entrar, siempre me han fascinado las historias en las que los o las protagonistas son capaces de vivir de manera independiente. Se trata de un subgénero de las historias de aventuras en el que los o las protagonistas se las tienen que ingeniar para subsistir en condiciones difíciles.

Por eso, uno de mis libros preferidos de adolescente fue Robinson Crusoe. La mía era la edición de Bruguera, con algunas viñetas que ilustraban lo más importante de la historia, y creo que es uno de los libros que más releí, disfrutando con la soledad de Crusoe, escribiendo su diario con él y contando los barriles de pólvora que le quedaban. Su soledad era la mía, en definitiva.

Como también lo era la de Loella, la protagonista de La Hija del Espantapájaros, de María Grippe, que tenía que buscarse la vida para cuidar de sus hermanos, con los que compartía una cabaña en el bosque, porque su madre se había marchado a la ciudad en busca de trabajo y su padre permanecía ausente de sus vidas. Loella me enseñó que nadie puede llevarse tu esperanza y tus sueños, que eso permanece siempre contigo a pesar de las adversidades.

The boys’ War de José Luis Martín Vigil me gustó porque hablaba igualmente de un grupo de jóvenes norteamericanos y soviéticos que quedan atrapados en una isla desierta y que deben aprender a conocerse, dejando a un lado sus prejuicios políticos, para sobrevivir.

 

Libros sobre libros: No podía faltar La Historia Interminable de Michael Ende, en el que todas y todos éramos Bastian y conseguíamos introducirnos en lo que estábamos leyendo. Esta es la Historia de historias, el libro que nunca se termina o lo que es lo mismo, la aventura infinita, la diversión sin fin. Lo que me atraía de esta obra era su juego metaliterario y su capacidad inmersiva para con la audiencia, antes incluso de que se popularizaran los libros de «elige tu propia aventura» (los de la editorial Batam aparecerían un año después del de Ende, aunque la idea de que el lector eligiera el curso de la acción es anterior, del sello Vermont Crossroads Press, que inició la serie «Adventures of You» en 1976). El lector se convierte en un pieza más de la trama y, de alguna manera, pasa a formar parte de ella.

Aquí también tendría cabida Mujercitas, porque trata del camino que tiene que emprender Jo para poder ser escritora y publicar la historia que la convertirá en una «escritora seria»: Mi Beth. Su recorrido está lleno de dificultades donde «el libro» es la sublimación de sus anhelos vitales.

En esta categoría tengo que incluir a El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, que me fascinó no solo por el misterio que se plantea y la investigación que realiza Guillermo de Baskerville, sino por la magnífica biblioteca y por el poder del Libro II de la Poética de Aristóteles (perdido desde la Edad Media, según parece) que trataba sobre la comedia. Que el contenido de un libro pudiera ser tan peligroso como para diseñar una manera terrible para asesinar a quienes se acercaran a él me fascinaba: el libro, el conocimiento, como delito.

Me gustaría citar un cuento, «La biblioteca de Babel» de Jorge Luis Borges, recogido en su antología Ficciones, en el que el argentino describe el mundo como una biblioteca de proporciones infinitas en las que cualquier libro es posible y que, de algún manera, representa parte de su cosmología personal. Durante mi master en USA tuve la oportunidad de trabajar en la Core Collection, una parte de la biblioteca de Northwestern University en la que se guardaba una copia de todos los libros de la institución y que no podían sacarse bajo ningún concepto; solo leerse in situ. La finalidad era permitir las consultas en caso de que todas las copias de un título hubieran sido retiradas por los estudiantes. Mientras trabajaba allí, imaginaba que me encontraba en la biblioteca de Borges y que, en realidad, lo que él quería con su historia era mostrar que cada persona es un libro, un ejemplar único, porque única es la mezcla de recuerdos y vivencias que se puede combinar hasta el infinito.

 

Hubo otros libros, otras autoras y autores, pero estos fueron los que dejaron una huella más profunda. Sin darme cuenta, me permitieron explorar las relaciones con los demás, practicar el cambio de perspectiva, comprender la importancia que tienen cualidades como el ingenio y la empatía, valorar el poder de la esperanza y de los sueños, entender la importancia del conocimiento y de la toma de decisiones, y reconocer la unicidad y la variedad de la especie humana.

Pude hacerlo a través de las historias de otros y otras, de sus aventuras, de sus fracasos y victorias, de su duelo, su placer y su miedo. Aprendí de manera lúdica que otras como yo tenían dudas, que hay muchos caminos por recorrer, que en todos los países amanece y se pone el sol, que los sentimientos no conocen de fronteras, lenguas o acentos.

Me acerqué, ahora me doy cuenta, a vivencias que nunca habría podido experimentar en mis circunstancias y comprobé que las relaciones se tejen a nuestro alrededor sin importar nuestra bandera o identidad sexual. Una parte de mi personalidad se construyó sobre los cimientos que aquellos libros elevaron y, aunque no defiendo que eso sea así necesariamente para todo el mundo, sí creo que el producto de la experiencia lectora durante la adolescencia y la juventud es lo suficientemente importante como para que tú, que lees esto, empieces a valorarla como se merece.

 

 

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