Desde la borrasca, de Nieves Mories

Desde la borrasca, de Nieves Mories

#LeoAutorasOct | Un día, un relato | Día 02

Foto de xandtor para Unsplash

1. LA CRECIDA DEL AGUA

Una mujer con un teléfono, fumando frente a una ventana.

Yo.

Estoy descalza sobre el suelo encharcado. Descalza, sí, con los zapatos en la mano, un teléfono y un cigarro que mantengo con pulso extrañamente firme. Y digo extrañamente porque toda esta situación es absurda, la mires por donde la mires.

El agua cubre el suelo, solo unos pocos milímetros por minuto, cada vez un poco más sin que te des apenas cuenta. Parece que hace siglos que empezó la lluvia, tras ella el viento, tras él… la crecida del agua.

Había pequeñas cataratas en la escalera, como si todo el mundo se hubiera dejado los grifos abiertos a la vez y bañeras, fregaderos, lavabos, todos ellos, rebosaran a la vez. El agua salía mansamente bajo las puertas, lenta pero imparable, convirtiendo el portal en un Niágara en miniatura. Flotando: bayetas, trapos, fregonas, cubos. ¿De dónde habían salido, si todas las puertas estaban cerradas? Encendí el primer cigarro en el segundo piso, cuando el agua ya me llegaba por los tobillos. El viento huracanado bramaba y hacía temblar los cristales. Ya no se oía la lluvia, ya no se oía… nada.

Sigo con el teléfono descolgado, fumando, descalza frente a la ventana. Dentro de unos segundos llegará otra ola, lo sé. Cada vez los intervalos son más cortos, cada vez el agua llega más alto. Cada vez estoy más tranquila.

Cuento los breves movimientos de la aguja del reloj y allí está. Viene como con un susurro, cristalina, tentadora, lamiendo suavemente los cristales. Por las rendijas que no deberían estar allí empieza a colarse como un invitado inesperado y casi bienvenido.

Esta vez ha llegado más alto.

Decidí quitarme los zapatos cuando andar con ellos parecía un suicidio. Pensé que era mejor clavarme cualquier cosa en los pies que caer escaleras abajo lastrada por ellos. Qué absurda lógica. Encendí el segundo cigarro en el tercer piso, intentando oír algo. Nada. Nada detrás de esas puertas que parecían exclusas de una presa en vez de algo mínimamente habitable. Nadie tras la mirilla, nadie hablando, nadie respirando. Todo el mundo parecía presa de ese raro silencio casi sagrado, casi palpable, solo amortiguado por el susurro de la crecida del agua.

El agua me llega por las rodillas. Afuera, todo parece en calma. Aún quedan unos minutos.

No estoy sola, hay dos personas conmigo. Personas importantes, de esas con las que creces, a las que quieres porque sí, porque es lo correcto, porque lo raro es precisamente sentir un inevitable desapego, porque, después de todo, no tienes nada en común con ellas. Y aun así… pues sí, qué carajo, se las quiere. A ver qué remedio queda.

También están en silencio. Lloran. Yo querría llorar, pero estoy tranquila. Creo que el espanto me ha superado. Siempre pensé que en una situación así, el momento en que me viera inmersa en una pesadilla salida de alguna mente más enferma que la mía, me desesperaría, gritaría, intentaría lo que fuera. Pero no es así. A pesar de ello, una parte de mí está chillando descontrolada.

«Sálvalas», ruge. «Sálvalas, sálvalas…».

Pero no puedo.

Esta vez, cuando llega, la miro de frente. Es limpia, pura, es… celestial.

Un palmo más y sobrepasará la ventana. Y entonces…

¿Por qué cuando nos pasa algo realmente increíble es cuando menos reflexionamos sobre ello? Ni siquiera se cuestiona la magnitud de algunas situaciones, no se piensa, solo se avanza. Y eso era lo único que podía hacer, seguir subiendo escalones, despacio, muy despacio. Encendí el tercer cigarro al llegar al cuarto piso. Había toallas en la puerta de casa, nada más. Esperé mientras fumaba, y seguía sin oír nada. Abrí la puerta y allí estaban, en el mismo sitio que ahora, llorando como ahora, sin hablar, como ahora. Pregunté «¿qué ocurre?». Y luego me eché a reír por lo absurdo de la pregunta.

