LAS NIÑAS BONITAS NO PAGAN DINERO

LAS NIÑAS BONITAS NO PAGAN DINERO

Relato incluIdo en la segunda edición de «Post Scriptum 01: Barro», de Alicia Pérez Gil.

No nos permitían espejos. Lo ponía en la lista de prohibiciones que no había leído.

No nos permitían desayunar sin habernos duchado.

No nos permitían dejar comida en el plato.

Terminaría antes si dijera qué no nos permitían. Al fin y al cabo, ese era el motivo por el que mis padres me habían encerrado allí. No podían permitirse una hija como yo. No me permitían.

El primer día hice añicos el espejo del baño de chicas de mi planta. Ni siquiera me costó encontrar un objeto contundente. A mí me habían quitado mis cosas y las habían transformado en privilegios a los que accedería en el futuro. Todo con la magia de las palabras. Pero a las visitas, que ya no podían fumar, no les habían quitado los ceniceros pesados. Contra todo pronóstico el ruido de vidrio roto no atrajo a una jauría de celadoras y enfermeros, así que tomé el pedazo de cristal que buscaba y lo escondí.

Me habían dicho que tampoco recibiría visitas durante las primeras cuatro semanas.

Confiaba en Alicia. Habría dado la mano derecha por ella. Y la izquierda. Estaba segura de que se escaparía. Yo era la hermana malvada, pero ella siempre había destacado por su inteligencia y su dulzura. Ambas resultaban insuficientes para ablandar el corazón de piedra de mi madre, pero el resto del mundo… Bueno, el resto del mundo albergaba corazones de carne dentro de sus pechos.

Sin embargo, Alicia no apareció la primera semana, así que me sentí como si me hubieran amputado la mano derecha. Cuando una apuesta, debe pagar sus deudas. No lo entendieron. Comprendí entonces que aquí no se nos permitía tampoco el dolor. Las pérdidas se convertían también en privilegios. Capricho llamaron a mi mano ausente. Me despojaron de la ropa que llevaba y me metieron en la ducha. Un cuidador delicado y una cuidadora áspera como la lengua de un gato me arrancaron lo único que me separaba del mundo. Me quitaron también los zapatos, me empujaron hasta la ducha y abrieron el grifo.

—Lávate bien. No salgas de ahí hasta que estés bien limpia. Y la próxima vez que te tires encima el desayuno te quedas sin comer —dijo ella.

—Ni todo el dinero de tu familia paga estos disgustos, Lucía. Así no vamos a poder ayudarte.

El agua cayó helada sobre mi cabeza. Luego se templó, poco a poco. Sucedió algo hermoso cuando alcanzó la temperatura de mi cuerpo: me disolví, me convertí en el agua misma. Sin dolor, sin miedo, sin perder nada en el proceso. Caí como la lluvia artificial que me lavaba y como ella me arremoliné alrededor del sumidero.

Fue una suerte estar desnuda, porque al atravesar el pequeño círculo de metal volví a ser de nuevo una persona completa. Mi mano derecha había regresado y buceaba conmigo en una gran superficie de agua dulce que me succionaba. Se me ocurrió que, de haber estado vestida, la ropa habría tirado de mí hacia abajo con mucha más fuerza que el agua insondable. Sin ningún apuro abrí los ojos. Desde arriba me llegaban los rayos oblicuos del sol. Debía de hacer un día precioso. Desde abajo no llegaba nada. Al fondo se extendía la oscuridad que tornaba azules marinos en negros de tal forma que me resultaba imposible saber en qué momento un color se transformaba en otro. Me pareció una magia mucho más bella que la de convertir mis objetos en privilegios.

Sonreí y unas burbujas de aire se escaparon por entre mis dientes. Se dirigieron hacia abajo. Las miré, incrédula. Porque todo lo que yo sabía acerca del aire y del agua me había preparado para que sucediera lo contrario, pero no. Las burbujas huidas de mis pulmones flotaron hacia abajo y las seguí. Eso es lo que hacen los supervivientes: siguen al aire. Porque lo necesitan para respirar.

