CICLOGÉNESIS

CICLOGÉNESIS

Relato incluído en la segunda edición de CloroFilia, de Cristina Jurado.

 

Nació con hambre, con un apetito tan formidable, un deseo de alimento tan insoportable, que por él devoraría mundos enteros y, con ellos, a todas sus criaturas e inventos. Engullir cualquier cosa que le saliera al encuentro era una necesidad grabada en su ADN, la causa misma de su existencia. Buscar alimento para seguir rugiendo. Cualquier objeto animado o inanimado con el que se encontrara le serviría. Tragarlo, integrarlo, regurgitarlo en forma de pequeñísimos granos de realidad, descender sobre pastos y ciudades, cubrir parques y cerros, planear sobre lagos y glaciares, ascender cimas y deslizarse por desfiladeros. Barrer el suelo con su aliento poderoso, limpiar toda la basura que le había crecido a aquella roca redondeada, purificar los millones de recovecos de aquella costra absurda que se paseaba por el espacio sin nadie que la pilotara.

Emergió del padre viento, compuesto por mil vendavales y otros tantos remolinos, y la madre tierra, con su rico manto de sedimentos, en una cópula arrebatada que fue su primera y única cuna. Como buen descendiente de semejantes padres, lo primero que hizo fue alimentarse de ellos y lanzarse en torbellino a explorar su entorno en pos de nutrientes. Rastrear para encontrar, consumir, absorber, reclamar.

Porque no era fácil vivir con aquella herencia que era el hambre perpetua engarzada en las moléculas, ni mover la mole que era su cuerpo a través de los espacios retorcidos de aquellos lugares absurdos. Se necesitaba mucha energía para arrastrar a su tropa de micro-soldados, aquellas motas de realidad, de polvo existencial, para hacerlos tomar los caminos que los llevarían a consumir más elementos. Había que estimularlos, que agitar sus sentidos y activar su voluntad a través de ráfagas de viento, concentradas en puntos cuidadosamente calculados, para conseguir persuadirlos. A los diminutos granos de caliza se les sumaban los de arcilla, los limos, las gravas, los cantos de tamaños diversos y los pequeños bloques que permitían digerir el resto de sustancias. Todos ellos se acariciaban y besaban unas veces mientras, otras, se golpeaban con violencia, se mutilaban entre sí, se herían y laceraban, provocando un mar de fricciones que modelaba a los nuevos reclutas.

¿Por qué aquellos dominios eran tan accidentados? Millones de obstáculos aparecían por todas partes, dificultando su tarea, frenando su trayectoria, obligándole a atacar cada nueva estructura hasta descomponerla y absorberla, invirtiendo un esfuerzo que no hacía sino acrecentar su voracidad. Las cosas más pequeñas y livianas habían sido las primeras en pasar a formar parte de su ejército. Eran todas presas fáciles que no requerían más que movilizar parte de sus masas de aire para ser descompuestas. Su aporte era dulce pero no tanto como el de las edificaciones en piedra que proliferaban sobre el suelo, hermosas formas de aristas afiladas y cientos de pequeños componentes que era capaz de sorber sin dificultad, al ritmo de su lujuria atmosférica.

Peinar las aguas no saciaba su sed, tan solo le permitía trazar cenefas de espuma y deleitarse con las cascadas que escurrían los objetos una vez elevados desde el fondo. Era divertido comprobar cómo las figuras orgánicas perdían su vivacidad cuando las invitaba a visitar las profundidades oscuras, para verlas ganar hermosura al emerger con intrincadas flores rojas en su piel. Cuando las hacía bailar entre los obstáculos que emergían de los pliegues del terreno, las flores eran menos espectaculares, con bordes sucios y atrofiados.

Y, de fondo, el rugido de la manada que era su cuerpo, millones de gritos ahogándose en gargantas de carne de seres minúsculos, canto hermoso fabricado con la chispa que encendía sus vidas y que, una vez apagada para siempre, tejía la música de los muertos. La intensidad de aquel sonido le había permitido extender su dominio por todo el planeta, llegando a sus confines más retirados, a los lugares en los que las temperaturas habían mantenido a las formas de vida bajo mínimos. Su hálito se humedeció con las nieves del norte y del sur, lubricando su armadura de polvo y excitando a su cortejo de partículas. Abrazó los desiertos como solo saben hacerlo los amantes, con lascivia y desenfreno, mesando las dunas y absorbiendo la arena para seguir escarbando el horizonte.

Sentía la fricción continua de sus partículas, que generaban un mar de tensiones en el que solo quería bañar a los objetos con los que se encontraba. ¿No los agasajaba al acogerlos en su abrazo? ¿No los redimía al liberarlos de las cadenas de su existencia terrenal? Entonces, ¿por qué algunos se resistían?

