EL ENCHUFE, de Alicia Pérez Gil

EL ENCHUFE, de Alicia Pérez Gil

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 01

Imagen de Steve Johnson para Unsplash


Un enchufe. En la única maldita cosa en la que podía pensar desde que salí de la entrevista era en que solo me faltaba un enchufe. A lo mejor otra actitud habría ayudado, pero no tanto como un enchufe.

Golpeé la puerta de la cafetería con rabia. Me habría gustado abrirla como un vendaval, pero lo único que conseguí  fue hacerme un daño del demonio en la muñeca. Al menos no rompí el cristal.

—¡Reme, un café!

Aquello atraería la atención de Reme. Para algo era su mejor y más educada clienta; la única parroquiana que pedía las cosas por favor y todo lo demás. Omitir la fórmula de cortesía la traería corriendo a ver qué me pasaba. Y me hacía falta. Vaya que si me hacía falta. Pero no apareció. Supuse que algo la entretendría en la cocina. El calor, por ejemplo. Hacía un frío que pelaba y a mí tampoco me entusiasmaba quedarme tan cerca de la entrada.

—¡Reme! ¿Dónde te metes hoy? —volví a gritar mientras me acercaba a la muchedumbre. Me veía poniendo carajillos para echar una mano. Tampoco sería la primera vez.

Cuanto más me aproximaba al grupo, más raro parecía todo: no hacían ruido. Excepto la respiración pesada de alguno, una tos perdida y una especie de jadeo generalizado, allí nadie decía ni mu. Pensé que debía de ser una porno. No se me ocurría otra cosa que pudiera tener medio hipnotizados a aquel puñado de seres humanos adultos. Sin embargo el silencio no era lo único fuera de lugar: a las doce de la mañana ya entraba bastante luz en el local, así que el resplandor de la televisión, por muchas pulgadas que tuviese el aparato, no debía de resultar tan evidente. De todos modos se filtraba por entre los cuerpos demasiado quietos.

«O me tomo un café —me dije a mí misma— o me voy a volver loca».

—¡Reme! —grité una vez más mientras apartaba a uno de los hombres de un empellón.

Algo me agarró del tobillo y me tiró al suelo justo cuando iba a echar un vistazo a la pantalla. Me revolví y descubrí al niño de Reme, que me sujetaba con fuerza.

—¿Qué coño…?

—No la mires directamente, fíjate —señaló.

Como todas las cafeterías con solera de Madrid, la de mi amiga tenía una pared cubierta de espejos. Las lamas de azogue reflejaban cómo del aparato de televisión salían unos haces de luz azul que se conectaban a los ojos de la concurrencia. En realidad, el espejo no mostraba el aparato, pero no había otra cosa en aquella dirección, así que de allí debían de salir. Al parecer, la caja tonta no era tan tonta. Se las había apañado para controlar a sus televidentes. No es que, de momento, les obligara a hacer gran cosa, pero no les permitía moverse. Era un comienzo.

—¿Y tu madre?

—En el almacén. No se atreve a salir.

—Tenemos que desenchufar la tele, Carlos.

El chaval asintió y me señaló el camino, pero no movió ni un dedo. Aún era un poco pronto para predecirlo, pero no le auguré muy buena suerte en sus entrevistas de trabajo: le acusarían de falta de iniciativa. Lo arregló alargándome un antifaz de dormir que no tengo ni idea de dónde habría sacado: un trozo de tela negro atado con una goma. Lo mismo Reme lo usaba para las siestas, aunque creo que nunca la había visto descansar. Un buen secretario, pensé, pero no un jefe. O un buen jefe con excelentes dotes de delegación, cualquiera sabía. La cuestión es que me lo puse, me aseguré de que no veía nada y me coloqué a gatas, más o menos apuntando con la cabeza hacia donde se suponía que estaba la toma de electricidad.

Con la mano dolorida tanteaba el camino. A los hombres no parecía afectarles mi contacto, aunque no resultaba fácil apartarlos. Parecía que los hubieran anclado al suelo, así que hube de contorsionarme, retorcerme y adaptar mi cuerpo destemplado a los huecos que quedaban entre las piernas de unos y otros. No podía aparar de mi cabeza el hecho de que, si me hubiera tomado algo calentito, aquello no me habría agotado tanto.

A los pocos pasos ¿se gatea a pasos? me dolían las rodillas como si fueran de otro, la mano que apoyaba en el suelo se me había enfriado y, además, me había puesto perdida de desperdicios, restos de la calle arrastrados por suelas de zapato, gotas de líquido y, Dios no lo quisiera, babas o escupitajos. Ciega como iba, no tenía la menor idea de dónde me apoyaba. Creo que lo peor fue depositar todo mi peso en un papel arrugado que, al aplastarlo, me transmitió una sensación viscosa, helada, que me provocó una arcada. Traté de ponerme de rodillas, pero me golpeé la cabeza contra un bolso muy pesado, una mochila llena de libros o algo similar; tropecé. Tampoco yo sabía que se podía tropezar desde el mismo suelo, pero tropecé, caí de culo y me clavé un tenedor.

Frustrada, el rostro mojado de lágrimas, la piel irritada, las manos entumecidas, el culo hinchado y la cabeza latiéndome, me sentía como si acabara de cruzar el Mekong. En Vietnam hace más bien calor, sí. Pero la sensación de haber pasado por una batidora debía de ser la misma. Cuando mi brazo extendido ya no detectó más obstáculos avancé un poco más y me quité el antifaz. Quería frotarme la nariz como un niño pequeño, pero no me atreví a tocarme la cara por miedo a pillar alguna cosa, así que solo sorbí los mocos. Al menos había aparecido en el lado correcto.

El televisor latía a mi derecha y a mi espalda. Una esquina que separaba el bar del comedor me protegía de los rayos azules. Por la pared corría un cable negro. Solo tenía que seguirlo para descubrir el enchufe, así que lo seguí. De hecho, se veía desde allí. Tampoco es que el bar de Reme fuera el Waldorf Astoria o el restaurante del Titanic.

Y desenchufé.

—¿Así que —El fiscal aprovechó su oportunidad y cayó sobre esa última frase como una rapaz— se confiesa usted culpable?

—¿De desenchufar a todos aquellos cafres?

—De asesinar a docena y media de hombres inocentes.

—Lo que usted diga, señor mío, pero yo no los enchufé. Si quiere la verdad: ya estaban muertos cuando llegué.

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