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LAS ESPOSAS DE STEPFORD

Las esposas de Stepford, película estadounidense dirigida en 1975 por Bryan Forbes, es una adaptación al cine de la novela Las poseídas de Stepford, del también escritor estadounidense Ira Levin. Es difícil hablar de esta película sin hacer un enorme spoiler, ya que todo en ella cobra sentido en los diez últimos minutos de metraje; minutos que, además, justifican su clasificación como obra de ciencia ficción. Es por eso que, al plantearme hacer esta entrada, tuve que elegir entre hablar de generalidades y no desvelar gran cosa de la trama o entrar en detalles para poder analizarla un poco más a fondo. He elegido la segunda vía, si bien me he abstenido de hacer el gran spoiler, que sería contar en qué consisten esos diez minutos finales. Aunque sí, hablaré de partes concretas de la película.

El argumento empieza de una manera muy sencilla, podría decirse que hasta manida, cuando un matrimonio y sus dos hijos deciden mudarse a un pueblecito, Stepford, para alejarse así del mundanal ruido de la vida moderna en New York. En Stepford, todo es idílico; los paisajes rupestres, la amabilidad de los vecinos, la vida sin prisas. Allí la pareja puede vivir con tranquilidad y continuar con sus ocupaciones; él con su trabajo de abogado y ella con su afición por la fotografía. Es curioso cómo ya en los primeros minutos se nos presenta al personaje principal, Joanna (interpretado por Katharine Ross), como una mujer poco tradicional, y más teniendo en cuenta el año en el que fue rodada la película. En una de sus primeras escenas, estando ya en la casa nueva de Stepford, el marido hace un comentario sobre la casa y le pregunta «¿Has hecho el amor alguna vez frente a una chimenea?», a lo que ella contesta «Contigo, no». Pocos minutos después, una mujer del pueblo con la que entabla conversación le pregunta si echa algo de menos de New York y Joanna responde con cara de nostalgia: «El ruido». Vemos en esta primera parte a una pareja que comparte las tareas de la casa, que se comunica y que bromea constantemente.

Al poco, Joanna empieza a notar que pasan cosas raras. Las mujeres allí son demasiado obedientes, demasiado complacientes, y carecen por completo de iniciativa propia. Además, en el pueblo hay una asociación de vecinos a la que, según el marido, es un honor pertenecer porque «todos los hombres importantes de la ciudad son miembros». La asociación solo tiene una «pequeña pega» y es que no admite mujeres. Este momento del filme es clave para entender el giro que va a sufrir la relación de los personajes a partir de este punto; a él le cuesta contarle esa norma de la asociación, en la que le han ofrecido entrar, y ella reacciona con un hartazgo que no habíamos visto hasta el momento y que nos hace pensar que tal vez las cosas no son tan idílicas como nos parecían al principio.

La cinta sigue corriendo y los comportamientos de las esposas de Stepford son cada vez más extraños. Las únicas mujeres que parecen normales son las que llevan poco tiempo en el pueblo. De una de ellas, Bobbie, que lleva allí poco más de un mes, se hace amiga Joanna. Bobbie es inquieta, descarada, tan libre al menos como Joanna; la primera vez que entra en su casa comenta «¡Oh, una cocina revuelta! Es maravilloso, esto no se parece a un hogar». Juntas empiezan a analizar el comportamiento de las otras mujeres y la dinámica del pueblo, que establece «un premio de navidad al ama de casa que tenga la suya más limpia». Deciden atacar el problema y organizar una «sesión de concienciación» entre las mujeres para fomentar un poco la actividad femenina, pero se encuentran con que su única ambición consiste en limpiar todo el día, hacer la compra y la comida, cuidar de sus familias y mantener contentos a sus esposos. Son incapaces incluso de tener una charla fuera de los temas de conversación de sus tareas diarias.

Toda la película está impregnada de un ambiente de intriga y misterio que va en aumento, al mismo tiempo que la relación entre Joanna y su marido se va oscureciendo. Sin dar pistas demasiado evidentes y con un sinnúmero de sutiles detalles, el espectador ya es muy consciente de lo extraño de la situación cuando Joanna y Bobbie se enteran por casualidad de que en Stepford tuvo lugar la primera reunión de un club feminista del país. Investigan un poco más y descubren que aquellas feministas eran las mismas mujeres que hoy se han convertido en obsesivas amas de casa. Es interesante la entrevista con la que antaño fuera la presidenta del club feminista, que apela al argumento de la libre elección para defender su vida vacía de ambiciones. Es un discurso en el que se hace apología de la familia como institución y la escena es impecable, presentándonos a dos mujeres, Joanna y Bobbie, vestidas de manera moderna con shorts que dejan sus piernas al aire y camisas semidesabrochadas, frente a una mujer rígida, con el discurso vacío y la mirada ausente, ataviada con un vestido tradicional, largo casi hasta los tobillos, y camisa de manga larga con volantes. Toda una alegoría.