Sin embargo no avancé mucho. Algo se enredó en mi pelo negro. Una melena larga que flotaba detrás de mí y que a mi hermana le gustaba peinar. Cuando tenía una hermana. Cuando todavía no me habían prohibido a Alicia. O cuando a Alicia no le habían prohibido a Lucía, que era yo. Lo que me había capturado tiraba con fuerza. Tanta que me pareció que el cuero cabelludo se me separaría del cráneo y el agua se teñiría de rojo. No sucedió. No se derramó ni una gota de mi sangre. Salí, o más bien me sacaron, a la superficie, ilesa.

—Cuando la gente cae en la laguna se espera a oír mi grito, niña. ¿Es que no os enseñan nada?

—¿Un grito?

—¡Barquero! ¡Barquero! Eso es lo que grito —dijo la nada.

Porque yo no veía nada aunque mi pelo seguía enrollado en algo que lo sostenía por encima de mi cabeza.

—Creo que el agua no transmite muy bien los sonidos.

—¿Y crees que eso me importa? Yo grito porque soy el barquero. Y junto a mi voz tú tendrías que haber oído un sonido de chapoteo rítmico. A algunos les recuerda a algo que llaman afilador, o tapicero. Nunca he sabido a lo que se refieren. Yo digo «¡Barquero! ¡Barquero!» y ellos piensan «¡El tapicero ha llegado a su ciudad, se tapizan sillas sillones tresillos, mecedoras, descalzadoras y toda clase de muebles y tapicería que tenga en mal estado! ¡Tapizamos en cuero, curpiel y pana!».

—Pues lo siento, pero bajo el agua no se oye nada.

—Ese no es el problema, niña.

Por algún motivo no me extrañó que aquel ser invisible, que al parecer manejaba una barca también invisible, conociera mejor que yo cuál era el problema. Le pasaba mucho a todos.

—El problema, señor, es que está usted tirándome del pelo.

—No —contestó. Pero la presión sobre mi cabeza desapareció de inmediato—. El problema es que nadabas en la dirección contraria.

—No sabía que hubiera una dirección correcta.

Si el hombre con el que hablaba hubiera tenido un rostro creo que le habría visto sonreír. Pero no lo tenía, así que oí un ligerísimo gorjeo. En cualquier caso me pareció que mi respuesta le satisfacía.

—Hazme un favor, niña.

—Ya que ha sido tan amable de soltarme…

—Necesito que me pidas que te suba a la barca. Así podremos seguir con el procedimiento.

Pensé en hacerle caso porque había sido muy amable. No me había olvidado de los cuidadores, de la ropa arrancada, del agua helada. Y el señor invisible me pedía las cosas por favor. Pero me encontraba bien en el agua. Tenía la sensación de que, si llegaba el caso, podría disolverme de nuevo y aparecer en otro sitio.

—De verdad que lo siento, pero no quiero subir a su barca. Seguro que es preciosa, pero ahora mismo estoy bien aquí.

Creí que se enfadaría, que perdería los nervios. Mi experiencia me había enseñado que ninguna otra cosa sucedía cuando yo expresaba mi opinión. Pero no, no pasó nada de eso.

—Mira hacia arriba y ten cuidado. Va a caer una escalerilla de cuerda. Sería bueno que no te diera en la cabeza.

El sol me deslumbró, por supuesto, pero ya me había convertido en una experta del manoteo, así que retrocedí mientras veía como, en efecto, la escalerilla que la voz había mencionado se estrellaba contra el agua. Miles de gotas salpicaron a su alrededor y miles de arcoíris adornaron por un momento la superficie azul de la laguna.

Luego el agua se desplazó como si algo muy grande nadara hacia mí.

