Levedades, de Cristina Jurado

Levedades, de Cristina Jurado

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 04

1. GUERRAS INVISIBLES

foto de Alexander Krivitskiy para Unsplash

No soy un agente secreto: soy un artista gubernamental. Me dedico a librar las batallas incómodas que nadie se atreve a enfrentar. Me seduce el peligro y los desafíos no me asustan. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio y yo, que no me contamine la modestia, soy el mejor.

Se decidió acabar con los confidentes en aquel país de nombre impronunciable, con el objetivo de subyugar a una población en declive evidente. Faltos de oyentes voluntarios y/o forzosos, la gente se sentiría desorientada y aceptaría cualquier paquete de medidas destinado a aliviar su sed de empatía.

Fueron erradicados los peluqueros, panaderos, vecinos, kiosqueros, estilistas, modistas, psicólogos, secretarias, líneas de atención al consumidor, teléfonos eróticos, entrevistadores, terapeutas, periodistas, psiquiatras, rehabilitadores, telefonistas, masajistas, consultores, entrenadores, porteras, productores, recepcionistas, intérpretes, logopedas, sacerdotes, escoltas, informantes de la policía, clubs de fans, oficinas de empleo, doctores, departamentos de recursos humanos y hombros en los que llorar.

La misión se completó de manera sencilla y limpia. El nanovirus que introduje en la atmósfera actuaba sobre el interlocutor de cada persona que emitía un suspiro.

La toxina solo funcionaba en aquel idioma, porque los suspiros se articulan de manera distinta en cada lengua, por extraño que parezca. En poco tiempo la mitad de la población estaba sumida en el caos y la otra mitad permanecía en estado catatónico. Se les prometió un retronanoviral para desactivar los efectos anti-empáticos generalizados y la gente cedió.

Ahora todos son felices en aquel país de nombre impronunciable porque ya no están sujetos al yugo de los cotilleos, chismes, rumores, habladurías o murmuraciones de los demás. Porque todas las guerras, desde ya hace algún tiempo, son invisibles. Pero… shhhhh… yo no te he contado nada.

2. DEL VAPOR AL CARBONO

foto de Luke Besley para Unsplash

El profesor acaba de descubrir la proporción exacta de los ingredientes para animar al ser artificial en el que llevaba trabajando años. Había perdido la cuenta de los intentos realizados, experimentando cada vez con un fluido de distintas características. Estaba muy orgulloso de su obra, basada en sus experimentos con un elemento nuevo: el carbono. Con aquel material había sido capaz de desarrollar microorganismos dotados de energía autónoma que, posteriormente, insertaba en una solución ligeramente salada. Estaba seguro de que aquel fluido iba a proporcionar la fuente de energía viable para activar la criatura.

Finalmente, había llegado el día. En la camilla descansaba el cuerpo desnudo e inerte de aquel ser que él había diseñado a su imagen y semejanza: dos miembros inferiores, dos superiores, un tronco y una cabeza. El profesor abrió la boca de su creación e introdujo el tubo. Una vez bien colocado, comenzó a verter con ayuda de un embudo el fluido preparado. Cuando el ser estuvo repleto de líquido, solo le quedó esperar.

Entonces decidió ponerle nombre. «Hombre» le pareció adecuado. Era corto y contundente y significaba «igual» en aquel lenguaje del que ya nadie se acordaba. La euforia lo invadió en cuanto comprobó que la criatura respiraba. Decidió darse un homenaje y se sentó a la luz de los candiles, al lado de la caldera. Tomó la tubería de conexión y se la insertó en la válvula del tobillo. En cuanto el vapor empezó a entrar en su cuerpo, pudo relajarse. Poco a poco sus capilares se fueron alimentando con el calor gaseoso y una oleada de placer lo invadió.

Sabía que la comunidad científica cuestionaría su creación carbonada pero estaba dispuesto a defender aquella nueva forma de vida frente a sus congéneres a vapor.

3. MULERÍAS

foto de Marco Bianchetti para Unsplash

Primero les dejas demostrar su sorpresa. A veces desvían la mirada pero, al final, siempre terminan contemplándote y sabes que no pueden apartar los ojos de tu deformado cuerpo.

Se abandonan a la pena.

Les dejas.

Se sienten confiados porque no hallan nada peligroso en tu aspecto.

Tan solo eres repulsivo.

No representas un amenaza porque tu físico refleja las que deben ser tus múltiples  debilidades.

Te recorren con la mirada y se preguntan cómo demonios puedes tolerarte a ti mismo. Suspiran aliviados porque se saben convencionales, no anormales.

Y todos sabemos que la normalidad es la principal causa mundial de felicidad.

Únicamente la gente corriente con trabajos rutinarios, casas similares, sueños ordinarios y defectos comunes puede alcanzar la dicha.

La seguridad que les proporciona su vulgaridad los fragiliza.

Entonces, cuando son más débiles, atacas.

Dejas que la fuerza de tu mente arrastre su voluntad.

Ordenas que sus sentidos se sometan a tu autoridad y suprimes sus emociones.

Ellos, que se creían tan perfectos, ahora son solo los peones de una partida que tú controlas.

¿No ves la admiración en sus ojos?

Ya no te encuentran deformado y grotesco.

Los has ayudado a deshacerse de las ataduras de sus prejuicios.

Convertidos, ahora son capaces de percibir la verdad que reside en ti y que tu desfigurado cuerpo encerraba.

Te veneran porque eres el mentalista más potente del Universo.

Entonces se dan cuenta de que sus vidas carecían de sentido hasta que el Bufón de la Corte del Mulo les hizo darse cuenta de la insignificancia de su vulgaridad.

En realidad, seamos justos, solo los has liberado.

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