Me llega por la cintura y me mece, y me tengo que apoyar contra la pared para no caer al suelo. Sigo con el teléfono en la mano.

Enciendo el último cigarro. Cuando llega me doy cuenta de que estoy llorando sin dejar de mirarla, con ganas de abrir la ventana, dejarla entrar y acabar de una vez por todas.

Ella llega y marco el primer número. Solo quiero llamar a la única persona que no puede oír mi voz.

Mientras el agua crece y crece, solo tengo fuerzas para pensar en qué diría si me diera tiempo a marcar el último número.

Y como no lo sé, tampoco me importa la crecida del agua.

2. LA LLEGADA DE LA TORMENTA

Una mujer fumando, viendo como su aliento empaña un cristal. Una mujer frente a una puerta con barrotes metálicos, fumando, respirando. Una mujer, como siempre, yo.

La calle alargada se estrecha, adoptando la perspectiva cónica de los cuadernos de dibujo de la niñez. Las aceras y ventanas, nítidas y en relieve, hechas con un tiralíneas gigante. Las farolas luchan con su fantasmal luz naranja para hacerse visibles entre la tiniebla, a las cinco de la tarde. Y es que el cielo es como un agujero negro sin final y sin principio. Ha llegado la tormenta.

Salir a la calle fue fácil. Solo hay que dar un paso detrás de otro e intentar no pensar. Y, sobre todo, no mirar hacia arriba, donde enormes nubes devoran el día. Se extienden a la velocidad del miedo, que es mucha; suenan como miles de bólidos en una carrera de fórmula uno. Se extienden y rugen, sí, y empiezo a correr.

El día deviene en crepúsculo temprano y aterrador. Los adoquines y el asfalto son vallas en mi carrera de obstáculos, y corro. Corro buscando a…

Encendí el segundo cigarro cuando me di cuenta de que no sabía a quién buscaba. Aspiré el humo, con los pulmones ardientes por la carrera. El dolor, atroz, me dobla por la mitad. Pero sonrío, eso es que aún estoy viva.

Alguien cumple años hoy, recuerdo, mientras esa noche repentina y feroz me cae encima, con la fuerza de un piano de cola lanzado desde un octavo piso. Alguien cumple años, pero no sé quién. Recuerdo velas en una tarta, recuerdo canciones y fotos y enormes sonrisas falsas prestas a devorarme.

El primer trueno llega cuando el esfuerzo de mi memoria por retroceder y abrirse paso entre la angustia se hace imposible. Y me duelen los oídos, y la gente mira al cielo, ensordecida por algo que ni siquiera ha sonado.

La luz no llega, no consigue colarse entre las pocas rendijas que deja la tormenta. Veo rostros que miran al cielo, veo coches detenidos ante semáforos invisibles, veo… buitres sobrevolando en círculo sobre nosotros.

Mientras, sigo buscando una tarta de cumpleaños.

Encendí el tercer cigarro en un paseo con árboles doblados por el peso de los truenos. Porque los truenos pesan y se extienden en una ola que nunca acaba. Se pueden agarrar y comer. Son rojos y queman. Los niños juegan con ellos, se ríen, los tocan. Siempre es día de fiesta cuando uno es un niño.

¿Quién cumple años hoy?

El segundo trueno llega y cierro los ojos para no verlo. Y es que, si uno se esfuerza lo suficiente, también puede verlos cuando llegan. Es más fuerte, más violento, derriba muros y rompe ventanas, y me quedo sola en la calle sin nombre que no va a ninguna parte, mucho menos aún a una fiesta de cumpleaños.

No vale la pena correr. No hay donde esconderse. La calma que trae esa certeza es como rozar el cielo. La tormenta nos ha sobrevenido, el vendaval se lo lleva todo. Pero estoy tranquila, estúpidamente tranquila, y eso me clava al suelo y no deja que me lleve. Y recuerdo… Recuerdo de nuevo las velas en una tarta, un regalo que nunca existió y una canción que no llegué a cantar. Porque no se celebran los cumpleaños de los que no están. Porque cinco días antes habías muerto.

Encendí el último cigarro cuando sonó el teléfono. Sonreí y cerré los ojos, pensando que, de todas las personas del mundo, solo había una a la que quería oír. Y como sabía que nunca sería ella, no quise descolgar.