El peor trago para Joanna llega cuando Bobbie, después de haberse ido un fin de semana con su marido, vuelve convertida en una más de las esposas de Stepford. En este punto, la trama se dispara. Joanna regresa a toda prisa a su casa y se encuentra a un marido poco comprensivo, que dice no entender su alarma «solo porque a Bobbie le gusta limpiar su casa» y que «tenía que hacerse limpia antes o después». La conversación degenera y él le acaba diciendo «Trabajo ochenta horas a la semana, vivo en una casa destartalada y mis hijos tienen aspecto de sucios; si prestaras un poco más de atención a tu familia en lugar de dedicarte
a esa ridícula afición por la fotografía…». La respuesta de Joanna es de lo menos convencional que he visto en el cine de esa época, ya que pone por delante su libertad y remata con un «… y si te sienta mal o le sienta mal a los niños, no tendré más remedio que coger mi cámara y marcharme a hacer fotos por ahí». Sin embargo, es a sus hijos a quien Joanna va a buscar antes de marcharse, en un final trepidante en el que se desvela el misterio de las esposas de Stepford.

Sin desvelar cuál es la naturaleza exacta de ese final, supongo que a estas alturas a nadie le sorprenderá saber que quienes están detrás del extraño comportamiento de las esposas son los hombres de Stepford; o al menos, los que pertenecen a la asociación. Hombres que diseñan a sus mujeres según lo que ellos consideran un canon de perfección; el servilismo total y absoluto. Así pues, es esta una película que, a pesar del título, no habla de mujeres, sino de hombres. Del impacto que supone en la vida de muchos hombres la liberación de la mujer, de su dificultad para asumirlo y de cómo todos, hombres y mujeres, se desenvuelven en un escenario donde el machismo es la realidad imperante. Da un poco de tristeza pensar que, cuarenta años después, la película siga siendo igual de reivindicativa, porque eso significa que el panorama no es muy diferente. Creo que si la propia Joanna viajara a nuestro tiempo, casi no notaría el cambio.

Por último, mencionaré que hay un remake de la película, Las mujeres perfectas, dirigido por Frank Oz en 2004, contado en tono de comedia ligera. No lo he visto, aunque de entrada no me parece que la comedia sea el mejor registro para narrar una historia como esta. Las principales virtudes de Las esposas de Stepford están en la sutileza, el control del ritmo, que se acelera a medida que la trama gira hacia la intriga, y un desenlace potente que nos deja con una escena final tan deliciosa como inquietante. Para mí ha sido todo un descubrimiento.

 

 

RESEÑA: «YABARÍ», CRÍTICA ECOLOGISTA Y PLACER DESCRIPTIVO

«Desde la altura, a unos cinco mil metros en el aire diáfano de un día con sol, la superficie selvática sobre la que volaban era una inmensa mancha de un cárdeno casi negro, surcada por ríos anchos y abundantes como arterias, y otros más delgados, cortos y tumultuosos, semejantes a venas. Había también lagos que espejeaban bajo la luz cenital.

Seis mil kilómetros más arriba del ecuador, en el hemisferio septentrional, empezaban las primeras estribaciones de una gran cordillera. Picos altísimos de roca viva, glaciares y nieve en las cumbres. Más allá todavía de esa cadena montañosa, una vasta meseta deshabitada y desforestada. Y, de nuevo en dirección norte, la altiplanicie llegaba hasta las zonas polares.

El piloto hizo girar 180 grados la avioneta de reconocimiento para dirigirse hacia el sur, de regreso al espaciopuerto. La mujer a sus espaldas señaló unas manchas blancas que destacaban en lo más profundo de la selva

—¿Qué son? —preguntó.

—No se sabe —respondió rápidamente el otro pasajero».

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TRES LECTURAS NO REALISTAS PARA TIEMPOS DE CRISIS

1984, de George Orwell

1984_poster

Se lee por ahí que la novela de ciencia ficción 1984, de George Orwell, publicada a mitad del siglo pasado, vuelve a ser superventas en EEUU. Se añade que ese nuevo interés por la magna distopía orwelliana sobre un estado totalitario que controla por completo la vida de los individuos, manipula la información y castiga a los rebeldes torturando su mente y su cuerpo se debe a la llegada al poder de Donald Trump. Sin embargo dudo que el escritor británico hubiera sido capaz de imaginar unos Estados Unidos al mando de un charlatán grotesco y ultrarreaccionario, machista y patán, que para colmo está sirviendo para lavar la cara a los dirigentes y a las sociedades europeas, que así no nos acordamos de nuestros muros, vallas con concertinas, alambradas y maltrato a los inmigrantes y refugiados que huyen de la guerra. Asimismo me temo que se hubiera removido en su tumba de haberse enterado de la enésima edición de un concurso llamado Gran Hermano, el cual, cámaras de grabación y vigilancia aparte, tiene tanto que ver con su mundo ficticio como Barrio Sésamo con el Decamerón. (más…)