—Si el alma no va al barquero…

Entorné los ojos. No era capaz de distinguir los rasgos de quien me hablaba. Parecía que frente a mí la realidad se volviera más densa, como si un ectoplasma transparente filtrase la luz a través de su cuerpo.

—El barquero va a…

—Me llamo Lucía. Pero no sé si soy un alma.

—Yo no me llamo de ninguna manera, pero todos me conocen como barquero. Al contrario de lo que posiblemente creas, no necesito una moneda para llevarte hasta la orilla, pero el viaje no es gratis.

—¿Eres Caronte? ¿Es esto la laguna Estigia? ¿Me he muerto?

Se rio alto y claro, con una risa fresca de aficionado a la cerveza, un poco ronca. La risa que podría identificarse con un enano si no fuera porque el ectoplasma, o la superficie a través de la que la realidad cambiaba de textura, medía cuatro o cinco veces más que yo. Al menos eso parecía.

—¿A ti te parece que estás muerta? No he visto ningún muerto que nade laguna abajo como si fuera en busca de la muerte. No me malinterpretes, estoy seguro de que eres bastante lista, pero si te hubieras muerto lo sabrías.

No me costó darle la razón. Siempre había creído que la muerte debía de ser una experiencia única. Aunque se había equivocado respecto al motivo de mi viaje hacia el fondo. Claro que él no había visto las burbujas. De todas formas no era aquel detalle lo que más me importaba.

—¿Pero eres…?

—¿Y qué más da? Estás en la laguna y necesitas que te lleve a tierra. No tienes que darme ningún óbolo, pero el viaje tiene un precio.

En eso no podía estar de acuerdo. Seguía encontrándome segura y confortable allí, en medio del agua. No sentía ninguna necesidad de pisar un suelo nunca más. Todo lo malo que me había pasado había sucedido mientras tenía los pies bien plantados.

—¿Pero dónde estoy? ¿Y qué tierra firme es esa?

El ectoplasma remó un poco más, en silencio. Yo empezaba a notar cómo mi piel se resentía por la exposición a un sol que brillaba con tanta intensidad.

—Tierra firme es tierra firme.

—De acuerdo —concedí—. ¿Sabes cómo he llegado hasta aquí?

—Pues supongo que por el agua, como todos.

Por lo visto había preguntas que podían contestarse y preguntas que no, pero yo no sabía cuáles pertenecían a cada grupo, así que no me quedaba más remedio que seguir intentándolo.

—¿Así que hay más gente aquí?

—Pues claro. Si no, yo no podría ganarme la vida. Y tengo una familia que mantener, ¿sabes?

—¿Son como yo?

—Mira, niña. Yo os recojo y os llevo a la orilla, es todo. Siempre que aceptéis pagar el precio.

—¿Y qué precio es ese?

—El que se paga por llegar hasta la orilla.

—¿Pero cómo voy a aceptar el precio si no sé cuál es?

—Vamos a ver. ¿Tú quieres que te lleve a tierra firme?

—No especialmente —contesté. Más que nada para que el intercambio absurdo de palabras se pareciera a una conversación de verdad, para llegar a alguna parte.

—Pues no hay más que hablar. Te quedas aquí, yo me subo a la barca y cuando creas que te has quitado de encima todo lo que ellos quieran que te quites de encima, volverás al lugar de donde has venido. Solo tengo una pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar así?

Entonces sonreí. Con toda la boca. Sonreí tanto que casi me dolió la cara. No le dije nada. Me di la vuelta y nadé con brazadas largas. A veces sumergía la cabeza para refrescarme porque el sol seguía brillando demasiado fuerte. Nadé tanto, tan rápido y tan lejos que me dolían los brazos y las piernas. No perdí la sonrisa.

Porque tenía la mejor respuesta del mundo para aquel hombre invisible que no se enteraba de nada.

Aguantaría lo que hiciera falta.

Aguantaría hasta que llegara Alicia.

 

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