Ya no me importaba la llegada de la tormenta.

3. Y POR FIN, LA NADA

Una mujer, fumando mientras tirita por un frío que no existe, mientras dibuja letras en un cristal empañado por su propio aliento. Una mujer con un cigarro a medio consumir. De nuevo, yo.

La avenida está oscura, sembrada de farolas emitiendo un esplendor muerto que succiona la poca luz del crepúsculo, como una bandeja de canapés rancios pinchados con palillos inútiles pero afilados. La avenida, donde una vez hubo flores y árboles, donde una noche hace demasiadas noches tuve que preguntar a un desconocido por el camino a casa porque no era capaz de encontrarla.

El asfalto abandona su aspecto lineal y se curva. La avenida es una montaña rusa, con looping incluido donde ponerte patas arriba, que se ensancha y gira sobre si misma al ritmo de un viento que tampoco existe.

Todos los caminos que me llevan al que fue mi hogar se han convertido en pesadillas deformes pintadas por Dalí.

Encendí el segundo cigarrillo al ver que al final de la avenida no había nada.

No era una nada como un muro. No era una nada como una señal de stop. No era una nada como un barranco.

Era la nada de La Historia Interminable. La que perseguía a Atreyu y lo convertía en alguien gris y enfermo. Pero ni yo soy Atreyu ni tengo un dragón de la suerte. Aún así, allí estaba. El vacío tras el último universo. La Nada.

«Claro», pensé, «por eso no hay viento, ni frío, ni lluvia. Porque se los ha comido». Y ese pensamiento hizo que tuviera que sentarme en mitad de la avenida negra, mareada por sus curvas, por su silencio, por su… Nada.

Encendí el tercer cigarro y me quedé sin gas en el mechero.

En el fondo era lo normal. Si La Nada estaba allí, tampoco quedaría gas en los mecheros.

Conté los segundos que tardaba en devorar la tierra con mi reloj parado. No fue tan difícil como parece. Y los números también se fueron. La Nada se los comió. También se comió el miedo, las lágrimas y, muy despacio, empezó a aniquilar los recuerdos.

Adiós, infancia. Adiós, juventud. Adiós, adiós, adiós

«Bendita seas», dije. «Bendita seas por llevártelos».

A mis pies… querría decir que había un abismo, pero mentiría. No había nada. Bueno, en realidad… en realidad había Nada. ¿Sabéis a qué me refiero? Nada. Eso había. Estaba quieta y me miraba. Ya había engullido todo, estaba repleta, satisfecha pero quieta. Demasiado quieta.

«Toma», le dije. «Llévate el último recuerdo, todavía queda uno».

La Nada no hacía nada. Suena como un mal chiste, pero, ¿qué otra cosa puede hacer La Nada, sino avanzar, comer y nada?

«No lo quiero», dijo ella. «Ese no lo quiero. Ese mata».

«Tómalo», volví a decir. «Llévatelo lejos y llévame a mi también. Es un recuerdo secreto, nadie se enterará nunca».

«No lo quiero. Ese mata».

«Bendita seas, llévatelo. Por favor. Sálvame de él».

Me miró con sus ojos de Nada y se dio la vuelta. Se marchaba sin mí y sin mi recuerdo mortal.

Me quedé sentada, viéndola marchar, dejando una avenida a medio comer, como ese sándwich que queda en la bandeja tras una fiesta de cumpleaños que nunca existió, el bocado endurecido y reseco que nadie quiere. «Soy un sándwich de mortadela abandonado», me dije. «Soy el poso de ese café que nadie beberá jamás».

Soy un puto recuerdo que mata.

Y no tengo mechero.

Comments (2)

  • Damián Reply

    Como siempre, Nieves te pone los pelos de punta y sus perfiles entornos son esas pesadillas que acechan en el límite de la mirada, prestos a morderte los tobillos, a susurrante frío y maldad humana, más que sobrenatural.
    Me ha encantado. Pero es que soy fanboy de Nieves. 😊

    3 octubre, 2018 at 6:04 am
    • Cerbero Reply

      ¿Los pelos o los vellos?

      3 octubre, 2018 at 12:58 pm

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