Cuando creía que ninguna cosa podía hacerle frente, se encontró con aquellas perlas incrustadas en el terreno. Eran cubiertas bruñidas que desafiaban sus envites con la obstinación de los desquiciados, pues solo alguien que se asomase a las fauces de la locura podía creer que era posible retarle. ¿Qué o quién las había levantado? ¿Qué eran aquellas estructuras inexpugnables que se resistían a su avance? Aquellas construcciones empezaron a intrigarle porque eran diferentes al resto, que proliferaban antes de su llegada y que no suponían una verdadera oposición. Lo que las distinguía era que parecían fabricadas precisamente para rebelarse contra su poder. Porque, por más que lamía las superficies pulidas, no encontraba resquicios por los que infiltrarse. ¡Odiosas carpas lisas en las que no podía clavar sus garras! Se abatía sobre aquellas planicies cóncavas con furia y no era capaz de franquear su resistencia de plástico. Intentaba distribuir sin éxito sus vectores a lo largo de todo el fluido de partículas para reventar aquellas cáscaras, pero eso no hacía sino acrecentar su voracidad.

Quería saborear lo que aquellas envolturas escondían porque, cuanto más parecían ocultar algo, más crecía su gula. Se imaginaba que increíbles manjares se escondían en su interior, a la espera de su mandíbula, y su antojo aumentaba y, con él, la violencia de sus embistes. Tal vez fueran aquellas exquisiteces las que conseguirían saciar su ansia, cerrar el hueco que nunca desaparecía, el deseo que crecía con cada golpe de viento, con cada borrasca. Alguna vez logró punzarlas, pero los agujeros se reparaban antes de que pudiera lanzar su ejército por las aberturas.

Todos los granos que formaban su cuerpo aglomerado, las astillas, los guijarros, las motas, las briznas, inspeccionaban aquellas láminas y compartían la información con sus semejantes, tratando de descubrir los puntos débiles. Luego se organizaban en hordas de polvo y arena, remolinos perfectamente sincronizados de basura corpuscular deglutida, tormentas perfectas de millones de gránulos danzando la música de vendavales y ciclones para arremeter y traspasar su resistencia.

Por eso se sorprendió cuando notó algo que intentaba romper desde el otro lado. Las superficies se tensaron, los vectores de fuerza empezaron a crepitar como rocas fracturadas y, finalmente, cedieron a la fuerza de unos filamentos que se desplegaron en todas direcciones. Eran líneas que se ramificaban en cientos de ramales, primero, y luego en miles, creando un entramado de nervios que se estremecían al contacto con el aire. Aquel tejido que invadió los espacios que lo rodeaban, de manera lenta y sinuosa al principio, centrándose en permanecer a ras del suelo, protegido por la horizontalidad, empezó a ascender hacia las alturas, a través de un intrincado andamiaje de fibras flexibles. Intentó arrancarlo con ventiscas y borrascas, pero las cuerdas navegaban las ráfagas con la facilidad con la que sus propios soldados se habían desperdigado por aquella roca celeste. Cuanta más violencia empleaba en intentar destruir aquella red viscosa y cancerígena, más bifurcaciones nerviosas surgían, ocupando zonas adyacentes, trepando por encima de los planos del terreno, instalándose en los espacios que antes dominaba su cuerpo múltiple. Cada uno de sus abrazos era rechazado con más firmeza que el anterior y, cuando quiso darse cuenta, la malla nacida de las cáscaras que nunca pudo abrir, se fue imponiendo en el paisaje. Su avidez por consumirla se tornó obsesión, frenesí recalcitrante, arrebato meteorológico de proporciones planetarias. Pero el tejido callado se extendía sin que nada consiguiese detenerlo. Entonces tomó conciencia de que sus fuerzas comenzaban a flaquear, de que su ejército de gránulos iba adelgazando en la misma proporción en que aquel bordado insolente que tapizada praderas y montes se propagaba.

Y vio erigirse torres de tegumentos que empezaron a dar sombra. Y notó nuevas estructuras vegetales progresando en las zonas que antes dominaba, mega-sistemas de fibras con tejidos palpitantes. Y sintió su organismo encogerse y sus fuerzas, extinguirse. Comprendió muy tarde que aquella criatura extraña y huidiza se había ido nutriendo de su energía, integrando cada uno de los soldados de su armada, recombinando moléculas para transformar lo inerte en orgánico.

A medida que se apagaba su aliento, su hambre fue disminuyendo, y aquella desagradable sensación que había atenazado sus sentidos durante tantos tiempo, compañera de viaje, torturadora inmisericorde, se fue desvaneciendo. Cuando desapareció, en el último de sus estertores, pudo conocer por fin la felicidad.

 

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